LEYENDAS DE SEGOVIA – La calle de la Muerte y de la Vida.

A los visitantes de la ciudad de Segovia les llama la atención el poético nombre de esta calle. Tiene su origen en el siguiente sucedido:

Era en los años turbios de las comunidades. De nuevo, como en los tristes tiempos de don Juan II, se luchaba de torre a torre, de casa a casa, hermanos contra hermanos. En Segovia permanecía leal al César don Diego de Cabrera, hermano del conde de Chinchón, y para poder defenderse del pueblo y de otros nobles comuneros, se retiró con sus fuerzas al Alcázar, en donde, fortificando también el glacis de la plaza, se debatía contra los enconados ataques de los comuneros. Día tras día, noche tras noche, se intentó el asalto; lanzábanse bravamente los mejores caballeros y peones, más nada conseguían, y una creciente furia iba llenando los ánimos de todos, al ver qué pasaba el tiempo y que los sitiados no se rendían ni por la fuerza ni por el hambre.

Y nacían sospechas contra los que ocultamente simpatizaban con los leales al emperador. Había entre los acusados de complicidad, un caballero, don Diego de Riofrío, que, sin embargo, era neutral. Un día mandó a un criado que con una yunta fuera a arar unas tierras que tenía cerca del Alcázar. Así lo hizo el criado, pero cuando los del Alcázar se dieron cuenta de ello, hicieron una salida, y rodeando al labrador, lo internaron a él y a sus bueyes, sin que la tardía intervención de los sitiadores pudiera hacer algo en contrario. Estalló por esta causa una furiosa indignación contra el amo del labrador, y corrió el rumor de que la orden de Ir allá había sido una añagaza para mandar a aquél al Alcázar; unos clamaron porque fuese muerto de manera vil, pero otros decían que, siendo un caballero hasta entonces neutral, debía ser juzgado antes de colgársele. Tomada esta resolución, los comuneros marcharon a casa de don Diego y le prendieron, a pesar de sus protestas de inocencia. Pasaba la comitiva por la calle del Berrocal, cuando una vieja, asomándose a un ventanuco, injurió al caballero y dijo a los que lo conducían: « ¡A la horca, llevadlo a la horca! Y si no tenéis soga, ahí tenéis ésta, que es bien fuerte». Y les arrojó un fuerte cordel. Y de nuevo crecieron las intenciones de colgarle frente al Alcázar, para que los sitiados vieran cómo se castigaba a quien los ayudaba; pero otros insistieron en llevarlo a la cárcel, y así se hizo.

Desde entonces aquella calle se llama de la Muerte y de la Vida. En casa de la vieja se pusieron unas figuras de mala mano talladas, que desde 1886 conserva el museo provincial.

 

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