LEYENDAS DE GALICIA – Historia de santa Ana y de la Virgen María.

Camilo Morgade era un cestero de la Limia, de los que aún llevaban un chaleco rojo de paño de casa, con mangas y ribetes de trencilla negra. Su oficio de construir o remendar cestos de vegas le permitía hablar sin descanso durante el trabajo. Una vez nos contó esta sorprendente historia.

—Nuestro Señor Jesucristo —nos dijo— tuvo madre y no tuvo padre; pero santa Ana tuvo padre y no tuvo madre.

¿Que cómo fue? Pues santa Ana era hija de un hortelano, el cual, cuando la tuvo, ya era santo. Aquel hortelano tenía un jardín, y en el jardín, un manzano. Y un día, paseando por el jardín, cogió una de las manzanas que allí había y la comió. Y la navaja con que la cortó, después de usarla, la limpió, pasando la hoja por uno de sus muslos.

De allí a poco, notó que en el muslo, en el sitio por donde había pasado la navaja, se le formaba un pequeño tumor. Primero anduvo en él con los dedos, a ver si podía reducirlo; pero, en lugar de reducirse, le crecía más.

Y tuvo aquel tumor durante nueve meses, y al cabo de los nueve meses, desapareció.

Pero después vio que andaba por el jardín una niñita preciosa, y fue hacia ella; pero la niña echó a correr, y el santo corrió tras de ella; cuanto más corría el santo, más corría la niña, y cuando le parecía que iba a llegar a ella desaparecía.

Aquella noche el santo hortelano oyó en sueños una voz que le decía:

—Cuando veas a la niña, no corras tras ella, sino llámala, diciendo: «Hija mía, ven aquí», y la niña vendrá, porque es hija tuya, y como hija tuya la has de criar y tener.

Así lo hizo, y aquella niña fue santa Ana.

De mayor, santa Ana se casó y vivió muy feliz con su marido; pero pasaron los años, y ya les estaba llegando el tiempo de separarse, porque había la ley de que un matrimonio que llevase tantos años sin tener hijos debía separarse. Más santa Ana y su esposo se amaban tanto, que de ninguna manera se querían separar. Entonces determinaron huir de aquel país y marcharse a otro donde no hubiese aquella ley; y, en efecto, emprendieron el viaje.

En el camino se les apareció el arcángel san Gabriel, el cual les dijo que no siguiesen adelante; antes bien, que se volviesen a su casa, pues no tendrían que separarse, ya que santa Ana daría pronto a luz una niña.

Y así fue, y aquella niña fue la Virgen María.

Siendo la Virgen aún pequeña, sus padres, por temor a los herejes, la pusieron en una casa de campo solitaria, en el reino de Litaria, provincia de Bévora, casa muy humilde, construida de adobes, para que los herejes no pudieran sospechar que se encontraba allí tan gran Señora.

Allí fue adonde vino el arcángel san Gabriel y le dijo:

—Dios te salve, María; llena eres de gracia. Tendrás un hijo; le pondrás Jesús.

Ella dijo:

—Es que yo no he de usar de varón…

Y san Gabriel le dijo:

—No temas, María, que el Verbo Divino se «hacera» hombre y habitará entre nosotros.

Aquí termina el breve evangelio apócrifo del cestero de la Limia. Cuando la fe está viva en un país, forja bellas historias que aunque sean inciertas, no dejan por eso de tener algo de santas.

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