LA PINTURA DEL SIGLO XV

LA PINTURA DEL SIGLO XV

El estilo gótico internacional

Ya a finales del siglo XIV y durante los primeros años del siguiente, se había difundido por toda Europa una pintura que, por reunir varias experiencias y gustos, fue llamada «gótico internacional». El linealismo gótico fue llevado a las máximas consecuencias de la decoración, que se hizo caligráfica, mientras se manifestó un interés por la realidad, pero completamente superficial, dedicado a fijarse en los detalles del ambiente y del vestido, para dar fielmente cuenta de la magnificencia de la vida de corte, aun cuando el tema fuera religioso, imprimiendo a todo un aspecto de cuento de hadas. El principal centro de difusión fue la suntuosa corte de los duques de Borgoña, en Francia, y de allí se fue extendiendo a otras regiones europeas.

En Italia, pintores sieneses y septentrionales habían adoptado ya en parte estas características. Sus máximos representantes fueron Gentile de Fabriano y Pisanello.

Gentile de Fabriano (hacia 1360-1428) es un artista que logró refinadas expresiones pictóricas comparables con los preciosismos de los miniaturistas. Su obra más famosa es La adoración de los Magos, en donde la mística escena se desarrolla en una espléndida ceremonia caballeresca, reluciente de oro y telas preciosas.

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Antonio Pisano, llamado Pisanello (1395-1455), se distinguió de los demás pintores del gótico internacional por su línea purísima, cortante, a la que está subordinado el color, cosa que debe en parte a su oficio de acuñador de medallas. También en su pintura los temas fueron transfigurados por un ambiente de cuento de hadas o de aventura caballeresca, como en el fresco La leyenda de San Jorge, en Santa Anestesia, Verona, o en la tabla La visión de San Eustaquio.

En Toscana encontramos a Masolino de Panicale (1384-1447), que se mostró más alejado que los demás de las formas gótico-internacionales. La esencia es el color, verdadero preludio del renacentista. Este artista inició la decoración de la capilla Brancacci al Carmine, en Florencia, continuada por Masaccio, y pintó al fresco el baptisterio y la colegiata de Castiglione de Olona.

Cuanto se ha dicho de la escultura renacentista puede repetirse referido a la pintura. El hombre dominó como soberano, con la recuperación del conocimiento de sus propios valores. Y he aquí que el sentido de masa y de volumen que Giotto había afirmado, fue tomado de nuevo, desarrollado y madurado de forma que la figura humana pudiera imponerse vigorosa y plásticamente sobre el fondo al que la perspectiva conquistada había proporcionado gran amplitud. Con esta solidez de formas, plasmada mediante la línea en el espacio, se quería expresar también el alto sentido de dignidad que animaba ya a la criatura humana, consciente de su propia misión. La pintura continuó desarrollando temas religiosos que tradujo con un alto sentido de humanidad, y mitológicos, que permitían la realización de un ideal de belleza tranquila y serena, y se dedicó al retrato, que fue el tema más característico y significativo del gusto de la época.

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El primer pintor renacentista italiano que, con Brunelleschi y Donatello, representa la máxima expresión y la esencia más espiritual del humanismo, es el toscano Masaccio (1401-1428), justamente considerado como el directo continuador del arte de Giotto. La abstracción geométrica de éste fue superada por Masaccio al plasmar la vida y la naturaleza en su completa realidad. Si el uno liberó a la pintura italiana de toda influencia bizantina, el segundo la separó de toda unión con el gótico.

La primera obra de Masaccio, que representa a Santa Ana, es ya una revelación de su fuerza creadora, como igualmente lo son los frescos de la Capilla Brancacci al Carmine, Florencia, donde trabajó junto a Masolino. Estos frescos fueron, como dijo Vasari, una verdadera escuela para todos los artistas del Renacimiento, y en ellos, desde la trágica Expulsión, vive y palpita toda la humanidad, con sus pasiones, su dolor, su fe, en una visión verdaderamente épica y universal. La breve, pero excepcional actividad del pintor concluye con la representación de la Trinidad en Santa María Novella.

En Masaccio arranca el espléndido florecimiento pictórico toscano, rico en personalidades fuertes y originales y que tendió a conquistas y expresiones nuevas: la perspectiva, el color, la fuerza del dibujo, el estudio de la realidad y la luz dieron origen a una variedad de lenguajes del más alto interés.

Así, Fra Angélico (1387-1455), contemplativo y sereno, expresó su humilde y ferviente misticismo, aún medieval, con formas renacentistas en su mayor simplicidad, en su más vivo plasticismo, en los ritmos arquitectónicos regulados clásicamente, y en la claridad espacial. Lo demuestran especialmente los delicados frescos y los cuadros resplandecientes de color del convento de San Marcos, en Florencia, transformado ahora en museo.

30-Fra Angelico.metirta.online

Filippo Lippi (1406-1469) sencillo e impulsivo, sensible a las más diversas experiencias, resolvió muy a menudo la fuerza plástica maciza con una exuberancia afectiva, expresión de gracia y de elegante movimiento que habría de ser imitada por Botticelli. La Madona con el Niño, de Tarquinia, la Coronación de la Virgen, los Episodios de la vida de San Juan Bautista y de San Esteban, y la Madona con el Niño y un ángel, son testimonio de las que fueron sus posiciones.

Completamente obsesionado por el problema de la perspectiva aparece, en cambio, el arte fantástico de Paolo Uccello (1397-1475), desconocido durante largo tiempo. Su lenguaje absolutamente geométrico, su color irreal, su absurda fantasía y su perspectiva fragmentaria crearon una pintura metafísica de gran sugestión para nuestra sensibilidad moderna, y de elevado valor artístico. Sus Batallas atestiguan la genialidad del pintor más aún que el retrato ecuestre de Giovanni Acuto o El juicio universal, en el claustro de Santa María Novella.

Con Uccello se relaciona, por su interés por la perspectiva y el volumen, Andrea del Castagno (1423-1457), quien, sin embargo, no buscó una transfiguración fantástica de la realidad, sino que trató de aprehender la cualidad moral de sus personajes. Después de las obras de juventud (dos Crucifixiones y los frescos de la Crucifixión, Descendimiento y Resurrección en el convento de Santa Apolonia), la Santa Cena, fresco realizado en el mismo lugar, se afirmó como su obra maestra.

La pintura toscana encontró la expresión más completa del perfecto equilibrio renacentista en Piero della Francesca (1410-1492), que hoy está justamente considerado como uno de los más grandes artistas de todos los tiempos. Buscó la manera de establecer por medio de la perspectiva y del color-luz una perfecta armonía entre el individuo y el espacio. Basado en esta concepción de absoluto equilibrio, su arte es esencialmente estático. Sus figuras son impasibles y eternas, de una pureza absoluta, donde color, luz, línea y volumen encuentran una plena fusión. Todas estas conquistas se manifiestan ya en la maravillosa Flagelación de Cristo; pero en la serie de frescos de la iglesia de San Francisco de Arezzo, que relatan la Leyenda de la Santa Cruz, dejó su mejor obra. Aquí se encuentra también el primer «nocturno» de la pintura italiana en el admirable Sueño de Constantino. Su gloriosa actividad concluyó con el prodigioso retablo de Brera.

31-Andrea del Castagno.metirta.online

Relaciónense con Piero della Francesca en algunos aspectos de su pintura, Luca Signorelli (1450-1523), de Cortona, que reanudó las macizas construcciones volumétricas dándoles la mordiente energia de Pollaiuolo; Melozzo da Forli (1438-1494), que logró con la perspectiva una monumentalidad solemne, pero más naturalista y agradable, y Pietro Perugino (1445-1523), que tomó del maestro su sentido de la espacialidad, suavizando las formas en una búsqueda de delicada elegancia.

La línea de Andrea del Castagno fue continuada por Antonio Pollaiuolo y Verrocchio. El primero llevó a la pintura el mismo interés expresado por la escultura en la línea enérgica y vigorosa. Su tema preferido era la anatomía humana en movimiento, como se puede ver en las grandes telas con la representación de los Trabajos de Hércules. El segundo se concentró en el plasticismo: es decir, en él, la forma vibrante está más realizada por el claroscuro que por el contorno de la línea, o sea por el dibujo, como ocurre en el famoso Bautismo.

Sandro Botticelli (1444-1510) está justamente considerado como el pintor más lírico del siglo, el intérprete más afortunado de aquel ideal humanista de belleza soñadora. Se deben a él las encantadoras evocaciones de mitos, como la Alegoría de la Primavera y El nacimiento de Venus, donde la leyenda se convierte precisamente en el sueño fantástico de un mundo perdido. Así como Botticelli reflejó en su pintura la máxima expresión espiritual del clasicismo del siglo XV, Domenico Ghirlandaio (1449-1494) se dedicó a adornar con una gran riqueza de detalles, y una vivaz vena narrativa, el rostro y el vestido del siglo, afirmando en sus obras el valor arquitectónico del fresco, gloria italiana.

En el Véneto y precisamente en Padua se impuso un singular artista, Andrea Mantegna (1431-1506), que obtuvo directas enseñanzas de las obras de Donatello, Andrea del Castagno y Paolo Uccello. Fue subyugado fanáticamente por la antigüedad romana, que lo llevó al efecto monumental y arquitectónico. Finalmente, con su encuentro con Piero della Francesca y con Bellini, su arte se encendió de un vivo colorido, como se puede admirar en los frescos de la Cámara Nupcial del Palacio Ducal de Mantua ; en ésta dejó también la hermosa decoración de la cúpula, con la primera aplicación del escorzo aéreo, de donde habían de partir la decoración del siglo XVI y Correggio.

32-Piero della Francesca.metirta.online

En Venecia predominó la familia de los Bellini; y así el padre, Jacopo, estaba aún saturado de goticismo, ya el hijo, Gentile (1429-1507), interpretó el gusto renacentista con la festiva descripción de Venecia y de ciudades orientales. Giovanni (<;1430?-1516) afirmó el puro pictoricismo, base de la escuela de Venecia. De este último recordamos la Piedad de Brera, la Transfiguración y finalmente la Alegría Mística, donde el pictoricismo asume acentos de fantasía y misterio.

En Ferrara, donde junto a Piero della Francesca habían trabajado algunos pintores flamencos, se formó una escuela muy interesante que tuvo como máximo representante a Cosme Tura (1430-1495), relacionado no solamente con los toscanos, sino también con Mantegna. Su fantasía dramática se acerca a ciertos aspectos de la pintura alemana. Su obra más madura es precisamente el San Giacomo della Marca.

En Sicilia, otro genio, Antonello da Messina (¿1430?1479), unió el arte mediterráneo con el flamenco, introdujo quizás en Italia la pintura al óleo, adoptó el volumen y el color fresco de Fiero della Francesca y dio vida a una expresión pictórica en la que la forma estaba sentida como arquitectura y color juntos. Su obra maestra es el San Sebastián.

En Francia, la pintura del siglo XV, a pesar de acoger algunas formas renacentistas, permaneció aún ligada al Gótico. El primer pintor que interpretó estas nuevas direcciones fue Jean Fouquet (1415-1480), famoso por sus retratos y miniaturas, en los que introdujo un notable sentido del volumen. En cambio, durante este siglo se afirmó la pintura flamenca, que tuvo en Jan van Eyck (¿1390?-1441), a un gran renovador. En el retablo de Gante, junto a formas góticas se advierte un sentido del volumen absolutamente nuevo, una realidad viva, libre de estilizaciones. Y esto se puede ver aún mejor en el famoso retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa, cuyas figuras tienen una corporeidad sólida y terrena.

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Le siguió Roger van der Weyden (1399-1464), que aun manteniendo un cierto linealismo gótico, dio a la figura humana nueva grandiosidad y plasticismo. Constituye un claro ejemplo el retrato de Lionello de Este. De su arte se derivó Hans Memling (¿1433?-1494), que siempre se dirigió hacia una armonía dulce y lírica. Una de sus obras más hermosas es la Virgen con el Niño, cuyo fondo resulta un bello ejemplo de paisaje flamenco, hecho con precisión rigorosa y profundo sentido pictórico. Cerró el siglo Gérard David (1450-1523), en quien se hicieron más vivas las tendencias renacentistas: el interés y el estudio atento de la realidad y por tanto del hombre se afirmó con ese amor por el detalle que es característico de esta escuela.

En Holanda penetraron lógicamente las influencias flamencas. Su mayor representante es Geertjen tot Sint Jans (1462-1490). En Inglaterra no encontramos expresiones originales, pues durante este siglo dominaron pintores extranjeros, italianos y flamencos.

34-Giovanni.metirta.online

En cambio, en Alemania la pintura encontró su gran expresión, con la conquista de la perspectiva y de los valores humanos. Conrad Witz (1400-1446) es el mayor representante; la característica esencial de su pintura consiste en una sincera adhesión a la realidad del ambiente y un vivo colorido.

 

La pintura española en el siglo XV

El primer tercio de este siglo apenas se diferencia del último del anterior. Uno de los más bellos retablos de esta época es el de San Jorge, que se conserva en el Victoria and Albert Museurn de Londres, y que perteneció posiblemente a la catedral de Barbastro o a la iglesia de San Jorge, en Huesca. Es debido al valenciano Marcal de Sax.

En el taller de Luis Borrassá se formó Bernardo Martorell, cuya obra más antigua, el retablo de San Juan, de Cabrera de Mataró, se halla dentro de la influencia del maestro De Martorell destacan el retablo de san Vicente, conservado en el Museo de Arte de Cataluña, el de la Transfiguración, de la catedral de Barcelona, el de San Jorge, del Art Institute de Chicago, y el grandioso de Púbol, obra con la que se dio a conocer.

35-Van Der Weyden.metirta.online

Parece como si a principios del siglo XV la grandeza pictórica catalana del siglo anterior se hubiese trasladado ahora a Valencia, de cuyos artistas proceden las obras más importantes. Así son dignos de recordar el retablo de San Miguel, que se encuentra en el Museo del Prado, y las tres tablas del Museo de Valencia, representando a San Martín, San Antonio el Eremita y Santa Úrsula.

Pero esta grandeza dura muy pocos años. Se apaga un podo ante la presencia de Luis Dalmau, Jaime Huguet y Pablo Vergós, tres grandes pintores, cada uno de los cuales creó escuela.

El valenciano Luis Dalmau fue pintor de cámara de Alfonso V y trabajó en Valencia, Castilla, Flandes y Barcelona. A su pincel se debe el retablo de los Consellers, que se conserva en el Museo de Barcelona y que constituye una de las obras más notables de esa época. Tuvieron muchos discípulos, entre ellos Jaime Baco, llamado Jacomart, que también fue pintor de corte. No se conoce con seguridad ninguna obra de su primera época, pero se le atribuyen la tabla de San Severino, en el Museo de Nápoles, de cuando estuvo en esta ciudad. Su producción más notable es el retablo de San Martín de Segorbe.

Discípulo suyo fue el Maestro de Játiva, cuyas obras principales se encuentran en la iglesia de San Francisco de Játiva. Fueron numerosos los discípulos que tuvo la escuela de Jacomart.

Uno de los más grandes pintores de la época fue el catalán Jaime Huguet. A través de las escuelas de Serra, Borrassá y Martorell, Huguet se inclinó más por la manera italiana que por la flamenca. Entre sus obras más notables figuran el retablo de San Vicente, procedente de Sarriá, que se conserva en el Museo Municipal de Barcelona, el retablo de San Agustín, que ejecutó para el gremio de curtidores, el altar de los santos Abdón y Senén, de San Pedro de Tarrasa, las tablas del altar del Condestable y el famoso San Jorge.

36-Wiz.metirta.online

La influencia de Jaime Huguet se dejó sentir intensamente en una familia de pintores también catalanes, los Vergós, uno de los cuales, Pablo, loa superó a todos. Los otros fueron: Jaime el Viejo, Francisco, Jaime el Joven y su hijo Rafael. Los Vergós se dieron a conocer a principios del siglo XV (Jaime el Viejo murió en 1460) y las sucesivas generaciones llenaron todo el siglo, pues Jaime el Joven terminó en 1506 el altar de San Esteban en Granollers, en el cual intervinieron también sus hijos Pablo (suyas son las gigantescas figuras de Abraham, Moisés y el rey David).

Pablo fue el más importante de toda la familia, como lo demuestran precisamente las figuras que hemos citado, hoy en el Museo Municipal de Barcelona. Los Vergós constituyen el último momento álgido de la pintura gótica catalana.

Durante la segunda mitad de este siglo trabajaron en Barcelona otros maestros, como Miguel Nadal, autor del retablo de San Cosme y San Damián, de la catedral de Barcelona, y de la Virgen de la Leche; el Maestro Alfonso, que pintó un altar con escenas de la vida de San Cucufate para el monasterio de San Cugat del Valles y la famosa tabla del Martirio de San Medín, del Museo Municipal, obra, no obstante, cuya paternidad no es muy segura.

Citemos también a Francisco Solibes, autor del retablo de la Piedad, de San Llorens de Morunys y a un maestro desconocido, autor de La Santísima Trinidad, de la catedral de Manresa. Poco después, al iniciarse el siglo siguiente, comenzó de una manera inexplicable la decadencia de la pintura catalana.

37-Verçós.metirta.online

Córdoba nos dio a uno de sus más grandes pintores de esta época, creador de un estilo personalísimo: Bartolomé Bermejo, llamado así por su cabello rojo. En realidad se llamaba Bartolomé de Cárdenas. Debió pasar su juventud en Borgoña o Flandes, aunque nada se sabe con exactitud. Trabajó principalmente en Aragón y Barcelona. Entre sus obras más importantes figura el monumental Santo Domingo de Silos, que se halla en el Museo del Prado, y La Piedad, con San Jerónimo y el donante Luis Desplá, de la sala capitular de la Catedral de Barcelona.

Miguel Jiménez llamábase a sí mismo pintor de Zaragoza y es autor de una bella tabla que representa la resurrección de Cristo. Fue discípulo de Bermejo.

Citemos también al pintor burgalés Fernando Gallego, autor de una tabla representando la curación milagrosa por San Cosme y San Damián, y el retablo de San Lorenzo de Toro, su obra maestra, por el encanto con que plasmó la fisonomía del Redentor.

La figura más importante de la Castilla de este siglo fue Pedro González Berruguete, en cuyas obras supo conjugar felizmente las influencias flamencas e italianas. Trabajó en Italia en la decoración de la Biblioteca Ducal de Urbino, y parece que fue el autor de los Profetas y Filósofos, que se hallan hoy en diversos museos de Europa. En Italia se le llamaba Pietro Spagnuolo. Sus obras más notables son las escenas de la vida de Santo Domingo de Guzmán que se encuentran en el Prado, las tablas del altar mayor de la iglesia de Santo Tomás de Ávila, y las últimas obras que llevó a cabo para el altar mayor de la catedral de Ávila : Los Evangelistas, El Monte de los Olivos, La Flagelación y Los Padres de la Iglesia.

38-Fernando Gallego.metirta.online

También en Andalucía hubo pintores importantes en este siglo, como Juan Sánchez de Castro, autor de la Virgen de la Gracia, de la catedral de Sevilla, y Pedro de Córdoba, que pintó una Anunciación, con los donantes y santos patronos, realizada con destino a la catedral cordobesa.

 

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