LAS CRISIS CÍCLICAS DEL CAPITALISMO – LA GRAN DEPRESIÓN 2007-2014.

Los Estados Unidos son la gran potencia mundial y, además, la que tiene más capacidad globalizadora, en el sentido que todo el que pasa repercute, tarde o temprano, en los otros países del mundo. Fue el caso de la Gran Depresión, que tuvo como protagonista los bancos y las grandes instituciones financieras
Too big tono fail

El 2007 el sector financiero es lo primero a Wall Street y el más representativo de la fuerza económica de los Estados Unidos, donde había bancos comerciales y bancos de inversión. Los bancos comerciales captaban dinero a través de ventanilla a las personas que entraban a sus oficinas e invertían una parte del dinero captado en créditos a corto y a medio plazo, dependiendo de si los clientes que habían ingresado este dinero, los necesitaban con más o menos urgencia para sus operaciones. La otra parte del dinero, el banco los mantenía en forma líquida, necesaria para hacer frente a momentos de escasez de fondos líquidos.
Los bancos de inversión, con pocos pero grandes clientes, captaban los recursos a través de emisiones de bonos o de obligaciones —renta fija— y los invertían en participaciones en empresas, fondos de inversión y en los nuevos activos financieros que habían aparecido en el mercado. No hacían operaciones comerciales tradicionales y, por lo tanto, no tenían ni ventanillas ni clientes que entraran y salieran de sus oficinas. Los bancos comerciales eran vistos como los que hacían las operaciones de siempre, con activos que daban una rentabilidad baja. Los bancos de inversión, en cambio, suponían la innovación financiera, la mayor rentabilidad y, es decir, el mayor riesgo. Este era visto como un aliciente más para unos profesionales que se habían preparado precisamente para hacer operaciones de riesgo, en busca del beneficio más grande.
Los bancos de inversión habían atraído los grandes inversores del país y del mundo, con el atractivo de la rentabilidad y de unos personajes que se habían ganado el prestigio decís vencedores. El resultado de todo esto fue que los bancos de inversión se convirtieron en unas entidades de gran volumen. Los bancos comerciales hacían banca al por menor, mientras que los bancos de inversión hacían operaciones de millones de dólares. Con su volumen y el grosor de sus operaciones se habían ganado el sobrenombre too big tono fail. Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, una vez pasado el fervor decía que «los bancos que son demasiado grandes para quebrar son demasiado grandes para existir» (El País, 13 de diciembre de 2009).

2007
La crisis económica que se inicia el 2007 merece perfectamente el calificativo de depresión, si entendemos que la recesión es una crisis momentánea y la depresión una crisis que durará años. Comienza en los Estados Unidos, pero afectó todo el mundo. Las bolsas cayeron en los Estados Unidos, pero también en Rusia, en Chile y en Australia. Inicialmente, los analistas hablaban de pérdida de confianza. Más bien se podría decir que las causas de la recesión fueron la estupidez humana, fruto de la soberbia. Los primeros culpables —los genios financieros de Wall Sreet— dieron unas razones, en su lenguaje, que nadie entiende. Tenían unos conocimientos financieros de gran nivel y realizaban operaciones nuevas, pero, al mismo tiempo, representan unos sentimientos muy antiguos: el orgullo y la codicia.
2008

La quiebra de la gran banca americana

Los bancos de inversión americanos eran cinco: Bearn Stearns —lo más pequeño—, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Lehman Brothers y Menai Lynch. Todos ellos representaban la aristocracia financiera de Wall Street, el barrio financiero de Nueva York. Sus dirigentes eran los mejor pagados porque eran los bancos que daban más beneficio. Y ellos fueron la fuente de la crisis financiera más grande que ha habido a la historia.

La quiebra del Bearn Stearns, el julio del 2007, fue la primera. Se había envuelto con hipotecas suprime —veáis seguidamente— y con la emisión de buenos —renta fija— con la garantía del inmueble. Sus gestores cobraban cifras muy importantes por el trabajo de gestión, de forma que los accionistas esperaban beneficios proporcionales a los ingresos de los gestores, que, para justificarlos, buscaban operaciones cada vez más rentables, pero también más arriesgadas. El resultado fue un desastre. La Reserva Federal pidió la ayuda de la gran banca comercial americana y lo JP Morgan Chase compró las acciones del Bearn Stearns por un precio que representaba lo 30 % del de lanzamiento.
A Wall Street se empieza a hablar de graves problemas de los otros cuatro bancos de inversión. No obstante, era difícil de entender que aquellas instituciones, que representaban —aparentemente— lo mejor de lo mejor de la banca americana, pudieran tener problemas. Sus productos eran básicamente cuatro y sofisticados: las hipotecas suprime, las operaciones a futuro, la titularización de créditos y los CDO (Collateralized Debt Obligations).

Las hipotecas subprime
Desde hacía unos cuántos años, el mercado inmobiliario tenía en los Estados Unidos una clara tendencia alcista. Había dinero y a buen precio. Los bancos querían conseguir cuanto más beneficios mejor y los directores exigían a sus subordinados que consiguieran que los clientes invirtieran al máximo. El crédito hipotecario con garantía de un inmueble era el que ofrecía menos riesgo, y es el que utilizaron los empleados de los bancos para proporcionar los beneficios que los exigían sus superiores.
Los créditos hipotecarios siempre se habían concedido por una: cifra inferior al valor de mercado del inmueble, que cubriera sobradamente un posible impago del crédito. Con el mercado inmobiliario a ralla, la garantía era inmejorable, y los créditos se fueron concediendo por precios bien poco por debajo de los precios de venta del mercado, con la confianza que, durante el periodo del crédito, el inmueble hipotecado subiera de valor. Estas hipotecas que se daban por un importe similar al precio de mercado del inmueble reciben el nombre de subprime.
Pero el precio de los inmuebles había subido tanto que el mercado inmobiliario se hunde y puso fin al que era una de las tantas burbujas que se han producido desde que hay bolsas, donde los valores cotizan día a día. Entonces, el inmueble hipotecado empezó a bajar de precio, de forma que no cubría el crédito concedido. El resultado fue una importante morosidad para los bancos, puesto que los clientes dejaron de pagar los créditos hipotecarios, y el bancos se vieron obligados a quedarse los inmuebles que tenían en garantía, a la espera de su revaluación, si es que se daba, o a su contabilización como pérdidas. ¿Cómo puede ser que los analistas magníficamente pagados de Wall Street, con títulos de las mejores universidades americanas, no se dieran cuenta que trabajaban sobre una burbuja inmobiliaria, como tantas había habido?

Las operaciones a futuro
En las operaciones a futuro —muy conocidas a las bolsas— se compra o se vende un producto o unos valores cotizables a un precio y a una fecha determinada. Si la cotización sube o baja, el que ha iniciado la operación puede contabilizar una pérdida o una ganancia, según haya jugado al alza o a la baja. Hay un riesgo claro, puesto que si juegas al alza el beneficio solo se da si el día del vencimiento de la operación la cotización es superior a la del día de inicio. Si juegas a la baja, la operación es inversa, puesto que cuentas con que la cotización bajará: vienes al iniciar la operación y compras a futuro, confiando en la baja de la cotización.
Las operaciones de futuro se pueden utilizar para cubrir riesgos, como un seguro contra las posibles variaciones del precio al cual has comprado o vendido una mercancía o un valor. Si has comprado a pagar al jefe de tres meses, te puedes asegurar que no saldrás perdiendo haciendo una operación a la inversa. Todas las entidades financieras contratan estas opciones de compra o de venta para asegurar el alza o la baja decís intereses, cuando conceden crédito con un tipo de interés fijo.¿ A Wall Street las operaciones a futuro eran a menudo virtuales: no había ni producto —petróleo o cereales—, ni valores, por?) se especulaba sobre unos precios muy conocidos al mercado y a la Bolsa de Chicago en el caso decís cereales.
Las operaciones a futuro fueron la base de unos activos financieros que se denominaban derivativos y que según dirá Warren Buffet, un gran gestor de patrimonios, serán «armas de destrucción masiva». Los derivativos aparecieron cuando se comentaron a negociar opciones de compra o venta a futuro. Estas opciones formaban una cesta de varios productos financieros: hipotecas, participaciones en fondos de inversión, en petróleo, cereales, etc.

Titularización de los créditos
La tercera operación era la de titularización de los créditos. Los bancos de inversión se hacían cargo decís créditos concedidos por ellos mismos o por un banco comercial; distribuían el importe del crédito por partes iguales y creaban unos títulos que representaban el importe mencionado. El crédito seguía su camino y se cancelaba al mismo tiempo que las titularizaciones. Al mercado americano, eran los profesionales de la gestión patrimonial quienes compraban en los bancos créditos hipotecarios y procedían a la emisión de títulos, que venían por todo el mundo. Si la hipoteca era subprime, la pérdida estaba asegurada. Los CDO (Collateralized Debt Obligations)
Algunos analistas opinan que estos activos fueron los peores y los que más pérdidas provocaron. Eran unos instrumentos financieros que permitían transformar activos hipotecarios y deuda de las empresas, que no son precisamente activos líquidos, en instrumentos financieros líquidos, que podían ser vendidos.
Los genios financieros de Wall Street, que, tal como los habían enseñado, buscaban el máximo beneficio, vieron una oportunidad a base de combinar las cuatro operaciones que hemos explicado. El resultado fueron unos activos que estuvieron en su origen del descalabro financiero. El que hacían era venderse estos activos los unos a los otros siempre con una diferencia de margen que era el beneficio. La agresividad se manifestaba en su lenguaje: «Tenemos que matar el enemigo» (Sorkin, Andrew Ross, Too big tono fail, USA: Penguin Books, 2009, pág. 28).
Para aclarar estas operaciones, explico un cuento judío. Dos hombres se encuentran. Uno de ellos tiene un perro; el otro le ofrece 10 dólares por el perro. Este acepta y el perro cambia de manos, pero lo primero se añora del perro y la compra por 20 dólares. Ahora es su compañero quien reclama el perro y el compra por 30. Las operaciones se van cruzando y cada vez el perro vale más dinero. Hasta que llega un momento que uno de ellos dice que ya tiene bastante y que no quiere el perro. Su compañero se indigna: «Cómo es que quieres dejar una operación en la cual ganábamos tanto dinero?».

Además tenemos las sociedades de rating, que tenían por misión —una misión muy bien pagada—calificar todas las operaciones que los bancos de inversión lanzaban al mercado. Todas estas operaciones merecieron la calificación de AAA, la máxima de las casas de renting. Es increíble que tanta gente lista y preparada cayera a la trampa de calificar tan positivamente las operaciones vacías que se iban lanzaban al mercado.
Antes de la crisis financiera del 1929, se popularizó la expresión in Goldman we trust, en imitación de la in God we trust, que figuraba en las monedas americanas. El 2007 se podría haber repetido la misma expresión en relación con Goldman Sachs o con cualquier otro decís bancos de inversión. Siempre que fuera antes de septiembre-octubre del 2008, que es cuando se posa evidencia la debilidad de estos bancos.
De todos ellos, pero, solo Lehman Brothers quebró; el too big tono fail no se aplicó en este caso. Los otros bancos de inversión habrían podido seguir el mismo camino. El secretado del Tesoro americano, Alan Greenspan, se dio cuenta que si los declaraban todos en quiebra el resultado sería la quiebra de todo el sistema bancario y una crisis financiera mundial, puesto que había muchos miles de millones de dólares comprometidos. La única solución para devolver la liquidez en los bancos era inyectar en el sistema americano una cantidad de dólares equivalente a las pérdidas previstas de estos bancos. La Reserva Federal americana acuerdo crear el TARP (Trofoblast Assets Relief Programme), con el cual se inyectaron 787.000 millones de dólares. Esta medida, tomada en buena parte durante el mandato del presidente Obama, fue muy criticada por los economistas liberales. Nunca jamás habrían querido ver una operación como esta, que suponía la intervención del sector público en el sector privado y que implicaba que este sector privado quedara en manos del sector público.
El 20 de diciembre de 2008, en una entrevista a The Economist Alan Greenspan decía: «Los bancos necesitan más capital… La intermediación financiera decís bancos se ha roto. Este complicado e interdependiente sistema que canaliza los ahorros hacia inversión en capital productivo fue severamente afectada el agosto del 2008».
La operación salió bien. Con posterioridad, no hubo ninguna crítica al procedimiento utilizado. El dinero público se fue retirado de la banca privada a medida que pudieron. Los bancos de inversión fueron integrados, en una buena parte, a la banca comercial. En definitiva, y al ninguno de unos años, todos los analistas económicos aceptaron que las inyecciones realizadas habían sido la única solución para resolver el enorme problema que se había creado. Casi toda la banca mundial recibió las consecuencias de este descalabro de Wall Street. Los tipos de interés subieron para frenar la inflación que se veía venir. La sacudida continúa en forma de crisis normal y como recesión durante unos cuántos años más. En esta recesión, cada país sumó a los problemas del sector financiero los que tenía como propios.
La crisis de Lehman Brothers se puede considerar, como ya se ha dicho, la peor crisis financiera «no económica» de la historia. Posó en evidencia que la crisis financiera arrastraba otros sectores económica, como el industrial o el de servicios. Cuando tenso una cazuela con guisantes, garbanzos, lentejas y judías, separadas las unas de las otras, solo hace falta que la remuevas un poco para que se confundan; es el mismo que pasó con la crisis del 2008. Es difícil saber si los americana aprendieron la lección que los había dado la crisis del 2008. El semanario británico The Economist no dudó a dar una opinión que debía de hacer daño: «No culpéis a los bancos por la crisis del crédito. Culpar a sus gestores» («No size fits ajo», The Economist, 16 de agosto de 2008).
Unas cuantas semanas después, la portada del semanario presentaba la imagen de una leona, que representaba el capitalismo, con el cuerpo lleno de flechas que la habían herido gravemente, bajo el título de Capitalismo acorralado. «La nueva economía liberal está siendo atacada y el capitalismo, el sistema que lo encarna, está acorralado. Esta semana, la Gran Bretaña, el lugar de nacimiento de la moderna privatización, ha nacionalizado la mayoría de su banca industrial; mientras tanto, el gobierno americano ha prometido posar 250 mil millones de dólares en sus bancos» («Capitalism at bar>, The Economist, 18 de octubre de 2008).
La crisis llegó a Europa con fuerza. El Banco Central europeo tomó medidas similares a las de la Reserva Federal americana: una bajada continuada decís tipo de interés y una inundación de dinero al mercado. El tipo básico de interés del BCE, que era del 4,25% a comienzos del 2008, bajó a 1’1,5% a finales de año.
El mes de noviembre del 2008 se reunieron a Washington los representantes de las veinte grandes potencies mundiales, que firmaron una declaración que es una muestra de buena voluntad y de criterios conectas, al mismo tiempo que de una ingenuidad agobiante si creían que se aplicarían. reproduzco algunos párrafos: «nuestro trabajo tiene que estar guiado por la creencia compartida que los principios de mercado, el régimen de libre comercio e inversión y los mercados financieros regulados de forma efectiva, fomentan el dinamismo, la innovación y el espíritu emprendedor que son esenciales para el crecimiento, el trabajo y la reducción de la pobreza».
Se imposible que los redactores se lo pudieran creer. Como causas profundas de la crisis, aceptaban que «los actores del mercado buscaron rentabilidades más altas… con complejos y opacos productos financieros y el consiguiente y excesivo apalancamiento». Además, «las autoridades no apreciaron ni advirtieron adecuadamente decís riesgos que se creaban». En España el 2008 fue lo peor la historia de la Ibex 35, con una baja del 39,43%. La bolsa española hizo el loco, como siempre, con bajas muy fuertes primero y recuperación parcial después. Tanto en un caso como en el otro, la razón es la recuperación de la confianza cuando la bolsa sube, y la pérdida de confianza cuando la bolsa baja. El valor de las empresas cotizadas había perdido 338.000 millones de euros.
«Es la crisis financiera más importante desde la Gran Depresión… la desconfianza es total… los consumidores no consumen, los empresarios no contratan… los inversores no invierten y los bancos no prestan», decía el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Pero mostraba o una gran ignorancia del sistema financiero español o una ingenuidad que no tiene que tener una alta autoridad monetaria: «Mientras se han rescatado muchos bancos en el entorno europeo… aquí tenemos 150 bancos, casi 50 cajas de ahorros y 85 cooperativas de crédito y no ha habido ningún problema» (El País, 21 de diciembre de 2008).
A finales de año, superado el miedo de un descalabro financiero mundial, ya encontramos el análisis de los economistas. Alfred Pastor, un economista catalán, decía: «La ausencia de ética se acaba traduciendo en una mala regulación: se tiene que posar el afán de ganancia en su lugar a la cadena de valores de una sociedad. No podemos convertir en héroes quienes se hacen multimillonarios con estos negocios. La sanción social también tiene importancia, y en este momento no está» (entrevista al Aval, 2 de noviembre de 2008). Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001: «Keynes sostenía que los mercados no solo no se autoregulan, sino que en una crisis muy acusada, la política monetaria probablemente resultaba insuficiente. Se necesitaba una política fiscal… Perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado» («El retorno triunfante de John Maynard Keynes», Project-Syndicate, 5 de diciembre de 2008).
2009
Seguían los análisis de los economistas: «La Reserva Federal ha situado los tipos de interés en el 0 %. No hay país que no recurra a planes de estímulo fiscal para activar la economía. Los principales bancos han estado recapitalizados con dinero público. El Financial Times dijo que hay que recordar a los banqueros de «everywhere» que si han sido rescatados con dinero público no es porque los estimamos mucho, sino porque los necesitamos. La crisis ha puesto de manifiesto la necesidad de una nueva ética empresarial» (Antoni Castells: «Una Cataluña líder en una Europa que mira adelante», conferencia pronunciada a la London School of Economics, el 15 de enero de 2009).
Un Premio Nobel de Economía se puede permitir declaraciones que otras no harían. Paul Samuelson decía: «Han aparecido los nuevos instrumentos financieros, monstruos como Frankenstein, frenéticos, insidiosos: los títulos hipotecarios titularizados, los swaps de crédito, todos con calificación triple A de las tres agencias de rating S&P, Moody’s y Fitch… Los matemáticos del Instituto Tecnológico de Massachusetts y de Wharton ayudaron a inventar todas estas cosas extrañas que supuestamente tenían que ayudar nuestra sociedad a distribuir el riesgo de manera racional. En realidad, ocho años de desregularización han permitido los peores engaños de Wall Street…
»Muchos economistas se dejaron llevar por las ideas liberales de Milton Friedman y Ronald Reagan… »Alan Greenspan dijo que la crisis había menguado su fe en el capitalismo y que cometió el error de dejarse influir por las ideas de Ayn Rand, que exaltaba la avaricia. Greenspan creía que no hacía falta la regulación.

 

 

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