LEYENDAS DE CÓRDOBA – DOÑA ANA DE CÓRDOBA.

Los estados de Baena y Cabra pertenecieron en tiempos a doña Francisca de Córdoba, viuda y muy rica, que vivía en el castillo de Cabra con su sobrina Ana. La educó desde su infancia y le sirvió de consuelo en su soledad. Cuando la niña se hizo mujer, su tía decidió casarla. Ana, bondadosa y dócil, siguió los consejos de su tía. Según ésta, su marido debería ser luan de Guzmán, conde de Teba. El prometido fue presentado a la novia y pronto se arreglaron las bodas.

En el mes de febrero se celebró el matrimonio de doña Ana de Toledo y don luan de Guzmán. Después de grandes fiestas, doña Francisca, la duquesa, se retiró a Baena, para dejar en libertad a los recién casados, y estuvo ausente de aquel castillo más de un año, pues se dedicó a visitar sus territorios, y éstos eran muy extensos. A su vuelta, la sobrina había tenido una niña, a la que se impuso el nombre de Ana de Córdoba. Doña Francisca, que había fijado su residencia en Baena, se la llevó consigo, y desde pequeña la educó de la misma manera que educara a la madre. La niña reunía excelentes cualidades; pero especialmente se dedicaba a las prácticas religiosas con más entusiasmo que a otras tareas.

Cuando sólo contaba doce años, le advirtió a su tía que deseaba ir al convento de San Martín de Cabra para consagrarse a Dios. Doña Francisca trató de disuadirla; pero como por entonces fuese destinado a Orán el padre de la niña y debieran acompañarle su esposa y su tía, decidieron dejar a la niña en este convento mientras ellos se ausentaban. Allí había de estar bien atendida, y cuando ellos volvieran saldría de nuevo al mundo y la casarían con algún aristócrata digno de su rango y de su linaje.

Ana de Córdoba, que sólo tenía doce años cuando ingresó en el convento, pasó en él los años más felices de su vida. Pronto hizo amistad con una novicia de su misma edad y le hizo saber que, a su tiempo, cuando sus padres volvieran de Orán, ingresaría en la orden como ella. La amistad entre ambas niñas fue creciendo, hasta que se convirtió en cariño fraternal.

Una mañana, después de oír misa, se le acercó su amiga Francisca Cortés y le dijo que tenía carta de sus padres. Ana leyó ávidamente la misiva y se llenó de alegría al saber que le anunciaban su próximo regreso.

Efectivamente, a los pocos días llegaron su tía y su madre. Su padre había tenido que quedar en Orán, pues su cargo le retenía.

Cuando Ana las recibió en el convento venían muy alegres y creyó que era un buen momento para comunicarles su decisión. Pero al conocerla se pusieron furiosas y le aseguraron que le traían la felicidad y que ésta era muy distinta a la que ella deseaba. La madre le dijo: «El hijo del duque de Arcos, hoy marqués de Zahara, es un joven apuesto y digno de ti, y es el que te destinamos por esposo. Venimos locas de alegría a traerte esta noticia». Ana, no bien hubo oído estas palabras, cayó desmayada en brazos de su madre.

Las dos damas, preocupadas por el estado de la niña, la dejaron en el convento algún tiempo más; pero quedó fijada la fecha de su vuelta al palacio de Cabra. Durante este tiempo Ana empezó a enfermar. Sus grandes ojos azules se hundieron y su rostro tomó una palidez mortal. El confesor, como era aún muy niña, le aconsejó que obedeciera a su madre y que se trasladara a su lado, como era su deseo. Y así, en efecto, ocurrió.

Un día se despidió del convento y en especial de su amiga Francisca Cortés. La separación de esta hermana le produjo tal dolor, que desde que dejó de verla no volvió a lucir la alegría en su rostro.

En el castillo de Cabra se la recibió con todo cariño. Su madre y su tía se desvivían por ella. Pero estos cuidados parecían matarla, sobre todo cuando un día recibió la visita de su prometido. Desde aquel día cayó enferma, y el mal la fue devorando lentamente. Todo era tristeza en palacio. Se enviaron cartas urgentes al padre, pues la gravedad de la niña hacía esperar un trágico desenlace.

De nada sirvieron todos los cuidados médicos; Ana de Córdoba murió al poco tiempo, sin que su padre pudiera verla expirar.

Desde entonces en el castillo de Cabra reinó la mayor desolación. El padre, enloquecido al saber la muerte de su hija, se separó de su mujer, por creer a ésta la causante de su muerte, y volvió a África, donde terminó sus días luchando contra los moros.

Doña Francisca y doña Ana de Toledo se retiraron al monasterio de San Martín, y desde entonces este convento fue uno de los más ricos de Cabra, ya que pasaron a él todas las posesiones de esta linajuda familia.

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