LEYENDAS DE ASTURIAS- EL OBISPO ATAÚLFO, CALUMNIADO

El obispo Ataúlfo, calumniado

Al rey don Sancho sucedió en el reino de León su hijo Bermudo. El nuevo rey nombró arzobispo de Galicia a un santo varón llamado Ataúlfo, de arraigadas virtudes y gran sabiduría, que le hacían muy competente para el desempeño de su sagrada misión. Pero despertó los celos de los nobles, que conspiraron contra él, yendo a calumniarle ante el rey como traidor. Le acusaban de que, siendo él de raza mora, mantenía secretos tratos con sus compatriotas para entregarles Galicia, donde el arzobispo tenía su sede. El rey se lo creyó sinceramente, e irritado contra su arzobispo, que así le pagaba la confianza depositada en él, le envió un mensajero para que se presentara cuanto antes en Oviedo ante su monarca.

El arzobispo, al recibir la orden, se vistió rápidamente, y con obediencia ciega marchó a Oviedo para presentarse ante el rey. Pero como llegase a la ciudad muy de mañana, lo primero que hizo fue ir a celebrar su santa misa, y para ello eligió la iglesia de San Salvador, comunicando antes su deseo a los alcaldes, que habían salido a recibirle.

Mal les pareció a éstos que la primera diligencia del arzobispo no fuese presentarse a besar la mano del monarca, que con tanta urgencia le había llamado, y que entrase antes en una iglesia, y así se lo manifestaron. Pero el arzobispo les respondió que para él y para todos los cristianos debía ser primero el rey de todo lo criado que un soberano de este mundo perecedero.

Pronto supo el rey esta respuesta del prelado y, airado contra él, mandó que llevasen un toro bravo a la plaza donde estaba la iglesia de San Salvador, para que cuando saliera de ella el arzobispo, de decir su misa, el toro arremetiera contra él y le diese muerte.

Con toda presteza fue elegido el toro más bravo y esquivo que hallaron, y lo encerraron en aquella plaza, acosándolo para que embistiera con saña y ensartara con sus cuernos el cuerpo de Ataúlfo. Cuando el santo varón, terminada la misa y las oraciones, salió de la iglesia, con paso tranquilo y el rostro inundado de paz celestial, el toro arremetió fiero contra él, alcanzando justo hasta tocarle con sus cuernos, mas allí quedó, de pronto, inmóvil y amansado, sin hacerle el menor daño. El arzobispo le cogió de los cuernos, que milagrosamente desprendidos de la cabeza del toro, se quedaron en sus manos.

El animal revolvióse y arremetió fiero contra los calumniadores y los derribó en tierra, dejando a algunos muertos, y a otros malheridos y pisoteados. Acabado el estropicio, el toro huyó hacia el campo. El virtuoso prelado volvió a entrar en la iglesia, y sobre el altar dejó los cuernos de la fiera, que quedaron como testigos del milagro, y con gran fervor dio gracias a Dios por aquel prodigio. El rey, desde el balcón del palacio, presenció el milagro y conoció la voluntad divina en la portentosa salvación del santo arzobispo, y en el castigo recibido por los calumniadores comprendió la maldad de éstos, quedando demostrada la inocencia del santo varón, a quien pidió perdón y respeto hasta sus últimos días.

 

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