LEYENDAS DE GALICIA – San Andrés de Teixido.

EI santuario de San Andrés de Teixido está en el «cabo del mundo», en el lugar más apartado de todos los caminos, allí donde acaba toda tierra habitada y al pie de la sierra que termina en el cabo Ortegal. Los habitantes de los alrededores son labriegos que viven a la orilla de la mar y no andan nunca por ella. Los acantilados del violento declive y las rocosidades que afloran de las aguas no permiten la navegación en aquella bravísima costa, y ningún barco, por pequeño que sea, se ve en sus proximidades. Los caminos que conducían a Teixido eran ásperos y peligrosos antes de que hubiese carretera.

No obstante, es necesario que todo hombre nacido de mujer haga, por lo menos una vez en la vida, la peregrinación a San Andrés de Teixido. El que no lo haga durante su vida, tendrá que hacerla después de muerto.

Los peregrinos que se dirigían hacia allí por aquellos difíciles caminos llevaban una piedra cada uno, cuanto más pesada mejor, para dejar en los amilladoiros, que se hallan a uno y otro lado de la ruta, y al comenzar a bajar la cuesta, encontraban culebras, sapos, ranas, escarabajos y otras sabandijas que seguían la misma dirección. Había que tener cuidado de no pisarlos ni hacerles daño, porque eran las almas de los que en vida no habían hecho la peregrinación y la cumplían entonces bajo aquellas formas.

¿Cuál fue el origen de semejante deber piadoso que a todos obliga? Pues fue lo siguiente:

El apóstol san Andrés estaba muy triste de ver las ingentes multitudes que de todos los rincones del mundo, de todas las naciones de la cristiandad, hasta de ignoradas provincias de la Etiopía y de la Tartaria, incluso de la remota India, venían a visitar el sepulcro de su compañero y coapóstol, el señor Santiago, sin que los detuvieran distancias, trabajos ni penalidades de ningún género, mientras que su santuario, propicio a todos los milagros, estaba siempre solo y abandonado, sin que nadie acudiese a él.

Este olvido y esta soledad le causaban una inmensa pena; tanto, que no hacía más que pensar en ello y vagar por los caminos lamentando en lo profundo de su corazón los desdenes de los devotos. En una de sus solitarias caminatas se encontró de pronto con Nuestro Señor Jesucristo, que venía por el mismo camino. El Señor, con su bondad siempre misericordiosa, le preguntó por qué estaba tan triste. San Andrés aprovechó la ocasión y le respondió: —Maestro: estoy triste porque, mientras todos van a visitar a tu discípulo Santiago, viniendo de los cuatro extremos de la Tierra y pasando por ello mil apuros y sinsabores, nadie viene a mi santuario, el cual está siempre vacío, como si yo fuese menos fiel discípulo tuyo y menos celoso del bien de los hombres.

Nuestro Señor, compadecido de su discípulo, le dijo:

—Bien dices, Andrés, que no eres ni has de ser menos que Santiago. De hoy en adelante te prometo que nadie entrará en el cielo sin que haya visitado tu santuario a lo menos una vez en la vida, y el que no lo haya hecho de vivo, tendrá que hacerlo de muerto.

Y así fue. Por eso desde entonces se dice:

A San Andrés de Teixido

 vai de morto o que non vai de vivo.

 

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