LEYENDAS DE ÁVILA – EL NIÑO CRUCIFICADO.

La villa de La Guardia, situada en una altiplanicie de la Mancha, según algunos peregrinos de los Santos Lugares, tiene gran semejanza topográfica con Jerusalén. Fue donada por san Fernando a Nuestra Señora del Sagrario, y en el siglo XVI pasó al dominio de los condes de Campo Real. Las ruinas de sus fuertes murallas y dos gigantescos torreones que aún se conservan, y que servían atalaya para la defensa de Toledo, son reveladores de la importancia de la plaza.

Vivían en la villa muchas familias de judíos, que, como todos los de su raza, conservaban en su corazón un odio secular contra los cristianos, exacerbado entonces por las persecuciones del Tribunal de la Inquisición, después de los autos de fe de Sevilla y Toledo en 1480 y 1490, en sus almas ponzoñas hervía sólo el anhelo de exterminio de los cristianos.

Uno de estos malvados judíos era Benito García de las Mesuras, ruin de alma, que, inspirado por su irreconciliable odio, reunió a todos los judíos del pueblo y les propuso elaborar un hechizo para envenenar las fuentes y acabar así con todos los cristianos y con el Tribunal de la Inquisición, que tanto los perseguía. Necesitaban para ello el corazón de un niño cristiano y una hostia consagrada, y con todo esto reducido a cenizas envenenarían las aguas. Fue aceptada la propuesta por todos los judíos reunidos, y se ofreció para robar al niño cristiano un vecino de La Guardia llamado luan Franco, que partió en seguida a Toledo para realizar su cometido.

Llegó a la ciudad imperial y encontró unos niños jugando delante de la puerta del Perdón. Eligió a uno de ellos, que tenía tres o cuatro arios, llamado Juanito, y engañándole con el obsequio de unos zapatitos bordados en colores, se lo llevó de la mano aparte, y con él regresó a La Guardia.

Allí decidieron representar la sagrada pasión del Salvador y dar al niño muerte de cruz. Le cambiaron el nombre de Juan por el de Cristóbal y se repartieron entre aquellos judíos los cargos de ludas, Pilatos, Herodes, etc., sin que faltara ningún detalle ni instrumento de martirio; el niño fue azotado y crucificado. Después de consumado el crimen, Benito García abrió de una cuchillada el pecho del niño y sacó de él el corazón; sepultó el cuerpo en una viña cerca de la iglesia de Nuestra Señora de la Pera. El encargado de proporcionar la sagrada Forma había sido luan Gómez, judío también aunque converso, que era entonces sacristán de la iglesia de La Guardia. Con todo ello, intentaron hacer la experiencia; pero habiendo surgido algunas dudas, decidieron resolverlas, y alguno de ellos fue a consultar a Zamora, donde se hallaba la sinagoga más importante de toda Castilla. Fue destinado Benito García de las Mesuras, que, guardando cuidadosamente el corazón del niño en una bolsa de cuero y la sagrada hostia en un devocionario, partió hacia la sinagoga zamorana. Hizo alto en Ávila para entrevistarse con alguno de los judíos que allí vivían, y, queriendo evitar toda sospecha, se fingió devoto cristiano y entró a orar en la catedral, con su devocionario.

Oraba cerca del judío un santo varón de Ávila, que vio que del devocionario partían unos rayos de luz vivísima que iluminaban parte del recinto; pensando que fuese algún santo a quien Dios le concedía aquella virtud, le siguió hasta conocer su hospedaje, que era una posada cerca de la iglesia de San Juan (probablemente la actual posada de la Estrella, que se abre junto a la iglesia). Después marchó a dar cuenta de ello a fray Tomás de Torquemada, primer inquisidor general de España.

Los agentes de la Inquisición se presentaron rápidamente en la posada y detuvieron a Benito García de las Mesuras, y como le encontrasen cartas para los judíos de Zamora en las que se hablaba del crimen, se le abrió un proceso. Le exigieron que les entregara el corazón y la sagrada Forma; pero dentro de la bolsa de cuero no encontraron el corazón del niño. La milagrosa hostia, en solemnísima procesión, fue trasladada al convento de Santo Tomás de Aquino, cerca de Ávila, donde aún se conserva, y fue muy venerada por los habitantes de la ciudad, que acudían a ella en sus grandes necesidades.

Algunos ministros de la Inquisición se presentaron en La Guardia y cogieron desprevenidos a todos los cómplices del horrendo crimen, que, trasladados a Ávila, fueron sometidos a tormento para que confesaran, y lo sufrieron todos en el más completo mutismo. Sin embargo, sometidos a un careo en presencia de Benito, todos los judíos, indignados contra él, le insultaban, aclarando toda la verdad. Acudieron a desenterrar el cuerpo del niño en la viña de La Guardia; pero había desaparecido, y según piadosa tradición, subió al cielo en cuerpo y alma.

Todos los reos fueron condenados a muerte. La ejecución de la sentencia comenzó en el atrio de la parroquia de San Pedro, en la que se constituyó el Tribunal de la Inquisición, con fray Antonio Jiménez como primer consultor. Desde el mercado partió el cortejo fúnebre al Brasero de la Dehesa, al este de la ciudad, cerca del campo de las Hervencias, donde sufrían la muerte los condenados por la Inquisición, y allí fueron consumidos por las llamas aquellos malvados judíos, aunque algunos ya convertidos.

 

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