LEYENDAS DE CÓRDOBA – LA CRUZ DEL ARCO DE LA VILLA.

A alguna distancia de Córdoba hay una villa antigua situada en la ladera de un cerro, en cuya cúspide álzase un castillo morisco que tuvo un papel preponderante en las guerras contra los árabes. Esta ciudad fronteriza, espanto y terror del moro, era Baena.

A fines del siglo XVIII existía en la parte alta de la ciudad, en un barrio llamado Almedina, una casa solariega que perteneció a uno de los nobles que habían desertado después de concluidas las guerras contra los moros. La casa de Clavijo, que así se llamaba, estaba habitada a la sazón por un caballero principal, Juan Pedro Beltrán, que vivía en compañía de dos sirvientes: una muchacha joven y un criado viejo que llevaba en la casa muchos años y que era de toda su confianza. Entre las gentes de la ciudad pasaba dicho señor por ser un rico muy avaro.

Era la víspera del Corpus de 1782, cuando a eso de las diez de la noche un hombre embozado en su capa pelaba la pava junto a la reja de la casa de los Clavijo. En aquel momento llovía y a nadie le extrañaba ver a aquel hombre junto a la reja, ya que en Andalucía es corriente que los novios hablen así. Al poco rato se abrió la ventana y se asomó la criada de don Juan Pedro y saludó a Jiménez. Durante un buen rato estuvieron los novios charlando sin que nadie les molestara, pues aquella parte de la ciudad estaba casi toda en ruinas y sólo se veía por un lado u otro algún montón de piedras con apariencias de fantasma.

Ya se hacía tarde, y Guadalupe, antes de despedirse, dijo a Jiménez:

—No le hagas ningún daño.

—Eso corre de mi cuenta —respondió Jiménez.

—¿Y cuándo nos casamos? —interrumpió Guadalupe.

Jiménez le aseguró que lo que tardaran en echarles las amonestaciones. Y al pedirle Guadalupe que lo jurara, éste contestó:

—Sí, lo juro. ¿Crees que si no fuera por ti arrojaría yo este peso sobre mi conciencia?

Poco después los dos enamorados se despedían y el embozado se perdía en la oscuridad de la noche.

El viento y el agua arreciaban y todo quedó en silencio.

Al anochecer del día siguiente, después de rezar el señor de Beltrán con sus criados la oración de la tarde, se dispuso a salir; pero antes de hacerlo dijo a su criado que puesto que era la noche del Corpus, le daba permiso para que fuese a pasarla con su familia.

Guadalupe, que ya había vuelto de la calle, quedaría guardando la casa mientras ellos estaban fuera.

Así se hizo, y Guadalupe, luego que se hubo quedado sola en el caserón, atrancó bien la puerta y corrió los cerrojos.

En el reloj de la iglesia mayor de Baena sonaban las diez y, a continuación, la campana daba el toque de queda y anunciaba al vecindario que era la hora de recogerse.

Don Juan Pedro Beltrán, obedeciendo a la consigna, subía por la calle de la Carrera, en dirección al Arco de la Villa.

Baena estaba cercado por una fuerte muralla con más de cincuenta torres y rota por unos cuantos arcos. Eran éstos las únicas entradas que había para la Almedina, que, una vez cerradas, se convertía en una fortaleza inexpugnable.

El Arco de la Villa era el que daba acceso a las calles que tenía que recorrer don Juan Pedro para llegar a su casa de la plaza de Clavijo.

El señor de Beltrán subía cubierto con su paraguas; éste y la oscuridad intensa que reinaba le impidieron ver tres bultos apostados en la ladera.

Antes de ganar el arco, oyó una voz que decía:

—¿Don Juan Pedro Beltrán?

—Sí —respondió el caballero—. ¿Qué queréis?

Apenas pronunció estas palabras, cuando los tres embozados se arrojaron sobre él, lo sujetaron y lo ataron.

Don Juan, defendiéndose como pudo, arrancó a uno el antifaz, y, al reconocerle, dijo: «Jiménez, no me matéis».

Un grito espantoso se oyó, y el cuerpo de don Juan rodaba por la ladera.

Poco después los tres embozados entraban en la casa de la plaza de Clavijo, cuyas llaves habían tenido cuidado de robar a don Juan.

Guadalupe les salió a recibir y les preguntó, asombrada, por su amo.

—Allí quedó —contestó Jiménez, quien, dirigiéndose a uno de sus compañeros, añadió—: Toma esas llaves; limpia los arcones, que yo registraré mientras tanto los baúles.

Cuando Guadalupe les vio extraer el oro y las alhajas de los armarios de su amo, rogó a su novio que no hiciera daño a los bienes de su dueño, porque estaba decidida a marcharse con él.

—Me parece —dijo— que preferirás quedarte con tu amo, pues no te iba mal con él.

Ella se dio cuenta en seguida de la intención de estas palabras y empezó a llorar por el engaño que sufría.

Entonces los compañeros de Jiménez le pidieron la llave de uno de los armarios. Éste la buscó en sus bolsillos, pero no encontrándola, sacó un puñal para descerrajar el armario.

Al fijarse Guadalupe en él y ver que estaba manchado de sangre, se imaginó toda la escena, y, aterrorizada, les preguntó por la suerte que había corrido su amo.

—Ésta —contestó Jiménez, clavándole el puñal.

Un grito de horror sucedió a estas palabras, y un silencio sepulcral reinó en toda la casa.

A la mañana siguiente los corrillos de curiosos que se reunían en el coso comentaban las anteriores escenas de mil maneras.

El criado declaró que, al llegar él, salieron tres embozados, que no conoció por la oscuridad de la noche, y cuando dio voces, nadie acudió en aquella soledad.

Los parientes de don Juan colocaron en el sitio del suceso una cruz de piedra, en cuyos brazos se leía la siguiente inscripción: «Aquí mataron a don Juan Pedro Beltrán de Eraso, el año 1782».

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