LEYENDAS DE GALICIA – El peregrino generoso.

Tres soldados de la diócesis de León se reunieron para hacer juntos la peregrinación a Santiago de Galicia. Cuando hacían el viaje se les acercó una pobre mujer, con un hatillo, suplicándoles que por amor del apóstol le permitieran llevar su hato en las caballerías. Lo hizo uno de los soldados, poniendo el saco en su caballo. Cuando todavía les faltaban doce jornadas para llegar a Galicia, encontraron en el camino a un enfermo, que les suplicó le recogiesen. Así lo hizo el soldado compasivo, acomodándolo en su caballo y echándose al hombro el saco de la mujer y llevando en la mano el bordón del enfermo. Con el calor del sol y con el cansancio del viaje, se sintió enfermo el soldado; pero como penitencia por sus pecados y por la devoción al apóstol, aguantó las penalidades del viaje hasta llegar a Santiago. Allí se acostó, y al ver la gravedad de su mal, los compañeros le aconsejaron que se confesase y que recibiese el viático.

El soldado piadoso lo oía; pero no podía hablar, y mudo permaneció durante tres días. Sus compañeros tenían la peor impresión de su salud y de su salvación al verlo en tal estado. Al cuarto día, cuando sus compañeros lo estaban velando, por creer inminente su muerte, exhalando un profundo suspiro, dijo: «Gracias a Dios y al santo apóstol Santiago, que me han librado de ellos. Desde que caí en cama, quería confesar y comulgar, como vosotros me aconsejabais; pero vinieron unos demonios y sujetaban mi lengua de tal modo, que a pesar de oíros, no podía hablar. En esto se presentó Santiago, llevando en la mano izquierda el saco de la mujer, aquel que yo traje en mis hombros, y en la derecha el bordón del hombre que vino enfermo en mi caballo, y agitando el bordón como una lanza contra los demonios, los ahuyentó. Así me ha librado Santiago de mi impedimento. Pues voy a morir en seguida, haced que venga un sacerdote para confesarme, y a vosotros, compañeros, os anuncio que no lucharéis ya a las órdenes de nuestro jefe, que pronto va a morir de mala muerte».

Fallecido y sepultado el soldado, sus dos compañeros volvieron a su país y allí anunciaron a su jefe la profecía del soldado. El ¡efe se burló de ella, juzgándola un delirio del moribundo; pero a poco murió traspasado por una lanza.

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