LEYENDAS DE CATALUNYA – LA TORRE DE LOS ENCANTADOS.

Una de las leyendas que se cuentan de la torre de los Encantados, de Caldas de Estrac, es la de una mujer de agua, que habitó la torre, según los naturales del país, durante muchos años.

 Todas las noches, los habitantes del pueblo y sus alrededores veían a la mujer de agua pasearse por las almenas de la torre, cubierta con un manto blanco.

 Otros aseguraban que la habían visto bajar, al amanecer, hasta la orilla del mar, donde se bañaba largo rato en sus olas.

 Era creencia popular que la mujer traía suerte al pueblo, y todos la respetaban y veneraban. No obstante, de pronto sobrevino en toda la comarca una temporada de malas cosechas, que arruinaron al pueblo y a los caseríos de sus contornos.

 Apurados los payeses y pescadores, convocaron al pueblo, por medio del signo clásico, o sea con un especial repique de campanas. Una vez reunidos, discutieron el sistema de reparar el mal que les había caído encima.

 Un anciano dijo que él estaba convencido de que todo el daño venía ahora de la mujer de agua que vivía en la torre de los Encantados. Ella era la que tenía la culpa de que las cosas anduvieran mal.

 Después de discutirlo mucho, se decidió ir a visitar a la mujer de agua y pedirle por favor que se marchara a otro sitio, para ver si así tenían mejor suerte.

 Nombraron una comisión, y aquella misma tarde se presentaron en la torre de los Encantados y hablaron con su fantástica habitante.

 Ésta les dijo que ella podía demostrarles que no les quería ningún mal. Al día siguiente podían esperarla, a las doce del mediodía, en la plaza Mayor.

Todo el pueblo se congregó allí a la hora indicada. Y, puntual a la cita que ella misma había dado, apareció la mujer de agua, que llevaba en la mano una varita de fresno.

 Todos esperaban sus palabras, y ella, colocándose en el centro del círculo que el pueblo había formado, dijo que debajo del suelo tenían una mina de plata. Ella les descubriría el filón, y ya, desde entonces, no tendrían por qué temer las malas cosechas ni la escasez de pesca.

 Sin añadir una palabra más, acercóse a una peña cercana, y, cual nuevo Moisés, tocó la roca con su varita de fresno. Inmediatamente se hizo en la peña un agujero y brotó de él el manantial de agua salutífera que ha dado a Caldetas la fortuna y la fama de que goza.

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