LA PERSECUCIÓN DE LOS CRISTIANOS

Tiempos difíciles

Tras la crucifixión de Jesús, los sumos sacerdotes saduceos intentaron consolidar su rango. En aquel tiempo, una facción judía que predicaba libertad y autonomía constituía un estorbo. Por otro lado, los alborotos en el pueblo no gustaban y fueron combatidos con las leyes romanas. La doctrina cristiana estuvo muy pronto bajo sospecha de dirigirse contra el Estado; pese a todo, en un principio se toleró. El año 36, bajo el mandato de Porcio Festo, sucesor de Poncio Pilato, tuvo lugar la primera lapidación: Esteban, considerado el primer mártir cristiano, fue acusado de blasfemia. Pablo fue testigo de su lapidación. Éste fue el comienzo de una persecución de grandes dimensiones. En un principio, se persiguió por igual a cristianos y a judíos. Muchos cristianos huyeron a las regiones fronterizas. Cuando los romanos comenzaron a venerar al emperador como dios y a ofrecer sacrificios a los dioses y al emperador por igual, se hizo evidente la contradicción con respecto a la doctrina cristiana, que prohibía adorar a las personas. Además, el credo cristiano iba reuniendo a un grupo cada vez mayor de seguidores, por lo que los romanos empezaron a considerarlo peligroso. El año 67 hubo incendios distintas zonas de Roma habitadas mayoritariamente  por cristianos.

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El emperador Nerón gobernó Roma entre los años 54 y 68. Fue famoso por sus aficiones artísticas, pero en el Senado no gozaba de buena consideración.

Hoy se considera que fueron provocados por el emperador Nerón, pero en aquel momento fueron atribuidos a los cristianos, a quienes se ejecutó públicamente en el circo, dejándolos a merced de animales salvajes para que fuesen ( devorados, o crucificándolos; otros fueron proscritos. Aunque las ejecuciones en masa fueron casos excepcionales, las persecuciones no cesaron en los años posteriores. Muchos cristianos preferían morir antes que renegar de su fe. Pese a todo, en el curso de los siglos siguientes el cristianismo fue ganando adeptos. En el año 313, el emperador Constantino proclamó el libre culto, un episodio que en la historia del cristianismo se conoce como «el giro constantiniano».

Estado y religión se unen

El emperador Constantino (312-337) ratificó su Primer Edicto de Tolerancia (311) con el Edicto de Milán (313), reforzando de este modo la permisión de las religiones. En aquel momento convivían distintos conjuntos de creencias. Hacia finales del siglo IV, el cristianismo fue declarado religión de Estado: un acontecimiento decisivo, pues a partir de entonces se producirá una unión cada vez mayor entre política y fe, y lo que había comenzado como religión de los pobres y desamparados se fue convirtiendo de generación en generación en un instrumento de poder de la monarquía y de las capas dirigentes.

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San Esteban es considerado el primer mártir del cristianismo. La lapidación ya se practicaba con anterioridad, y estaba considerada una forma de purificación para purgar la blasfemia.

 

El vínculo entre la Iglesia y el poder llegó a tales extremos que, durante la Edad Media, aquél que disponía de fortuna e influencia suficientes podía acceder a cargos eclesiásticos. Así colocaron muchos nobles a sus hijos, sin desdeñar las ventajas mundanas. También se emprendieron y justificaron guerras en nombre de la Iglesia —muertos en nombre del amor—: sólo accederían al Reino de Dios aquellos que profesasen el cristianismo. El mensaje cristiano del amor al prójimo se adulteró hasta tal punto que incluso las Cruzadas se consideraron compatibles con la doctrina cristiana y recibieron la bendición de la Iglesia. La convicción originaria de acabar con el círculo vicioso de violencia que engendra violencia sencillamente se desvaneció. La Iglesia había consumado su metamorfosis y se había convertido en un poder temporal.

 

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