LEYENDAS DE ASTURIAS- LA GÜESTIA

La Güestia

Cuando en Asturias quieren asustar a un chico rebelde o a una moza disoluta, cuando quieren hablar de algo que infunde pavor y hace temblar, se dice: «¡Que viene la Güestia!». La Güestia es una procesión de almas en pena que sale por la noche, con luces y murmullos, y aún toques de campanilla. A veces van a restituir lo robado en vida; otras piden oraciones y otras asustan, sencillamente, a los labradores. Nadie ha visto nunca a la Güestia; pero todos cuentan lo que le ocurrió a fulano y a mengano, que se encontró con ella. A mí me contaron lo que le sucedió a una costurerita de Libardón, en el partido de Colunga. Es la más significativa de las leyendas de la Güestia. Y dice así:

Aquella costurerita pasaba los días en la ciudad, cosiendo a jornal, y por las tardes volvía a su casa, generalmente acompañada del amo o de alguno del caserío donde cosía.

Pero una noche se hizo tarde, y como daba ya vista a su casa, dijo a su acompañante que se volviera, pues ella podía ya seguir sola, y así lo hicieron. Apenas había andado unos pasos, cuando oyó un sonido como de campanillas; se volvió y vio venir un grupo de personas con luces en las manos. «Debe de ser el viático», pensó la costurerita, y se dispuso a acompañar al Santísimo hasta casa del enfermo que estaba en trance de muerte. Se tocó con su manteleta la cabeza y esperó. La procesión se acercaba ya; pero la costurerita empezó a notar que no conocía a nadie de los que pasaban, ni se veía al señor cura con el sacramento. De pronto… ¿No es ése el señor Juan, que murió el año pasado? ¿Y aquél, el sacristán de las monjas, que hace ya dos años que está bajo tierra? Llena de susto, comenzó a temblar, cuando vio que uno de los acompañantes se le acercaba y le decía:

—Soy tu padrino. ¿No me conoces? Debes vivir bien y siempre tan buena como hasta ahora.

Y como la pobre muchacha no acertara a contestar, añadió a guisa de explicación:

—Venimos a restituir lo que robamos en vida: estos árboles y estas vallas de madera. Ahora, por hablar contigo se me han pasado y ya no podré alcanzarlos hasta mañana. ¡Toma!

Y le puso su vela en la mano. La costurera fue a contestarle; pero desapareció corriendo tras de la procesión. Entonces la chica se fijó en la vela, y al mirarla dio un grito de espanto y de horror. Lo que tenía en la mano era un pedazo de hueso humano ardiendo.

Cuando a su grito acudieron los demás, la hallaron en el suelo, sin conocimiento. Lo único que pudo al fin decir fue:

—¡La Güestia, la Güestia que pasa!

Y dicen que la pobre costurerita murió poco después.

 

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