LEYENDAS DE NAVARRA – LA CUEVA DE LA MORA.

Cerca del balneario de Fitero, en Navarra, alzase una escarpada roca, cortada a pico sobre un profundo barranco, por cuyo fondo corren las aguas del río Alhama, abriéndose paso entre aquellas abruptas montañas.

En lo más alto, y como dominando el profundo y fértil valle, se encuentran las ruinas de un antiguo castillo árabe, que, edificado sobre la roca viva, se erguía antaño, orgulloso, desafiando con su poderío a los cuatro vientos; estaba rodeado de espesas murallas almenadas, y su profundo foso constituía una fortaleza inexpugnable.

A la orilla del río, y medio oculta por los espesos matorrales, hay una oquedad practicada en la roca, que es la entrada de una profunda y oscura cueva, conocida en toda la región por la cueva de la Mora. Y es creencia que esta cueva tiene comunicación subterránea con el castillo. Todos los habitantes conocen su historia, que es la siguiente:

En tiempo de la dominación árabe en España, los cristianos hacían frecuentes incursiones contra los moros, y llegaban en ellas muy cerca del castillo.

En uno de esos encuentros se libró, cerca de Fitero, una reñida batalla. Cayó herido en la lid, después de defenderse valerosamente, un noble caballero cristiano, jefe de aquellas fuerzas, quedando prisionero de los infieles.

El cautivo fue conducido al castillo moro; allí se le encerró en un lóbrego calabozo, cargado de cadenas, dejándole abandonado hasta que se muriera. Con gran entereza sufría en su trágica soledad los malos tratos de sus guardianes. Pero habiendo, por milagro, sanado de sus heridas, fue rescatado por sus familiares a cambio de una cuantiosa suma.

De vuelta, con los suyos, fue recibido por ellos con grandes muestras de alegría, festejando con gran júbilo su liberación. Pero en medio de tantos obsequios y halagos, el caballero sentía una tristeza infinita.

Volvió a tomar las armas, y fue recibido con gran cariño por sus compañeros de guerra. Pronto quiso emprender nuevas expediciones contra los árabes, para aturdirse con el fragor de las batallas, porque en su alma sentía una honda pena, imposible de dominar.

Había visto durante su cautiverio, a la hija del alcaide moro de aquella fortaleza, una muchacha de maravillosa belleza y seducción irresistible, ante la que se había rendido su corazón, siendo para él este amor como una obsesión que le llevaba a la locura. Se convenció de que la amaba con pasión, y que sería más feliz en el lóbrego calabozo que separado de ella, e inútilmente se esforzaba por arrancarse aquel amor, que él comprendía no podía alentar.

Después de continuas noches de insomnio, resolvió atacar la fortaleza y conseguir así a la doncella. Para ello, organizó una expedición, con el aparente intento de apoderarse del castillo y vengar los ultrajes allí recibidos en su cautiverio.

Todos sus compañeros secundaron su iniciativa, y rápidamente se ultimaron los preparativos. Y una noche, por sorpresa, se dio el asalto al castillo, con gran heroísmo por parte de los cristianos que luchaban cuerpo a cuerpo con los defensores moros, hasta que cayó la fortaleza en poder de los atacantes. Mas en seguida pudieron notar los soldados que la causa de aquella expedición la constituía la hermosa mora, que, conquistada por el enamorado guerrero, se había entregado en sus brazos, embriagándole con su amor hasta descuidar la defensa del castillo, dejando a sus tropas en grave riesgo de perecer.

Pronto llegaron numerosos refuerzos en socorro del alcaide moro, y desde la atalaya divisábase una inmensa polvareda que, avanzando al galope, cercaba el castillo.

Sonaron los clarines de alarma; se alzó el puente levadizo; todos los soldados cristianos acudieron a defender sus puestos, y los ballesteros coronaron las almenas. El caballero, separándose de la mora, se vistió su armadura y corrió a organizar la defensa.

Empezaron inmediatamente los asaltos, repetidos numerosas veces ante la bravura de los soldados cristianos y las magníficas condiciones de defensa del castillo. Por último, los moros, convencidos de lo estéril de la lucha, resolvieron sitiar por hambre la fortaleza.

Durante bastante tiempo resistieron aquellos valerosos soldados el hambre cruel, dispuestos a morir antes que entregarse. Al fin, un ataque por sorpresa de los sitiadores dio origen a una encarnizada lucha, en la que murió gran número de cristianos, cayendo también herido su jefe, que defendía la entrada del castillo.

Al verle herido, corrió la mora hacia él, y arrastrándole como pudo hasta el patio de armas, mediante un resorte, levantó una gran losa, que dejaba abierta una entrada subterránea, y con su amante desapareció por ella, cerrando la losa detrás de ellos.

Por aquellos corredores subterráneos continuó con su carga, hasta llegar a la cueva de la orilla del río. Allí colocó suavemente al herido, que empezaba a recobrar el conocimiento, y mitigó con sus dulces caricias el agudo dolor de sus heridas. El caballero sentía una sed ardiente. Y ella, para aplacarla y lavar sus heridas, se decidió a salir al río por agua. Y tomando el casco del guerrero y abriéndose paso entre los zarzales de la entrada de la cueva, llegó hasta el río, donde recogió agua en el casco, y ya se disponía a volver; pero en ese momento fue herida por una saeta disparada desde el castillo por un guerrero moro.

Herida de muerte, pudo llegar la mora hasta la cueva, llevando el agua para el caballero, que ante su cercana muerte, elevaba su corazón a Dios pidiendo perdón de sus culpas. Al verla a ella herida, quiso que invocara también a Dios; pero sus labios no se movieron, porque cayó muerta sobre él, mezclando su sangre con la del caballero, que empapaba la losa de la de la cueva, mientras ellos iban quedando pálidos hasta parecer dos estatuas de mármol.

Después de una lucha terrible, el castillo había caído en poder del jefe moro, y se buscaba entre los muertos al guerrero cristiano. Un soldado moro fue el primero en descubrir un rastro de sangre en la orilla del río, y, siguiéndolo, penetró en la cueva, en la que encontró los dos cuerpos inanimados del caballero y de la mora, yaciendo juntos, mientras sus almas vagaban por los altos espacios.

Desde entonces se ha visto varias veces salir de la cueva una hermosísima doncella vestida de blanco, que con una jarra en la mano se dirige por agua al río, y con la jarra llena regresa a la cueva donde está su mansión. Todos los habitantes de aquella comarca creen que es el alma de una mora, la hija del alcaide de aquel castillo, y nadie se atrevería a penetrar en la cueva.

 

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