LA PINTURA EN EL SIGLO XVII

LA PINTURA EN EL SIGLO XVII

La pintura, perfectamente unida a las demás artes, tendió a liberarse de toda constricción clásica por la exaltación de la fantasía y de los sentimientos, y prefirió los contrastes de luz y de sombra, las generales expresiones de movimiento y las ilusiones espaciales. En cuanto a los temas, volcó su interés, en el campo religioso, a las habituales escenas de los suplicios y los éxtasis, ya materializados en la escultura, y, en el campo profano, al paisaje y a la naturaleza muerta.

En Italia se formaron dos corrientes que se manifestaron también en toda Europa. Una basada en la síntesis de las civilizaciones precedentes y por tanto de carácter académico, y la otra en el profundo estudio de la realidad, no ya sorprendida en el hombre, sino en la naturaleza de la que aquél es una parte, transfigurada por arte de la luz.

52-Pantoja de la Cruz.metirta.online

La primera corriente, de carácter cortesano, tuvo su centro en Bolonia y como representantes a Ludovico, Annibale y Agostino Carracci. Annibale (1560-1609), el mejor de los tres, dejó en la Galería del Palacio Farnesio, en Roma, un feliz ejemplo de aquel estilo decorativo que se habría de extender por Italia y por toda Europa. En ciertas pequeñas escenas mitológicas se abandonó más tarde a un naturalismo elegiaco, propio de la sensibilidad del siglo, que revivió también en las obras de tema religioso, en las que predomina el amplio paisaje transfigurado, muy diferente de la realista visión flamenca.

La segunda corriente, en cambio, está representada por una gran personalidad artística, de resonancia europea, Miguel Ángel Merisi, llamado Caravaggio (1573-1610). De origen lombardo, partió de una posición colorista y naturalística muy viva, como lo demuestran la bellísima primera naturaleza muerta de la pintura italiana, el Cesto con fruta, o el Reposo durante la huida de Egipto y la Magdalena. Pero luego, al madurar su arte, tendió claramente hacia la luz, que le permitía conseguir los ideales a que aspiraba. Caravaggio, renunciando a toda decoración, se preocupó por una expresión dinámica, lo indefinido y lo ilimitado. La luz, en sus obras, excita las formas, pero fijándolas e inmovilizándolas según los cánones clásicos.

Ejemplo de este plasticismo luminoso», como ha sido llamado por algunos críticos, son sus grandes telas, desde la Vocación de San Mateo, a la Conversión de San Pablo, de la Virgen de los Peregrinos a las Siete obras de misericordia y de la Muerte de la Virgen al Entierro de Santa Lucía. En Caravaggio se centraron las observaciones de los dos mayores pintores europeos del siglo XVII, Velázquez y Rembrandt.

En Francia, la corriente del eclecticismo académico estuvo representada por Charles Le Brun (1619-1690), con su pintura de dibujo seguro y refinado, de fecunda inventiva, pero pobre en cuanto a color e inspiración. Mientras la otra corriente estuvo dominada por un gran maestro, Nicolás Poussin (1594-1665), que pasó en Italia gran parte de su vida. Su pintura, de composición mesurada, está animada por una notable sensibilidad cromática y sobre todo por la luz. Recordemos la famosa Bacanal, por su efecto luminístico, llena de tranquila armonía. Este cuadro puede verse en el Museo del Prado.

53-El Greco.metirta.online

La pintura del siglo XVII triunfó en el arte flamenco, cuya más plena y libre expresión fueron Pedro Pablo Rubens, verdadero intérprete del gusto barroco, y sus dos discípulos Van Dyck y Jordaens.

Pedro Pablo Rubens (1577-1640) dejó una pintura de vitalidad exuberante en su alegre colorido y sus formas macizas y opulentas. Sin embargo, el pintor sintió también la tragedia de ciertos temas y expresó un profundo interés psicológico en los rostros y en las posturas. Por una parte tenemos, pues, un valor pictórico, proporcionado por el color luminoso y alegre, y por la otra un valor trágico logrado con una atenta psicología, propia de la realista tradición flamenca. Así aparece su arte en el Descendimiento de la Cruz, la Crucifixión y la Adoración de los Magos.

Antonio Van Dyck (1599-1641), el discípulo más dotado de Rubens, heredó del maestro su luminosidad, que incluso enriqueció, dando origen a una pintura de concepto aristocrático que encontró su mejor expresión en el retrato cortesano. Los espléndidos retratos de Carlos I de Inglaterra y de los lores John y Bernard Estuardo testifican la fusión de una observación minuciosa del detalle y un sentido festivo de la materia y de la luz.

Jacob Jordaens (1593-1673) permaneció más ligado a Rubens en su manera de tratar el color y en su sentido de la materia viva, y prefirió dedicarse a composiciones de ambiente burgués o campesino.

54-Caravaggio.metirta.online

En Holanda, la pintura abandonó la tradición anterior, de carácter marcadamente místico, para dedicarse sobre todo a temas profanos. Se desarrolló en diversos centros con características distintas, como Haarlem, Utrecht, Amsterdam y Leiden. La producción fue muy amplia y de gran valor artístico, por lo que nos vemos obligados a citar sólo a los más importantes de entre los numerosos artistas holandeses de este período. Uno de ellos es Abraham Bloemaert, amigo de Rubens. En Haarlem se afirmó un retratista excepcional, Franz Hals (¿1580?-1666), el cual llevó a la pintura Museo del Prado a una postura más realista. Pintó con la mayor espontaneidad, y sus modelos son a veces retratados con una fidelidad minuciosa y otras con una petulante simplicidad. Junto a él, en el mismo ambiente de Haarlem, se encontraron, además de los pintores realistas, otros dedicados al paisaje, que plasmaron con delicado sentimiento, como Jacob van Ruysdael.

55-Van Dyck.metirta.online

En Amsterdam encontramos al mayor pintor holandés, y uno de los más notables de todos los tiempos, Rembrandt van Rijn (1606-1669), el mago del claroscuro que siguió las enseñanzas de Caravaggio. Sus retratos figuran entre los más bellos del siglo. Escrutó a la persona que había de retratar hasta el fondo de su alma, para plasmar no sólo su realidad física, sino lo más íntimo de su ser, sus dolores y sus aspiraciones, y expresó todo esto mediante un hábil juego de claroscuro. Igualmente maravillosos son sus autorretratos, que parecen mostrar con sinceridad casi cruel su drama de hombre y artista. Y la misma posición adopta ante sus composiciones de tema bíblico, líricamente acentuadas con contrastes dramáticos de luz y de sombra, como en el famoso Descendimiento de la cruz.

Finalmente, en la variedad de temas que trató la pintura holandesa, recordemos los bellísimos interiores y las fascinantes vistas de Jan Vermeer, nacido en Leiden, y de Peter de Hooch.

56-Franz Hals.metirta.online

La pintura inglesa estuvo dominada por los flamencos y especialmente por Van Dyck. No obstante esta influencia, puede citarse a William Dobson (1610-1646).

En Alemania no se produjo ningún florecimiento. La influencia de Caravaggio se dejó sentir también aquí, como lo demuestra la pintura de Sandrart y de Elsheimer, creador este último del paisaje romántico, basado en juegos de claroscuro.

 

La pintura española en el siglo XVII

El siglo XVII es el gran siglo de la pintura española. Las influencias exteriores — italianas — cambiaron su fisonomía en tierra española y en los pinceles de los grandes maestros. Velázquez, pintor del aire, es quizá uno de los más grandes artistas que han existido. Se ha dicho que resolvió en pintura todos los problemas que ésta podía plantear, y lo hizo genialmente.

La región andaluza —Sevilla, Córdoba y Granada — conoce un período de grandeza equivalente al de Castilla. Juan de Roelas G.1559?-1625), precursor del barroco sevillano, fue autor de obras tan importantes como El martirio de San Andrés, y Santiago en la batalla con los moros, de la Catedral de Sevilla. Tuvo numerosos discípulos, como Juan del Castillo (1584-1640), el maestro de Murillo, y Francisco Herrera el Viejo. El primero pintó cuatro retablos que se conservan en el Museo de Sevilla. El segundo es más importante y a él se deben un mayor número de obras, entre las que deben citarse Ingreso de San Buenaventura en el convento, Apoteosis de San Hermenegildo, Escenas de la vida de San Buenaventura, y San Pedro arrepentido, de la catedral de Sevilla.

57-Dobson.metirta.online

Francisco Herrera, llamado el Mozo (1622-1685), fue hijo del anterior y discípulo suyo, aunque con tendencias barroquistas. Su obra más importante es Triunfo del Santísimo Sacramento, que se encuentra en la catedral de Sevilla. Francisco de Zurbarán (1598-¿1664?) figura entre los más grandes pintores españoles de todos los tiempos. Nació en la provincia de Badajoz, pero muy joven todavía se trasladó a Sevilla, donde fue discípulo de un tal Pedro Díaz de Villanueva. Trabajó también en Madrid por encargo de Felipe IV y fue, en realidad, pintor de conventos y monasterios. En cierto modo se dejó influir por la pintura de Ribera, romo puede verse en el retablo de San Pedro en la catedral de Sevilla. A su primera época pertenecen obras consideradas como extraordinarias, tales Santo Domingo y San Gregorio del Museo de Sevilla. En realidad su pintura es esencialmente mística y esta condición supo infundirla a sus modelos, corno son los retratos de los frailes mercedarios de la Academia de San Fernando. En colecciones particulares figura un buen número de sus mejores obras, como San Román, la Anunciación, Santa Inés, Santa Magdalena y otra serie de santos. En el Museo del Prado se conservan lienzos tan notables como Santa Casilda, pero la mayor parte de su obra se halla actualmente en diversos museos extranjeros.

58-Roelas.metirta.online

Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682) ha sido llamado por muchos el pintor de las Purísimas, pero tiene una faceta menos conocida — a causa de la fama que le han dado aquéllas  que debe tenerse en cuenta, como son sus cuadros de mendigos y niños, con los que recoge un aspecto de la vida de su época muy característico y que cala muy hondo en la picaresca española. Evidentemente este aspecto no reduce los méritos de sus cuadros de tema religioso. Son muchas las obras que podríamos citar como más representativas de su fecundo pincel, pero ello prolongaría demasiado esta referencia. Citemos, no obstante, la conocidísima Inmaculada, Muchachos comiendo fruta, San Francisco abrazado al Señor en la cruz, Virgen Gitana, Nacimiento de la Virgen, del Museo del Louvre, donde se encuentra también el famoso cuadro titulado Mendigos despiojándose. De este género que pudiéramos llamar picaresco se conserva en el Museo del Ermitage de Leningrado otro cuadro famoso, Et niño del perro. Quizá una de sus obras más importantes sea El moro.

Juan de Valdés Leal (1622-1690) fue también sevillano, aunque descendía de una familia portuguesa. Se le considera un pintor sombrío, cuyas piezas mejores, auténticas obras maestras, hay que buscarlas en sus alegorías de la Muerte y las Postrimerias. Pero fuera de estos temas que ejercieron sobre él indudable atracción, llevó a cabo otro tipo de obras que por sí solas bastan para situarlo en la primera fila de los pintores españoles. Tal es, por ejemplo, la Concepción, una de las más bellas de cuantas pintó, y Cristo entre los doctores, del Museo del Prado. Granada dio a Alonso Cano (1601-1667), que trabajó mucho tiempo en Madrid, pero que no pudo desligarse de la escuela andaluza, de la que en el fondo fue uno de sus continuadores con personalidad más definida. Entre sus obras más notables figuran Los reyes Godos y Los Siete Gozos de la Virgen, de la catedral de Granada.

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En el Museo del Prado se conserva un supuesto autorretrato de Pedro de Moya (1610-1674), pintor granadino amigo de Van Dyck, pero cuya influencia no ha sido comprobada en las obras que de él se conocen. Uno de sus cuadros más notables es La Virgen con Santa María Magdalena de Pazzi, que se conserva en el Museo de Granada.

Los pintores castellanos, entre los cuales hay alguno digno de mención, vieron oscurecidos sus méritos ante el genio absoluto de Diego de Silva y Velázquez (1599-1660). Nacido en Sevilla, donde aprendió pintura con Herrera y con Pacheco, fue por primera vez a Madrid en 1622, precedido de una gran fama. Había ya pintado en Sevilla obras como San Juan de Pathmos, La Adoración de los Reyes (actualmente en el Museo del Prado) y la Vieja cocinera, entre otras. Uno de sus primeros lienzos de Madrid fue el retrato del poeta Góngora. A esta primera época madrileña pertenecen los retratos de Felipe IV y del príncipe Carlos, el del Conde Duque de Olivares y sus famosos retratos de bufones. En 1626 pintó su conocid9 cuadro Los borrachos. Estuvo en Italia y a esa experiencia corresponden dos obras muy importantes: La túnica ensangrentada de José y La fragua de Vulcano. A su regreso pintó el famoso retrato del infante Baltasar Carlos, con su enano, y posteriormente el retrato ecuestre del conde duque de Olivares. A fines de 1634 realizó una de sus más grandes obras: La rendición de Breda, más conocida por Las lanzas. Pero todas astas piezas magníficas son superadas por Las hilanderas y Las Meninas, obras auténticamente magistrales de la pintura española.

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Influido por Caravaggio y llevado por la tradición española a cultivar un intenso naturalismo, que era expresión de una ardiente espiritualidad, Velázquez proporcionó a su pintura un sello aristocrático que le hizo presentar la realidad no en toda su crudeza, sino en su más límpida evidencia. No se recató en presentar la «fealdad» física, pero en él esa desarmonía física resulta, por gracia de su magistral pincel, una armonía artística, porque es expresión del drama de la carne y del espíritu, agigantado por el juego de luces. Así puede verse en El bobo de Copia o en Alejandro del Borro.

Claudio Coello (1642-1693) merece cita aparte. Fue uno de los más gran-des retratistas de la época, y su pin-tura se aparta de Velázquez, con todo y ser un artista de corte netamente es-pañol. Cultivó los temas religiosos, como son La Sagrada Familia adorada por San Luis, la Última comunión de Santa Teresa, y otras. Entre sus retratos más notables figura el de Carlos II y el de Juan de Alarcón.

61-Velázquez.metirta.online

A la misma escuela madrileña pertenecen Mateo Cerezo, los Antolínez, tío y sobrino, y Juan de Arellano, considerado como el mejor pintor de flores del siglo XVII español.

Francisco de Ribalta (¿1551?-1628) devolvió a Levante la gloria que parecía haberse adormecido desde los tiempos de los grandes pintores de retablos. Estuvo en Roma y estudió con Rafael, aunque no asimiló su influencia, sino la de Sebastián del Pipmbo. Pero incluso sus obras de esta época nos revelan a un pintor de una profunda personalidad. De Piombo copió el Cristo con la cruz a cuestas y el Des-censo a los infiernos. Entre sus obras más notables citamos Cristo en el huerto de Getsernani, Aparición de Cristo a San Vicente Ferrer, el Enterramiento y Ecce Homo, obras en las que Ribalta se desprende totalmente de las influencias que dirigieron su juventud.

Fue también un excelente pintor de retratos, como lo demostró en los diversos que hizo del beato Juan de Ribera. Tuvo un hijo, Juan, que lo sobrevivió pocos meses, y que es autor de una excelente Crucifixión del Señor.

62-Claudio Coello.metirta.online

José de Ribera (1591-1652), llamado El Españoleto, nació en Játiva y fue discípulo de Francisco de Ribalta. Se interesó particularmente por Caravaggio y por los pintores de la Alta Italia, corno Correggio y Tiziano. Su pintura está llena de pasión y fuerza, y es de un verismo punzante. Entre sus obras citamos la Adoración de los pastores, la Inmaculada Concepción, del convento de las Agustinas de Salamanca, Prometeo, San Jerónimo, San Pablo ermitaño, Santa Magdalena y Santa Inés.

 

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