LAS RAICES DEL CRISTIANISMO

Un largo camino

La búsqueda de las raíces de la fe cristiana plantea en primer lugar una serie de preguntas: ¿Cuándo adquirió el cristianismo su forma actual? ¿Hay —o hubo en sus orígenes— un cristianismo homogéneo? ¿De dónde proceden y cómo han evolucionado las creencias que hoy profesan los más de dos mil millones de fieles de la mayor comunidad religiosa internacional? El cristianismo ha dejado una huella muy importante en el mundo; en concreto, la cultura occidental sería inconcebible sin la existencia de esta religión. Sin embargo, desde su estadio inicial como secta judía en torno a un predicador ambulante llamado Jesús en la zona del Próximo Oriente, aún habría de recorrer un largo camino hasta convertirse en el sistema de creencias que, superando los límites de la región mediterránea donde surgió, hoy cuenta con comunidades en todos los continentes de la Tierra.

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Una maqueta de Jerusalén en la época de Herodes.

Herodes, rey de los judíos

La historia del cristianismo comenzó en el siglo I antes de nuestra era en Palestina, que por aquel entonces era una provincia romana desde hacía unos sesenta años. Las provincias judías estaban regidas por reyes vasallos a los que los romanos concedían una autonomía limitada. Uno de ellos fue Herodes el Grande (73-74 a.C.), nombrado rey de Judea el año 37 a.C. Su familia no había abrazado la religión judía hasta poco antes de su llegada al trono, por lo que en un principio no pudo contar con un gran apoyo por una parte del pueblo. Pero tanto él como su familia respaldaron y defendieron la religión judía, con la condición de que su práctica no fuera dirigida contra el Estado romano.

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Jesús predicando en Jerusalén. Desde la secta originaria hasta el cristianismo hubo un largo camino.

Fariseos y saduceos

En tiempos de Jesús, había dos grupos de notable importancia en Palestina: los saduceos y los fariseos. Los saduceos pertenecían a la clase alta judía; ejercían una influencia política considerable y ordenaron en repetidas ocasiones al sumo sacerdote. Sin embargo, con la destrucción del segundo Templo judío (70 d.C.) perdieron, al parecer, su base económica y religiosa. Hasta entonces, representaron a la clase superior conservadora y llegaron a un acuerdo con las guarniciones romanas. Sus creencias se apoyaban únicamente en «los cinco libros de Moisés»; a diferencia de los fariseos, no reconocían la tradición oral posterior.

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Herodes gobernó el pueblo judío a partir del año 37 a. C. Durante su mandato el reino volvió a florecer.

Los fariseos provenían de las capas más humildes del pueblo. Sus filas estaban integradas sobre todo por artesanos y otros legos; no obstante, entre ellos destacaron algunos escribas prestigiosos, lo que les hizo gozar de gran consideración en época de Jesús. Se tenían a sí mismos por los verdaderos judíos, y trasladaron el canon legal de la religión judía también a su vida cotidiana. Se consagraron a la interpretación de las Escrituras, vivían observando muy de cerca la Ley y sólo reconocían parcialmente la pretensión de liderazgo religioso de los saduceos. Exigían la separación entre Estado y religión: el rey debía decidir entre el trono o el cargo de sumo sacerdote.

 

Además, los fariseos consideraban que estaban obligados, por un lado, a cumplir la ley de Dios —tan al pie de la letra como fuera posible—, y por otro, a transmitir la creencia en la inminente llegada del fin del mundo y del Juicio Final ulterior. Al mismo tiempo, esperaban la llegada de un Mesías, un Ungido del Señor que liberaría Israel.

 

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