LAS DOS CARAS DE LA GLOBALIZACIÓN.

LAS DOS CARAS DE LA GLOBALIZACIÓN

Globalización y pobreza

LA REFORMA DE LA GLOBALIZACIÓN

El calado de la pobreza

Por: Josep E, Stiglitz.

Economista 

A principios de la década de 1990, la globalización se recibió con euforia. Los flujos de capital hacia los países en vías de desarrollo se habían multiplicado por seis en seis años, entre 1990 y 1996. El establecimiento de la Organización para el Libre Comercio en 1995 —objetivo que venía persiguiéndose desde hacía medio siglo— debía aportar las líneas maestras de la legislación para el comercio internacional.

Se suponía que todos saldrían ganando —tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en vías de desarrollo—. La globalización aportaría a todos una prosperidad sin precedentes.

Por eso, no es de extrañar que la primera protesta moderna importante contra la globalización —que tuvo lugar en Seattle en diciembre de 1999, en lo que se suponía debía ser el inicio de una nueva ronda de negociaciones comerciales, conducente a una mayor liberalización— sorprendiera a los partidarios de los mercados abiertos.

 La globalización consiguió unir a gente de todo el mundo —contra la globalización—. Los trabajadores industriales de Estados Unidos veían peligrar sus empleos debido a la competencia procedente de China.

 Los agricultores de los países en vías de desarrollo veían peligrar sus puestos de trabajo por el maíz altamente subvencionado y otros cultivos estadounidenses. Los trabajadores europeos veían cómo se atacaban las medidas de protección laboral en nombre de la globalización.

 Los activistas del sida veían cómo los nuevos acuerdos comerciales elevaban los precios de las medicinas hasta niveles inaccesibles en muchos lugares del mundo. Los defensores del medio ambiente pensaban que la globalización socavaba largas décadas de lucha por establecer normativas para proteger nuestro patrimonio natural.

Quienes deseaban proteger y desarrollar su patrimonio cultural también veían la injerencia de la globalización. Quienes protestaban no aceptaban el argumento de que, al menos desde el punto de vista económico, la globalización conseguiría en última instancia que todos mejorasen.

 Se dedicaron muchos informes y comisiones al tema de la globalización. Yo formé parte de la Comisión Mundial sobre las Dimensiones Sociales de la Globalización, creada en 2001 por la Organización Internacional del Trabajo (fundada en 1919 en Ginebra para reunir Estado, empresa y trabajadores). Nuestra comisión, presidida por el presidente Benjamin W. Mkapa de Tanzania y la presidenta Tarja Kaarina Halonen de Finlandia, publicó un informe muy escéptico en 2004. Unas pocas líneas bastan para comprender lo que siente una gran parte del mundo sobre la globalización:

El proceso actual de globalización está provocando unos resultados desequilibrados, tanto entre países como dentro de los mismos. Se crea riqueza, pero hay demasiados países y gente que no comparten sus beneficios. Además, su voz se oye poco o nada en lo que se refiere a la configuración del proceso. Desde el punto de vista de la mayoría de las mujeres y hombres, la globalización no ha alcanzado sus aspiraciones simples y legítimas de puestos de trabajo dignos y un futuro mejor para sus hijos.

Muchos de ellos viven en el limbo de la economía informal sin derechos legales y en países pobres donde subsisten de manera precaria en los márgenes de la economía global.

 Incluso en países donde prima el éxito económico, algunos trabajadores y comunidades se han visto afectados de forma adversa por la globalización. Mientras la revolución de las comunicaciones globales aumenta la conciencia de estas disparidades […] estos desequilibrios globales son moralmente inaceptables y políticamente insostenibles.

La comisión estudió setenta y tres países en todo el mundo. Sus conclusiones fueron asombrosas. En todas las regiones del planeta, salvo el sur de Asia, Estados Unidos y la Unión Europea (UE), las tasas de desempleo aumentaron entre 1990 y 2002.

 En el momento en que se publicó el informe, el desempleo global alcanzaba un nuevo nivel de 185,9 millones de personas. La comisión también averiguó que el 59 por ciento de la población mundial vivía en países con desigualdad creciente y sólo el 5 por ciento en países con desigualdad en retroceso.

 Incluso en la mayoría de los países desarrollados, los ricos se hacían más ricos y los pobres a menudo ni siquiera podían mantener su nivel de renta. En resumen, puede que la globalización haya ayudado a algunos países —quizá haya aumentado su PIB, la suma total de los bienes y servicios producidos—, pero no ha ayudado a la mayoría de la población, ni siquiera en estos países.

 Lo que preocupa es que la globalización pueda estar creando países ricos con población pobre. Por supuesto, quienes no están contentos con la globalización económica por lo general no plantean objeciones al acceso más amplio a mercados globales o la difusión del conocimiento global, lo cual permite que el mundo en desarrollo saque partido de los descubrimientos e innovaciones que se realizan en los países desarrollados. Más bien, manifiestan cinco inquietudes:

• Las reglas del juego que gobiernan la globalización son injustas, están diseñadas específicamente para beneficiar a los países industriales avanzados. De hecho, algunos cambios recientes son tan injustos que han hecho que algunos de los países más pobres hayan ido en realidad a peor.

 • La globalización prioriza los valores materiales sobre otros valores, como la preocupación por el medio ambiente o la vida misma.

• El modo en que se ha gestionado la globalización ha supuesto la pérdida de buena parte de la soberanía para muchos países y de su capacidad para tomar sus propias decisiones en cuestiones claves que afectan al bienestar de sus ciudadanos. En este sentido, ha socavado la democracia.

 • Aunque los defensores de la globalización han asegurado que todos se beneficiarían económicamente, tanto los países en vías de desarrollo como los desarrollados pueden aportar bastantes pruebas de que en ambos hay muchas personas que han salido perdiendo.

 • Y, quizá lo más importante, el sistema económico con el que se ha presionado a los países en vías de desarrollo —en algunos casos en realidad se les ha impuesto— es inadecuado y a menudo muy perjudicial. La globalización no debería significar la estado-unidización de su política económica o su cultura, pero con frecuencia es así —y esto ha generado resentimiento—.

La última cuestión se refiere tanto a los países desarrollados como en vías de desarrollo. Existen muchas modalidades de economía de mercado —el modelo estadounidense es diferente del modelo de los países nórdicos, del modelo japonés y del modelo social europeo—.

Incluso a quienes pertenecen a países desarrollados les preocupa que la globalización se haya usado para priorizar el «modelo liberal angloamericano» frente a otras alternativas —y aunque el modelo estadounidense haya funcionado en términos de PIB, no lo ha hecho en muchas otras dimensiones, como la esperanza (y hay quien podría sostener la calidad) de vida, la erradicación de la pobreza o incluso el mantenimiento del bienestar de las clases medias—.

Los salarios reales en Estados Unidos, sobre todo los de aquellos en posición más baja, están estancados desde hace más de un cuarto de siglo y si los ingresos se han elevado tanto es debido en parte a que los estadounidenses trabajan muchas más horas que sus colegas europeos. De modo que, si la globalización se está usando para priorizar el modelo estadounidense de economía de mercado, hay muchos lugares donde la gente no está convencida de quererlo.

 Quienes pertenecen al mundo en vías de desarrollo plantean una queja más importante incluso: que la globalización se ha utilizado para priorizar una versión de la economía de mercado que es más extrema, y que refleja más los intereses corporativos que incluso en Estados Unidos.

Globalización y pobreza

 Quienes critican la globalización señalan que cada vez es mayor el número de personas que viven en la pobreza. El mundo se encuentra inmerso en una carrera entre el crecimiento económico y el crecimiento de la población y hasta ahora es el crecimiento demográfico el que está ganando. Aunque los porcentajes de población que vive en la pobreza descienden, las cifras absolutas aumentan.

 El Banco Mundial define la pobreza como vivir con menos de dos dólares al (lía; pobreza absoluta o extrema es vivir con menos de un dólar al día. Pensemos por un momento lo que significa vivir con uno o dos dólares al día. La vida para estas personas tan pobres es cruel.

 La desnutrición infantil es endémica, la esperanza de vida con frecuencia no alcanza los cincuenta años de edad y el acceso a la sanidad es escaso. Se dedican muchas horas al día a buscar combustible y agua potable y a ganarse a duras penas una vida miserable, plantando algodón en un terreno medio árido y esperando que este año las lluvias no fallen, o en el trabajo extenuante que supone el cultivo de arroz en medio acre escaso de tierra, sabiendo que no importa lo mucho que trabajes, porque apenas habrá bastante para alimentar a tu familia.

 La globalización ha desempeñado algún papel tanto en los mayores éxitos como en algunos de los fracasos que se han producido. El crecimiento económico de China, que se basó en las exportaciones, consiguió sacar de la pobreza a cientos de millones de personas.

Pero este país gestionó la globalización con cuidado: no tuvo prisa en abrir sus propios mercados a las importaciones e incluso hoy en día no permite la entrada de dinero caliente especulativo —dinero que busca obtener ganancias elevadas a corto plazo y se introduce en un país aprovechando una oleada de optimismo para salir precipitadamente al primer indicio de dificultades—. El Gobierno chino fue consciente de que, si bien su irrupción podría generar una prosperidad efímera, las previsibles recesiones y depresiones posteriores supondrían un perjuicio duradero, más que impulsando el beneficio a corto plazo.

 China eludió el ciclo de rápido auge y quiebra que caracterizó a otros países del Este asiático y Latinoamérica  manteniendo un crecimiento superior al 7 por ciento anual. Sin embargo, la triste verdad es que, salvo en el caso de China, la pobreza se ha incrementado a lo largo de las dos últimas décadas en los países en vías de desarrollo. Alrededor del 40 por ciento de los 6.500 millones de habitantes del mundo vive en la pobreza (cifra que se ha elevado un 36 por ciento desde 1981), una sexta parte —877 millones— vive en una pobreza extrema (un 3 por ciento más que en 1981).

 El mayor fracaso lo representa África, donde el porcentaje de población que vive en una pobreza extrema aumentó del 41,6 por ciento en 1981 al 46,9 por ciento en 2001. Si tenemos en cuenta que su población va en aumento, esto significa que el número de personas que viven en una pobreza extrema casi se ha duplicado, pasando de 164 millones a 316 millones.

Históricamente, África ha sido la región más explotada por la globalización: durante la época del colonialismo, el mundo aprovechó sus recursos pero le dio muy poco a cambio. En los últimos años, la globalización también ha decepcionado a Latinoamérica y Rusia. Abrieron sus mercados pero la globalización no cumplió sus promesas, sobre todo en lo que se refiere a los pobres.

 Los ingresos y un nivel de vida alto son importantes, pero las privaciones de la pobreza van más allá de la carencia de dinero. Cuando fui economista jefe del Banco Mundial, publicamos un estudio titulado Voces de los pobres.

 Un equipo formado por economistas e investigadores entrevistó a unos 60.000 hombres y mujeres pobres de sesenta países con el fin de saber cómo se sentían con respecto a su situación5. No resultó sorprendente que destacaran no sólo sus ingresos inadecuados, sino su sensación de inseguridad e impotencia. Especialmente quienes no tenían empleo se sentían marginados, apartados de sus sociedades.

 Para quienes sí tenían trabajo, buena parte de su inseguridad surgía del riesgo de ser despedidos o de que los sueldos cayeran en picado —como se vio de manera tan dramática en las crisis de Latinoamérica, Rusia y el Este asiático a finales de la década de 1990—.

 La globalización ha expuesto a los países en vías de desarrollo a mayores riesgos, pero los mercados que deberían dar garantías I rente a estos riesgos brillan por su ausencia. En países más avanzados, el Estado resuelve la situación a través de pensiones para la gente mayor, subsidios para los discapacitados, seguros médicos, servicios sociales y seguros de desempleo.

 Pero el Estado de los países en vías de desarrollo suele ser demasiado pobre para poner en marcha programas de seguridad social. Es más probable que el poco dinero que tiene se invierta en educación y sanidad y en construir infraestructuras.

 Deja que los pobres se las arreglen solos, lo cual implica vulnerabilidad cuando la economía se ralentiza o se pierden empleos debido a la competitividad con países extranjeros. Los ricos cuentan con la protección del colchón amortiguador de sus ahorros, pero no los pobres.

 La inseguridad era una de las mayores preocupaciones de los pobres; y otra su sentimiento de impotencia. Los pobres tienen pocas oportunidades para hacer oír su voz. Cuando hablan, nadie les escucha; cuando alguien lo hace, la respuesta es que no se puede hacer nada; cuando se les dice que puede hacerse algo, no se hace nada.

 El comentario de una joven jamaicana, incluido en el informe del Banco Mundial, refleja muy bien este sentimiento de impotencia: «La pobreza es como vivir en la cárcel, vivir esclavizado, esperando a ser libre». Lo que se puede aplicar a la gente pobre suele ser aplicable también a los países pobres.

 Aunque la idea de democracia se ha extendido y hay más países que celebran elecciones libres que, digamos, hace treinta años, los países en vías de desarrollo ven cómo su capacidad para actuar está socavada tanto por los nuevos condicionantes impuestos desde afuera como por el debilitamiento de sus instituciones vigentes y los acuerdos a los que ha contribuido la globalización.

 Pensemos, por ejemplo, en las exigencias impuestas a países en vías de desarrollo a modo de condición para recibir ayuda. Puede que algunas tengan sentido. Pero ésta no es la cuestión. La imposición de condiciones debilita las instituciones políticas internas. El electorado ve cómo su Gobierno se doblega ante otros gobiernos extranjeros o cede ante instituciones internacionales que, según creen, están regidas por Estados Unidos.

La democracia se debilita; los electores se sienten traicionados. De modo que, si bien la globalización ha contribuido a difundir la idea de democracia, se ha gestionado, paradójicamente, de una manera que mina los procesos democráticos de estos países.

 Además, se percibe —correctamente, en mi opinión— que el modo en que suele gestionarse la globalización no es coherente con los principios democráticos. Por ejemplo, se le da muy poca relevancia a las voces e inquietudes de los países en vías de desarrollo.

En el Fondo Monetario Internacional, la institución internacional encargada de supervisar el sistema financiero global, sólo un país —Estados Unidos— puede ejercer el veto efectivo. No se da el principio de un hombre un voto o de un país un voto: los que votan son los dólares.

Los países que poseen las economías más fuertes son los que cuentan con más votos —y ni siquiera son los dólares actuales los que cuentan—. Los votos se determinan en función del poder económico en la época en que el FMI fue creado hace sesenta años (con algunos ajustes desde entonces). China, con su economía en crecimiento, está infrarepresentada.

 Otro ejemplo es que el presidente del Banco Mundial, la organización internacional encargada de promover el desarrollo, siempre ha sido designado por el presidente de Estados Unidos (para lo cual ni siquiera tiene que consultar a su propio Congreso).

 La política estadounidense es lo que importa, no la cualificación: no se requiere ni experiencia en economía del desarrollo ni siquiera experiencia bancaria. En dos casos —las designaciones de Paul Wolfowitz y Robert MacNamara— su experiencia procedía de la defensa y ambos ex secretarios de Defensa estuvieron relacionados con guerras cuestionadas (Irak y Vietnam, respectivamente).

LA REFORMA DE LA GLOBALIZACIÓN

El debate sobre la globalización ha pasado de un reconocimiento general de que no es positivo todo lo que conlleva y de que existen razones reales para, al menos, parte del descontento que suscita; a un análisis más profundo que vincula políticas específicas con intereses específicos.

 Expertos y diseñadores de políticas coinciden en los puntos donde debe acometerse el cambio. ¿Qué cambios, grandes o pequeños, harán posible que la globalización cumpla sus promesas, o al menos se aproxime más a ello? ¿Cómo podemos hacer que la globalización funcione?

 Conseguir que la globalización funcione no va a ser fácil. Aquellos que se benefician con el sistema actual se resistirán al cambio y son muy poderosos. Pero ya se han puesto en marcha fuerzas transformadoras.

Habrá reformas, aunque se produzcan poco a Poco. Espero que este libro contribuya a encauzar reformas que se basen en una visión más amplia de lo que no funciona. También proporciona algunas sugerencias acerca de cómo hacer que funcione mejor la globalización.

Algunas son de pequeño calado y no deberían encontrar gran resistencia; otras son de mayor envergadura y quizá no se puedan llevar a la práctica durante años. Son muchas las cosas que deben hacerse.

 La comunidad internacional ha reconocido seis ámbitos en los que se producen problemas y que ilustran el avance que se ha hecho y la distancia que aún queda por recorrer.

El calado de la pobreza

La pobreza, al menos, se ha convertido en una preocupación global. Las Naciones Unidas e instituciones internacionales como el Banco Mundial han comenzado a centrarse más en la reducción de la pobreza.

En septiembre de 2000, unos 150 jefes de Estado y de gobierno asistieron a la Cumbre del Milenio de Naciones Unidas en Nueva York y suscribieron los Objetivos de Desarrollo del Milenio, comprometiéndose a reducir la pobreza a la mitad para 2015. Reconocieron las múltiples dimensiones que presenta la pobreza —no sólo una renta inadecuada, sino también, por ejemplo, un acceso inadecuado a la sanidad y el agua—.

Hasta hace poco tiempo, lo más importante para el FMI eran los debates sobre política económica y se centraba tradicionalmente en la inflación más que en los salarios, el desempleo o la pobreza. Su punto de vista era que la reducción de la pobreza era asunto del Banco Mundial, mientras que su propio cometido consistía en ocuparse de la estabilidad económica global.

Pero centrarse en la inflación e ignorar el desempleo condujo a un resultado previsible: aumento del paro y de la pobreza. Por fortuna, al menos oficialmente, el FMI ha asumido como prioritaria la reducción de la pobreza.

 A estas alturas ha quedado claro que la apertura de mercados (eliminar las barreras comerciales, la apertura a los flujos de capitales) no va a «resolver» por sí sola el problema de la pobreza; incluso puede llegar a empeorarlo. Lo que se necesita es más ayuda en la misma medida que un régimen comercial más justo.

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