LEYENDAS DE SEGOVIA – La Mujer Muerta.

En tiempos muy remotos, cuando los hombres vivían sencillamente sin que hubiera discordias ni luchas, y las altas montañas que hoy forman la sierra de Guadarrama aún no existían, y en aquellos parajes había una llanura inmensa y feliz, vivían en estos lugares algunas tribus que ocupaban sus días en el cuidado de los rebaños. Una de las familias tenía su residencia habitual no muy lejos de donde hoy se alza la bella ciudad de Segovia. En esa familia había una joven de gran belleza, que era amada por todos, por sus dotes de bondad, tan estimada y valiosa como su hermosura.

Muchos de los jóvenes intentaban obtener los favores de la linda muchacha. Y uno de ellos, el más fuerte, el que más diestro se mostrara en los juegos y el que con más osadía pastoreaba sus ganados hasta lugares poco conocidos, fue el que recibió mayores muestras de afecto por parte de la muchacha. Comenzaron sus amores, que pasaron suave y alegremente. Juntos recorrían los prados buscando un arroyo donde saciar su sed, o una arboleda a cuya sombra reposar, y así corrían las horas y los días.

Más no era ese pastor sólo el que amaba a la joven. Ya hemos dicho cómo su belleza había atraído a otros muchos. Y uno de ellos se dedicó a pasear cerca de la cabaña por donde vivía la muchacha. Como esto fue advertido por el primero, nacieron en él terribles celos. Ya el paseo con su amada no le era grato, pues siempre estaba remordido su ánimo por el temor de que el otro, a quien él juzgaba rival, le suplantara. Y poco a poco los celos fueron dando lugar a un deseo de resolver esa rivalidad apoyándose en su fuerza, que tantos triunfos le diera en los juegos y en las competiciones entre los diversos caseríos.

Un día, cuando iba a buscar a su amada, le pareció ver que el otro pastor salía de la cabaña. No era así en realidad, pero el forzudo mozo, sin detenerse a pensar y llevado tan sólo de una tremenda iracundia, se lanzó contra el otro, dándole tan fuerte y certero golpe con el cayado, que su rival cayó ensangrentado y gritando socorro. A las lastimeras voces acudió la muchacha, que palideció al ver al caído bañado en sangre, y lanzó un gemido. Y entonces su amado, juzgándola culpable, la golpeó con cruel saña también, haciéndola caer al instante muerta.

Las familias de las infelices víctimas se unieron para castigar al culpable y vengar la muerte de los inocentes. Y aquella paz que hasta entonces había reinado en aquellos contornos, desapareció para siempre. Ya no había sendero seguro ni bosque que no fuera lugar propicio para la emboscada. Por los sitios en donde antes vagaban los rebaños, ahora corrían grupos armados con toda suerte de herramientas, y al encontrarse con los rivales, se trababan sangrientas luchas.

Un día la pelea se hizo más feroz, en ella tomaban parte casi todas las tribus rivales. Se cruzaban terribles golpes, se oían ayes de dolor o gritos de ira. Y mientras tanto, el cielo se iba cubriendo de espesos nubarrones, el aire iba creciendo en fuerza, y al fin estalló una tremenda tormenta. Pero sin hacer caso de la furia de la naturaleza, los hombres seguían empeñados en su lucha fratricida, hasta que de súbito, en un momento en que cesaron los truenos, una voz estentórea resonó por los campos: « ¡Malditos seáis! Habéis entregado vuestras almas a la ira y a la pasión. Aquella muchacha que murió era inocente, y sólo ella estaba limpia de culpa. Os haré desaparecer, y la bella que murió sin mancha tendrá el más hermoso sepulcro que nunca tuvo mujer». Y en aquel momento la tierra empezó a temblar, las breves colinas se levantaban erizadas de rocas, los arroyos torcían sus surcos y se helaban, los árboles se tronchaban. Y toda la vida, hombres, casas, animales, desaparecieron, y una enorme montaña se elevó tomando la figura de una mujer muerta y reposando en tierra. Y de esta manera fueron castigados los asesinos y los fratricidas, y la muchacha, bella entre las bellas, tuvo un túmulo monumental: la Mujer Muerta, que se divisa desde Segovia.

 

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