LA PINTURA EN EL SIGLO XIX

LA PINTURA EN EL SIGLO XIX

 Pintura neoclásica

A principios del siglo XIX triunfó en tecla Europa la pintura neoclásica, que había ido perfilándose a finales del anterior, como reacción intelectual ante la frívola inconstancia de la época. Se desarrolló especialmente en Francia, donde se había afirmado ya anteriormente y donde estaba animada por ideas particulares. Por encima de todos descolló Jacques-Louis David (1748-1825), el pintor de Napoleón y la figura más representativa del Neoclasicismo junto con el italiano Canova. Su pintura es de dibujo impecable, de colores más modestos, como en la mayor parte de las obras neoclásicas, enfática y bastante fría. Sin embargo, está animada por un verdadero amor a la grandiosidad, por un vivo sentido de la medida y de la elegancia y sobre todo por la genial y brillante evocación de la antigüedad. Recordemos entre sus obras más conocidas La coronación de Napoleón y El rapto de las sabinas. Dio origen a un academicismo vacío que presentó únicamente una notable habilidad en el dibujo.

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Aun cuando vivió en una época romántica, Jean Auguste Ingres (1780-1867) estuvo relacionado con David. Incomparable dibujante, tampoco él fue un colorista. Sintió profundamente los ideales clásicos de la belleza, que a veces logró avivar con una cierta intensidad dramática.

En Italia el Neoclasicismo tuvo su centro en Milán. El verdadero fundador de la escuela fue Antonio Rafael Mengs (1728-1779), originario de Bohemia, pero italiano en cuanto a formación artística y ferviente admirador de Rafael. Su producción es una fría representación de bellas formas y de dibujo perfecto, como lo demuestra el Parnaso de la Villa Albani, en Roma.

Inglaterra permaneció ajena al movimiento, que tuvo muy pocos seguidores en algunos discípulos de Reynolds.

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Poquísimos fueron también los artistas alemanes y austríacos que se destacaron en este período, y entre ellos cabe citar a Friedrich Heinrich Füger, mejor en los retratos que en las grandes composiciones históricas.

 

Romanticismo y Verismo

La reacción ante el Neoclasicismo se manifestó de diversas formas en los distintos países de Europa.

En Italia encontramos una pintura romántica que partió de la corriente de los «puristas», brotada del movimiento de los «nazarenos» alemanes y que originaría el de los «prerrafaelistas» ingleses. Tendía a la simplicidad e ingenuidad de los primitivos, negando los cánones neoclásicos de belleza y el arte de los maestros renacentistas. Pero su estilo es convencional y pobre.

El fundador de esta escuela romántica fue el veneciano Francesco Hayez (1791-1882). Su reforma consistió esencialmente, con respecto a lo neoclásico, en el cambio de tema. Sus cuadros históricos, Las Vísperas sicilianas o Marino Falieri, presentan la misma frialdad, la misma impecable habilidad en el dibujo que caracterizan a los pintores neoclásicos.

La verdadera, auténtica pintura romántica italiana, fue ofrecida por las escuelas lombarda y piamontesa. El primer representante fue Giovanni Carnevali (1804-1873), llamado Piccio, que, instruido en el arte del siglo XVIII y en la gran tradición lombarda, creó vagos ambientes con paisajes y figuras.

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El paisaje encontró un amplio desarrollo en Piamonte, donde alcanzó las expresiones más altas con Antonio Fontanesi (1818-1882).

En Toscana se formó el movimiento más genuino del siglo XIX italiano con el grupo de los Macchiaioli, que se opuso definitivamente a las formas académicas para sostener la absoluta sinceridad en el arte pictórico.

En Francia, la renovación se verificó con una gran afirmación romántica. Su iniciador fue Théodore Géricault (1791-1824) con La balsa de la Medusa, que representó un ímpetu dramático extraño al Neoclasicismo.

Pero el gran espíritu romántico, el verdadero innovador de la pintura, no sólo francesa, sino también europea, fue Eugéne Delacroix (1799-1863), excepcional colorista que expuso su pasión en una pincelada densa, movida y vibrante por los efectos de la luz. La forma, con tal pincelada, se mueve, se deforma y se tuerce en una visión dramática, de neta concepción romántica. Mujeres de un harén argelino, Caballos luchando en una cuadra y la Muerte de Sardanápalo figuran entre sus obras más fascinantes y ricas en motivos fecundos.

La pintura paisajista fue cultivada por numerosos artistas y por la escuela de Barbizon, de la que recordamos a Théodore Rousseau. Pero de entre todos sobresale la personalidad de Jean Baptiste Corot (1796-1875), que se mostró investido de una exquisita sensibilidad pictórica y lírica, y sobre todo de una delicadeza y una casi timidez de expresión que lo llevó a enriquecer sus obras con una profunda intimidad.

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La revolución que la escuela de Barbizon y especialmente Corot llevaron a cabo en el campo del paisaje, liberando a la pintura de la importancia retórica del motivo, se centra, si bien con un temperamento distinto, en un formidable dibujante, Honoré Daumier (1808-1879), el cual puede ser también considerado en un cierto sentido como continuador de Delacroix. Plasmó la existencia humilde y trabajadora del pueblo con su excepcional habilidad de dibujante y en un fuerte claroscuro.

En la segunda mitad del siglo se verificó el paso del Romanticismo al Naturalismo y este momento estuvo representado por

Jean Francois Millet (1814-1875), a cuyas obras de tema campestre dio una amplitud inmensa y solemne que habría de ser imitada por numerosos paisajistas.

Las bases del nuevo estilo fueron, en cambio, establecidas  por Gustave Courbet (1819-1877) con el Funeral en Ornans. No solamente usó como tema la existencia cotidiana, sino que procuró alejarse de toda convención, es decir, «liberar la imagen de todo papel representativo para presentarla reconstruida en un aliento largo y repasado» (Brizio), no cayendo nunca ni en lo ilustrativo ni en lo episódico. Esta postura fue la que habría de tener mayor resonancia en los nuevos conceptos impresionistas.

La pintura flamenca, que no dejó obras de interés en el periodo neoclásico y romántico, volvió a participar activamente, en la segunda mitad del siglo XIX, en la vida artística europea. Encontramos notables retratistas como Liévin de Winne y Alfred Stevens, y a Charles de Groux (1825-1870) como pintor de la vida popular.

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En Holanda la pintura neoclásica s e manifestó muy débilmente y en cambio la renovación abrió numerosos cauces. Un grupo de pintores imitó el arte de los grandes holandeses del siglo XVII, cayendo unas veces en una expresión académica y otras en un naturalismo vivo y sincero, especialmente en el paisaje, como ocurre en Enrique de Braekelaer (1840-1888), considerado como la figura máxima. Más interesante fue sin duda la escuela de Aia, inspirada en un profundo realismo impregnado de motivos psicológicos. Johannes Bosboom fue el precursor, y Josef Israel el mayor exponente.

En Inglaterra se cultivó sobre todo la pintura paisajista, cuyos representantes más notables fueron John Constable (1776-1837), de fresca policromía, y William Turner (1775-1851), de paisaje escenográfico, heroico, renovado por el color esplendoroso y triunfante. Pero la expresión más característica del Romanticismo inglés la constituye la corriente prerrafaelista, ligada como ya hemos visto a los puristas y los «nazarenos», que quiso inspirarse en los maestros anteriores a Rafael. Su pintor y poeta fue Dante Gabriel Rossetti (1828-1882). Esta corriente ejerció poderosa influencia en la decoración, porque con sus motivos vagos intervendría en parte en la formación del estilo liberty. Lawrence Alma Tadema, lleno aún de espíritu romántico, constituyó un acontecimiento aislado, cuya inspiración brota de temas ambientados en la antigua Roma.

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En Alemania y en Austria el Romanticismo se expresó a través de la corriente de los «nazarenos», cuyo jefe fue Friedrich Overbeck (1789-1869). Pero el pintor romántico por excelencia fue Philipp Otto Runge (1777-1810), que representa genuinamente el estilo romántico alemán, preocupado por las abstracciones simbólicas, las alegorías y las representaciones de significado moralizante.

Después, aun continuando siempre con las búsquedas psicológicas, la pintura alemana tendió, como en los demás países, hacia formas más realistas e intensamente expresadas. Anselm Feuerbach (1829-1880) dejó una pintura sólidamente construida, austera y nostálgicamente clasicista ; Hans von Marees, aun fijándose en la antigüedad, se sintió más atraído por el color ; Arnold Boklin reanudó el simbolismo, pero lo desvirtuó con sus vacíos romanticismos, y finalmente Wilhelm Leibl, partiendo de Courbet, confirmó el carácter realista que debe tener la pintura.

Paisajes románticos, simples y característicos de la tierra alemana, fueron las obras de juventud de Hans Thoma (1839-1924), pintor muy célebre en Alemania, que luego decayó en vacuidades al estilo de Biiklin. Y con una notable frescura aparecen las obras de juventud de Menzel, pero también él, cuando consiguió el éxito, despreció estas dotes de expontaneidad y viveza.

 

Impresionismo y Divisionismo

Así como la renovación pictórica ya había tenido sus mejores expresiones en la pintura de Delacroix, Corot y Courbet, de la misma forma fueron artistas franceses los que maduraron los verdaderos gérmenes de la nueva libertad poética, afirmada por el Romanticismo, que dieron origen al espléndido florecimiento del Impresionismo, el movimiento pictórico más importante y significativo de todo el siglo XIX. Hacia el año 1860 algunos artistas se reunieron en París para dar vida a este movimiento, que encontraría su nombre en 1874, cuando un crítico, queriendo ser mordaz, habló de «Exposición de los impresionistas» para denigrar a estos pintores que se complacían en dar a sus cuadros títulos como el siguiente: «Impresión, sol que surge» (Monet).

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El Impresionismo, florecido por obra de Edouard Manet, Camille Pissarro, Claude Monet, Edgard Degas, Pierre-Auguste Renoir y Alfred Sisley, se basó en la conmoción lírica del artista frente a la verdad, que ya no fue descrita objetivamente con perfecta exactitud, como habían hecho tantos otros en el siglo, sino que se aferró a cuanto de vital, palpitante y fugaz poseía y a la efímera e inmediata reacción poética que provoca en el alma humana, es decir, a la impresión. Y aquí se rechazaron los estilos convencionales y de la tradición: las amplias profundidades, los violentos relieves propios de la pintura del siglo XV en adelante, desaparecieron ante una simplificación debida al interés del artista, que procuraba recibir en su propio espíritu exclusivamente la impresión sincera que las cosas le sugerían. Esta particular posición pictórica fue luego animada por una nueva técnica, que tuvo su fundamento teórico en los estudios ópticos de Helmholtz y de Chevreul y en la afirmación de que el color es solamente irradiación de luz. El impresionista ve y representa a la naturaleza tal y como es: es decir, únicamente con vibraciones de colores. Ni dibujo, ni luz, ni modelado, ni perspectiva, ni claroscuro —clasificaciones infantiles—: todo se resuelve en la realidad con vibraciones de los colores y por medio de éstas debe ser transmitido a la tela (La-forgue).

Manet (1832-1882) fue el jefe del grupo impresionista y en un cierto sentido el fundador del movimiento. De entre sus numerosos cuadros recordamos, por su mayor eficacia narrativa, El balcón y la famosa Olympia. Con él desaparecieron los pasajes de claroscuro y los colores fueron aproximados en forma plana. Pissarro (1830-1903) fue un pintor de campiñas y de ciudades, de los que reflejó el aspecto sereno y triste silencioso y tumultuoso. Monet (1840-1926) fue sobre todo pintor de luces y de ambientes, de formas que se disuelven en la luminosidad del ambiente. Renoir (1841-1919), preciosista y poético sensual, fijó la brillantez del color en la luz y en el movimiento. Degas (1834-1917), incomparable pintor de bailarinas, hechas de luz y de movimiento, fue un retratista excepcional, por la profundidad psicológica y la vitalidad con que animó a sus personajes.

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Durante un cierto período colaboraron también con el Impresionismo dos artistas de potente fantasía, Vincent Van Gogh y Paul Gauguin, pero luego lo abandonaron por ver en él una excesiva sumisión de la invidualidad a la superficialidad de la impresión y tendieron hacia formas de exaltada fantasía.

Vincent Van Gogh Pinacoteca de Maguncia. (1853-1890) no pintó una impresión suscitada por la contemplación de la naturaleza, sino la «realidad» que descubría en ella, realidad dramática como dramático fue su espíritu. Su paleta es, pues, característica, basada en el amarillo cromo, el color de sus flores predilectas, los girasoles ; y su pincelada es unas veces recta y otras retorcida, como si fuera batida por el viento. La violencia de los colores estuvo limitada por las fuertes líneas del contorno. A menudo se derivó de ello una visión alucinante, en la que el sentido trágico del color correspondió a la concepción trágica de la naturaleza, expresión obsesiva de su mundo interior. Campo de trigo con ciprés, La noche estrellada y sus numerosos retratos lo confirman. Van Gogh acabó sus días enajenado.

Paul Gauguin (1848-1903) abandonó el Impresionismo por un estilo en el que las partes cromáticas se desarrollaron según una armonía intrínseca a la cualidad del color, sin ligazón con las apariencias naturales. Se preocupó por una expresión sintética, voluntaria y primitiva, y sintió, en efecto, la fascinación de los pueblos primitivos. Su pintura se expresó a través de una perfecta armonía entre formas sólidas y elementales, que a veces recuerdan las figuras egipcias, y los colores igualmente sólidos y puros. El resultado fue un primitivismo que ocultaba una civilización muy profunda.

Cézanne, Van Gogh y Gauguin representan el principio de la nueva pintura europea, preocupada por la búsqueda de un puro mundo interior de deseado elementarismo. Esta representación del mundo espiritual del artista, expresión dramática de la vida, se manifestó en un gran movimiento pictórico cuyo centro fue París, pero que se afirmó especialmente en el Norte. Recordemos al noruego Edward Munch, de trágica inspiración y de pintura atormentada e inquieta, uno de estos primeros «expresionistas».

Para terminar nos queda aún Henri Toulouse-Lautrec (1864-1901), que desmenuzó de una manera despiadada a una sociedad decadente, transfigurada poéticamente por la refinada línea y la inteligente composición.

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El Impresionismo ejerció una influencia enorme en toda Europa, dando origen a numerosos movimientos que se derivaron y se afirmaron en oposición a él.

Uno de los primeros fue el Divisionismo, basado en la comprobación de que en la naturaleza no existen colores puros, sino conjuntos cromáticos formados por los siete colores del arco iris.

Así, para poder obtener la máxima intensidad luminosa y las vibraciones colorísticas advertibles en la naturaleza, no se deben mezclar en la paleta cada una de las sustancias colorantes, sino aplicarlas en estado puro directamente sobre la tela, efectuando de este modo la división del tono. Los colores, puestos en forma de comillas, puntos y segmentos, se funden en 11 retina del observador, y provocan la sensación de una intensa luminosidad tal y como aparece en la naturaleza. El Divisionismo se desarrolló en Francia, con el nombre de puntillismo, por obra de Georges Seurat, Henri Gros y Paul Signac. Seurat (1859-1891), sutil intelectual, creó estructuras luministico-formales que denotan una aguda sensibilidad sintética. Síntesis que provocará la definitiva superación del Impresionismo con Cézanne.

La primera actividad de Paul Cézanne (1839-1906) se desarrolló en el grupo de los impresionistas, de quienes luego se separó para alcanzar una nueva síntesis plástica a través del color.

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Si bien es verdad que la vista se desliza fascinada por la naturaleza y suscita emociones en el alma, la mente es quien debe escoger y sintetizar las impresiones recibidas en una figura concreta. Esta fue la posición adoptada por Cézanne en comparación con los impresionistas. «He querido hacer del Impresionismo algo tan sólido y duradero como el arte de museo», declaró. Su búsqueda pictórica tendió a la construcción de un cuadro por medio de masas y volúmenes, pues la realidad tomó principalmente los valores de volumen. Pintar la naturaleza según la figura geométrica del cono, del cilindro y de la esfera, he aquí uno de sus máximos empeños, que indica su íntima y vital necesidad de sustraerse a la fugacidad momentánea del Impresionismo. Y la figura geométrica fue empleada por él para recompensar la visión del mundo según un principio plástico y arquitectónico. Recordemos algunas de sus obras más significativas, como Jugadores de cartas, Manzanas y naranjas, Montañas de Provenza.

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En Italia, el Divisionismo, difundido por Víctor Grubicy, fue felizmente acogido por Giovanni Segantini (1858-1899), llamado también «el pintor de la montaña». La pintura flamenca se acercó al Impresionismo y al Divisionismo con Louis Dubois. En Inglaterra, el francés Alphonse Legros fundó una escuela que se relacionó también con los impresionistas. En Alemania, los mayores pintores de fines de siglo fueron Max Liebermann, de intenso dramatismo, y Max Slevorgt, vigoroso impresionista, precursor en parte del Expresionismo.

 

La pintura española en el siglo XIX

Entre los más importantes discípulos de Goya debemos citar al madrileño Leonardo Aleza (1807-1845), excelente retratista, y a Eugenio Lucas (1824-1870). Éste, a pesar de que vivió pocos años, fue un pintor muy fecundo. Tuvo dos hijos también pintores, Eugenio y Julián, como él imitadores de Goya.

Vicente López (1772-1850) fue un pintor minucioso, casi un fotógrafo, realmente excepcional, aunque esto restaba méritos a su arte. Su obra más conocida es el retrato de Goya.

Más afines con el Clasicismo fueron José de Madraza (1781-1859), excelente retratista, Juan Antonio Ribera (1779-1860), retratista también, y José Aparicio (17731838), los tres únicos representantes dignos de mención de la escuela de David. Federico de Madrazo (1815-1894) y Carlos Luis de Ribera (1815-1891) implantaron en España la pintura romántica, o por lo menos la que ha sido llamada de este modo. El primero fue llamado el Winterhalter español, a causa de sus excelentes retratos.

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Pero acaso el mejor retratista de este período es Antonio M.° Esquivel, que también descuella por su variada producción. Otros pintores románticos fueron Jenaro Pérez Villamil, Valeriana Bécquer, hermano del poeta, Mariano de Fortuny y Eduardo Rosales, que ha sido considerado como el artista más dotado del siglo XIX.

 

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