LEYENDAS DE ÁVILA -EL CASTILLO QUE «MAL QUE TE PESE».

AI sur de la pintoresca Sierra de Ávila en el terreno conocido también por el nombre de los Baldíos, se alza una vieja torre medio derruida, que, según la leyenda, tuvo el siguiente origen.

En los años turbulentos de la Edad Media, cuando en Ávila los grandes señores ejercían un omnímodo poder, uno de esos magnates tenía una hija, cuya hermosura atraía a los jóvenes de la ciudad. Era entre todos preferido uno que a su apostura física y valor guerrero unía delicadas prendas morales. Y de esta manera, la bella doncella y el joven noble, habiéndose declarado mutuamente su amor, determinaron verse en parajes secretos, ya en el jardín de la joven, ya en alguna oculta callejuela de la ciudad, con el complaciente auxilio de alguna vieja dueña.

Mas sea que las salidas de la joven fueran notadas por su padre o que obtuviese la revelación del secreto, forzando a ello a algunos de los que lo conocían, es el caso que se enteró del amor de los dos galanes. Y montando en cólera, amenazó a su hija con grandes castigos si persistía en su propósito. Y para alejar al galanteador, consiguió de las autoridades de la ciudad que aquél fuera desterrado y se le prohibiese pisar tierra de Ávila. Y aun consiguió del rey que refrendara tan injusto mandato. De esta manera, el mancebo hubo de salir de la ciudad; mas antes de partir se dirigió airado al padre de su amada, gritándole: «Aunque os pese, he de ver a Ávila».

Y tomando un buen número de servidores, los condujo a un paraje cercano al actual pueblo de Sotalbo; levantó allí un fuerte castillo, desde el cual podía contemplar a la ciudad abulense y a la casa de su amada, situada sobre las mismas murallas. Ella también divisaba la torre en donde estaba desterrado el joven. Cada tarde, cuando el sol enrojecía los campos y alumbraba una orgía de oro en las torres de Ávila, el guerrero contemplaba la casa. Y así, en esta contemplación, el espíritu venció al cuerpo, y en un mismo día las almas de los amantes volaron libres de su prisión terrenal.

Y desde entonces aquel castillo se llamó «Mal que te pese».

 

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