LA PINTURA EN EL SIGLO XVIII

LA PINTURA EN EL SIGLO XVIII

En la primera mitad del siglo XVIII la pintura se liberó de los dramáticos con trastes de claroscuro que habían caracterizado el siglo anterior. Se tomó clara, aérea por la ligereza y la elegancia del color y se enriqueció con el pastel. Adquirió un carácter gallardo por la rapidez de ejecución, tendió a la graciosa representación de la realidad, especialmente en los paisajes, a la belleza caprichosa en las escenas de costumbres y fue la fiel intérprete del estilo Rococó. Pero hacia finales del siglo esta diversidad de aspectos desapareció por obra de la reacción intelectualista del Neoclasicismo, que, como en las demás expresiones de arte maduró entonces.

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Venecia fue, en Italia, el centro de esta pintura rococó, ya que su tradición colorista favoreció naturalmente la búsqueda de elegancias y delicadezas y de motivos graciosamente modulados. Y allí encontramos efectivamente las mayores personalidades artísticas. La primera es la de Sebastián Ricci (1659-1734), que después de una inclinación hacia el uso del antiguo claroscuro y el relieve macizo de la masa, pasó a una nueva posición basada en la pincelada fresca y ágil, rica en colores claros y alegremente luminosos. Bajo esta dirección pintó sus acertadas composiciones mitológicas, bíblicas e históricas, como Salomón adorando a los ídolos, Moisés haciendo manar el agua y la Asunción de la Virgen.

Más firme que Ricci y más apasionado fue Giambattista Piazzetta (1682-1754), que concilió la visión del claroscuro con el cálido colorismo de los venecianos, manteniendo el sentido del volumen. Su obra maestra, la decoración de la cúpula de la capilla de Santo Domingo, es un claro ejemplo de estas conquistas.

Corresponde también a Piazzetta el mérito de haber formado al mayor pintor del siglo XVIII italiano, Giambattista Tiépolo.

Tiépolo (1696-1770) dedujo de Piazzetta el sentido del volumen y del vibrante claroscuro, y siguió también la pincelada briosa de Ricci, pero heredó especialmente el cromatismo puro, la suntuosidad de los vestidos, la sabiduría en la escenografía y en la perspectiva y el sentido grandioso de la decoración, que eran característicos de Pablo el Veronés. Tiépolo es el artista de las grandes composiciones de fresco colorido, llenas de movimiento y sobre amplios y luminosos cielos de azules transparencias. Así aparece en las grandes series pictóricas : El triunfo de las artes, La historia de Escipión, Gloria de Santo Domingo, La aparición de la Virgen al beato Si, meón Stock, y las Historias de Cleopatra.

La pintura paisajística italiana fue felizmente interpretada por Antonio Canaletto (1697-1768), que puso de relieve las admirables perspectivas de la ciudad veneciana, pero transfigurándola con recursos de su estilo vivamente colorista. Francesco Guardi (1712-1793) empleó una técnica bastante atrevida, obteniendo una perfecta fusión entre espacio e imagen y entre hombre y naturaleza. En la espléndida Vista de la laguna, mar y cielo se funden con las tonalidades grisplata, apenas cortadas por la oscura góndola y la blanca línea de la lejana ciudad.

La escuela boloñesa poseyó un artista de notable importancia, pues concluyó las experiencias barrocas y abrió camino a la nueva visión del siglo XVII. Giuseppe María Crespi (1665-1747). Su obra maestra la constituye la serie de los Siete Sacramentos.

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Francia, que tuvo en el Rococó una de sus expresiones más características, presentó notables personalidades artísticas en el campo de la pintura. El innovador y más eficaz intérprete fue Antonio Watteau (1684-1721). Reaccionando ante la influencia ejercida por los boloñeses en el siglo anterior, introdujo en la pintura una naturalidad desenvuelta y un airoso espíritu romántico. Fue un gran colorista, de pincelada briosa y llena de luz, y representó preferentemente fiestas y recreaciones al aire libre y escenas amorosas. Su obra maestra, Embarque en Citera, representa el ideal cortesano y galante del siglo, velado por una sutil melancolía.

Distinto y vibrante aparece Jean Honoré Fraganard (1732-1806), que prefirió las composiciones amplias y movidas, en las que describió escenas domésticas y galantes con un profundo sentido del color y una viva ligereza. Francois Boucher fue un elegante decorador que empleó tonos claros y rosados para crear formas ligeras y sensuales. Jean Baptiste Greuze pintó escenas familiares y Jean Marc Nattier y La Tour fueron unos hábiles y delicados retratistas.

Durante este siglo el arte flamenco no dejó ninguna obra notable. Y lo mismo puede decirse con respecto a Holanda, en donde la pintura ofreció sus mejores expresiones en el campo del retrato y en las naturalezas muertas. En cambio, en Inglaterra la pintura floreció de nuevo, después de los escasos frutos de los siglos anteriores. El iniciador de esta interesante producción pictórica fue William Hogarth (1697-1764). Pintor de escenas de costumbres, se propuso un fin moral y educativo. Poseía una profunda perspicacia y un íntimo conocimiento de los tipos netamente ingleses, y los representó con tal viveza que cayó a veces en la caricatura. Se reveló también como un hábil retratista.

Más aristocrático fue, en cambio, Joshua Reynolds (1723-1792), que se inició en el estudio de los pintores italianos del Renacimiento. Es recordado especialmente por sus retratos de la aristocracia inglesa. Atento psicólogo, se preocupó de crear en torno a sus personajes un ambiente poético y sentimental. Sus colores frescos y luminosos y su dibujo correcto e impecable culminaron en obras de una gran ligereza, especialmente al plasmar la belleza femenina o la tierna gracia de los niños.

En el retrato rivalizó con Reynolds Thomas Gainsborough (1727-1788), superior a aquél en cuanto a naturalidad y sensibilidad pictórica. Educado en la pintura flamenca, intentó representar a su personaje captándolo por sorpresa, con espontaneidad.

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La pintura paisajista, que habría de ser a continuación la gloria de Inglaterra, encontró en Richard Wilson uno de sus mejores cultivadores.

En Alemania la pintura no dio frutos de un valor especial y permaneció ligada a los usos italianos. Se distinguió el arte del retrato, que durante el siglo XVII había sido bastante descuidado. Baltasar Denner, bastante frío y amanerado, y Anton Graff descuellan entre sus artistas.

 

La pintura española en el siglo XVIII

El siglo XVIII es por excelencia el siglo de Goya cuya originalidad y grandeza oscurecen los nombres de pintores que acaso hubiesen cobrado mayor fama de haber nacido en otro siglo, como Antonio Palomino. José del Castillo y Antonio Carnicero.

Cataluña, que parecía haberse dormido en sus laureles góticos, tuvo en este siglo un gran pintor : Antonio Viladomat (1678-1755). Se había formado, como tantos otros, en la escuela italiana. Fue muy fecundo y lo mejor de su obra se halla en la serie de cuadros de la vida de San Francisco.

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Francisco Bayeu (1734-1795) era aragonés como Goya, que había de ser su cuñado. Discípulo de Mengs, pintó los frescos de los Palacios de Madrid y de Aranjuez. Pero sus obras más importantes son retratos, algunos de los cuales se creyeron obra de Goya.

Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), a quien tanto debe la pintura actual, nació en Fuendetodos y murió en Burdeos. Comenzó a pintar en el taller de Luzán, pero luego pasó al de Bayeu. Estuvo en Italia, donde la Academia de Parma le concedió un premio por la composición de un cuadro de tema histórico. Vivió poco tiempo en Zaragoza y se instaló definitivamente en Madrid, donde empezó a trabajar para la Real Fábrica de Tapices.

Goya, auténtico genio renovador, constituye un caso excepcional en la historia de la pintura. Fue un artista de una prodigiosa imaginación, como lo demuestra la serie de Caprichos, aguafuertes en los que el artista despliega su amargo realismo. El arte de Goya es tan fundamentalmente hispánico como puede serlo el Quijote, no por el hecho circunstancial de que su pintura reflejase una época característica, sino porque supo como nadie darle vida y expresión. Se aplicó con pasión lo mismo a la pintura de temas religiosos que a la de temas profanos y en sus retratos supo sacar a luz el alma de sus modelos con sus vicios y virtudes, con sus lacras y su humanidad.

Ciertas deformaciones, levísimas, casi inaprehensibles, la rigidez de algunos gestos, las miradas fijas, un todo Investido de luz violenta, revelan cómo detrás del aspecto más frívolo y gentil puede perfilarse el drama más intenso y tormentoso. Y no basta para disipar esta sensación la perfecta armonía de composición, pues ésta, a pesar de su equilibrio, suscita siempre un sentimiento de consciente desorden, de trágica confusión.

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Goya trabajó intensamente, y en la pasión de pintar consumió su vida. Los frescos de San Antonio de la Florida, las pinturas murales de la Quinta del Sordo, sus Majas, El pelele, La vendimia, La sombrilla, La familia de Carlos IV, sus retratos, en una palabra, todas sus pinturas, dibujos y grabados, fijaron un hito en la pintura contemporánea, señalando un camino por el cual ya no era posible retroceder. Por esto Goya está considerado como el fundador de la pintura actual.

En torno a él se formó una serie de brillantes pintores, los cuales, sin embargo no pudieron mantener el nivel alcanzado por su maestro. La mayor parte de ellos corresponden al siglo siguiente, como el mismo Goya en un tercio de su vida, el más afortunado.

 

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