LA PINTURA EN EL SIGLO XX

LA PINTURA EN EL SIGLO XX

A primeros de siglo las energías impresionistas más evidentes se agotaron en un superficial academicismo. Consecuencia inmediata de este fenómeno fue una acentuación estridente de los valores que la pintura impresionista contenía en potencia, pero que aún no había podido aislar y expresar con una plenitud de sentimientos. A estos especiales elementos se añadieron naturalmente notables sugestiones literarias, asimiladas más o menos uniformemente a la búsqueda de una nueva estética que caracteriza la pintura del siglo XX.

 

Fauvismo

La primera corriente artística que examinaremos es la de los fauves, en cuya originaria inspiración tuvo ciertamente una parte considerable el movimiento simbolístico, caracterizado por una singular búsqueda y la estilización de la forma y del color puro.

Una viva tendencia por el arabesco, que era también consecuencia de una admiración infinita por las expresiones artísticas de los primitivos, condujo a un procedimiento pictórico llevado al máximo de la perfección por Henri Matisse (1869-1954), el más importante iniciador del movimiento, mediante el cual, con hedonística indulgencia, se extraían de la naturaleza sugestiones cromáticas y lineales que reducían el mundo exterior a dos dimensiones, en una incrustación de perfiles coloreados, de cuyo equilibrio y armonía dependía la expresión más o menos perfecta de los sentimientos del artista.

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No importa que la relación con la naturaleza fuera más o menos vaga; para insistir en la abstracción de todo el contenido de la obra se introdujeron en el plano de visión determinados espacios pintados con motivos geométricos y lineales. Las relaciones tonales alcanzaron expresiones comparables a las musicales. Recordemos, de entre las numerosas obras de Matisse, Anémonas y mujer y La pluma blanca.

 

Cubismo

Pero como reacción a la construcción de dos dimensiones y al gusto decorativo del arte fauve, se produjo nuevamente en Francia un movimiento artístico llamado Cubismo, que al parecer partió de una ironía del mismo Matisse, que tendía sustancialmente no sólo a una revalorización volumétrica sino además a la creación de una cuarta dimensión. Picasso, Breque y Derain fueron sus más geniales mantenedores. Reconstruyeron en parte los descubrimientos de Cézanne, y en parte el espíritu que lo llevaba a la búsqueda metafísica de cuanto se apartara completamente de los esquemas tradicionales, que reducían el espacio simplemente a las dimensiones de perspectiva lineal, a fin de llegar a un ambiente ideal en que se establecieran las relaciones sentimentales e interiores que deben instituirse ante una obra de arte entre quien la observa y quien la ha creado. Se quiso volver a plasmar simultáneamente la realidad del universo según las normas de una nueva lírica, y esta modificación, este enrarecimiento de las leyes físicas, podía ser cumplida de vez en cuando con resultados completamente originales desde el punto de vista artístico. Como ya hemos dicho, Pablo Ruiz Picasso y Braque fueron los artistas en cuyas obras se vislumbra mejor el auténtico significado del Cubismo. A ellos se agregó luego el español Juan Gris y el Cubismo se convirtió — agotados los fermentos de la concepción originaria que tenían aún algo de la estridencia patente en la escuela — en una búsqueda artística en la que la armonía engrandecía el elemento dramático, al que determinadas personalidades, especialmente el ya mencionado Picasso, volverían a recoger más tarde en el curso de su carrera, y lo expresarían en términos muy parecidos al movimiento originario.

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Braque (nacido en 1882), si quizá no alcanzó una intensidad lírica igual a la de su gran compañero Picasso, descubrió, o mejor separó, en los elementos figurativos que los cubistas examinaban de vez en cuando para someterlos a sus aspiraciones poéticas, una particular visión del mundo, dotada de singular delicadeza, y quizá de un poco de indeterminación, fascinante precisamente porque hizo inasible e inespecificable la personalidad del artista.

Estos dos grandes pintores, en un determinado momento de su carrera, tuvieron que deshacerse de buena parte del bagaje de ideas que caracterizaban sus primeros años del Cubismo. Y mientras Juan Gris se mantenía casi uniformemente ligado a los conceptos originarios, aquéllos, como ya hemos dicho, alcanzaron un nivel artístico tal que atribuyeron a las primeras experiencias cubistas no sólo un valor de experimento, sino también de logro de sus mayores ideales.

 

La pintura en París

Mientras tanto, nuevas personalidades artísticas se iban destacando cada vez más en París, convertido en el centro del arte europeo. En las experiencias de los fauves encontró materia para sus ulteriores descubrimientos Vlaminck, que desarrolló el gusto por las relaciones cromáticas, gustando de complacencias dramáticas en el uso de tonos oscuros y de contraste, en cuya base se advierte un innegable y violento gusto escenográfico. De distinta calidad poética es la pintura de Georges Rouault (1871-1959), que aparentemente sometió a una corporeidad de sustancia las exigencias de una refinada sensibilidad colorista, pero que en realidad acentuó ‘las sugestiones de los contrastes tonales de manera que la forma quedase difundida en el espacio sin perder nada de su plasticidad. Marc Chagall (nacido en 1889), en cambio, que junto con Kisling y Soutine representa la nutrida colonia rusa en París, puso su sensibilidad expresiva al servicio de un místico mecanismo que reguló las ocultas relaciones entre los objetos de la naturaleza y examinó, con una búsqueda casi expresionista, la verdadera esencia de los sentimientos humanos, a fin de sugerir una visión claramente surrealista. Raoul Dufy, finalmente, se aproximó a los fauves con su concepción del significado de la pintura, por cuanto se interesó en la transformación de la naturaleza visiva, por la contemplación de los objetos externos, en sugestiones cromáticas que supo expresar con una evidencia formal portentosa.

Maurice Utrillo (1883-1955) estuvo relacionado de una manera más abierta con la pintura impresionista y especialmente con Pissarro y Sisley. En él había un sentimental abandono a las fáciles satisfacciones coloristas del Impresionismo, que le hizo construir una naturaleza tan adherente a sus emociones, más líricas que visuales, que adquirió cierto carácter fabuloso.

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Una postura de desconfianza en la realidad física inspiró otro movimiento artístico, llamado Dadaísmo, de la palabra «dada», que carece de significado, empleada precisamente para designar una pintura basada en un lenguaje infantil y en la sensibilidad primordial. Sus representantes más significativos fueron Marcel Duchamp, Max Ernst y Hans Arp.

En oposición a todo carácter impresionista, Amedeo Modigliani (1884-1920) reunió, en una estilización y una complacencia gráficas, cuanto del mundo exterior puede someterse particularmente a una visión lineal y perfecta. Exquisitamente líricas son algunas de sus obras, en las que la imagen parece ser reubicada y el ritmo lineal posee una gran elegancia y la misma gracia del linealismo botticelliano, como la famosa Marie o el Retrato de la señora Ciekowska.

 

Futurismo y Pintura Metafísica

En Italia el aislamiento provincial fue superado al afirmarse dos movimientos de vanguardia que representan la contribución italiana al arte europeo: el Futurismo y la Pintura Metafísica. En 1910 se publicó el manifiesto de la pintura futurista, afirmando la necesidad de un arte netamente moderno, capaz de recoger la idea de dinamismo vital que es la base de la vida moderna, y de conquistar el espacio o cuarta dimensión. De aquí el intento de los futuristas de sintetizar ritmos plásticos que son sugeridos al artista cuando se identifica emotivamente con la vida del objeto. Así, mientras los cubistas se preocupaban por una pintura pura, los futuristas la juzgaron como una cosa secundaria, que no les interesaba por sí misma sino en cuanto a representación, «escritura de fuerzas en libertad». Así se dio origen a la llamada «pintura de movimiento». La búsqueda futurista encuentra su expresión más patética en Umberto Boccioni, tanto en la pintura como en la escultura, que ya hemos examinado. Y se concluyó cuando Carlo Carrá reconoció sus deficiencias, que consisten esencialmente en tener en cuenta sólo el movimiento y no la estaticidad, que, en cambio, son necesariamente los dos términos de la creación pictórica. Carrá abandonó, pues, el Futurismo para unirse a la posición pictórica de Giorgio De Chirico, dando origen así, hacia el año 1916, en Ferrara, a la Pintura Metafísica.

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Giorgio De Chirico (nacido en 1888) llamó metafísica a su pintura que va más allá de la realidad, y creó en sus cuadros ambientes sobrenaturales, como el de las viejas ciudades de Italia, y formas que aluden al hombre sin serlo, como los maniquíes. Así plasmó su visión sobrenatural en Plazas de Italia, donde perspectiva y plasticismo están mágicamente expresados, y en Las musas inquietantes, evocaciones humanas absortas en un encantado silencio. en el espacio infinito. Pero a continuación el pintor abandonó la posición metafísica para dedicarse a evocaciones renacentistas y clasicistas.

A Carlo Carrá (nacido en 1881) corresponde, pues, el cargo de fundador de dicha pintura, que en él es mágica expresión de perspectiva y cromatismo. Su producción más madura mejoró con el estudio de Giotto, y en ella reflejó cada aspecto de la naturaleza y de la vida con formas elementales de severa emoción, por lo que la realidad se transfigura en visiones absolutas. El Caballero borracho, del primer período, y Pino junto al mar, del último, dan testimonio de ello.

 

Expresionismo y Surrealismo

En Alemania se afirmó cada vez más la corriente «expresionista» que, como ya hemos dicho, tuvo su mayor representante en Munch. Fueron considerados expresionistas los componentes del grupo «El puente» de Dresde, y por «Expresionismo» se entiende comúnmente una expresión artística que se aparta de la contemplación del mundo exterior y, liberándose de todo vínculo con la verdad naturalista, da libre salida al mundo interior, a las inquietudes, a los sueños y a las fantasías extrañas, empleando una policromía muy violenta en la que el color adquiere un valor dramático. Sin formar parte de ningún grupo expresionista, es considerado como uno de los mejores representantes de esta corriente el austríaco Oscar Kokoschka (nacido en 1886), precisamente por la vital y rica fuerza creadora, libre y potente, que se manifiesta en sus obras. Son también expresionistas Kirchner, Nolde, Pechstein y Ensor.

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Relacionada con los estudios psicoanalíticos de Freud, se fue abriendo paso una pintura del inconsciente, es decir, la representación de un mundo psíquico, cuando sus formas aún no han aflorado a la consciencia ni se han organizado. Surgió as+ la pintura «surrealista», basada en la representación de una realidad más íntima que la normal, pues está aprehendida en un momento primordial del espíritu, en pocas palabras, una «surrealidad». El Surrealismo, surgido entre los años 1919 y 1924 por obra de André Breton, guarda, sin embargo, evidentes ,relaciones con las expresiones de arte precedentes, especialmente con el Dadaísmo. Y de entre los artistas que en un cierto sentido lo anunciaron debemos recordar a Henri Rousseau (1844-1910), funcionario de aduanas y al que por esto le dieron el sobrenombre de «el Aduanero». En su búsqueda de valores primitivos dejó una pintura.. muy parecida a la infantil, de brillante colorido y de ingenua y maliciosa simplicidad, irreal y mágica. Pero es surrealista sobre todo Odile Redon, que se dedica a plasmar el misterio de la naturaleza. Hemos dicho ya que surrealista es la pintura del ruso Chagall, y surrealista es el español Salvador Dalí (nacido en 1905). A esa corriente pertenece también otro español, Juan Miró, a quien, sin embargo, no se le puede considerar adscrito a ninguna escuela, por ser su arte personal y único.

 

Arte Abstracto

Afinidades artísticas con el Surrealismo, y caracteres claramente opuestos al Expresionismo, presenta la llamada pintura «abstracta», que se afirmó con el grupo de artistas del Blaue Reiter (El caballero azul), animados por un desdén hacia las apariencias objetivas del mundo físico, en absoluta autonomía frente a la verdad natural. Para mejor alcanzar este ideal, la pintura abstracta destierra decididamente toda relación con la realidad y sus aspectos, sin tomarlos siquiera en su deformación, basándose esencialmente en una pura armonía de líneas y colores. Así pasa a ser superado el contenido narrativo de la pintura surrealista, inevitablemente literario y perjudicial. El primer pintor abstracto fue un ruso que vivió en Alemania y en América, Vassily Kandinsky (1866-1944). Junto con él recordamos a otros dos pintores famosos, Franz Marc y Piet Mondrian, cuya armonía pictórica se identifica con la arquitectónica. Paul Klee (1879-1940), considerado como un representante del arte abstracto, no olvidó nunca su primitiva posición surrealista y logró en un cierto sentido las máximas conquistas.

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Aunque ya hablamos de Pablo Picasso como fundador del Cubismo, concluiremos este rápido panorama de la vida contemporánea con un breve examen de su producción, por cuanto el gran artista español es el verdadero intérprete del arte de nuestra época, de la que recoge y desarrolla cada una de sus expresiones

Pablo Ruiz Picasso (nacido en Málaga en 1881) se formó en el seno de la tradición de Goya. Luego entabla los primeros contactos con la pintura francesa, con la burlona y mordaz expresión de Toulouse-Lautrec, y finalmente recibe la influencia de Gauguin, Van Gogh y Cézanne. Después de dictar las fórmulas fundamentales del Cubismo, se preocupa por las experiencias más diversas, que han de llevarle a un nuevo orden armónico capaz de expresarse en cualquier forma.

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Sin embargo, en él permanece siempre presente el deseo de buscar el fondo de la verdad, descomponiéndola, casi se puede decir anatomizándola, para luego reconstruirla en imágenes en las que el ritmo alcanza a menudo aspectos profundamente dramáticos y humanos.

 

La pintura española en el siglo XX

La pintura española, del mismo modo que la literatura, parece haber vuelto por sus fueros en este siglo y, sobre todo, en estos últimos años. Salvo la gigantesca figura de Goya, los períodos casi impersonales del Neoclasicismo y Romanticismo desaparecen en una especie de niebla en la que se sumergen incluso artistas que quizás hubiesen alcanzado las más altas cimas de haber vivido en otra época. Sin embargo, éstos y los que surgieron a continuación, en los que permanecía vivo o semidormido el espíritu del gran pintor de los Caprichos —o que por lo menos sabían que ya no se podía pintar como se pintaba—, abrieron el camino a la inquietud del siglo XX.

Hoy, franqueada ya la mitad de esta centuria, Madrid y Barcelona determinan dos grandes núcleos pictóricos. El primero se centra en torno a la denominada Escuela de Madrid, y el segundo a la que debería llamarse Escuela Catalana. Ambas, en las que figuran representantes de todas las edades, tendencias e inquietudes, son de extraordinaria importancia, y sus componentes son numerosos y notables. Pero por ser la suya una obra en plena actividad, tanto en lo que respecta a la dirección figurativa como a la no figurativa, nos abstendremos de presentarlos en detalle para no hacer demasiado prolija esta referencia. No obstante, porque desaparecieron en plena juventud, citaremos a Carlos Pascual de Lara, de la Escuela de Madrid, y a Ramón Rogent, de la Catalana.

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Nuestra relación habrá de limitarse (aun a costa de omitir nombres tan importantes como Benjamín Palencia, José Caballero, Joaquín Vaquero, Rafael Zabaleta, Pedro Pruna, Antonio Vila-Arrufat, Ceferino Olivé, Rafael Durancamps, José M. MallolSuazo) a dar cuenta de aquellos pintores que figuraron entre las dos grandes tendencias —Impresionismo y Simbolismo—que han informado la pintura contemporánea. Por otra parte, ya hemos citado a los tres pintores españoles que hoy en día han alcanzado fama mundial: Pablo Ruiz Picasso, Salvador Dalí y Juan Miró.

Todavía hay un momento anterior a aquel en que se fijan estas tendencias citadas sobre el que vale la pena detenerse. A él pertenece Mariano Fortuny (1838-1874), nacido en Reus, pintor superdotado cuya corta vida —murió a los treinta y seis años— nos dio, no obstante, obras maestras como La vicaría y La batalla de Tetuán.

Una serie de pintores mediterráneos proporcionan a este momento de espera una fisonomía propia que ya no es exactamente modernista, por lo menos en cuanto a la pureza de este estilo se refiere. Tal es el barcelonés Eliseo Meifrén (1859-1940), pintor de paisajes y uno de los más fecundos de su tiempo ; el valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923), para quien no tuvo secretos ninguno de los géneros pictóricos, y dos grandes pintores catalanes, el tortosino Francisco Gimeno (1858-1927) y el barcelonés Joaquín Mir (1873-1940), que formaron un grupo ya sustancialmente preocupado por el problema de la luz. De Sorolla citemos La familia del pintor y Grupa valenciana, cuadro que dio motivo a que el famoso hispanista norteamericano Huntington encargara al pintor valenciano una serie de lienzos con tipos y escenas populares de todas las regiones españolas; de Joaquín Mir, Paisaje con figuras y el retrato del escultor Cañas, y de Francisco Gimeno el Autorretrato y La noia del llac blau.

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Discípulo de Sorolla fue Eduardo Chicharro (n. 1873), que trató igualmente los temas populares españoles con característico vigor. Otro discípulo del genial pintor valenciano, pero ya más cercano a nosotros, es su conciudadano Manuel Benedito y Vives, famoso por sus retratos y sus temas mitológicos.

Dentro del grupo de pintores que mostraron especial predilección por plasmar escenas y tipos populares españoles deben citarse a los hermanos Zubiaurre, Ramón y Valentín, nacidos en 1884 y 1887 respectivamente, artistas de idénticas características y atraídos por los temas vascos, y al gallego Fernando Álvarez de Sotomayor (nacido en El Ferrol en 1875).

Adscritos a diferentes escuelas se hallan el madrileño Martín Rico (1883-1908), autor de Desembocadura del Bidasoa, y su paisano Aureliano de Beruete (1845-1912), pintor de singular importancia y autor de El muelle de El Havre, Toledo, Paisaje de los alrededores de Madrid.

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El cordobés Julio Romero de Torres (1880-1930) se aplicó a los temas andaluces y simbólicos con una nota nostálgica invariable. De él son La Samaritana, Musa gitana, Poema de Córdoba, Retablo de amor, y numerosas composiciones con figuras femeninas.

Catalanes fueron Ramón Martí Alsina (18261894) y Joaquín Vayreda (1843-1894), a quienes se considera precursores del Impresionismo en España. Vayreda es la figura de la pintura llamada olotina. En el mismo grupo se encuentran Ángel Lizcano (1846-1929), con Patio de caballos, y José Jiménez Fernández (1846  1873), con Cercanías de Madrid.

Darío de Regoyos (1857-1918) fue uno de los más grandes pintores españoles. Se le ha calificado de sombrío y él mismo consideró su Impresionismo como pintura de neurasténico. Entre sus obras más notables figuran El puente de Tolosa, La procesión de Viernes Santo, El gallinero.

Los catalanes Modesto Urgell (1840-1919), Santiago Rusiñol (1861-1931), Mariano Pidelaserra (1877-1946), Juan Canals (1876-1931), Ivo Pascual (1883-1949), Ignacio Mallol (1892-1940), Ricardo Opisso (1880) y sobre todo Ramón Casas (1866-1932) fueron las figuras más destacadas de ese momento. Rusiñol y Casas no se pararon en una sola tendencia, y así los vemos como maestros del Modernismo al estilo del inglés Whistler.

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Desde este arte empezó Ignacio Zuloaga (1870-1945), uno de los más grandes pintores españoles de nuestro siglo, autor de magníficos retratos, como el del genial compositor Manuel de Falla.

El arte catalán de este período cuenta con nombres tan importantes como el del barcelonés José María Sert (nacido en 1876), que alcanzó fama universal, y cuyas obras, de una desacostumbrada fuerza expresiva y colosales proporciones, decoran templos y palacios de diversos países, como la Catedral de Vich, la Sala de las Crónicas del Ayuntamiento de Barcelona, los salones de la antigua Sociedad de las Naciones, de Ginebra ; Isidro Nonell (1873-1911), autor de Los cretinos de Bohí, Los repatriados de la isla de Cuba, y de maravillosos apuntes de café y cabezas de gitana ; y Hermenegildo Anglada Camarasa (1872-1959), eminente colorista. El genial expresionista José Gutiérrez Solana (1886-1945), pintor de máscaras y temas macabros, exhibe siempre unas portentosas facultades y en todas sus obras denota una dramática ingenuidad. Se ha citado ya al madrileño Juan Gris (1887-1927), que quiso convertir el Cubismo en ciencia, y cuya pintura quizás no ha sido tratada con la justicia que merecía. Se llamó en realidad José González, y pese a las críticas que le dedicó el escultor Manolo Hugué, también pintor, se cuenta todavía hoy entre las grandes figuras del Cubismo internacional. Uno de los más bellos retratos de Daniel Vázquez Díaz (1882), pintor del monasterio, de La Rábida, en Huelva, es precisamente el de Juan Gris.

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Nombremos también a los vascos Francisco Iturrino (1864-1924) y Juan de Echevarría (1872-1931), a los catalanes Mariano Llavanera (1890-1927), Pedro Anglada (1881-1958) y Jok quin Sunyer (1875-1956) y al vallisoletano Aurelio García Lesmes (1885-1943). Sería prolijo citar siquiera de paso a los pintores españoles más importantes que, por fortuna, todavía trabajan y cuya obra no puede darse por conclusa. Pero no habremos de pasar por alto, por la significación que asumen en nuestro tiempo, aquellos pintores que luchan por hallar una expresión original, y están dando a conocer una nueva pintura española. Agrupados muchos de ellos en denominaciones como «El Paso», en Madrid, y «Dau al set», en Barcelona, encontramos a Antonio Tapies, Juan José Tharrats, Modesto Cuixart, Francisco Todo, Enrique Planasdurá, Antonio Clavé, R. A. Riera Rojas, Juan Vilacasas, Manuel Millares, Rafael Canogar, y a Luis Feito, Antonio Saura, Manuel Viola, Lago, Lucio Muñoz y otros.

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Entre los pintores latinoamericanos más notables de la época contemporánea anotemos los nombres de los argentinos Benito Quinquela Martín (1890), Héctor Basaldúa (1895), Sarah Grilo y Raquel Forner (1902); los brasileños Rodolfo Amoedo (1857-1941), Oswaldo Teixeira y Alosio Magalhaes ; el colombiano Alejandro Obregón; el costarriqueño Francisco Amighetti (1907); los cubanos Amelia Peláez (1897), Cundo Bermúdez (1914) y Wilfredo Lam; los chilenos Nemesio Antúnez y Enrique Zañartu: los ecuatorianos Oswaldo Guayasamin (1920) y Manuel Rendón Seminario; los mejicanos José Clemente Orozco (1883-1949), Diego Ribera (1886-1957), David Alfaro Siqueiros (1898), Rufino Tamayo 1899), Federico Cantú (1908) y Trinidad Osorio; el  peruano Juan Bonafé; el uruguayo Joaquin Torres Garcia (1874-1949) y el venezolano Alejandro Otero (1921).

 

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