LEYENDAS DE ASTURIAS- LA COMIDA DE LOS CERDOS

La comida de los cerdos

Vivía en Proaza una acaudalada dama, cuyo egoísmo y falta de caridad eran bien conocidos en aquellos alrededores. Su hacienda le daba renta sobrada para vivir holgadamente, ya que había enviudado y sólo su único hijo y el servicio hacían un cierto gasto. La comida, en aquella casa, era muy abundante, y unos días más, otros menos, siempre sobraba lo suficiente para alimentar bien a una pequeña piara de cerdos de su propiedad. Muchas veces, los pobres que se acercaban mendigando por allí tenían que soportar, doloridos y hambrientos, el desprecio de la dama que, aun viéndolos famélicos y con los ojos fijos en su mesa, prefería arrojar la comida a los cerdos.

Un día, uno de aquellos mendigos, más osado que los demás, se acercó hasta la dama, que acababa de dar por terminada su comida, y le pidió humildemente le diera alguna parte de aquellas sobras para saciar su hambre; pero ella, tan dura y altanera como siempre, le contestó, sin siquiera mirarle a la cara, que le era imposible complacerle, porque esa comida la reservaba para sus puercos. Humillado, el pobre viejo volvió sobre sus pasos, y nunca más desde entonces se atrevió a pedir limosna en aquella casa.

Así transcurrieron los años, sin que se ablandara un ápice el duro corazón de aquella dama. Fue poco a poco envejeciendo, y un día, por fin, murió, sin que nadie llorase su pérdida. Su hijo, convertido en un hombre, heredó toda la hacienda y siguió gobernando la casa del mismo modo que lo hiciera su madre. Después de comer, recogía todas las sobras de la comida y él mismo iba a la pocilga, para echársela a los cerdos.

Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras se entretenía en ver comer a los animales, se acercó una marrana que no era de su corral, olfateando los desperdicios, como si estuviera hambrienta. El muchacho, viendo que pretendía comer lo que pertenecía a sus cerdos, la apartó bruscamente de allí. La marrana se espantó, de momento; pero tantas veces como la echó, volvió hociqueando cada vez con más violencia, como si quisiera demostrar que sufría un hambre espantosa. El muchacho, tan endurecido como su madre para la piedad, no se conmovió por esto, y una vez más la golpeó sobre el lomo para quitársela de encima. Cuál no sería su asombro cuando la marrana abrió la boca y con voz humana y familiar para él, le dijo:

«¡No me eches de aquí! ¡Soy tu madre!».

El hijo comprendió entonces cuán duros habían sido los dos y qué merecido era el castigo que sufría su madre por su falta de caridad. Desde aquel día se preocupó siempre de todos los que sufrían y procuró cubrir, en la medida de sus posibilidades, todas las necesidades que vio a su alrededor.

 

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