LEYENDAS DE MADRID – Los farfanes y don Juan I.

Corría el año de 1390. El rey don luan 1 de Castilla residía con su corte en la ciudad de Alcalá de Henares. No le gustaba al pueblo la afición que su señor sentía por todas las cosas de moros; singularmente desconfiaba de los farfanes, enviados por el rey de Marruecos, quienes habían obtenido tantas mercedes reales. Eran los farfanes descendientes de los cristianos que vivían en las tierras africanas cuando los árabes las invadieron. Nadie los aventajaba en los ejercicios de equitación; sabían montar y desmontar de los caballos lanzados a galope tendido, y saltaban, con gracia y precisión admirables, zanjas y barreras.

Llegó el día 9 de octubre; los farfanes iban a dar una muestra de sus habilidades en el campo que rodea a Alcalá. Don luan, acompañado del arzobispo Tenorio, salió de la ciudad por la puerta de Burgos. Al llegar al campo, los farfanes habían comenzado ya sus ejercicios de equitación. El espectáculo que ofrecían era realmente fascinador. Y he aquí que nadie advirtió que el diablo se había mezclado entre ellos, dirigiendo sus cabriolas ecuestres y brillando en la punta de sus lanzas. Sólo don Juan se sintió arrastrado por el embrujo y picó espuelas a su caballo. Entonces el maleficio se apoderó también del noble animal y partió al galope en loca carrera. Don Juan era un gran jinete, pero no pudo dominar a su caballo ruano, poseído por el diablo; tropezó el bruto y cayó, aplastando con su peso al jinete. La muerte del rey fue instantánea.

La consternación se hizo general. Sólo el prelado conservó, la sangre fría, y, armando una tienda, colocó en ella el cadáver de su señor. Consiguió que los médicos publicasen que el rey vivía, y envió a ciudades, villas y lugares cartas que anunciaban la gravedad del monarca y que exhortaban a guardar lealtad al príncipe don Enrique. Los centinelas, colocados en torno a la tienda, contuvieron al público curioso; partieron servidores en busca de medicinas y los médicos entraban y salían continuamente de la tienda. Cuando llegó la reina doña Beatriz, que había salido precipitadamente de Madrid al recibir la noticia, la comedia se vino abajo; el dolor de la viuda descubrió la verdad. Pero el arzobispo había conseguido que se proclamase rey al infante don Enrique en Madrid, al mismo tiempo que el cuerpo de don Juan se depositaba solemnemente en el palacio de Alcalá.

El pueblo no dudó nunca de que la fascinación de don luan había sido obra del diablo. Todavía creen algunos que, en las noches de luna, aparecen los farfanes en la llanura donde murió el rey, para repetir sus juegos bélicos. Las hileras de blancas nubes que se levantan en aquel lugar, empujadas por el viento, ora en un sentido, ora en otro, semejan el marcial movimiento de un arrogante escuadrón. Y cuando arrecia el viento, trae entre sus rumores los gritos de los jinetes y los sonidos de las fanfarrias.

 

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