LEYENDAS DE TOLEDO- EL CRISTO DE LA LUZ

El Cristo de la Luz

Anochecía. Los colores cárdenos del cielo se habían ido apagando, las estrellas empezaban a lucir. El Tajo corría con un rumor sordo, iban las gentes retirándose hacia sus casas. De la ermita del Cristo de la Luz salieron los últimos devotos; luego, un clérigo cerró la puerta y echó a andar por la calle. Pronto los ruidos de la ciudad se extinguirían y los pasos de la ronda serían lo único que turbaría el silencio. Esto ocurría en la ciudad de Toledo, en el año 555 de la Era del Señor. Reinaba el rey godo Atanagildo.

Todo el mundo descansaba. Sólo había un hombre que por las noches, esquivando el encuentro con los soldados de la ronda, se acercaba a la ermita del Cristo de la Luz. Permanecía un buen rato contemplándola, con un odio extremo en su mirada. Después de esta muda contemplación, volvía a su casa. Subía a un aposento bien provisto de todo, y, encendiendo una lámpara, comenzaba a leer en el grueso libro que soportaba un gran facistol. Era el libro de la Tora, la ley judaica. El lector era uno de los judíos más notables de Toledo, de la ciudad goda de Toledo, en el año 555 de la Era del Señor.

Desde muy pequeño este judío había sido cuidadosamente instruido en el conocimiento de la ley y de los santos libros. Todo el dolor del pueblo errante que al fin había creído alcanzar el sosiego en Hispania, todas las humillaciones sufridas, todos los terrores que había sentido escuchando los relatos de las terribles matanzas de sus hermanos, todo lo que era miseria y recuerdo, pasión y esperanza, hervía en el alma del hombre que iba cada anochecer a contemplar la ermita del Cristo de la Luz y que después se entregaba al estudio de la ley. Otras noches eran los libros heroicos de su pueblo los que leía: las hazañas de los reyes, el triunfo de los guerreros de Israel, el valor indómito de los Macabeos. Y veía que toda aquella gloria se había esfumado el mismo día en que el odiado Nazareno había sufrido el martirio en el Calvario. El odio hacia el Dios de los cristianos había ido creciendo en él con los años de meditación y de recuerdo.

Así, llegó a tomar una decisión terrible. Todo el pueblo cristiano de Toledo tenía una especial devoción por el Cristo de la Luz; él haría que fuese la causa de la muerte de sus fieles y que nadie se acercase a la odiada imagen. Una de esas noches, cuando ya había pasado en contemplación de la ermita el rato cotidiano, en vez de volver a su casa, se dirigió a la de un hermano de raza: era boticario y se decía que experto en venenos. Llamó a la puerta, abrióle el otro, y ambos penetraron en la casa. Allí, el judío, que regresaba de la ermita, dio cuenta al boticario de su propósito. Quería poner en uno de los pies de la imagen de Cristo un terrible veneno. Cuando la gente besara devotamente los pies de la imagen, caerían muertos y la devoción desaparecía e incluso nacería el temor y el odio contra el crucifijo. El boticario creyó bueno el plan, y, dirigiéndose a un armario medio oculto en la pared, sacó un pomo que entregó a su amigo. Éste lo tomó y salió de prisa.

No quiso esperar más. Volvió de nuevo a la ermita, ocultándose en las sombras, para no ser visto por la ronda. Al fin llegó al humilde edificio, forzó la puerta y penetró. Tuvo un momento de vacilación. Al fondo, iluminado sólo por una lamparilla, estaba el crucifijo. El judío se decidió y, avanzando por la nave, llegó al altar y vertió en el pie de Jesús el veneno. Después volvió a salir a buen paso hacia su casa.

Aquella noche apenas pudo dormir. Creía ya cumplido su plan; a la mañana siguiente, cuando los cristianos besaran el pie de la imagen, caerían como heridos por el rayo. Y él vería así lograda su venganza en el nombre del pueblo de Israel.

Amaneció al fin. La ciudad despertó y un gran bullicio surgió de todos los barrios. El judío salió a la calle en espera de que alguien le diese la noticia de que se había cumplido su plan. Pero a medida que pasaban las horas, observó una gran agitación alegre en los cristianos y unas caras torvas en sus hermanos de raza. Al fin encontró al boticario, que, temblando y pálido, le pidió que lo acompañara a casa. Una vez allí, le dijo: «Algo terrible ha pasado. Esta mañana, cuando me dirigía fuera de la ciudad a buscar las hierbas necesarias para mis drogas, pasé por delante de la ermita del Cristo. En aquel momento dentro de la ermita se oyó un grito de mujer y después unas grandes voces que gritaban: ¡Milagro! ¡Milagro! No sé lo que ha ocurrido, pues, temiendo ser reconocido por alguien y ser maltratado, me escabullí. Mas luego oí a un cristiano que decía: “Esta mañana se aproximó una mujer al Santo Cristo a besarle los pies. Esta mujer es conocida como una gran pecadora. Pues bien: cuando se arrodilló e iba a poner sus labios sobre el pie del Señor, vimos todos con espanto que la santa imagen separaba su pie, impidiendo así que la mujer lo besara. La pobre creyó que Jesucristo la rechazaba. Nosotros estábamos espantados; de nuevo otra mujer se aproximó, y el pie se separó aún más. Se aproximó el sacerdote y nos mostró a todos una mancha oscura, como de algo derramado encima del pie. Uno de los que había allí reconoció la mancha como de veneno, y entonces todos gritamos: ¡Milagro!, y corrimos a dar cuenta a los vecinos de lo sucedido. Y ahora está la ermita llena y a la puerta gran muchedumbre de gentes que corren a adorar al Señor”. Éste fue el relato del cristiano», terminó el boticario.

Grande fue la ira del judío al ver que había fracasado en su intento. Durante todo el día estuvo tendido en su lecho, llorando y maldiciendo. Y cuando anocheció, se levantó como un autómata. Cogió un venablo y se dirigió a la ermita. Penetró en ella y vio que, en efecto, la imagen tenía el pie desclavado. Lleno de ira empuñó el venablo y lo arrojó contra el Cristo. El venablo se clavó en el pecho de la imagen y ésta cayó al suelo a los pies del agresor, quien, lleno de terror, cogió la imagen y tomándola encima de sus hombros, la llevó a su casa. Por el camino temía ser sorprendido, pero al fin llegó, sin ser molestado, a su vivienda y la tiró en una cuadra. Después subió a su habitación, y apenas pudo conciliar un sueño lleno de pesadillas. Veía la gente de Toledo que le rodeaba gritándole y acusándole de lo que había hecho. Se veía medio arrastrado por las calles. Despertó; era de día, pero las voces que había oído no cesaron. No sabía si dormía aún, pero unos golpes dados en su puerta le convencieron de que estaba ya en vela. Se asomó a un ventanuco y, horrorizado, vio a una gran turba de hombres y mujeres que, precedidos de unos soldados, intentaban derribar su puerta. Quiso descolgarse por una ventana posterior; pero fue en vano. La puerta había ya caído y los soldados penetraron en su casa.

El judío vio, loco de terror, que un rastro de sangre conducía a la cuadra en donde había ocultado la imagen y que sus mismas ropas estaban empapadas de sangre.

Esa sangre había salido de la herida causada al Cristo y había sido la causa de la agitación del pueblo. Cuando, por la mañana, habían ido los primeros fieles a la ermita, se habían quedado sorprendidos viendo que la imagen había desaparecido y que en la iglesia había un gran charco de sangre, y que por la calle un rastro de esa misma sangre marcaba la dirección de la casa del judío. Comprendieron que un nuevo milagro había sucedido; se alborotó toda la ciudad y se dirigieron en tropel a la casa del autor del horrible sacrilegio. Allí hallaron la imagen con la herida aún abierta y manando sangre.

El judío confesó su crimen. Se dio parte al rey Atanagildo, y éste ordenó que el judío fuera apedreado públicamente. Y así se hizo. Desde entonces en la tradición ha quedado viva la memoria de los dos grandes milagros obrados por el santo Cristo de la Luz, de Toledo, que aún se venera en la ciudad imperial.

 

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