LEYENDAS DE GUADALAJARA-EL CAUTIVO

El cautivo

Con todo fervor oraba aquel día ante la Virgen del Santuario de la Hoz un famoso guerrero de Molina, cuya vida intachable se reflejaba en su sereno rostro, y su amor a la Madre de Dios lo mostraba con sus frecuentes visitas al templo. En medio de su oración fijó su mirada en un rostro angelical de mujer, casi niña, que a corta distancia de él estaba arrodillada en profunda meditación. Prendado quedó de la excepcional hermosura de la doncella, y largo rato la contempló, sin acertar a romper la atracción que a ella le unía; de tal modo se grabó en su imaginación la «estatua orante» del santuario, que ya no la apartaría de sí. No faltaba un solo día al templo a esperarla, hasta que llegó la ocasión en que pudo declararle su amor.

Era él Fernando Cortés, de noble y poderosa familia, de la que luego había de salir el conquistador de México; y persuadido de que su amor sería correspondido por la hermosa Elvira, noble también, no vaciló en pedirla por esposa. Grande fue su sorpresa al ser rechazado por ella. En Elvira la idea del convento había llenado toda su vida; jarrr4s pensó ella en un posible matrimonio, y su proyecto de ingresar en un monasterio estaba próximo a realizarse.

La noble doncella tomó el hábito; y el guerrero, sin poderse resignar a no verla, arrastrado por una fuerza superior, iba a diario a la tribuna del convento para poder contemplarla durante la misa. Llegó un día en que ella no salió; se había percatado de que era admirada, y ya siempre se colocó tras una celosía. Perdido su único consuelo de verla, se consagró, al honor de la patria; tomó parte en las luchas contra los musulmanes, y en ellas se destacó por su arrojo y heroísmo, llenando de gloria su nombre, que llegó a ser tan famoso entre los cristianos como temido por los moros. Pero en una emboscada cayó prisionero de los infieles, que le sometieron a toda clase de tormentos, para que renegara de su fe. Con sublime entereza resistió el suplicio, mientras sus labios se movían invocando a Dios. Después de terribles pruebas le dejaron en un inmundo calabozo, desangrándose sobre un suelo fangoso y en la más negra oscuridad. Allí, casi desfallecido, apenas tenía fuerzas para musitar una oración llamando en su ayuda a santa María. El héroe quedó sumergido en un profundo sueño, y al despertar de su letargo encontró que sus heridas aún sangraban, que sus pies y manos seguían aprisionados con gruesas cadenas; pero no era el calabozo lo que veía a su alrededor; era el cielo radiante de su querida España, sus campos amados, la silueta del monasterio de la Hoz, y oyó el dulce tañir de sus campanas que había oído desde niño. Vio a Elvira junto a él, más bella que nunca, que le decía: «Yo he conseguido ya la felicidad eterna. Vete y deposita sobre mi sepulcro las cadenas que te aprisionan y cae de rodillas ante Dios que te ha concedido tu milagrosa libertad».

Sus hierros cayeron y él pudo llegar hasta la tumba de Elvira.

 

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