LEYENDAS DE MADRID – La llamada divina.

Era hacia el año 1600. Reinaba en España Felipe III, y la nación se hallaba en plena decadencia; los cargos públicos eran vendidos por sumas enormes, destinadas a engrosar las fabulosas fortunas de los privados y distribuidores de altos empleos. La corte, en Madrid, se ocupaba sólo en cacerías y fiestas literarias, a las que era muy aficionado el monarca Felipe III, y estas reuniones fomentaban las intrigas políticas y los escándalos amorosos, que enturbiaban el ambiente casi irrespirable de la ciudad.

En la actual calle del Divino Pastor habitaba don Luis Carrillo, ministro del rey; era su casa una espléndida mansión, de bella arquitectura y lujosos salones decorados con gusto exquisito; rodeada de un hermoso jardín, de frondosos árboles, que formaban avenidas y glorietas, embalsamadas con el perfume de las flores. Este señor, devoto creyente, mandó a un artista afamado de su tiempo pintar en la portada de su casa una imagen del Divino Pastor, de cuya obra quedó satisfecho el ministro, por su inspiración y belleza. Constantemente la tenía alumbrada con dos farolillos, que servían para orientar a los transeúntes en la noche oscura y para que las gentes piadosas elevaran su corazón, mientras sus labios se movían para rezar una plegaria.

En el mismo barrio tenía su estudio el inspirado pintor Gregorio Ferro, que vivía con una hija suya, a la que profesaba entrañable cariño, llegando casi a un delirio paternal. La muchacha era bellísima, y en varios de los mejores cuadros del pintor le sirvió ella de modelo.

Conocióla un noble palaciego y, enamorado de su hermosura y sin intención alguna de casarse, le propuso una fuga, que la muchacha aceptó, ciegamente enamorada de aquel galán ilustre, sin calcular los peligros a que se exponía y siguiendo sólo los impulsos de su alocado corazón. Ella, dispuesta a abandonar su casa y a su padre, con tal de seguir a su amor, se decidió a acudir a aquella cita, la misma noche, en una encrucijada próxima.

La joven escribió unas líneas antes de escapar, despidiéndose de su padre, salió a media noche, de puntillas para no hacer ruido, y acudió anhelante al lugar del encuentro.

El padre, al despertar y encontrar la carta de la hija, sintió que la tierra se le hundía bajo sus pies, y corrió al cuarto de la muchacha, que halló vacío; cayó de bruces sobre el lecho, con una angustia jamás sentida, a pesar de las numerosas desgracias que le habían afligido, y lloró desgarradamente la pérdida de su niña adorada, su deshonra y la ingratitud de aquella hija a la que tanto había mimado. Con el rostro bañado en lágrimas, se levantó y con paso trémulo se dirigió al convento de la Encarnación y, de rodillas ante el altar, oró largo rato. Después, más aliviado, se acercó a llamar a una puerta y preguntó por la priora, a la que le unía una antigua amistad. Ésta apareció y el padre le refirió su terrible desgracia. La monja le consoló cuanto pudo, manifestándole que ella sentía cierta esperanza de que su hija no se había perdido, y aconsejándole que confiara en Dios y que la vería aparecer de nuevo en su casa buena y pura como antes. El pobre padre marchó con la gran ilusión de que aquello fuera una profecía.

Mientras, la hija, que había acudido puntual a la cita, se encontró sola en la calle oscura y esperó un rato, sin que ninguna sombra se acercara. Su galán, metido en mil devaneos amorosos e intrigas palaciegas, había olvidado su fuga con la bella hija del pintor, que, desconcertada y con el corazón destrozado por el desengaño, llamaba a gritos a la muerte como único alivio de sus males. Recordó que allí cerca, en un frondoso jardín, había un pozo donde podría anegar sus desdichas, y alocada corrió, huyendo de la vida que la martirizaba y queriendo acogerse en el seno de la muerte.

Al pasar bajo la imagen de la puerta del Divino Pastor, oyó una dulce voz que la detuvo:

— ¿Adónde vas, desdichada?

Pensó que pudiera ser una alucinación y quiso seguir, pero volvió a oírla; temblando cayó de rodillas, confundiendo su gratitud y sus angustias, y entre sollozos y plegarias quedó allí largo rato. Hasta que apercibidos los perros que cuidaban la finca del ministro, furiosamente ladraban alrededor de ella, haciendo despertar a la guardesa, que bajó a enterarse de lo ocurrido, y vio a la joven rodeada de los perros, tan asustada que no se atrevía a moverse. La buena mujer le hizo entrar en su casa, y allí atendió a la desventurada, que relató el trágico suceso y el prodigio divino de la imagen; llorando de emoción, las dos mujeres dieron gracias al Señor, que había impedido aquel suicidio.

Al entrar en casa, padre e hija se abrazaron, llorando emocionados, mas sin proferir la menor queja, sintiendo en su corazón la intervención divina que los había librado de la deshonra y de la muerte y cumpliéndose así la profecía de la monja.

Poco tiempo pasó, y la doncella, ya consolada y con gran paz de espíritu, tomó el hábito de religiosa en el convento de la Encarnación, consagrándose al Divino Pastor, que la había salvado.

Las turbulencias de aquella época y las revueltas políticas incendiaron la quinta de don Luis Carrillo, que ardió durante varios días, iluminando con sus resplandores las oscuras y lóbregas calles, y borrando el fuego hasta las huellas del palacio, pero quedando viva la leyenda del Divino Pastor, que sigue dando nombre a la antigua calle.

 

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