LEYENDAS DE MADRID – El bonete de don Juan Henríquez.

En la calle del Bonetillo, contigua a la plazuela de Herradores, vivió, allá por el siglo XVII, un noble caballero llamado luan Henríquez, dilapidador y divertido, cuya única ocupación consistió siempre en armar pendencias y conquistar doncellas. Su audacia y su desenfreno iban acompañados del éxito: si se batía, mataba infaliblemente a su rival; y en cuanto a las damas, fuesen doncellas o mujeres casadas, eran conquistadas sin mucho esfuerzo por su ardorosa violencia. En cierta ocasión, el marido ultrajado de una de ellas, quiso salvar su honor en un desafío. Don Juan, tan alegre y desenfadado como siempre, aceptó complacido el duelo, seguro de su victoria. Una vez más, la suerte le fue propicia, y el infortunado caballero murió atravesado por el acero de Henríquez.

No le atormentaba lo más mínimo la conciencia cuando se dirigió por la calle Mayor hacia su casa; al entrar en la que hoy es calle del Bonetillo, se encontró con una gran multitud de caballeros vestidos de negro, que se agolpaban en su puerta. Pensó inmediatamente que se trataría de un entierro y preguntó por el nombre del difunto. Un desconocido le contestó distraídamente que se trataba de don Juan Henríquez, un noble que había vivido en aquella casa y a quien el príncipe don Carlos había honrado siempre con su amistad. Don Juan comprendió en seguida que le contestaban en son de burla y volvió a formular la misma pregunta a otro de los caballeros; pero el nombre de Henríquez fue la única respuesta que obtuvo. Atemorizado ya en cierto modo, subió de cuatro en cuatro las escaleras de su casa hasta llegar al piso; allí escuchó el llanto de las mujeres entre el olor del humo de las velas. En una de las habitaciones estaba dispuesto un féretro que acababa de ser cerrado para disponer el entierro. Preguntó de nuevo el caballero por el nombre del difunto, y una dama le contestó, entre sollozos, que se trataba de don luan Henríquez. No pudo éste por más tiempo contener su curiosidad y se precipitó sobre el ataúd para levantar la tapa. No le fue posible ya disimular su terror al encontrarse con su propia imagen, pálida y desencajada, a quien sus familiares y amigos habían cubierto de flores. Pero sin poder creer tampoco que se tratase de un milagro, pidió explicaciones, a grandes voces, a todos los allí presentes, afirmando que el único don luan Henríquez era él, y que se encontraba bien vivo. Tal fue el escándalo provocado, que acudió la guardia, y como creyeran falsas sus afirmaciones, pensaron que don luan trataba de suplantar la personalidad del muerto y le encerraron en la cárcel de Toledo. Cuatro años estuvo allí, y cuentan que fue para provecho de su alma, porque al quedar en libertad, aterrorizado y arrepentido por sus pecados, renunció a las vanidades del mundo y profesó en el convento de Santa Cruz, donde llevó, hasta el fin de sus días, una vida de penitencia para descargo de sus pecados. En el tejado de su casa, clavado en un palo, mandó poner un bonete, como símbolo de su arrepentimiento, que acabó dando el nombre a esta calle, que guarda desde entonces la historia de su fantástica aventura.

 

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