LAPONES Y ESQUIMALES

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Mapa de situación.

Europa es una parte del Mundo

Europa ofrece una gran variedad en cuanto a paisaje, clima, administración política y formas de vida, pero en conjunto puede decirse de ella, sin incurrir en exageración, que ha alcanzado un nivel cultural superior al de los pueblos primitivos. Esta última afirmación es cierta, aunque con una sola excepción: la de los lapones. En otras zonas arrinconadas, especialmente montañosas o pantanosas, puede faltar aún gran parte del bagaje de lo que denominamos “vida moderna” o “civilización occidental”, pero sólo afecta a sectores escasos y apartados de un pueblo ; en cambio, todo el pueblo lapón, hasta hace poco tiempo, vivía a su manera, esto es, como un pueblo de ganaderos y pastores, sedentarios o nómadas según las zonas, que no había adoptado la agricultura ni ningún otro trabajo que representara un paso hacia la salida del primitivismo que imperaba en su economía y su cultura en general. No se trata de que los lapones deban ser considerados como unos salvajes o como un pueblo atrasado, sino que, debido a haber encontrado un equilibrio entre sus necesidades básicas y la técnica del pastoreo del reno, lograron aclimatarse en una zona inhóspita, que se extiende entre la costa rusa de Tersk hasta los fiordos noruegos del extremo Norte del Atlántico. Teniendo en cuenta que la idea de progreso o de comodidad se da sólo esporádicamente en la historia humana, y que la fuerza de las tradiciones es extraordinaria, no debe sorprendernos que los lapones deseen conservar su sistema de vida, a pesar de haber aceptado, con pocas excepciones, el cristianismo.

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Reunión de Lapones con motivo de la festividad de Gällivare.

La sobriedad lapona queda patente con este dato: se calcula que una familia tiene suficiente con 40 renos para vivir durante todo un año. Para entender el enigma de los lapones es preciso considerar, no sólo la cría del reno y la geografía de las deshabitadas estepas y bosques boreales, sino también el origen, la raza y la lengua de este pueblo. Es curioso que, a pesar de las muchas teorías construidas acerca de ello, ninguno de los tres temas haya quedado dilucidado. La primera certeza de la que debemos partir es la de que, debido a la ocupación de todo el ámbito de los lapones por los hielos del último período glaciar (Wurm), aquéllos deben ser considerados unos inmigrantes del período epipaleolítico, y no más antiguos. En aquel entonces, una serie de pueblos pastores ocuparon las montañas europeas que se habían poblado de bosques y prados; no obstante, parece que los lapones aún tardaron muchos siglos en convertirse en pastores, pues Tácito y otros autores posteriores los citan, bajo el nombre de “fenni”, como típicamente cazadores.

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Muchacha lapona encargada de anotar la separación de los renos de diferentes familias.

Una de las teorías más sugestivas trata de explicar su origen en los pueblos cazadores que se retiraron de las actuales zonas templadas de Europa al mismo tiempo que la fauna ártica que cazaban nuestros antepasados de la época de Serinyá y Altamira. Su cultura, pues, tendría una base muy antigua, de más de 20.000 años de tradición, y su adaptación al reno sería relativamente reciente Sabemos por un historiador chino del siglo v antes de Jesucristo que un “ciervo”, seguramente el reno, ya estaba domesticado en aquel entonces en las tundras siberianas.

El idioma lapón también sirve para orientarnos en este difícil tema. Pertenece al grupo urálico, al igual que el finlandés, el húngaro y el samoyedo —este último propio de un pueblo de la cuenca del río Yenisei (Siberia)—, y se caracteriza por la limitación del número de consonantes y por su simplicidad. Estas lenguas, de tipo aglutinante, son habladas por pueblos que están separados geográficamente entre sí por otros de diferentes grupos lingüísticos, hecho que indica claramente que proceden de un foco común a partir del cual se produjo una gran dispersión. Los especialistas opinan que el antiguo núcleo urálico se encontraba en una zona situada entre el Báltico y el Ural, a la altura de la confluencia del Volga con el Kama. Según ellos, pues estos pueblos serían de origen europeo, a pesar de las diferencias somáticas que entre ellos se observan, tanto en otros tiempos como en la actualidad.

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Vista aérea del cercado de renos.

Racialmente, los lapones presentan un grupo de caracteres muy homogéneos, o sea de gentes poco mezcladas (aislamiento genético), cuyo origen y clasificación es, no obstante, muy discutido. Es muy probable que se trate de un grupo humano európido con ciertas características de origen antiguo (paleomorfo) poco evolucionadas, aunque también sería posible que se tratara de un caso de “especialización” o sea de un grupo que ha alcanzado unas formas algo diferentes de los demás grupos európidos por aislamiento y endogamia del pueblo, o sea por medio de sucesivas uniones matrimoniales entre ellos. Son gente de baja estatura, la menor de Europa, con una media de 1’544 metros, el cráneo corto, la cara ancha y pequeña, los arcos cigomáticos salientes, la nariz pequeña y de dorso cóncavo, ojos con un levísimo pliegue mongol y barbilla apuntada.

Es curioso que la pigmentación y el color del cabello sean predominantemente oscuros. Algunos raciólogos como von Eickstedt y Vallois incluyen a los lapones en la subraza alpina, de la que serían una variedad poco modificada. Aunque no hace muchos siglos que los lapones eran únicamente cazadores, su base económica actual no se halla ni en la caza ni en la pesca, aunque continúan practicándolas, sino en la cría del reno.

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Gran fuego ante la tienda junto al cual dormirán los que no caben en ella.

Este animal es su acompañante y casi diríamos su símbolo, como queda patente en las fotografías adjuntas. El lapón se sirve del reno para su alimentación, transporte, vestidos, útiles y armas, y aun extrae de él materiales para realizar su arte y sus prácticas rituales. Los animales domesticados, que viven fácilmente en rebaños por su gregarismo, difieren muy poco de los salvajes que eran cazados por los pueblos paleolíticos europeos de la llamada “Edad del Reno” (Paleolítico superior). Es curioso que, a pesar de ello, su origen zoológico no haya sido descubierto aún. El reno es un animal que destaca por su adaptación al medio ambiente subártico (tundra y taiga).

Sus anchos pies terminan en una especie de raquetas guarnecidas, sus patas se separan para ayudar al sostén de su cuerpo bajo y pesado, su pelo es espeso, su hocico voluminoso, todo en fin, se adapta perfectamente al clima riguroso y a las condiciones de la nieve. Lo fundamental de su adaptación estriba en su posibilidad de subsistir alimentándose en invierno casi únicamente del llamado “liquen de los renos” (cladonia rangifera), que es capaz de descubrir y desenterrar, con su propio pie, aunque lo cubra una espesa capa de nieve disimulándolo a la vista.

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Los lapones gustan de la carne de reno y del café.

El pastoreo del reno tiene por base el conocimiento de la vegetación más apropiada en cada época y de las zonas en las que, a pesar del duro clima, subsiste dicha vegetación. El reno no consume únicamente liquen ni mucho menos, pues come gramíneas, plantas con bayas y algunas hierbas, los primeros brotes de una serie de pequeñas plantas, y, como golosinas, las setas. Es de notar que el reno come como un gourmet y que no consume todo el pasto, pues va probando de aquí y de allá, de modo que ni siquiera después del paso de un gran rebaño queda agotado el suelo. El cuidado del reno requiere una verdadera especialización. Por ejemplo, en pleno verano, el reno sufre del calor y gusta de tumbarse durante el día sobre la nieve de las altas montañas y pacer de noche, durante las horas frescas. En sus desplazamientos no le gusta avanzar de cara al sol, y en cambo prefiere hacerlo contra el viento. También es preciso seguir horarios rigurosos en cuanto a sus horas de reposo y de pastar, y tener muy en cuenta el estado biológico y nervioso del rebaño en las épocas de celo y parto (primavera y otoño), que exigen una vigilancia especial.

La conducción de un rebaño es difícil, tanto por la naturaleza de su hábitat como por la del animal. El buen pastor vigila siempre el terreno que ha de pisar, evitando los que no gustan al animal, como son los pedregosos, pantanosos de fondo movedizo, las turberas demasiado húmedas, las zonas de tocones, y vigila igualmente en cuanto a la dureza o elasticidad de las diferentes capas, así como las diferencias de estado entre el día y la noche. Téngase en cuenta que la trashumancia de los lapones suecos alcanza de 300 a 400 kilómetros. En nuestros días ha cambiado mucho el sistema de pastoreo, y ya no se desplaza toda la familia con el rebaño familiar, sino solamente los pastores. Al cuidado intensivo de antaño ha sucedido una vigilancia más amplia (pastoreo extensivo) y la fusión de los rebaños pequeños en los grandes rebaños como puede verse en algunas de nuestras fotografías. Como los animales van marcados, es fácil la separación. Las marcas son del tipo de cortes, muescas e inscripciones en las orejas.

Los lapones, desde el convenio escandinavo de 1919, han construido recintos, mojones de piedra para evitar transgresiones, y han orientado su economía, en parte, a la producción y, en menor cuantía, al consumo. Los lapones, ayudados por su eficaz perro y por el lazo corredizo, dominan los grandes rebaños, que constituyen la riqueza fundamental de su pueblo.

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Renos atravesando un lago.

La vida de los lapones se estructura fundamentalmente a base de la familia, dentro de la cual se observa una clara diferenciación de actividades —hogar para la mujer y rebaño para el varón—que no debe sorprender, pues se ajusta á un sistema de vida basado en la ganadería y a la lucha contra las dificultades del duro clima. Aunque quedan ciertos resabios de la compra de la novia o del rapto nupcial, la forma normal de esponsales es la de la demanda del consentimiento al tutor, que acostumbra a ser el padre, por parte de un emisario de la familia del novio. Además del consentimiento se ofrecen regalos, símbolo de la indemnización a la familia, que perderá una mujer cuando podría ser más útil.

En compensación, después del banquete de boda, la novia recibirá como dote unos cuantos renos. Actualmente se ha modernizado el sistema matrimonial y los jóvenes que se conocen y agradan en ocasión de encuentros en ferias, escuelas, separaciones de ganado o reuniones y bailes, organizan sus propios esponsales con regalos mutuos, aunque los del pretendiente tienen más relieve y pueden consistir en joyas de plata. Una curiosa costumbre institucional, que matiza el patriarcalismo de los lapones, es la de que la joven pareja pase a residir junto a la familia de la novia. Era normal que en los primeros tiempos durmieran en la tienda de los padres de ella, hasta que podían construirse una choza para ellos.

La residencia matri-local tenía la finalidad de ayudar a los padres de la novia en las labores respectivas, especialmente por la enorme necesidad de pastores para el cuidado del rebaño, en el que se establecen turnos reglamentados. Debido a estas necesidades, se da el caso de contrata de sirvientes de ambos sexos, que, por la inexistencia de barreras sociales, pueden convertirse, si les conviene, en miembros de la familia por matrimonio. La vida familiar queda muy unida y parece que las disputas conyugales son poco frecuentes, lo mismo que el divorcio o la infidelidad. En otro tiempo, la estructura familiar era más completa, y, además de la autoridad paterna, contaba en el mismo grado la del hermano de la madre (tío materno), lo que es muy propio de los pueblos matrilineales. Asimismo estaba muy desarrollada la relación entre los parientes y su clasificación por generaciones (clases por edad), de lo que se conserva una nomenclatura de parentesco muy extensa, característica de este pueblo. Destaca en cambio un elemento a primera vista sorprendente : cuando los ancianos ya no podían seguir a la familia en las migraciones estacionarias, se quedaban en alguna casa de invierno cuidando de sí mismos o ayudados por un lapón sedentario.

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Trineo esquimal.

Si la vejez les impedía su propio cuidado, o perdían los sentidos, parece que, con cierta frecuencia, eran sacrificados mediante los siguientes procedimientos: despeñarlos arrastrados por un reno, sumergirlos en un baño de agua helada hasta que sucumbían o colocarlos en un troncó abierto de abeto. Uno de los aspectos más notables de la cultura tradicional lapona era su religión, la última primitiva que tuvo vigencia en Europa hasta el siglo XVII. Actualmente son buenos cristianos, evangelizados por los protestantes nórdicos, pero antaño tenían creencias politeístas de amplia base animista, y practicaban con asiduidad el shamanismo, con un estilo muy parecido al de los siberianos. Estas creencias no son sinónimo de salvajismo, sino que obedecen a un estadio cultural, y guardan relación con las de los cazadores nómadas siberianos.

También es de suponer que en su politeísmo existan más elementos nórdicos de los que a primera vista pueden notarse y que, por tanto, obedece a sus antiguas relaciones con los pueblos vecinos, antes de la cristianización de Escandinavia. Su animismo se encuentra claramente reflejado en la creencia en los espíritus que animaban, según ellos, a los animales, plantas y aun objetos inanimados. Los espíritus de los difuntos pervivían asimismo en un mundo del más allá, con un género de vida parecido al de los lapones, más suave pero también más pálido y triste.

El shamanismo se basa en una idea que recuerda en cierta manera la del espiritismo occidental : el shamán es la persona capaz de entrar en éxtasis, o sea de caer en trance, perdiendo los sentidos adquiriendo la facultad de  comunicarse con el mundo de los espíritus o de los dioses. La gran antigüedad de la tradición de estos shamanes o hechiceros, llamados noite, se comprueba al ver que, en principio, todos los padres de familia lo eran, aunque no todos tuvieron el mismo grado de poder, debido a las diferencias personales que nosotros denominaríamos síquicas. En efecto, no es igualmente fácil para todos llegar al punto del trance y obtener, durante él, las visiones que ayuden a solventar las dificultades de la vida lapona. El medio universal para entrar en trance es batir el pandero. Cada jefe de familia tenía su pandero de piel de reno joven, ornado con signos mágicos o símbolos de los dioses pintados en el parche y grabados en el aro ; algunos llevaban una serie de ofrendas colgantes que aumentaban su valor.

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Caribus congelados.

Podrán ser joyas de metal o plata, o bien huesos mágicos, dientes o uñas de oso. Lo batían con un martillo de asta de reno en forma de Y o de T, bien tallado y a veces muy decorado. Algunos autores interpretan ciertos bastones prehistóricos como martillos de pandero por comparación con los de los lapones. Después de horas y horas de batir el tambor, el shamán podía desmayarse y entonces su alma viajaba por el mundo de los espíritus, y, ayudado por sus espíritus bienhechores, encontraba la solución a sus dificultades. En otros casos el desvanecimiento era definitivo y el shamán moría.

El tambor, por medio de sus signos mágicos y de una pieza suelta y ligera llamada arpa, que saltaba al batir el parche, servía también para la adivinación, en la que los lapones alcanzaron gran fama. Asimismo, durante la etapa monoteísta, se practicaban sacrificios de renos, caballos u objetos, en honor a los múltiples dioses. Una de sus más antiguas divinidades era Peive, el sol, apenas personificado, pero que, con sus rayos, formaba el soporte natural a los demás dioses. El dios del trueno, Tiermes, era llamado también el Viejo o el Padre y era muy venerado. El dios de la fertilidad, el de la caza, la diosa de la primavera, el de la luna y otros dioses de tipo más abstracto, junto con los espíritus íntimamente ligados a la vida diaria, constituían el Olimpo lapón, arrinconado por la vida y la religión superior.

 

La vida de los lapones

Este modo de vida ofrece a nuestros ojos tan vivo interés, no menos habremos de sentirlo por otro pueblo, el esquimal, cuya existencia adquiere para los meridionales ribetes de fábula y desprende aroma de aventura, y al que conviene conocer en su realidad humana y en su exacta dimensión. ¿Hasta dónde llega, en el caso de ese pueblo excepcional, la realidad histórica y geográfica, y dónde empieza a desfigurar su fisonomía la fábula y la imaginación?

El conocimiento del Hombre interesa a todo hombre, por su propia definición de ser inteligente; por ello no creemos que sea mera curiosidad lo que despiertan los esquimales, nuestros semejantes más septentrionales. Su género de vida es uno de los más difíciles, por la crudeza del clima, lo inhóspito de su hábitat y los mínimos recursos disponibles, basados todos ellos en la caza y la pesca.

No muy diferentes debieron de ser nuestros antepasados, los cazadores paleolíticos de las épocas glaciares, que se sustentaban también a base de caza ; pero pocos debieron de ser los cromagnones —tal es el nombre de la raza del Paleolítico superior— que no disponían en absoluto de ningún alimento de tipo vegetal, como es el caso de los esquimales que subsisten en nuestros días. Los esquimales viven principalmente en Alaska, Groenlandia, islas árticas y el extremo nordeste de Asia, en cuyo vasto continente tienen su origen, cubriendo la extraordinaria superficie de 9.000 kilómetros, con la mínima densidad humana que se conoce. Racialmente pertenecen al gran tronco mongol, del que se diferencian por su especialización y su adaptación a las condiciones de vida del Ártico. Forman, pues, una subraza algo distinta de los restantes amerindios. Además de la talla pequeña, cuerpo robusto y miembros cortos destaca la forma de la cabeza, que es alta, estrecha y grande, con la bóveda carenada, los pómulos salientes y la mandíbula muy desarrollada.

La unidad racial entre todos ellos es clara, a pesar de ciertas diferencias, y mantiene un curioso paralelismo con la unidad cultural y la lingüística. El idioma esquimal, aunque se divide en varios dialectos, mantiene su unidad básica, debido a la cual pueden entenderse todos ellos entre sí. Es un idioma primitivo y difícil a causa del polisintetismo con que se forma la frase, que puede ser de una sola palabra. Un ejemplo del dialecto groenlandés meridional dará clara idea de la mentalidad sintética reflejada en el idioma : qasu-iiq-saq-bbik-saq-si-ññit-luinaq-naq-puq es una palabra frase, en la que hemos separado los componentes y que significa “él no ha podido de ninguna manera encontrar el lugar para el que está fatigado (lugar de reposo)”. En esta palabra polisintética. El último elemento, puq, es el pronombre de tercera persona singular. Es interesante notar que esta lengua ha sido relacionada con las del grupo urálico al que pertenece el idioma lapón, y también, aunque más lejanamente, con el vasto grupo lingüístico indoeuropeo.

La pervivencia de los esquimales hasta nuestro siglo tiene una explicación general : su adaptación al medio es equilibrada. Si no fuera así, o habrían desaparecido o bien habrían emigrado hacia el sur, cosa que no era demasiado difícil en ninguna de las etapas conocidas de su historia y prehistoria. Su lucha permanente para subsistir parece que ha hecho de los esquimales un pueblo fuerte, aunque de demografía muy limitada.

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Cazador esquimal.

Ahora hablamos, no de la adaptación biológica de un pueblo, sino de los medios “culturales” de que se sirve para vivir y subsistir en un medio cruel. En síntesis, éstos son pocos pero de gran valor : una buena técnica de caza, el mejor curtido de la piel conocido en el mundo, la buena confección de vestidos cortados tipo sastre, la adopción del trineo y del perro de tiro y la habilidad en construir y caldear una cabaña que resista el frío ártico. Es indudable, con todo, que el esquimal posee por tradición una cualidad o fortaleza especial de tipo síquico que le permite resistir no ya el frío, que tanto asusta a los habitantes de los países templados y cálidos sino la soledad, el aislamiento y la larga noche ártica capaz de abatir los más recios espíritus. Es sabido que el invierno ártico no es más frío que el de ciertas zonas de la tundra del Norte de Siberia, y que incluso por la temperatura no es mucho peor que el de la ciudad canadiense de Winnipeg, pero es mucho más largo, y el verano que le sigue es muy templado. Es curioso que los esquimales caribú, que viven tierra adentro y disfrutan de veranos más suaves, son los más pobres de todos. El emplazamiento esquimal más característico se encuentra casi siempre en las costas, donde es posible la caza de los animales marinos y también la pesca. Efectivamente, la pervivencia del esquimal durante el largo invierno se basa en la caza de los mamíferos marinos que necesitan salir a la superficie a respirar. Conocen las costumbres y los lugares apropiados a la vida de las distintas especies de focas, tales como la hedionda, la barbuda, la manchada o común, la de casco y la de Groenlandia, así como las de la morsa, el oso y el león marinos, y en las regiones periféricas el narval y las diferentes especies de ballenas árticas y de belugas (ballenas pequeñas).

Es evidente que antes de la introducción del comercio occidental los esquimales se bastaban a sí mismos y que todo lo que formaba su ajuar procedía de la caza y de la recolección de restos en las playas, especialmente maderos arrastrados por las corrientes y lanzados al mar por los ríos árticos. La caza les proporcionaba en primer lugar la carne, que es el alimento básico, y la grasa animal, tan importante para los esquimales, pues les suministra las calorías imprescindibles para resistir los largos desplazamientos y la espera inmóvil del cazador. La grasa les sirve además para la iluminación y calefacción como combustible hogareño en la larga noche ártica. La descripción de algunos sistemas de caza dará idea de la habilidad y astucia empleadas : La caza “en hielo liso” es aquella que aprovecha las heladas súbitas en zonas de aguas tranquilas como los fiordos. El cazador debe saber caminar sin hacer el menor ruido, utilizando para ello mocasines de piel de oso o de perro.

Cuando localiza un agujero por el que la foca respira debe avanzar durante los momentos en que el animal inhala aire, cuando el ruido de la profunda inspiración le impedirá oír el leve rumor del avance. Al llegar al agujero, el cazador disparará rápidamente el arpón en cuanto aparezca la foca. Los esquimales dicen que es uno de los métodos más divertidos para cazar. La agudeza de oído de la foca es tal que después de la primera nevada ya es difícil emplear este procedimiento debido a que el animal nota el avance del cazador. El sistema más divulgado de caza de la foca en el agujero respiratorio es el de la espera : este consiste en localizar primero los agujeros respiratorios y observar si siguen en uso, previo tanteo, y luego esperar, a veces largas horas, hasta que el animal se decida a salir a respirar y precisamente por aquel orificio.

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Preparación de un pandero de piel de piel de caribú tensada.

La espera tiene que ser muy quieta, pues si la foca advierte la presencia del cazador busca otro respiradero ; y sólo es posible resistir la espera si el vestido que cubre el cuerpo es de adecuada confección. Cuando dicen los esquimales que la mujer hace al cazador, se refieren a que cuanto mejor sea su vestido más facilidades encontrará en la caza. No deja de ser sorprendente que otras dos maneras de cazar focas se basen en la gran curiosidad de este animal. En efecto, un cazador disimulado detrás de un obstáculo o muro de hielo cercano a la orilla puede atraer a la foca silbando en dirección al agua o rascando el hielo con una especie de aleta de foca con zarpas, de confección casera.

El segundo sistema requiere dos cazadores, los cuales deben practicar en el hielo dos agujeros contiguos y sumergir en uno de ellos un largo arpón, mientras el otro cazador hace el reclamo silbando y cuchicheando, y moviendo a la vez el arpón, al que se han atado dos trocitos de hueso y dos plumas. Aunque parezca imposible, este método da resultado, pues muchas veces la foca se aproxima para averiguar lo que ocurre, acercándose mucho a la punta del arpón; éste debe ser clavado rápidamente. En nuestros días se caza la foca con una mampara colocada sobre una especie de pequeño trineo que el cazador hace avanzar muy lentamente ; en primavera se emplea el sistema imitativo : el cazador, vestido con traje de piel de foca, se acerca a la foca que sestea cerca del agujero, imitando las actitudes de ésta y aprovechándose de la costumbre de dormirse cerca de su agujero. El último sistema de caza de la foca que citaremos es el de la red : consiste en tender una red vertical u horizontal, según se trate de un lugar abierto o de un agujero respiratorio, y esperar a que llegue la foca, cerrar la red y luego rematar la pieza. Hasta su contacto con los europeos los esquimales tenían como arma de alcance el arpón y el arco simple o doble, de tipo asiático, pero en nuestros días está generalizada la escopeta.

El arpón de tierra se utiliza principalmente como azagaya, para el disparo próximo o para rematar la caza, al estilo de los que utilizan los cazadores tramperos de África ecuatorial, cuyos arpones están provistos también de barbas; en cambio, el arpón para la caza en el mar tiene la punta de hueso o marfil separada del asta, aunque está sujeta a ella mediante una fuerte correa, con lo que se evita la rotura del palo y se hace posible que el mismo flote cuando el animal herido se sumerge o intenta huir. Las llamadas “flechas de vejiga” son puntas de arpón que llevan un flotador de vejiga ; los propulsores están provistos de una plaquita con un pequeño garfio que prolonga el alcance de la mano y aumenta la fuerza del disparo. Es curioso que se trate de un ingenioso instrumento basado en el conocimiento práctico de la palanca, que descubrieron los cromagnones del Paleolítico superior y que también usan los australianos nativos, que son, junto con los esquimales, los pueblos más cazadores de nuestros días. El remate de los animales marinos cazados desde el cayak se efectúa mejor con una lanza de punta de base redondeada que, por desclavarse fácilmente, cosa que no sucede con el arpón, puede usarse varias veces seguidas. Hasta hace pocos años estas puntas de lanza eran de piedra, al igual que las prehistóricas. El elemento fundamental para la caza, además de las armas, la habilidad y el conocimiento de las costumbres de los animales, es el transporte y locomoción ; ésta exige en el Ártico algo más que buenas piernas, que es lo único que tienen otros pueblos, como los pigmeos y los australianos. El medio ártico, en este aspecto, es mucho más duro que la selva centroafricana o la estepa desértica australiana. El esquimal tiene dos grandes elementos: el trineo y el cayak.

Es muy posible que en su origen el trineo fuera simplemente una piel para el arrastre sobre la nieve, tal como aún la utilizan para el transporte de su ajuar algunos esquimales netsilik.

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Confección de calzado.

Otro tipo también primitivo es el que se parece al tobogán de los indios canadienses, o sea, una plancha con la parte anterior curvada, que los esquimales construían a base de barbas de ballena atadas entre sí. Este tipo es muy útil para atravesar zonas de nieve blanda y mullida ; en cambio el de varas es más adecuado para las nieves duras del Norte. El trineo de varas más sencillo es el formado por dos pesadas varas unidas por travesaños de madera y sujetas con correas de piel de foca. Algunos de estos trineos utilizados para transportes a gran distancia, tienen de 6 a 10 metros de largo, y, según nos cuenta el gran explorador Rasmussen, cuando la temperatura era muy baja iban provistos de un original deslizante de eficacia extraordinaria obtenido a base de recubrir las varas con una capa de turba mezclada con agua, que se dejaba helar durante 24 horas y que luego se cubría con una capa de hielo obtenida aplicando agua tibia a la anterior y dejándola convertir en una dura capa de hielo sin mezcla.

En primavera y otoño se utilizan varas de hueso de ballena. En lugares donde no es fácil procurarse madera, los esquimales han construido trineos con varas de piel de buey almizclero, enrolladas y heladas, sujetas con ligaduras transversales de carne congelada En Groenlandia, el trineo de caza, que también se usa para transportar las embarcaciones hasta el borde del hielo, es corto, generalmente de metro y medio, ancho, y va provisto, en la parte posterior, de dos codales perpendiculares de madera o de asta de reno, muy útiles para afianzar la carga y para la conducción. Para la caza o pesca marítima el elemento primordial es la embarcación, ya sea el conocido cayak individual, ya el umiak, gran bote de piel utilizado antaño para la caza de la ballena. El cayak es una de las mejores piraguas del mundo a pesar de su sencilla estructura.

Consta únicamente de varias cuadernas curvadas, dos pértigas que forman las bordas, unidas en los estraves de proa y popa, y unas delgadas tablas atadas a las cuadernas transversales, todo ello recubierto con piel tensa, sin pelo, en la que se deja “el orificio del hombre”. Es conocida la particularidad de que si se sujeta la capota impermeable a la anilla del cayak, tripulante y embarcación pueden formar un solo cuerpo. Según Cranz, los remeros más hábiles pueden volcar tranquilamente pues conocen hasta diez maneras diferentes de recobrar la posición normal; en plena tempestad pueden provocar la inmersión para evitar un mal mayor y recuperar la posición, aun en el caso de que hayan perdido la pagaya.

El cayak, además de ser ligero y rápido, tiene una ventaja fundamental para el cazador : es totalmente silencioso, y un hombre solo puede transportarlo con facilidad sobre su cabeza. Anteriormente hemos aludido a la importancia del vestido esquimal para resistir el rigor del clima, especialmente durante la cacería y las largas marchas. Sin él, los esquimales no podrían vivir en las desérticas zonas árticas con tanta soltura, viviendo sobre el terreno a base de caza y pesca. La teoría del traje esquimal es muy sutil : se basa en la propiedad del aire de ser mal conductor de la temperatura cuando no es renovado, o sea en el aislamiento que proporciona el compartimiento estanco que se forma entre el vestido interior o la piel y el exterior. La piel de que está confeccionado el vestido exterior no es porosa y debe dejar una cámara de aire entre la cara interior de la prenda y el cuerpo; con ello el esquimal obtiene dos cosas : una capa de aire caliente que no se enfría como la cara externa de la piel, y un espacio en el que se puede evaporar la transpiración provocada por el rudo ejercicio de la caza y principalmente el del trineo, ¡ Imagine el lector lo que sería el sudor helado sobre el cuerpo en un ambiente de 40 grados centígrados bajo cero ! El hecho de que el reno y los vestidos confeccionados con su piel sean tan apropiados a las más bajas temperaturas se debe precisamente a que cada pelo de reno contiene una pequeña cámara de aire, que lo convierte en un gran protector.

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Mujeres esquimales.

Además de ser tan caliente esta piel es ligera y fuerte. Las otras pieles de que los esquimales disponen tienen cada una su peculiaridad ; por ejemplo, la de oso blanco es impermeable, la de foca resistente, la de los pequeños animales muy leve, y la del buey almizclero resistente y pesada. Pero la mejor es la de reno, aunque tiene el inconveniente de que se le cae el pelo con facilidad. Las prendas básicas del vestido esquimal son el pantalón y el capote ; éste, según Hatt, deriva del poncho o piel sin costuras con un agujero para pasar la cabeza, al que con posterioridad se le unieron las mangas y la capucha. Es, en piel, la prenda que los esquiadores han difundido por Occidente con el nombre de anorak, ideal contra el frío. Es interesante notar que los esquimales centrales practicaban el desnudismo dentro de las cálidas viviendas de invierno, mientras que los occidentales llevaban cubresexos, a causa de que la visión de los órganos sexuales era tabú, debido al peligro que se atribuía a la facultad generadora.

Ello no está en contradicción con la suma libertad y la franqueza sexual de que hacen gala. La mentalidad esquimal, como la de todos los pueblos animistas y shamanistas es difícil de entender para un occidental. Empiezan por creer que el primer ser vivo fue un gran cuervo que luego creó los árboles y el hombre. La existencia de espíritus en la naturaleza que les rodea, así como la del “pueblo de las sombras”, se halla en relación directa con el shamanismo, puesto que tales espíritus son los que les ayudan y también a quienes hay que combatir para defender a los hombres de sus asechanzas. Las creencias de los esquimales en los mundos del más allá son interesantes y variadas : según unos existe un mundo subterráneo para los malos cazadores y las mujeres mal tatuadas ; según otros, existe una especie de cielo o bien una mansión submarina en donde reside la diosa de los animales marinos, que les ayuda o dificulta la caza.

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Mujer esquimal con el niño a cuestas.

Seguramente debido a que el esquimal dispone de muchas horas para pensar o dejar libre el curso de su conciencia, se ha observado en él una capacidad síquica especial. Birket-Smith, el gran colaborador de Rasmussen, y luego el mejor conocedor de la cultura esquimal, explica claramente que partiendo de las ideas primitivas de que las cosas o los elementos naturales tienen “su dueño” (inua en esquimal), o sea un principio que les posee o da fuerza, los esquimales llegaron a la idea del alma humana expresada por una palabra que significa “sombra” o “reflejo” (como el del rostro sobre el agua quieta).

En otras zonas la denominan “aliento” o algo traducible por “fuerza vital”, y en Groenlandia distinguen varias almas : la de la garganta, la de la región inguinal, y la que reside en el nombre de la persona y que no la abandona ni siquiera después de la muerte excepto si aquel mismo nombre es dado a un nuevo ser, al cual pasará esta alma. Otro dato de la mentalidad esquimal se hace patente en la idea de sila, la fuerza del destino, el tiempo o el universo, o sea una idea difícil de asir, que, según ellos, se encuentra más allá de las almas inmediatas de los hombres y animales y de los espíritus de la naturaleza. Es algo que hace pensar en el Hado, o en una razón del más allá, cuando una religión no ha alcanzado la fe en un Dios personal.

 

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