LEYENDAS DE ASTURIAS- LA HIJA DE ALFONSO EL MAGNO

 

La hija de Alfonso el Magno

EI rey Alfonso el Magno reunió cuantos hombres pudieron entrar en sus huestes, y partió a guerrear contra los infieles. Muchas comarcas asturianas quedaron desguarnecidas; entre ellas, la de Gauzón. Coincidiendo con esta ausencia del rey, tuvo lugar una de las funestas invasiones normandas. El mar de Asturias se cubrió de embarcaciones ligeras y achatadas, que descargaron sobre todo el reino enjambres de fieros guerreros. La furia de los invasores nada perdonaba: templos, casas, mieses: todo fue despiadadamente arrasado.

Gauzón fue una de las comarcas más maltratadas. La destrucción del monasterio de San Salvador de Perlore, en el que profesaban las más nobles damas del país, causó gran impresión entre los desdichados asturianos. La fama de sus riquezas había despertado la codicia de los invasores, quienes, después de saquearlo bárbaramente, dieron muerte o redujeron a la esclavitud a las indefensas religiosas.

Aquella desolación no podía quedar sin venganza. Los hombres menos viejos de la comarca se reunieron con una tropa de muchachos de catorce a dieciséis años, bajo la dirección de un noble del país. Pelearon éstos enardecidos, como verdaderos hombres, y dieron ejemplo a los viejos, que los secundaron en la lucha. Los normandos, atemorizados por tan fiera acometida, y tomándola como avanzada de un poderoso ejército, se retiraron desordenadamente, dejando muertos muchos de sus guerreros y abandonada gran parte de los productos de su rapacería.

Entre los muchachos que tan bravamente habían peleado se distinguió Leandro, el hijo del noble que los había acaudillado. Su mejor hazaña fue vengar la muerte de una joven madre y libertar a su hijita de tres años. La niña se llamó Elena y fue entregada a los cuidados de Mónica, la nodriza del joven héroe.

Pasaron los años. Elena creció sin saber quiénes eran sus padres; pero gracias a los cuidados de la buena Mónica, que fue para ella la mejor de las madres, no tuvo que deplorar su falta. Cuando fue mujer, se convirtió en la doncella más hermosa de la comarca. Vivían las dos mujeres en una casita del medio del bosque. Leandro las visitaba con frecuencia, y llegó el tiempo en que los dos jóvenes se amaron.

Elena temía que no se pudieran casar; Leandro era hijo de un poderoso señor, y ella no era más que una huérfana de padres desconocidos. Si alguna vez se realizaba su sueño, prometió erigir una capilla a la Virgen de la Esperanza, en el lugar del bosque donde había pasado su niñez y su juventud.

Durante mucho tiempo trató Leandro de hallar noticias sobre el nacimiento de su prometida. Había podido saber que su madre fue una bella dama de la familia de los Argüelles; pero nada pudo averiguar de su padre. Desesperado porque su familia no le daba el consentimiento para casarse con una desconocida, y perdidas todas las esperanzas de averiguar nada más, se quejó al rey. Alfonso le estimaba mucho, además de serle acreedor de valiosos servicios, y escuchó con interés su narración. Con intención de ayudarle en sus pesquisas, le preguntó si conservaba algún recuerdo que pudiera servir de pista. Leandro le enseñó una medalla que Elena le había dado, y el monarca se emocionó visiblemente al contemplarla.

Había reconocido en ella a la que él mismo había regalado a la madre de la ¡oven, años atrás, cuando consiguió rendir su virtud. Elena era su hija. Profundamente conmovido, abrazó a Leandro y le relató la historia de aquel amor de su juventud. Algún tiempo después, Elena y Leandro se casaban con la mayor esplendidez. El rey Alfonso apadrinó sus bodas.

El mismo día de la ceremonia, Elena puso la primera piedra de la ermita de la Virgen de la Esperanza. El santuario vivió mucho tiempo; pero el recuerdo de la hija de Alfonso el Magno vive todavía.

 

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