LEYENDAS DE MADRID – La calle de « ¡Válgame Dios!».

Era la época en que reinaba en España Felipe II. En Madrid, en la calle de Atocha, alzábase el convento de Santo Tomás, severo y majestuoso edificio construido en 1583 a instancias del venerable fray Diego de Chaves para los monjes de su orden, que gozaban entonces gran fama de austeridad y rigidez de vida, siendo solicitados continuamente por los numerosos penitentes que a ellos acudían a depositar en aquellos santos varones el secreto de sus confesiones.

Estaba encargada esta orden de confesar y asistir en sus últimos momentos a los sentenciados a muerte por el tribunal de la Inquisición, por lo que las gentes miraban con veneración y respeto a estos frailes penitenciarios, que derramaban su bendita paz en el alma de los condenados.

Una tenebrosa noche de invierno, en que la ciudad, azotada por la furia del viento, parecía quejarse en lastimeros lamentos, sonaron en la puerta del convento de Santo Tomás fuertes aldabonazos, que despertaron sobresaltados a los frailes. El hermano lego salió a abrir y se encontró con dos embozados, que solicitaban ver al padre prior. Se resistía el hermano portero a llamarle en aquella hora intempestiva, pero ante la urgencia del caso, ya que se trataba de confesar a un moribundo, se decidió a avisarle.

El superior se vistió a toda prisa y, envolviéndose en su capa, se dispuso a cumplir la voluntad de Dios y a seguirlos. Pero el lego que tenía que acompañarle en su santa misión, según era costumbre, y sospechando de la mala catadura de aquellos personajes, sin decir palabra se llegó a un extremo del claustro, donde estaba depositado el cadáver de un caballero fallecido, para recibir sepultura en la iglesia, y apoderándose de su espada, la escondió bajo el hábito y fue a unirse al prior, que ya en la calle, decía a los embozados: (Guiadnos».

Los caballeros echaron a andar delante, seguidos de los clérigos, y en silencio emprendieron los cuatro el camino, metiéndose por la calle de Carretas hasta la Puerta del Sol, que atravesaron, y pasando por los Caños de Alcalá, llegaron a unos desmontes. Allí los embozados se abalanzaron sobre los monjes. El padre prior no opuso la menor resistencia ante el ataque, dejándose atar y amordazar con santa paciencia. Pero el lego sacó la espada del muerto y, manejándola con gran destreza, empezó a luchar denodadamente con uno de los embozados. Mientras, el otro, agarrando al prior, le conducía por estrechos senderos y barrancos, hasta una cueva, en donde le hizo entrar; en ella, iluminada por la débil luz de una linterna, vio el monje a una mujer muy bella, de aspecto distinguido, que con un niño pequeño dormido en los brazos, lloraba desolada, mirando al fraile con aire de súplica, como si en sus manos estuviera el alivio de todos sus males.

Allí, el hombre, furioso, desató las ligaduras del monje, diciéndole: «Confesadla, que va a morir dentro de unos momentos, y bautizad al niño, que será enterrado con su madre». El monje contestó enérgicamente que delante de él no se cometería ningún crimen. Pero el otro, ferozmente, replicó: «Obedece primero, que luego ya te mataré a ti también».

Y el fraile, humildemente, se sometió, administrando con toda serenidad los santos sacramentos a la mujer y al niño; en cuanto hubo terminado, aquel malvado se abalanzó sobre ella, llevando en su mano un agudo puñal, que levantó para hundírselo en el pecho, mientras la infeliz exclamaba: «¡Válgame Dios!».

Pero no llegó a herirla, porque el asesino cayó al punto sin sentido bajo el golpe de espada del lego, que llegó corriendo en el preciso momento de salvar la vida de aquellas dos víctimas.

Después de alabar con agradecimiento a Dios por el prodigio obrado, los dos monjes condujeron a la mujer y al niño a un sitio hospitalario y seguro, donde quedaron para siempre bajo su protección, sin que nadie más que el prior llegase a saber la causa que había sido origen de aquel trágico y milagroso suceso, que dio nombre a la calle de « ¡Válgame Dios!», trazada sobre aquel lugar y que hoy día aún conserva su nombre.

 

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