LA REVOLUCIÓN 4.0.

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Por: Fernando Botella

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ASÍ EMPEZÓ…

«… el 29 de octubre de 1969, a las 10.30 de la noche, en la Universidad de UCLA, apuntamos este registro en el cuaderno de laboratorio: estamos hablando con Stanford Research Institute, de servidor a servidor, de computadora a computadora por primera vez en la historia de la humanidad a través de una red llamada Arpanet.

»Era el inicio de internet.

»Fue similar a cuando la persona de la cofa de la carabela de Colón gritó por primera vez: tierra a la vista.

»Ese grito y este hito tienen la misma importancia.

»Muchas personas no saben cuál fue el primer mensaje enviado.

»Nosotros sólo queríamos conectar con otra computadora a 644 kilómetros al norte, e iniciar la sesión con un Log In…, por lo que hay que escribir primero la palabra log, y luego se escribiría el in.

»Para asegurarnos de que todo ocurría como esperábamos y funcionaba bien, nuestros dos programadores, uno en UCLA y otro en Stanford, estaban conectados telefónicamente. Charlie, el programador de la UCLA escribió L y preguntó: “¿has recibido la L?”. Bill desde Stanford dijo: “sí, he recibido la L”. Charlie escribió la O y preguntó: “¿has recibido la O?”. Bill dijo: “recibida la O”. Charlie escribió la G y preguntó: “¿y la G?”.

»”¡Colisión!”, dijo Bill. La computadora de Stanford Research Institute se colgó. Así quedó para los anales de la historia que el primer mensaje de internet fue LO. Y en el cuaderno apuntamos: LO and BE HOLD.

»LO, el mensaje que enviamos, y be bold, de “detenerse”, de “se paró”.

»Fue un mensaje breve, pero muy valioso.

»Un mensaje poderoso y profético por el significado de LO AND BEHOLD en inglés.»

Entrevista personal con LEONARD KLEINROCK.

Científico de la computación en UCLA. Pionero y padre de Arpanet, la primera red de redes.

Unos días después, en ese año 1969, una presentadora en un noticiero de televisión de una cadena americana decía: « ¿Imaginan sentarse a tomar un café matutino y encender un ordenador doméstico para leer el periódico del día? Bueno, quizá piensen que es un disparate…».

Nota: LO and BEHOLD es una frase típica en inglés, de uso común, que ya se utilizaba anterior a la llegada de internet, para sugerir que algo que está sucediendo es un gran evento o es algo muy sorprendente. Cosas del destino. ¡Qué listo!

 

LOS CINCO ELEMENTOS

Si no estás cometiendo errores, quizá es que no los estás haciendo. -Nota de autor-

Tanto Cristóbal Colón como Fleming, en los ejemplos  que hemos compartido, como tantos otros personajes conocidos a lo largo de la historia, tenían algo muy claro: un objetivo determinado, o foco, que perseguir. Se cuestionaban con perseverancia el statu quo de las cosas, eran generadores de múltiples alternativas, con un alto conocimiento de aquello a lo que se dedicaban, pero poniéndolo en entredicho, aprendían de todo, siempre… Disponían de todos los elementos necesarios para cultivar el PENSAMIENTO CREATIVO.

Cuando tenía doce años, al ingeniero francés experto en microscopía electrónica Georges de Mestral le gustaba salir a pasear por el campo con su perro. Solía atravesar un terreno en el que abundaba un tipo de planta, el actium, vulgarmente conocida como cardo borriquero, cuyas semillas se adherían constantemente a su ropa y al espeso pelaje de su mascota. Para cualquier otra persona esta circunstancia no habría pasado de ser una anécdota, la pequeña incomodidad de tener que quitar esas molestas bolitas de los calcetines una a una al terminar el paseo. Esto, respetado lector, seguro que te ha pasado a ti alguna vez en tu vida. Pero no para el joven De Mestral. Él se planteaba por qué con esa planta pasaba eso, pero no con las otras de alrededor…

De Mestral se hacía una pregunta absolutamente decisiva y mágica (que más tarde veremos en el capítulo de técnicas creativas, que se trata de una manera muy atractiva y muy utilizada, desde Nespresso a Starbucks, para la localización de focos de interés). La pregunta era:

¿Qué tiene que no tenga?

A él le picaba, más que la pierna, la curiosidad… por lo que decidió someter aquellas pegajosas semillas a un examen de microscopía electrónica. Y al hacerlo, descubrió que la razón por la cual se adherían a los tejidos con tanta persistencia era por la presencia, en su microestructura, de unos filamentos entrelazados rematados en unos diminutos ganchitos. Así empezó todo.

En 1941 George de Mestral patentó el velcro a partir de ese hallazgo, fundó su propia compañía y se convirtió en millonario.

Perteneció al club del ¿y si…?

Esa pregunta que ha permitido evolucionar a los humanos. Se la preguntaron los primeros homínidos, cuando se pusieron a frotar un palo contra la madera seca y descubrieron que así eran capaces de generar por sí mismos esas hermosas y cálidas lenguas rojas bailantes que de cuando en cuando el rayo de la tormenta descargaba sobre la naturaleza. Y se lo volvieron a preguntar cuando, una vez dominada la técnica de alumbrar su propio fuego, acercaron la carne que comían a sus llamas y se atrevieron a probarla después.

Del club del « ¿y si…?» han formado y forman parte los grandes triunfadores de la Historia. Desde Colón a De Mestral; de Steve Jobs a Amancio Ortega. Y como le sucedía a Fleming, muchos de estos grandes pioneros no inventaron nada que no estuviera ya presente en nuestro mundo. Lo que sí hicieron fue darle un enfoque diferente. ¿Eran más inteligentes que la media? Probablemente, no. O no es lo importante. Lo que sí es seguro es que tenían una mirada más amplia. La creatividad siempre ha tenido mucho que ver con ese tipo de mirada ampliada.

En todos los casos que hemos descrito como ejemplo, y en otros muchos, da igual que hablemos de Colón o de De Mestral; de Thomas Alva Edison o de Newton, de Guy Laliberté o de Marc Zuckerberg, todos ellos pudieron desarrollar siempre su pensamiento creativo al servicio de sus ideas porque disponían de cinco elementos clave que todo proceso creativo requiere.

Estos cinco elementos son:

  1. Tener claro el objetivo

Tener un propósito nítidamente definido en el punto de mira es la piedra angular sobre la que se sustenta el pensamiento creativo. Porque la mente podrá saltar de una posibilidad a otra, generar nuevos caminos a partir de otros antiguos, desechar unas opciones y tomar otras, pero siempre lo hará guiada por la brújula certera de una meta clara enfocada en primerísimo plano en el visor de nuestra pantalla. Ya sea llegar a la India, reducir la mortalidad infantil o hacerse millonario vendiendo tiras adhesivas.

  1. Poseer el conocimiento necesario

Evidentemente, no se puede partir de cero. Hay que tener los conocimientos necesarios que exige cualquier disciplina en la que se quiera destacar mínimamente, y no digamos si se aspira a la excelencia. Alexander Fleming obtuvo sus extraordinarios descubrimientos ayudado en buena medida por su esfuerzo, pero especialmente porque era un buen microbiólogo, con amplios conocimientos para su época. Si no hubiera sido así, no habría sido capaz de interpretar, profundizar y dar sentido a esos hallazgos que su mirada diferente puso ante sus ojos expertos.

  1. Cuestionarse el statu quo

Hay que dudar. Dudar por sistema. Dudar por puras ganas de incordiar si fuese necesario. El pensamiento creativo cuestiona la costumbre, cuestiona la innovación. Lo cuestiona todo y no deja títere con cabeza. ¿Por qué tenemos que navegar pegados a la costa? ¿Por qué debemos comer únicamente de los pastos que crecen a ras de suelo? ¿Por qué se va a estropear la carne cruda por aproximarla al fuego? Una persona creativa se formula cientos de preguntas al cabo del día, y cuando está segura de que la respuesta a alguna de ellas es afirmativa, automáticamente se sitúa en la casilla del «No» para volver a formulársela, a ver si ese «Sí» inicial sigue aguantando el tipo.

En la pregunta está el mayor secreto del pensamiento creativo. En aprender a preguntar, así como en hacer buenos listados de ideas, consisten la mayor parte de las técnicas de creatividad.

  1. Perseverancia

Los resultados del proceso creativo surgen a través del esfuerzo repetido en el tiempo. La persona creativa no es ese iluminado que dormita durante gran parte del día y sólo sale de su letargo para alumbrar una idea genial que dejará a todos boquiabiertos. El verdadero creativo es un currante nato. Un Picasso que se cuidará muy mucho de que la inspiración no le pille sesteando. Hay que iterar, hay que probar y equivocarse lo antes posible. Y volver a intentarlo. Porque el que no prueba y no se equivoca, no aprende, no desarrolla nada nuevo, no se diferencia.

Eso sí, no vale cualquier error ni repetir siempre los mismos. Los errores están para aprender, no para ser ensayados.

El error del experto es, de entrada, mucho más productivo.

Hasta que llegó a su primera versión viable de la bombilla, que estuvo hasta ocho meses encendida sin fundirse, Edison ensayó con la friolera de más de 1.000 prototipos de bombilla. Cuando no era el exceso de calor, era la calidad del vidrio, el filamento que se quemaba o la falta de vacío, pero el caso es que no terminaban de funcionar, de mantenerse encendidas sin romperse mucho tiempo. Cuando le preguntaron cómo esperaba pasar a la historia, respondió que como la única persona del mundo que sabía más de mil maneras diferentes de fabricar una bombilla que con total seguridad no funcionaría.

  1. Generar múltiples alternativas

Las personas más inteligentes tienen la capacidad de generar no una ni dos, sino múltiples alternativas ante una misma situación dada. Después habrá que someter cada una de ellas a una evaluación pausada de su viabilidad, pero de pronto, el ser creativo será capaz de sacar de su chistera creativa, veremos cómo, varias alternativas. De esta manera, abre el abanico de opciones, saliendo de la tiranía de la solución única a la que suelen conducir los caminos trillados y las ideas preconcebidas.

Ser creativo es tener la capacidad de poder encontrar muchas formas, las máximas posibles, de, dar solución a una determinada situación o problema, que en creatividad llamaremos, foco.

 

UN CAMBIO EN LA MIRADA

Algunas de las compañías que han triunfado en los últimos arios lo han hecho, precisamente, gracias a que han sabido cambiar el ángulo de su mirada. Son empresas cuyo principal mérito ha sido saber detenerse un momento a observar la realidad sin la pesada losa de los dogmas establecidos acerca de lo que debe ser un negocio. Han sido lo bastante valientes para librarse de ataduras y atreverse a considerar otras opciones que no estaban en el manual.

Se han preguntado: ¿y si…?

Que el lector opine sobre Airbnb, Bla Bla Car, Booking, El Circo del Sol, Spotify, PayPal, Amazon, Alibaba, Tesla, Uber…

Lo mejor de todo es que muchas de estas empresas no deben su éxito al hecho de que hayan inventado ninguna tecnología revolucionaria ni sacado al mercado ningún producto nunca antes visto. La tecnología, la digitalización, en muchos de estos casos conocidos de éxito, ha sido más el acelerador para dar buenos resultados, accediendo más fácilmente al mercado y con menos costes, haciendo más rápidamente rentable el negocio, que el propio punto central del éxito. El núcleo de su aportación al mercado ya estaba ahí, existía desde hace muchos años. Sólo que ellas han sabido darle un giro inusual para crear así una propuesta de valor diferenciada y ganadora.

A veces se trata de algo tan sencillo como hibridar dos ideas ya existentes y plenamente establecidas. Hace una década si alguien me hubiera preguntado si estaría dispuesto a pagar 4 euros por tomarme un café en una cafetería le habría tildado de loco. Hoy, sin embargo, son millones en todo el mundo (entre los que me incluyo), los que pagamos eso, y a veces más, y gustosamente, antes de salir de un Starbucks. En sus orígenes, esta cadena distaba mucho de los lugares acogedores y de diseño vanguardista que conocemos hoy. La empresa arrancó en 1971 con un primer local situado en el famoso Pike Place Market de Seattle. En aquella época, los Starbucks eran unas cafeterías convencionales que, en un momento dado, pasaron por serias dificultades económicas.

Fue a partir de los años ochenta, al incorporarse al proyecto Howard Schultz, cuando la compañía inició el giro que la convertiría en un fenómeno empresarial de dimensiones globales.

Años antes, Schultz había realizado un viaje a Italia donde había quedado prendado de las cafeterías locales tradicionales. Se dio cuenta de que en aquellos modestos pero acogedores negocios familiares, tomar café se convertía en algo más que un mero acto de consumo apresurado.

Que allí los clientes hacían algo más que meterse de un trago un chute de cafeína antes de salir disparados hacia su siguiente reunión. En aquellas cafeterías italianas, en las que la mamma, ataviada con un delantal, salía a servirte en persona tu taza de capuccino o de expresso, tomar café era una experiencia casi de carácter familiar. Los clientes no salían pitando sin decir adiós, sino que se demoraban charlando tranquilamente o leyendo el periódico mientras degustaban su consumición. Se dio cuenta de que en aquellas cafeterías italianas, los clientes se sentían como en su propia casa. Se preguntó: ¿Qué tienen aquellas cafeterías italianas que parecen el salón de mi casa, que no tengan mis cafeterías en Seattle?

En 1987, cuando Schultz consiguió hacerse cargo de Starbucks, tuvo la oportunidad de trasladar sus ideas a un nuevo concepto de proyecto de hostelería. De esta manera, Starbucks se convirtió en lo que es hoy: por un lado, una gran cadena de alcance global con la fiabilidad y los estándares de calidad propios de una marca consolidada y una rica oferta de productos propios; y, por otro, el encanto familiar de una cafetería de barrio. Un lugar de encuentro en el que es posible tomarse un café sin prisas, escuchando una música agradable, sentado en un confortable sofá mientras trabajas o navegas por internet con tu tableta o portátil gracias al wifi del local.

La canadiense Circo del Sol es otra de estas compañías que supo reinventarse a partir de un concepto ya existente, pero que estaba quedándose obsoleto. Tras siglos de actividad basada en los mismos preceptos, el circo tradicional empezó a entrar en crisis a partir de los años noventa. Aquellas compañías ambulantes, con cierto romanticismo pero, al mismo tiempo, con un poso de decadencia y hasta de cierta sordidez, comenzaron a perder encanto y tirón entre los espectadores más jóvenes. Ese retroceso en los gustos del público tuvo un impacto económico negativo que, a su vez, repercutió en unos montajes cada vez más modestos y rudimentarios (por no decir «cutres»), lo que agravó la crisis del sector.

Al mismo tiempo, la sociedad iba evolucionando y en los nuevos valores instaurados cada vez tenían menor cabida algunas prácticas circenses tradicionales. La sensibilidad hacia los derechos de los animales iba ganando terreno en la sociedad, y los animalistas vieron cómo las denuncias que desde siempre habían realizado contra el trato que leones, elefantes, caballos y demás animales recibían en el circo, ya no caían en saco roto. También algunos de los números de los payasos, que muchas veces basaban el éxito del gag en la humillación de alguno de los personajes, comenzaron a ser cuestionados desde el punto de vista didáctico por el ejemplo pernicioso que podían dejar en los niños.

Los responsables de El Circo del Sol tuvieron la habilidad de ser permeables a todos estos cambios, sutiles y paulatinos, pero imparables. Se dieron cuenta de que, si querían seguir dedicándose a la profesión que amaban, debían imprimirle un giro significativo. No todo estaba perdido. Había muchas cosas del circo que seguían encandilando a públicos de todas las edades. Que la emoción de un buen número de trapecistas o de acróbatas seguía cortando la respiración de una heterogeneidad de audiencias. Que el público seguía apreciando la calidad de un buen espectáculo y, sobre todo, su belleza. Prueba de ello era que, mientras que el circo tradicional moría lentamente, los grandes montajes teatrales y musicales seguían llenando teatros de todo el mundo, desde Broadway hasta La Gran Vía madrileña. Fue entonces cuando se hicieron la pregunta. ¿Qué sucedería si eliminaban de la ecuación todo lo cutre y lo anticuado del circo y lo reemplazaban por la belleza y la grandiosidad del mejor teatro? ¿Y si tomamos lo mejor de ambos mundos y los unimos en un nuevo concepto renovador de ambos? ¿Qué tienen esos teatros y musicales en Broadway que no tenga el circo? El resto, es historia.

Airbnb es un marketplace para publicar, descubrir y reservar viviendas privadas. El nombre es un acrónimo de airbed and breakfast (colchón inflable y desayuno). Airbnb cubre en estos momentos unos 2.500.000 de propiedades en 192 países y 33.000 ciudades. Más de 150.000 reservas al día. ¿Lo hace Hilton? Desde su creación en noviembre de 2008 hasta junio de 2012, se realizaron 15 millones de reservas. ¿Y qué tiene como producto? ¿Tu casa o la casa de tu vecino?

Uno de los modelos de negocio más potentes, que consigue convertir lo intangible en tangible.

Empresa fundada por Brian Chesky, Joe Gebbia y Nathan Blecharczyk en 2008, que ha revolucionado el sector de los hoteles tradicionales. Airbnb es la historia de nuevas soluciones, innovadoras, a problemas de siempre.

Airbnb empezó su andadura en octubre de 2007 cuando el alquiler del apartamento en el que vivían Brian y Joe, estudiantes de diseño en San Francisco, subió un 25 por ciento de la noche a la mañana.

«Vimos que el fin de semana siguiente había una conferencia en la ciudad y decidimos crear una plataforma para que los asistentes tuviesen una alternativa barata a los hoteles», recuerda Blecharczyk. De esta forma podrían ganar unos dólares para pagar su apartamento. De hecho, ellos mismos alquilaron camas hinchables en el poco espacio libre que tenían en su apartamento. De ahí el nombre del proyecto, llamado Airbed&Breakfast, cama de aire y desayuno. En tan sólo tres días, ganaron 1.000 dólares e hicieron nuevas amistades.

Al principio la web era un simple directorio de habitaciones y apartamentos, pero pronto se dieron cuenta de que la clave para que la iniciativa saliese adelante era la seguridad y la confianza entre huéspedes y anfitriones. Con la finalidad de facilitar el proceso de reserva crearon una nueva plataforma que sólo requería tres clicks para encontrar una habitación.

Toda startup, en la nueva BETAlandia, necesita tres elementos fundamentales para poder sobrevivir: una rápida notoriedad, alta tracción, lo que siempre se llamó «tráfico y conversión» con el fin de alcanzar los objetivos comerciales, y financiación. Algo que no es nuevo. Cualquier emprendedor de los viejos simios ya lo sabía. Ya lo vivió en su propia piel. Los nuevos monos saben que esto es algo que no ha cambiado. Pero también saben lo que sí ha cambiado: el modo de acceder a ello.

Airbnb no tenía ninguna de estas tres características que describimos solucionada en sus inicios, pero sus tres fundadores buscaron formas innovadoras, típicas del nuevo ciudadano BETA, para alcanzarlas de una forma rápida.

«Una de ellas fue aprovechar la convención del partido demócrata que tuvo lugar en el verano de 2008 y en la que Barack Obama fue escogido como candidato a la presidencia —afirma Nathan—. Había mucha gente de la ciudad que quería irse de ésta para evitar aglomeraciones y muchos de fuera que querían venir a vivir este momento histórico.»

Aprovecharon el tirón para lanzar la nueva web y ofrecer a todos los visitantes una forma barata y diferente de encontrar alojamiento.

El lanzamiento fue un éxito y la iniciativa les llevó a aparecer en noticias a nivel nacional e internacional. Airbnb empezaba a multiplicar de forma exponencial sus resultados de negocio, de notoriedad, de financiación, y a convertirse en un nuevo modelo de negocio de éxito.

Según Forbes la fortuna de cada uno de sus fundadores, de cada uno de estos nuevos monos, ocho años después, ronda los 3.000 millones de dólares. Aun así, no es para mí importante destacar aquí, en este manuscrito, el potencial financiero ni la riqueza de estos ciudadanos BETA, sino hablar de esta nueva forma de pensamiento, de crear, de ver donde otros no vemos, de cambiar la mirada en búsqueda de nuevas soluciones ante viejos problemas.

Otra historia, sin necesidad de visitar Silicon Valley, es la de unos jóvenes ciudadanos BETA de Elche. Es la historia de las gafas de sol Hawkers que hoy se venden en más de 140 países. No hablan de sí mismos como una firma de complementos de moda (¿quién lo diría?), sino como expertos en internet y medios sociales capaces de vender cualquier cosa que se propongan.

Pablo Sánchez, David Moreno, Iriaki Soriano y Alejandro Moreno son los socios fundadores. Cuatro jóvenes que no pasan de los treinta años.

En el ario 2011, los cuatro fundadores coincidieron en el programa Yuzz de la Fundación Banesto, «un vivero tecnológico de grandes ideas», como se autodefine el proyecto en su web.

Juntos crearon una plataforma de comercio electrónico. Su idea era simplificar el proceso de venta orientado a los complementos de moda, y hacerlo más atractivo. Además de utilizar de una manera diferente las redes sociales y los modelos de promoción. «Creíamos que los pocos que optaban por la funcionalidad sacrificaban el aspecto visual. Nosotros pensábamos que se podía hacer de una forma simple y bonita», afirma David Moreno en una entrevista a IPMark.

Al principio, crearon una plataforma de venta de artículos de segunda mano, que llamaron Saldum, a la vez que desarrollaban para terceros plataformas de venta online. Pablo Sánchez lo recuerda así:

«Empezamos a hacer e-commerce para otras marcas porque no teníamos recursos. Iñaki y yo éramos estudiantes, David estaba trabajando como freelance y Alex… viviendo un poco la vida. Nos dimos cuenta de que teníamos un desarrollo de producto tecnológicamente bueno, pero no podíamos darle difusión. Decidimos alquilar nuestro equipo a otras empresas y con el dinero que conseguíamos poner en marcha nuestros proyectos, porque no queríamos pedir financiación. Todo lo que ganamos lo reinvertimos para crecer.»

Dos arios después decidieron que había llegado el momento de distribuir sus propios productos.

Empezaron con las gafas de sol Knockaround, una marca popular en California, de las que, con una inversión inicial de 300 euros, adquirieron 27 pares a título particular. Tras pedidos cada vez más voluminosos y frecuentes, se plantaron personalmente en la sede de la compañía en San Diego (California, Estados Unidos) y les convencieron para convertirse en sus distribuidores oficiales en Europa.

La ruptura con Knockaround llegó más tarde. En la entrevista concedida a IPMark lo contaban así:

«Nosotros no queríamos dejarlo, pero ellos se enfadaron cuando empezamos a abordar con Hawkers el mercado estadounidense. Les dolió que fuéramos a California y patrocinásemos a Los Ángeles Lakers. Literalmente nos dijeron que habíamos ido a su casa a meamos en su jardín», cuenta Pablo Sánchez. Y David Moreno añade: «El problema es que no reconocían nuestro trabajo, al menos no le daban el valor que nosotros pensábamos que tenía, y atribuían el éxito de ventas al poder de su marca y de su producto. Y se ha demostrado que no es así, porque después lo han intentado sin nosotros y no han conseguido el mismo resultado».

Repito parte del texto:

«… lo han intentado sin nosotros y no han conseguido el mismo resultado», dicen… ¡Así es!

NO se trata de hacerlo, se trata de hacerlo de una determinada manera. Ellos mismos en el texto de arriba nos dan la solución: el resultado del éxito no está en el producto, ni siquiera en la marca, sino en el proceso de venta, en el modo de hacer negocio, de relacionarse con los clientes, de hablarles de una forma que para el nuevo ciudadano BETA es más atractiva. No es el producto lo que vende. Es la forma en la que me comunico con el cliente.

Esto ha cambiado.

Han sido capaces de crear una marca, Hawkers, de la nada, en poco tiempo, como ya hizo Airbnb, o tantos otros, sabiendo que ahí no reside el secreto.

No se trata de penetrar en el mercado y crecer a través de hacer grande la marca o de crear una propuesta de valor con unos atributos únicos y sostenibles en el tiempo, se trata de crear un proceso de relación con el mercado diferente y una forma de comunicación con el cliente única.

Lo han hecho a través de utilizar famosos, como el piloto de MotoGP Jorge Lorenzo, el tenista Verdasco o la actriz Paula Echevarría, entre otros… pero de una forma diferenciada. Famosos para vender productos cuyo coste al consumidor final no pasan de los 30 euros de media. Prestigio, confianza, calidad, al mejor precio.

Competitividad en el modelo, no en el producto ni en los servicios adicionales.

Todos ellos son expertos en marketing digital, en publicidad a través de la red de internet, en encontrar sus públicos objetivos de una forma sencilla, a bajo coste y con alto nivel de rentabilidad. Y en relacionarse con ellos como si de un club de conocidos se tratase.

Han cambiado el escaparate de la óptica, aunque sea la de moda, por Facebook y Google. Y desde ahí han conseguido colaborar con empresas como Mercedes, BBVA, PayPal, Samsung, entre otras…

Su modelo es totalmente colaborativo, en la red o en presencial.

Utilizan la inteligencia conectiva para sacar el máximo partido en la explotación del negocio.

Su nuevo socio, siguiendo este modelo colaborativo, es Inditex. Ya se pueden comprar sus gafas en las tiendas del grupo. Han vendido un 20 por ciento de sus acciones y las ventas del grupo este año (2017) superarán los 80 millones de euros…

Cinco elementos que dominan muy bien estos nuevos monos.

Son expertos en lo que hacen, ya sea el marketing digital o el alquiler de pisos, se cuestionan los viejos modelos, tienen objetivos claros y concretos, son perseverantes y capaces de crear múltiples alternativas para hacer que sus negocios avancen a la velocidad exponencial que los nuevos mercados exigen.

Así es el nuevo mono.

Otro de los empresarios, ya más viejuno pero con mente de nuevo mono, es Diego Della Valle, el fundador de Tod’s. Él lo tiene claro.

Así lo afirma, como titular destacado en una entrevista a Forbes:

«La realidad del mundo empresarial es que en este presente veloz, si no eres disruptor, serás disrupcionado…».

 

iTÚ! (… SÍ, TÚ) … ERES UN MONO CREATIVO

El cambio que esperas en ti, no te llegará por combustión espontánea. Tú necesitas encenderte primero.

 

Repítelo: ¡NO es imposible, es sólo DIFÍCIL! Hazlo tuyo, como si de un mantra se tratase.

Insisto, perdón por ello:

No digas que algo es imposible.

Di mejor que tan sólo es difícil.

Nos ponemos muchos límites a nosotros mismos, convirtiéndolos, algunas veces, hasta en algo patológico. Quizá el más peligroso de los límites es el límite definitivo, el que no tiene vuelta atrás. Cuando zanjamos la cuestión diciendo que algo es, directamente, imposible. Y a lo mejor lo es, por supuesto que hay cosas que están fuera de nuestro alcance (que yo gane un partido de tenis jugando contra Rafael Nadal).

No deberíamos confundir el conocer la realidad de nuestros límites, nuestra geografía de límites, de la que ya hemos hablado en capítulos anteriores, con ponernos límites ficticios, límites que estén dentro de nuestras posibilidades de actuación, de cambio, de aprendizaje y mejora. ¡Son dos cosas bien distintas!

En el primer caso se trata de un estado de optimismo inteligente.

En el segundo de bloqueos e inmovilidad. Son falsos, son seudolímites.

El nuevo mono sabe destruir estos límites y entenderse, sin sufrir, con sus verdaderos límites temporales.

Los seudolímites nacen de juicios prematuros y son totalmente gratuitos. Tienen su origen siempre en alguno de estos tres elementos: del miedo, del dogma o de la autocomplacencia. Tres claves de las que hablé con mucho detalle en mi libro anterior El factor H.

Con frecuencia, nos damos por vencidos sin haber sopesado bien nuestras opciones. Al decir que algo es imposible de una manera tan categórica, automáticamente nuestro cerebro deja de pensar en ello. Lo aparta de su interés. Es como una compuerta que se cierra. Se deslizan las vigas, se traban los goznes, se sellan las aberturas y ya no hay manera de que pase nada por allí. Todas esas alternativas que están ahí fuera, esperándonos, quedan, desde ese instante fatídico, fuera de nuestro alcance.

Para salir de esta situación, muchos profesores, padres, gurús del momento, coaches, etc., tratan de convencernos con la siguiente sentencia recurrente: «Hay que saber salir de la zona de confort». No estoy tan de acuerdo con ello. Dentro de la zona de confort, a mí me gusta más llamarla caja de comodidad, pero eso es manía del autor, se puede ser muy creativo y generar muchas opciones de mejora y crecimiento, como ya nos demostrará Johari con su famosa ventana.

Es muy posible, lector, que tu nivel de inglés sea razonablemente bueno. Que te defiendas bien en este idioma. Que sepas que sabes inglés, al menos para defenderte en tu trabajo y relaciones personales con personas de otros países. Cuando hablas inglés te encuentras en tu zona de confort. Estás cómodo; quizá menos que con tu castellano del alma, pero suficientemente cómodo como para no sufrir mucho. Quédate con esta idea: «Sabes que sabes inglés». En esta zona puedes seguir aprendiendo mucho más inglés. Creciendo. Mejorando. También eres consciente de esto…

Al mismo tiempo, tal vez, querido lector, es muy probable, a riesgo de equivocarme con algun@ de vostr@s, que no sepas chino. Y aunque seas vagamente consciente de que el chino es un idioma pujante y con cada vez mayor presencia fuera de las fronteras del gigante asiático, gracias a la imparable apertura cultural, económica y poblacional del país, en realidad no saber chino no te cause demasiada angustia. Total, sabes español, te defiendes en inglés y quizá chapurreas el francés o el alemán, y nunca necesitarás más para desenvolverte por el mundo. Ese no conocimiento de chino como idioma, en el ejemplo que estamos utilizando, algo complaciente por tu parte, de lo que sabes que no sabes, pero te da bastante igual, también forma parte de tu caja de comodidad.

Es decir, en tu caja de comodidad habita lo que sabes que sabes y, se le llama confort. Y aun así, puedes mejorar. Y también lo que sabes que no sabes. Y la verdad, te da bastante igual.

Sabemos que tenemos carencias pero no es algo que me preocupe en exceso porque las tenemos localizadas y, más o menos, bajo control. En ambos casos, ambas situaciones están bajo estado de consciencia. Somos conscientes de lo que sabemos y de lo que no.

Por otro lado, creo que deberíamos ocuparnos más, en términos de desarrollo personal y profesional, de aquello que no sabemos que sabemos y vive en nosotros como una fortaleza oculta. Y también lo que no sabemos que no sabemos, un área ciega de nuestro desarrollo que nos puede estar haciendo cometer errores de forma continuada en el tiempo. Ambos estados, el de área ciega y el de fortalezas ocultas, tienen una característica común: los vivimos desde la inconsciencia.

¿Y si la mejor forma de crecer, avanzar, cambiar, desarrollarnos…, fuera trabajándonos y mejorando las áreas ciegas, a la vez que descubriendo y potenciando las fortalezas que tenemos ocultas?

Uno de los principales retos a los que nos enfrentamos para ser capaces de actuar mucho más creativamente y generar múltiples alternativas potenciadoras de un nuevo futuro deseable es que sabemos muchas más cosas de las que creemos, que las sabemos sin ser conscientes de ello, sin saber que las sabemos por lo que no las aprovechamos, no las convertimos en oportunidades.

El nuevo mono ha aprendido a sacar a la superficie esos conocimientos ocultos. Tú también debes aprender a sacar a la superficie los conocimientos que tienes aunque nos seas consciente de ellos, tus fortalezas ocultas.

Especialmente esta: ¡TÚ ERES CREATIVO!

Sí, sí, sí… ¡TÚ!

Una pregunta muy directa al lector: ¿eres creativo?

Si tu respuesta es afirmativa, es que se han entendido los apartados anteriores de este capítulo.

Si tu respuesta es negativa, déjame que comparta la definición de creatividad que hace la Real Academia de la Lengua Española.

Dice así: «Capacidad humana para generar contenidos mentales», sabiendo que se refiere a «contenidos mentales» como sinónimo de ideas.

De nuevo una pregunta para ti lector: ¿Eres humano?

Porque, aunque sólo fuera por hacerle caso a la RAE, si eres humano no puedes no ser creativo.

Muchas personas creen que son poco o nada creativas. Lo afirman incluso sintiéndose orgullosos de ello… con un «que piensen otros»…

Quizá sea que tienen una imagen deformada (o incompleta) de sus propias capacidades. Tal vez porque nunca han destacado en las actividades que normalmente tenemos asociadas a la creatividad: la música, la escritura, el dibujo… O porque no son el típico miembro del grupo que destaca por su chispa y su sentido del humor. Son personas que no se ven «talentosas creativamente» en el sentido artístico de la palabra. Pero eso no son más que clichés.

La creatividad no es un don, no es un regalo que te toca o no te toca en la lotería de la genética. No va impresa en el ADN como el color de los ojos, el género o la raza. Es un proceso de trabajo al acceso de todos, que se puede aprender, que depende de técnicas, de un modo de hacer las cosas. Un hábito profesional y personal que, como cualquier otro, cuanto más se practica, más se interioriza y mejores resultados arroja. Con esto no quiero decir que no haya personas mejor dotadas, es decir, más talentosas que otras para pensar de una manera creativa. Las hay. No todos podemos ser Picasso.

Pero saber que en creatividad hay mucho de alquimia y de método que se puede aprender, nos la dejará a nuestro alcance de un modo más disponible. Como toda disciplina.

La creatividad, el pensamiento creativo, como casi todas las competencias y habilidades profesionales, se puede entrenar.

Existen reglas, procesos y técnicas que pueden ayudarnos a pensar creativamente.

Así que cualquiera que en este momento esté leyendo este libro puede aprender creatividad, generar múltiples ideas, romper con lo establecido, al menos desde la imaginación, y mejorar sus mecanismos de pensamiento lateral.

Tú también.

¡TÚ ERES CREATIVO!

Sí, sí, sí… ¡TÚ!

¿O no has tenido alguna idea alguna vez? ¿O has dejado de ser humano? ¿O no se te ha ocurrido nunca añadir algo diferente a la tortilla? ¿O dibujar un esquema mientras escuchabas a alguien?…

 

VIVIR DESPIERTO Reflexiones del autor

Sabemos por experiencia que las personas no aprenden por experiencia.

  1. BERNARD SHAW

HOY ES SIEMPRE TODAVÍA

La nueva tecnología e inteligencia artificial son un regalo del desarrollo y conocimiento humano que desde la ciencia llega a nuestra consciencia. Por ello, es necesario aprender a ser mejores personas y mejores profesionales, capaces de entender el futuro próximo, participar en su diseño, integrarnos y convivir con las nuevas inteligencias que están por llegar, resultado de este futuro progresivo, que nos guste o no, será inevitablemente híbrido, humano y artificial.

La llegada de la inteligencia artificial es un nuevo empujón que nos pone delante la historia para ayudarnos a parar, reflexionar y poder crecer. Nos da el poder de influir en este futuro que todavía se está construyendo. En formar parte de él.

 

Esto es lo que sabe y hace el nuevo mono.

No estoy de acuerdo, y aquí quiero expresarlo en estas últimas reflexiones del autor, bajo el criterio único de mi opinión, sin ningún tipo de ánimo para tener razón, sin intenciones de crear un determinado pensamiento, ni siquiera defenderlo, con ciertas teorías catastrofistas o con las hiperrealistas que anuncian un futuro en el que la humanidad dejará de ser humana para ser artificial.

No estoy de acuerdo con las teorías que anuncian y defienden, con millones de seguidores en todo el mundo, la llegada de una vida en la que, gracias a la inteligencia artificial, podremos vivir felices sin hambrunas, desde la abundancia para todos, superando la muerte, la llamada amortalidad, contra un estado natural de la vida, o del fin de ésta. No estoy de acuerdo, quiero decirlo en voz alta, con los que defienden el desacople que puede sufrir la inteligencia de la consciencia… y con un largo etcétera de versiones sobre cómo evolucionará el desarrollo humano hacia la máquina.

Es posible que el uso del algoritmo sea mucho más importante a partir de ahora, pero dudo que supere al organismo. No creo que el universo llegue a ser el dataismo, así llamado por los nuevos apóstoles de lo artificial sin humanidad, donde el dato para ellos es lo primordial. La religión y la cultura no reside en los big data. Ni, quizá, tenga su origen en Silicon Valley.

Las declaraciones de personalidades como Yuyal Hoah Harari, joven profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, experto en historia militar, han pillado al mundo académico y científico con el paso cambiado. Ha hecho declaraciones en documentos y libros como Horno Deus, de este calibre:

«La inmortalidad en el más aquí es una nueva realidad. Un organismo vivo es un algoritmo y nada le impide que persista indefinidamente. Ni siquiera le hace falta ya comprender la realidad. Todo son datos. Un buen sistema de información me conoce mejor desde fuera que yo mismo desde dentro. El humanismo ha muerto. Viva el dataismo. Los datos predicen tormentas, recomiendan tratamientos y la música que me apetece escuchar. Google sabe muy bien lo que leo y se anima a proponerme lecturas…».

Creer o no en este futuro, llamado dataista y centrado en la máquina, participar o no de él en este presente, es cosa tuya, querido lector. Leyendo el libro de Yuyal, apoyo sin ninguna duda algunas de sus tesis, en muchos aspectos, a la vez que quedo muy lejos de su ideario en otros…

Yo creo mucho más en esa mezcla que nos anuncian en la nueva normalidad, exponencialmente creciente, mucho más humana que nunca, inevitable, de la que yo no soy partidario ni siquiera de intentar evitar, entre lo HUMANO y lo ARTIFICIAL.

Una unión de ambas inteligencias, que provienen de una original y única: la humana.

Que son origen de la persona y están creadas para la persona.

Donde la persona, más humana que nunca y más artificial que nunca, está en el centro de todo.

 

Donde se llegue a saber, en un nuevo avance de la vida en este planeta, cómo convertir al ser humano, el nuevo mono, ciudadano BETA, en más inteligente y menos artificial.

En mi modesta opinión, en este nuevo contexto que tan sólo está empezando a llegar, en este nuevo camino en busca de Ítaca, las personas necesitamos VIVIR DESPIERTOS.

Más despiertos que nunca antes.

Sin estar en contra del futuro tecnológico que está llegando, pero recibiéndolo como humanos que somos…, como nuevos monos.

«Monos espabilados», nos llamó Pedro Guerra en una de sus canciones.

Vivir despiertos el presente que nos ha tocado vivir.

Salir del hipnotismo de la pantalla.

Salir de las conversaciones múltiples.

Salir del chequeo continuo del WhatsApp o del Facebook; ese globito rojo que nos tiene atrapados .

Salir de la necesidad urgente de decirte «me gusta» cuando veo tu última subida en Instagram.

La hiperconectividad nos invade. Se ha instalado entre nosotros, sin normas. Sin respeto. Sin darnos tiempo para procesar su impacto.

Es la nueva normalidad, la llegada de la singularidad.

La tecnología avanza exponencialmente, mientras que la humanidad y su talento lo hacen linealmente. Un descalabro mental.

Momento de estar más DESPIERTOS que nunca.

De abrazar y hacer uso de las nuevas tecnologías al ser-316 vicio de lo humano. Y no al revés. Sin poner en juego nuestra creatividad, nuestra productividad, nuestro bienestar… nuestra felicidad, por exceso de conexión.

No confundir la colaboración necesaria a través de la inteligencia conectiva, con estar siempre conectados y esclavos del correo, del último mensaje. Del todo para ya. Para ahora.

La tecnología nos permite, como seres sociales que somos, relacionarnos los unos con los otros, pero somos los humanos los que tenemos que mantener el control de nuestro propio tiempo.

Tenemos que aprender a no dejar que un mensaje llame a otro, que nos distraigan, especialmente con esos tan absurdos que a mí me gusta llamar réplicas tontería, sin sentido. La ocupación vía pantalla no puede ser de veinticuatro horas por día.

Evitemos el ya llamado mal de «FLICKER EFFECT».

Consiste en tener la mente en muchas cosas a la vez. Por decirlo de una forma más sencilla, estar mentalmente donde no toca. Hablando a un colega mientras contestamos un correo, o con nuestra pareja en un restaurante cenando mientras vemos y contestamos los WhatsApp.

No alimentemos más a la bestia.

Amparo Lasén, socióloga de la Universidad Complutense de Madrid, lo describe muy bien cuando dice: «Sufrimos las molestias de la hiperconexión pero nos mantenemos conectados. Sentimos el agobio, pero, al mismo tiempo, nos convertimos en demandantes de esa hiperconexión. Parece difícil decir te quiero mucho, pero no te voy a responder a tu WhatsApp».

Algunos monos, compañeros de viaje, puede que intenten mantenernos todo el tiempo conectados a ell@s. Aprendamos a decir «no», a salir del círculo que nos atrapa. No olvidemos que somos libres de poder desconectar. Al menos, de momento…

Umberto Eco, años antes de su fallecimiento, escribió contra las redes sociales. En su libro, recopilación de algunos de sus artículos en prensa, De la estupidez a la locura, editado por Lumen en nuestro país, decía que las redes sociales han sido la «invasión de los necios, facilitada por las nuevas tecnologías».

Muy duro Umberto. O no.

Era muy crítico con el uso de la tecnología en este nuevo siglo y muy especialmente con las redes que nos atrapan.

Llegó a decir que herramientas como Twitter o Facebook «dan derecho a hablar a los idiotas… y permiten que la opinión de un necio consiga tener la misma relevancia que la de un premio Nobel».

Decía que «las redes sociales dan derecho a hablar a legiones de idiotas que antes sólo hablaban, con un vino, en la barra de un bar, sin dañar a la comunidad».

¿Verdad o no? Queda abierto el debate.

Lo que en opinión de este autor sí le parece cierto de las palabras de Eco es que cualquier necio, ese que cree saber de todo, ahora tiene sus medios a disposición para contar todo, sin tapujos, sin cortarse un pelo, en un escaparate de seguidores ciegos a ese conocimiento.

Es la sabiduría del ignorante, que tanto daño puede hacer, la que a veces uno se encuentra por el camino de las redes sociales.

En mi pueblo lo decían así: «El más tonto hace palotes». Ahora, además, hace que los demás lo hagan a velocidad de vértigo.

 

No es dificil, para ninguno de nosotros, encontrar a niños pequeños, en cualquier restaurante, incluso en algún parque, o en la playa, con un smartphone o tableta en la mano. Y a padres que digan cosas como éstas: Así nos dejan en paz y podemos hablar nosotros…».

¡De traca! No sé qué opinión tiene el lector sobre esto.

Están, ya tan pequeños, literalmente enganchados. Eso sí, no menos que tú o yo…

Son yonquis de la tecnología. Y no lo digo en sentido figurado…

¿Cómo podemos si no llamar a ese hábito que nos hace que vivamos toda nuestra vida adictos a una vida online?

Como si existiera una vida online y otra offline. ¿O sí?

En mi opinión, un poco de locos.

Y por si no lo sabes, cada vez que un diseñador de una app o de una red social actualiza las prestaciones de ésta, en realidad lo que está haciendo, en la mayor parte de los casos, no es mejorar el servicio, sino aumentar el feedback entre los usuarios y la información que obtienen de ellos, para que así los usuarios puedan perseguir la caza de muchos más likes y descansar unas horas menos del dichoso aparato.

Curioso, muy curioso, al menos a mí me lo parece, Steve Jobs, lo cuenta en su famosa biografía, no dejaba a sus hijos jugar con el iPad.

E investigando un poco uno descubre que buena parte de los ejecutivos, tecnólogos en Silicon Valley, llevan a sus retoños a escuelas que llaman low tech, espacios libres de móviles y sin abuso, en su formación personalizada, de ordenadores. Los alumnos en esos colegios tienen que hacer cosas tan raras como consultar o leer libros de papel. Y hay biblioteca, como lugar de encuentro y de aprendizaje.

Mientras, nosotros creando adictos digitales.

¿Estamos locos o qué?

En The New York Times, Ross Douthat, autor y columnista famoso, proponía la creación de un movimiento social y político a favor de la moderación digital. Ya empiezan, con fuerza y en casi todos los países occidentales, a tomar relevancia los movimientos y plataformas sociales sobre este tema.

La pregunta sería: ¿merece la pena todo este #correveydile de tabletas, WhatsApp, Facebook, tuiters y demás?

Yo quiero VIVIR DESPIERTO. ¿Y tú?

Aceptando todo lo nuevo que está por venir: la robótica, la inteligencia artificial, el 3D, la revolución 4.0, la gestión de los nuevos big data, el IoT…

¡TODO!… pero aludiendo y emulando a Picasso: que me pille DESPIERTO.

Quizá seamos humanos, seres inteligentes, porque nos permitimos cuestionar nuestras creencias. Y nuestro futuro posible.

También porque sabemos desprendernos de lo que nos sobra, especialmente si su origen es el pasado, aunque también del exceso de futuro.

La nueva normalidad, la nueva realidad, nos tienen que servir, ¿cómo no?, a pasar página, a avanzar. Estar dispuestos a escuchar lo nuevo, a participar de ello, a vivirlo. A enriquecerlo en nuestro quehacer cotidiano, con nuestro saber.

Quizá los seres inteligentes como nosotros, los humanos, tengamos una capacidad: la de imaginar, que a día de hoy nos hace únicos.

Aunque, también quizá, en un futuro no seamos los 20 únicos seres que disponen de esta capacidad.

Debemos, como siempre así fue, asombrarnos con lo que está por llegar, ser creativos con nuestro futuro, darnos permiso de renacer, de aprender cada día, de observar para desde ahí decidir mejor, y poder observarnos a nosotros mismos para conocernos más. En definitiva, VIVIR DESPIERTOS.

De Mello nos los contó de una forma metafórica absolutamente clarividente… en mi opinión y mi modo de verlo.

Nos compara con nubes, que vienen y van. Algunas son negras, otras blancas. Ninguna permanece. Algunas son grandes. Otras pequeñas. Ninguna permanece.

Pero nosotros somos el cielo, que no se va.

Las nubes sí, el cielo no.

Las nubes dicen adiós. El cielo, no.

El cielo observa las nubes. Las vive sin hacerlas suyas.

El gran secreto: Mientras las nubes están presentes, las disfruta.

Es consciente de que unas veces estarán y otras no.

Que durante toda su existencia, unas veces las nubes serán blancas y otras no, serán negras como el carbón. Pero que el carbón también puede ser bonito. Ambos estados, el blanco y el negro, hacen al cielo sentirse feliz. Bien consigo mismo.

La vida es pura magia.

Vivirla DESPIERTOS es nuestra tarea.

Quiero terminar este capítulo compartiendo un fragmento obra de Danah Zohar, de su libro Rewiring The Corporate Brain.

 

Es un texto de 1994 llamado «LA INVITACIÓN»; inspirado y escrito por Oriah, el soñador de la montaña, anciano nativo indio americano.

Dice así:

No me interesa lo que hagas para vivir.

Quiero saber lo que ansías,

y si osas soñar con lo que desea tu corazón.

No me importa la edad que tengas.

Quiero saber si te arriesgas

buscando como un loco el amor,

los sueños, la aventura de estar vivo.

 

No me interesa

saber qué planetas cuadran tu luna.

Quiero saber si has oído a tu corazón,

si te has abierto a la vida

o si te has contraído

y cerrado de miedo a más dolor.

Quiero saber si puedes

estar con alegría,

mía o tuya; es lo mismo,

si puedes bailar con desenfreno

y dejar que el éxtasis te llegue

a la yema de los dedos

sin precaverte de ser cuidadoso, realista

o de recordar las limitaciones del ser humano.

No me importa

si lo que me cuentas es verdad.

Quiero saber si puedes ser

fiel a ti mismo;

sin traicionar tu propia alma.

Quiero saber si puedes ver

la belleza aunque no sea bonita cada día,

y si puedes ver el origen de tu vida.

Quiero saber si puedes vivir

con el fracaso, el tuyo y el mío; es lo mismo

y ponerte a orillas de un lago

y gritarle a la luna plateada: “!Sí!»

No me importa dónde vivas

o cuánto dinero tengas.

Quiero saber si después

de una noche de dolor

y de desesperación, abatido

y magullado hasta el tuétano,

puedes levantarte

y ocuparte de las necesidades.

No me interesa quién eres,

ni cómo llegaste aquí.

Quiero saber si te quedarás conmigo

en medio del fuego y no escaparás.

No me interesa qué o dónde

o con quién has estudiado.

Quiero saber qué te sostiene

por dentro cuando se derrumba

todo lo demás.

Yo quiero saber si puedes

estar solo contigo mismo;

y estar conmigo,

y si realmente te gusta la compañía

que tienes en los momentos vacíos.

 

Caminamos dormidos.

Leemos dormidos.

Cuidamos de nuestros hijos dormidos.

Hablamos y compartimos con los demás dormidos.

Comemos dormidos.

Vivimos dormidos.

Amamos dormidos.

Besamos dormidos.

Y morimos dormidos.

 

¡Ya es hora de despertar!

 

Es hora de despertar porque debemos estar preparados para recibir el tsunami de la tecnología y lo artificial con toda su fuerza. No para huir, sino para recibirlo y normalizarlo.

En la nueva normalidad se difuminarán las barreras entre lo humano y lo tecnológico, en tu vida y en tu empresa.

Lo híbrido entre tecnología y humanidad será lo normal.

«Todo fluye, nada permanece», nos enseñó Heráclito. Pues… que te pille DESPIERTO.

El nuevo mono lo sabe. Ya está en ello.

Dice «sí» a la nueva era. La imagina, la ve… como el Principito veía en su dibujo el elefante dentro de la serpiente boa.

El nuevo mono quiere vivir lo nuevo, no en situación de espera, sino participando, desde su mente disruptiva, formando parte de ese nuevo grupo de CIUDADANOS BETA, y lo quiere VIVIR DESPIERTO.

Tú que ya eres un nuevo mono, que ya habitas entre nosotros, no lo olvides. Te deseo muy buena suerte; de ese tipo de suerte que debes trabajarte, para la que tienes que prepararte, en esta nueva normalidad.

 

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