LEYENDAS DE ASTURIAS- LA FUENTE DE LA XANA

La fuente de la Xana

Por los años 790 a 800 de nuestra era reinaba en la pequeña monarquía asturiana Mauregato, rey inepto y holgazán, que se había comprometido con los musulmanes a entregarles cien doncellas cada año para desposarse con ellas. No servía, según el regio criterio, cualquier joven asturiana, con ser todas muy lindas, sino que, queriendo asombrar a los árabes con las extraordinarias bellezas de su reino, se elegían las más hermosas mujeres que encontraban en sus dominios.

Para su cumplimiento, encargó a un numeroso grupo de guerreros que recorrieran las ciudades y aldeas, apoderándose de grado o a viva fuerza, si se oponían, de cuantas jóvenes hermosas encontraran, para que, llevadas ante la presencia del rey, eligiera éste las cien más hermosas destinadas a los harenes musulmanes.

Llegaron los guerreros buscadores de jóvenes a Illés (actual Avilés). Alojáronse en la primera casa que encontraron a la entrada del pueblo, donde habitaba un matrimonio con una bellísima hija llamada Galinda. La madre, que salió a abrir, se alarmó al ver a los soldados, pensando que vendrían por su hija para pagar el vergonzoso tributo; pero los soldados la tranquilizaron fingiendo que iban a cumplir otra misión del rey y que al día siguiente emprenderían de nuevo su camino, sin darle más molestias que las de su alojamiento. Pensó la madre, de todos modos, ocultar a su hermosa hija, para que aquellos soldados no pudieran contemplarla. Pero Galinda, que había ido a la fuente por agua, entró cantando en su casa, sin sospechar la presencia de aquellos guerreros. La doncella, que era muy inteligente, procuró atraerse la simpatía de los forasteros, cantándoles bellas canciones y ejecutando primorosas danzas ante ellos, que la contemplaban extasiados. Por último, la joven les ofreció bailar una danza que sólo debía ejecutarse en el campo y a la luz de la luna, y aquella misma noche, a petición de los soldados, salieron de la casa dispuestos a presenciar la misteriosa danza.

Galinda se alejó del grupo, con el pretexto de elegir sitio para bailar, y, una vez separada de ellos, corrió hasta una fuente, pretendiendo esconderse junto a ella. Allí oyó una voz dulce y melodiosa, que le decía: «Si quieres ser tú mi xana, vivirás días dichosos».

La joven preguntó: «¿Qué debo hacer para convertirme en xana?». Y oyó de nuevo: «Bebe un sorbo de mi agua y te verás libre de los soldados del rey y acabarás con el tributo».

Galinda se arrodilló junto a la fuente y aproximó sus labios a las aguas, sorbiéndolas con ansiedad, y vio que las aguas se separaban para recibirla en su seno.

Los soldados, desorientados, empezaron a buscar a Galinda, repitiendo su nombre a grandes gritos, que resonaban por las montañas, sin que nadie más que el lejano eco les contestara. Después de buscarla hasta muy avanzada la noche, viendo que no la encontraban, se volvieron a casa a descansar y esperar a que fuera de día. Apenas empezaba a amanecer, se levantaron los soldados y salieron dispuestos a buscarla de nuevo. Al llegar a una fuente, oyeron un melodioso canto y se ocultaron para observar mejor. Desde allí vieron a Galinda, que se había transformado en una maravillosa xana de belleza sobrenatural, que al borde de la fuente peinaba sus largos y sedosos cabellos rubios con un peine de oro.

Los soldados salieron de su escondite, queriendo sorprenderla y apoderarse de ella; pero la xana los miró fijamente con sus ojos verdes, y al instante se convirtieron en carneros, que pastaban por aquellas praderas, en torno a la fuente.

Pasaban los días, y el rey estaba impaciente porque sus soldados no volvían, y mandó nuevas tropas para que fuesen a indagar lo que les había ocurrido. Llegaron a Illés las nuevas fuerzas y buscaron por todas partes a los soldados del rey. Al llegar a la fuente, vieron a una xana que estaba hilando, con su rueca y su huso, blanquísimos copos de lana, y rodeada de un rebaño de corderos. Se acercaron a ella, y al mirarlos con fijeza, se convirtieron también en borregos, con los que se aumentó el rebaño de la xana.

El rey empezaba a alarmarse por la tardanza de los segundos guerreros enviados y la carencia absoluta de noticias suyas. Seguro ya de que algo ocurría, mandó reunir las fuerzas que en su guarnición le quedaban, y al frente de ellas marchó sobre Illés, dispuesto a castigar con saña a aquel pueblo, que probablemente se había opuesto a sus mandatos. Cuando llegó al lugar, tuvo noticia de la misteriosa desaparición de los soldados en la famosa fuente, y, apresurado, se encaminó hacia ella, encontrando allí a una muchacha de deslumbrante belleza que tendía al sol sus madejas de lana, mientras que los rebaños pastaban a su alrededor la jugosa y fresca hierba de aquellas praderas. El rey se dirigió a ella, preguntándole, autoritario:

—Xana, ¿dónde están mis soldados?

—¿Qué soldados, señor?

—Los que yo mandé aquí para recoger a las doncellas.

—Los que tu enviaste, señor, no eran soldados, sino corderos.

El rey, enfurecido, contestó:

—Repito que eran soldados como estos que vienen detrás de mí.

La xana contestó burlona:

—También son corderos, y puedes ser el pastor.

El rey volvió la cabeza y encontró que le seguía un rebaño numeroso de corderos, que balaban, y, aterrado, contempló que su rico traje y armadura se habían convertido en las pobres vestiduras de un pastor, sin más atributos que un zurrón y un cayado en su mano rugosa y quemada por los aires y el sol.

Con voz temblorosa, suplicó humildemente a la xana que desencantara a sus soldados y que a él le volviera a su regia figura, a cambio de lo que ella quisiera.

La xana le respondió que tenía en su mano elegir entre tener un ejército de soldados y un rebaño de carneros, pues si no renunciaba al tributo de las cien doncellas, no desencantaría a sus guerreros y seguiría aumentando su rebaño con cuántos soldados aparecieran en busca de doncellas asturianas.

El rey le prometió romper el pacto con los moros y le dio palabra de no volver a tomar a ninguna joven. Y al momento todos los corderos y carneros se convirtieron de nuevo en soldados y el rey volvió a recobrar su figura, y con todo el ejército recuperado regresó a Pravia, donde tenía su cuartel general.

Desde palacio mandó un mensaje a los musulmanes refiriendo el hecho y rompiendo el pacto, ante la imposibilidad de cumplirlo por la negativa de la xana.

Desde entonces no volvieron los soldados a recoger nuevas doncellas, gracias a la bella Galinda, que perpetuó su memoria en Avilés, donde aún se conserva la fuente de la Xana.

 

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