LEYENDAS DE TOLEDO- EL REY DE LA MANO HORADADA

 

El rey de la mano horadada

Alfonso VI, perseguido por la furia de su hermano Sancho, se refugió en la corte mora de Toledo, después de haber perdido sus Estados. Y en la imperial ciudad halló generosa y benévola acogida, merced a la caballerosidad del noble rey Al-Mamún. Largo tiempo vivió allí, recibiendo toda clase de atenciones y el más amistoso trato.

Y cierto día en que descansaba en un magnífico diván colocado en un ángulo de la soberbia estancia de palacio, llegó a sus oídos el rumor de una próxima conversación: Al-Mamún discutía con sus favoritos. Y el tema era sin duda muy interesante, sobre todo para un monarca reconquistador como habría de ser don Alfonso. Hablaban de la situación de Toledo y de las dificultades que podría ofrecer cualquier intento cristiano de asalto contra la altiva ciudad del Tajo.

Y cada uno enunciaba una teoría, y la conversación, cada vez más animada, iba derivando hacia un verdadero curso de estrategia, que el monarca leonés escuchaba con profunda atención, sin atreverse apenas a respirar, para que no se advirtiera su presencia. Más de pronto, uno de los cortesanos de Al-Mamún se dio cuenta de que su conversación tenía un testigo, y un testigo terrible; temeroso, advirtió: « ¡Cuidado! El cristiano escucha». Volvióse Al-Mamún hacia donde estaba don Alfonso y le encontró sumido en el más profundo sueño. «No hay cuidado —dijo—; está durmiendo.» « ¿Quién nos lo asegura?», murmuró receloso su favorito. Y todos formularon idénticas dudas, con sombrío semblante. Al-Mamún reflexionó unos momentos; don Alfonso, en tanto, respiraba con tranquilo y pausado movimiento. Al fin, el rey árabe decidió: «Traed plomo fundido y haremos la prueba». El rostro del cristiano no reveló sentimiento alguno al escuchar la terrible orden. Y Al-Mamún prosiguió, en voz bien alta: «Verteremos en su mano una gota del metal derretido, y entonces veremos si fue o no traidor nuestro huésped». Le trajeron lo que pedía; se acercó al durmiente y cogió una de sus manos; el leonés no ofreció la menor resistencia, cual si no supiera la suerte que le acechaba. Y al sentir sobre su mano la ardiente caricia del plomo fundido, que perforó cruelmente sus carnes, despertóse don Alfonso con tan auténtico sobresalto, que a ninguno de los presentes le cupo la menor duda de que acababa de salir, un poco bruscamente, del más feliz y apacible de los sueños.

Y para siempre conservó en su mano el rey cristiano la huella imperecedera de su sereno valor y de la pérfida astucia de los moros. Y en su memoria conservó también el recuerdo de cuanto oyó. De manera que, llegado el momento en que fue expulsado de Toledo Al-Mamún y su descendencia, y libre así don Alfonso de su caballeroso compromiso de reverencia y gratitud, decidió el rey de Castilla y de León lanzarse a la conquista de Toledo, que gracias a él se vio definitivamente liberada del dominio sarraceno.

Y refiérese también que, al entrar don Alfonso VI triunfador en la ciudad que durante tanto tiempo le albergó, sucedióle otro hecho singular. Era en la primavera del año 1085, el día 25 de mayo; un sol resplandeciente iluminaba la victoria castellana, que era la victoria de Dios. Alfonso VI miraba complacido las tierras que un día contemplara cautivo y desgraciado; condujo a sus huestes hacia la Puerta de Bisagra Vieja y remontó la empinada cuesta que lleva hasta la Puerta del Sol. Desde allí se dirigió hacia un hermoso templo, una magnífica mezquita, cuyo bello recuerdo estaba bien grabado en su espíritu. E intentó penetrar en ella, con objeto de tomar posesión de sus muros en nombre del Dios vencedor. Cuando he aquí que, impulsado por desconocida causa, su caballo se arrodilla: dobláronse sus ligeras patas y quedó, no caído, sino arrodillado. Sorprendidos ante tan extraño fenómeno los circunstantes, ordenó el rey que se quitara del templo la media luna mahometana; y en seguida se bendijo y se celebró en él la primera misa. Y se esperó a mejor ocasión para dilucidar el misterio que en todo aquello se encerraba. Durante mucho tiempo se hicieron pesquisas cuidadosas, que no tuvieron resultado. Hasta que un día, cuando se disponían a reparar los muros de la antigua mezquita, advirtieron que en uno de ellos había una parte que daba muestras de haber sido tapiada con posterioridad al resto de la obra. La derribaron y encontraron en el interior de la pared una hermosa imagen del Crucificado, iluminada por el resplandor de una lamparilla, que durante siglos había tributado su inextinguible resplandor al Redentor del mundo.

Y desde entonces aquel templo se llamó el Cristo de la Luz. Y en el sitio en que el caballero se inclinó para rendir veneración a la imagen oculta tras el muro, hay hoy día una losa blanca que los toledanos envían orgullosamente al visitante.

 

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