LEYENDAS DE NAVARRA – LA REINA SANTA FELICIA.

Era Felicia hija de unos reyes de Francia. Desde niña había sido muy piadosa, atenta siempre a cumplir con gran celo sus devociones y poco aficionada a todo lo que no fuera religión. Gran parte del día lo pasaba orando o dando limosnas a los numerosos mendigos que acudían a su puerta, seguros de ser socorridos. Tenía esta princesa un hermano, al que amaba tiernamente, llamado Guillermo. A éste le propuso, en una ocasión, que fueran los dos, como peregrinos, a visitar el sepulcro del santo apóstol Santiago, que se venera en Galicia. En aquellos tiempos, esa peregrinación se emprendía muy a menudo. Así que los reyes, al conocer el propósito de sus hijos, no se opusieron, sino que, por el contrario, se manifestaron muy gozosos de acceder. Quisieron poner a disposición de los príncipes un numeroso y bien provisto cortejo; más ellos rehusaron, manifestando que deseaban ir como pobres romeros, sustentándose tan sólo de la caridad de las buenas gentes de los pueblos y casas por donde pasase su ruta.

Tomaron el camino de Santiago, vestidos con toscos sayales y empuñando el bordón. Y después de muchos días de duro caminar, llegaron a Santiago, en donde se prosternaron, emocionados, ante la tumba milagrosa del santo apóstol, guarda de la cristiandad. Y de nuevo emprendieron el camino, dirigiéndose a Francia. Más Felicia, que había sentido más avivada aún su vocación religiosa, había determinado no volver a su patria en donde las obligaciones de su rango le impedían entregarse a la meditación y a la oración. Y le dijo a Guillermo: «Hermano, Dios me llama por el camino de la humildad. Quiero quedarme en estos lugares escondidos y alejados de nuestra tierra, para hacer oración y penitencia». Atravesaban entonces los fragosos montes navarros, y Guillermo, espantado ante tan extrema resolución, contestó: «Hermana, no piensas lo que dices. No puedo abandonarte en un lugar tan salvaje, en donde fácilmente perecerás, atacada por las alimañas del monte. Nuestros padres, que siempre han sido tan bondadosos para nosotros, me reprocharán esto y sufrirán con tu abandono». Mas ella, asegurando que estaba decidida y que Dios la protegería, se adentró por un sendero que cruzaba un riachuelo, y se internó en la espesura de la montaña sin que Guillermo pudiera detenerla. Él hubo de seguir a Francia.

Felicia, mientras tanto, había caminado por un sendero estrecho, que la condujo al valle de Agües, y en Amocáin se ofreció como criada a unos señores, que la tomaron, sin sospechar la noble sangre de su sirvienta. Ésta tomó a su cargo los más duros y ásperos menesteres. Pronto se extendió la fama de caritativa que tenía la nueva criada de los señores de Amocáin, pues Felicia, en efecto, repartía abundantes dones. Mas la gente empezó también a murmurar: «Si mucho da, mucho roba», decían los maldicientes. Estos rumores llegaron a oídos del dueño, el cual, un día, creyendo que Felicia había ocultado algo en una herrada con la que iba a la fuente, la paró en el camino, preguntándole qué llevaba. Ella contestó que eran piedras. Y, en efecto, enseñándole la vasija, el confuso dueño la vio llena de guijarros. Más cuando Felicia se vio sola, las piedras se convirtieron en dorados panes, que repartió entre sus pobres.

Entretanto, en Francia los padres de Felicia, deseosos de volver a ver a su hija habían enviado muchos mensajeros en su busca; pero todos hubieron de volverse sin tener resultado alguno en su misión. Y los reyes increpaban a Guillermo, acusándole de haber permitido la muerte de su hermana. Y a tanto llegó la ira del rey, que un día ordenó a su hijo que partiera sin demora a buscar a su hermana y que la trajera aun a la fuerza si era necesario.

Partió Guillermo hacia Navarra, y cuando llegó al punto en que su hermana lo había abandonado, tomó el sendero por el que la vio marchar, llegando así a Amocáin. Iba vestido con hábito de romero, para no llamar la atención. De este modo pudo preguntar con facilidad a gentes del país si habían visto a una joven de las señas de su hermana. Al fin, un tullido que tomaba el sol junto a la puerta de la iglesia le dijo: «Yo conozco a una joven sirvienta que es parecida en figura a la que buscáis. Es una bendición que el cielo nos ha enviado para que alivie nuestra miseria, pues constantemente nos reparte limosnas». Guillermo se dirigió a la casa en donde le dijeron que servía su hermana, y, en efecto, allá la encontró. Grande fue la alegría de Felicia al ver a su hermano; pero pronto su júbilo se cambió en tristeza, pues Guillermo le habló duramente, reprochándole su conducta y diciéndole que habría de regresar con él a Francia. Felicia se negó en redondo. «He hallado mi camino, y por él he de seguir. Y nada ni nadie en esta tierra me ha de apartar de lo que ha sido la voluntad del Señor que haga.» Guillermo se iba encolerizando, y cogiendo a su hermana por los hombros la zarandeó, diciéndole: «Vas a ser nuestra perdición». Ella se negaba una y otra vez. Hasta que su hermano, llevado de un impulso colérico, sacó la daga y la clavó en el pecho de la joven, que cayó muerta al suelo.

Mas Guillermo, al momento, sintió horror de lo que habla hecho llevado por su naturaleza violenta y por la ira. Y lleno de desesperación, huyó camino de Santiago.

Las gentes de la casa, por la noche, se extrañaron por la ausencia de la sirvienta, y ordenaron que salieran algunos criados en su busca, temiendo que hubiese perecido en el bosque. Salieron los criados con faroles y hachas encendidas, y al fin, en medio de una gran sorpresa, encontraron el cadáver de Felicia. Y llenos de dolor, lo comunicaron a los señores de Amocáin, los cuales ordenaron que se enterrase a la joven en la iglesia, ya que, por sus muchas obras de caridad, era considerada casi como santa.

No habían pasado muchos días del entierro, cuando el cura de aquella iglesia, al ir a decir la misa de madrugada, notó que un dulce perfume llenaba la casa del Señor. Extrañado, recorrió toda la iglesia y vio, asombrado, que un clavel salía de la sepultura de Felicia. Comunicó el hecho a los señores de Amocáin, y en presencia de ellos se levantó la tapa del sepulcro, descubriendo el cuerpo de la sirvienta, que estaba incorrupto, y de cuyo corazón brotaba la perfumada flor. Entonces comprendieron que aquello era milagroso, y trasladaron el cuerpo de Felicia a un rico féretro, en donde se le dio nuevo descanso. Pero, días después, el féretro había desaparecido, y fue encontrado lejos de allí, sin que pudiera movérsele del lugar en donde apareciera.

Determinaron dejar a la voluntad divina la indicación del sitio en donde había de tener sepultura el cuerpo de Felicia, y cargaron el sarcófago en una mula, dejándola suelta. La mula comenzó a caminar. Al pasar por los pueblos, tañían solas las campanas, y las gentes rezaban de rodillas. Al fin se detuvo en Labiano, junto a una ermita erigida para conmemorar la conversión de san Pablo. Y allí se le erigió a Felicia una capilla, en la que quedaron como ermitaños los señores de Amocáin.

Al lado de la ermita hay un templete, en donde se dice que fue enterrada la mula que condujo el féretro.

 

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