LEYENDAS DE CATALUNYA – LEYENDA DE CRISTO DE SALOMÓ.

El señor feudal de los pueblos que rodean a Salomó era el piadoso marqués de Nin. Por aquel tiempo estaba cercana aún la tierra de moros, y como hubieran sido firmadas treguas con ellos, los cristianos podían ir a la morería a comerciar. El marqués de Nin, viendo que en su feudo había habido aquel año mala cosecha, determinó ir a la morería a comprar trigo. En efecto, una mañana cogió el camino y llegó a tierra de mahometanos; hizo su negocio, y a la vuelta le llamó la atención un viejo edificio que parecía como ermita, medio derruido y sin techo. Detuvo su marcha, se acercó y entró en el caserón. Era un almacén de los moros, en el cual guardaban el grano de los campos vecinos. Y al recorrer el depósito, vio con sorpresa que en una estancia vacía se encontraba una imagen de Jesús Nazareno. Entonces, el marqués, que era un ferviente católico, volvió a la entrada y, hallando a un moro, le preguntó: « ¿Cómo siendo vosotros moros tenéis aquí la imagen de Cristo? ¿Y cómo tenéis a su santo cuerpo en tan pobre y abandonado lugar?». El moro le contestó que cada viernes sacaban la talla para azotarla, ceremonia a la que asistían muchas gentes, y que después la volvían a meter en aquel lugar abandonado.

El caballero se dolió del infame trato con que aquellos enemigos de la fe profanaban la santa representación del Señor, y propuso al moro que se la vendiese. El guardián se resistió con gran firmeza, pues argüía que si el pueblo, al llegar el viernes, veía que la estatua había desaparecido, protestaría vivamente, e incluso llegaría a sublevarse y a matar al guardián que había consentido que se llevasen la escultura de su lugar. El marqués insistió una y otra vez; pero todos sus ruegos fueron inútiles, y, al fin, desistiendo por el momento, volvió a montar y cabalgó hasta llegar a su villa, en donde los vasallos aguardaban su regreso.

Dio cuenta a éstos de lo ocurrido en su expedición, y todos se mostraron condolidos e indignados por el inicuo y doloroso trato que recibía la imagen de Cristo. Reunidos todos, acordaron que, costase lo que costase, aquélla habría de ser rescatada. Y rogaron a su señor, el marqués de Nin, que volviera a la morería para ofrecer al moro guardián todo lo que él pidiera. El marqués, a pesar de creer que este intento sería tan inútil como el primero, requirió su caballo y partió acompañado de algunos criados. De nuevo en tierra de moros, se dirigió al almacén y dijo al guardián: «Otra vez estoy aquí para rescatar la imagen de nuestro Dios y Señor. Traigo conmigo caudales en cantidad suficiente para pagarte a ti y para calmar la ira de la gente de tu pueblo. Y puedo ofrecerte el peso de la estatua en monedas». El moro, pensando que la imagen pesaría muchas arrobas, pues cada vez que la sacaban tenían que hacerlo entre más de seis hombres, aceptó. Y al mismo tiempo mandó que vinieran gentes del pueblo para que viesen si convenía y para que presenciasen la pesada. Llegaron varios jefes, y tentados por la codicia, se mostraron conformes en que la imagen se entregara a cambio de su peso en monedas. Trajeron una balanza de las que usaban para pesar el trigo; en un plato pusieron la talla, que fue sacada con gran trabajo, y en el otro el marqués fue echando monedas. Mas ante la sorpresa de todos, cuando la cantidad de monedas llegó a treinta y tres, la balanza se equilibró. Los moros quedaron atónitos y no podían comprender lo ocurrido; veían defraudada su codicia y creyeron que era alguna treta de los cristianos. Trajeron una nueva balanza, y sucedió lo mismo. Gran revuelo estalló entonces, y el guardián quiso deshacer el trato. Pero el marqués exclamó: « ¡No habrá de romperse lo pactado! Habéis pedido el peso en monedas, y el peso es ése. Lo prometido por nosotros está cumplido. ¡Cumplid ahora vuestra palabra!». Y los moros tuvieron que acceder.

 Los cristianos determinaron llevar la imagen por mar, pues así era más fácil su transporte. Los moros la envolvieron en unos lienzos y la llevaron a la playa. Allí, los hombres del marqués habían dispuesto una embarcación. Cargaron la escultura y, levadas las anclas y las velas hinchadas por una suave brisa, quisieron partir. Pero la nave quedó inmóvil y, a pesar de todos los esfuerzos de la tripulación, no se pudo conseguir que se moviera del muelle. El marqués estaba fuera de sí, creyendo que no podría cumplir su piadosa misión, cuando de pronto subieron a cubierta los que guardaban la imagen y dijeron que al quitar los lienzos con que los moros habían envuelto la imagen, habían visto que le faltaba uno de los dedos pulgares del pie. Saltaron todos a tierra y, yendo a la casa del moro, le hicieron confesar que, en efecto, él había cortado ese dedo para poder seguir azotando cada viernes, aunque no fuera sino a una parte tan pequeña de la imagen. Entregó el dedo, y el marqués volvió al barco y lo unió al resto de la escultura, a la cual quedó pegado sin esfuerzo. Y la nave, entonces, navegando con viento suave, salió a la mar libre, camino de España. Al llegar a Altafulla, la nave se detuvo sola. Fue desembarcada la imagen en la playa y, en solemnísima procesión, llevada a Salomó. Allí se le erigió un santuario, donde recibió culto y fue devotamente adorada por todos, realizando multitud de milagros.

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