LEYENDAS DE MURCIA – LA CUEVA DEL MONJE.


En época remota, en el magnífico monasterio de Santa Ana, enclavado en lumilla, vivía un monje, fiel cumplidor de las reglas monásticas, que edificaba en su virtud a los otros frailes. No se permitía el más ligero goce en su vida ordinaria, sazonaba su comida con ceniza o sal, se ofrecía para los más rudos trabajos, y su cuerpo estaba llagado por las continuas disciplinas.

Un día llamaron a la puerta del convento; salió a abrir el fraile, el cual quedó impresionado ante la belleza de una joven. Ella pidió confesión, y el fraile, al momento, se prestó a complacerla. Pero, enamorado de ella, le impuso la penitencia de volver a los dos días.

Aquella noche, en sus rezos de maitines estuvo tan abstraído que sus labios repetían las oraciones, pero su imaginación no podía apartarla de aquella maravillosa muchacha que le había perturbado su espíritu.

En su conciencia se entabló una lucha entre el deber y la pasión. Se sentía culpable y redoblaba sus sacrificios; pero la devoción había huido de él, y sus prácticas religiosas le hastiaban. Su vida toda se le iba detrás de la joven, y al cabo de dos días, al volverla a ver, la pasión triunfó.

El monje salió aquella noche, silenciosamente, mientras la comunidad dormía, y, saltando las tapias del claustro, fue al encuentro de la dama, que lo esperaba cerca del convento. Antes del amanecer estuvo de vuelta en su celda, sin que los monjes hubieran notado su ausencia.

Se repitió esto durante varios días. Hasta que fue descubierto por el superior, el cual una noche, desvelado, vio desde su ventana saltar una sombra y encontró vacía su celda. El prior amonestó severamente al monje y, con gran dolor, tuvo que expulsar a su hijo querido.

Apenado, se marchó el fraile del convento. Sus largos años de vida piadosa, que abandonaba al irse tras un placer humano, adquirieron ahora una fuerza poderosa que arrastraba tras sí a su alma, torturándole. En confusión y desasosiego caminó largo rato. Tropezó, por fin, con una profunda cueva cavada en la roca, y se refugió en ella. Allí, entregado a la oración y penitencia, y alimentándose sólo de hierbas, intentó expiar sus culpas, muriendo al poco tiempo de hambre y frío. Su cadáver fue encontrado por un pastor que una noche se guareció en la cueva, que desde entonces toda la comarca conoce por la cueva del Monje.

 

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