La Pasión de Cristo

EL RELATO DE LA PASION

EL RELATO DE LA PASIÓN.

Un domingo, Jesús entró en Jerusalén y fue aclamado por la multitud como el mesías, el salvador enviado por Dios al pueblo judío. El viernes siguiente murió crucificado, y su cuerpo fue sepultado. Entre ambos acontecimientos, Jesús fue objeto de dos procesos. Uno, judío, por parte del Sanedrín —compuesto por sacerdotes, ancianos y maestros de la ley—, que condenó sus pretensiones mesiánicas. Otro, romano, presidido por el gobernador de Judea, Poncio Pilato, que lo condenó a muerte como rebelde a la autoridad imperial. Estos seis días, de domingo a viernes, son los de la Pasión de Cristo que la Iglesia católica conmemora durante la Semana Santa, si bien las celebraciones litúrgicas terminan con la Resurrección de Jesús al tercer día de yacer en la tumba. Lo que le acaeció a Jesús en aquellos seis días se explica en los Evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Pero ¿hasta qué punto esos relatos recogen hechos históricos?

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LA VÍA DOLOROSA. Nombre que recibe la calle de la Ciudad Vieja de Jerusalén por la que, según la tradición Jesús marchó al lugar de su ejecución, el monte Calvario o Gólgota.

Para responder a esta pregunta debemos retroceder hasta la época en que se compusieron aquellos textos. Se cree que Jesús murió probablemente en abril del ario 30. Dos décadas más tarde, hacia el ario 50, un avispado discípulo que vivía en Jerusalén pensó que los seguidores del Maestro hablaban mucho de sus sufrimientos finales, su muerte y resurrección, pero que a nadie se le había ocurrido poner por escrito lo sucedido. Así que este personaje, cuyo nombre ignoramos, compuso una historia de esos hechos y, al parecer, concentró en una semana acontecimientos que posiblemente habían sucedido a lo largo de meses; semana que coincidiría con la Pascua judía, que se celebra en el mes de nisán, correspondiente a marzo/abril.

Esta primera historia de la Pasión de Jesús hubo de ser la base del relato que aparece en el primer Evangelio que se compuso: el de Marcos (escrito hacia los años 71-75). Los investigadores están de acuerdo en que el evangelista tuvo como modelo un texto anterior, pero este relato se ha perdido, de manera que sólo nos queda la narración de Marcos. Los otros evangelios aceptados por la Iglesia presentan variaciones, divergencias y contradicciones respecto al de Marcos. Son los de Mateo (compuesto hacia 85- 90), Lucas (escrito en torno a 90- 95) y Juan (redactado sobre el año 100).

 Quizás en septiembre

Debemos tener presente que una tradición antigua no siempre es verdadera. Por ejemplo, debido al prestigio de Aristóteles se sostuvo durante más de veinte siglos que la Tierra era el centro del universo y que el sol giraba en torno a ella; sólo gracias a Copérnico y Galileo se pudo caer en la cuenta de que esa «verdad», ya tradicional, no era tal. Puede que suceda algo parecido con algunas partes del relato de Marcos a pesar de su antigüedad, pues tenemos indicios de que las acciones y dichos de Jesús pudieron ocurrir de un modo diferente y en un tiempo más dilatado —de hasta seis meses— no precisamente en la semana escasa al término de la cual murió Jesús.

El primer indicio de estas diferencias aparece en la entrada triunfal en Jerusalén. El Evangelio de Juan pinta a Jesús rodeado de gentes que portaban palmas, pero la mera presencia de las palmas apunta a septiembre, a la fiesta de los Tabernáculos, pues sólo en ella eran típicas esas ramas: las palmeras no eran propias de la zona de Jerusalén, sino que sus palmas se traían siempre de fuera, de Jericó, justo para esa fiesta. El segundo indicio es el episodio en el que Jesús está hambriento y busca algo de comer: «A la mañana siguiente […] sintió hambre. Viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero no encontró nada más que hojas. Entonces le dijo: “Nunca jamás brote fruto de ti”. Y la higuera se secó de repente» (Mateo 21,18- 21). So pena de tener a Jesús por un ignorante que desconocía lo más elemental de la vida del campo, es muy improbable que fuera a por higos en marzo / abril, ya que esta fruta madura en septiembre. Una tercera pista acerca del tiempo real en el que se sucedieron los hechos nos la da el Evangelio de Juan (11, 47-50), cuando sitúa la reunión del Sanedrín —en la que se toma la decisión de condenar a muerte a Jesús— unas cuantas semanas antes de la Pasión.

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LOS TRES CRUCIFICADOS. Se ha planteado que los ladrones crucificados (según dice la tradición) al lado de Jesús, posiblemente fueron seguidores suyos de los que nos e ha conservado el nombre, castigados como él por sedición.

Sin testigos ni documentos

Además de la incertidumbre en cuanto a la cronología, hay razones de peso para dudar de que muchos episodios del relato tradicional de la Pasión respondan en un ciento por ciento a la realidad histórica. En primer lugar, el considerable lapso de tiempo transcurrido entre los hechos y su narración en los evangelios no favorecería la rememoración fidedigna de los mismos. En segundo lugar, no se pudo contar con testigos visuales de acontecimientos como el interrogatorio a puerta cerrada de los sumos sacerdotes a Jesús durante el «proceso judío», o el diálogo de Jesús con Poncio Pilato durante el «proceso romano»; por ello, el relato hubo de basarse en testimonios indirectos o en simples conjeturas. En tercer lugar, no quedan actas de estos procesos. Es casi seguro que, al menos en el caso del «proceso romano», que terminó con una condena nada frecuente a la cruz, se envió un acta al emperador Tiberio, documento que se ha perdido irremisiblemente.

Adaptación a las profecías.

La historia de la Pasión está empedrada de alusiones y citas a textos del Antiguo Testamento (los escritos bíblicos anteriores a Cristo), que eran considerados profecías mesiánicas, al menos por los cristianos: el relato alude claramente a entre 80 y 90 pasajes de ese tipo. Este notable monto de acciones y dichos de Jesús expresados con palabras del Antiguo Testamento hace como poco sospechar que algunos eventos, quizás en el fondo histórico, fueron acomodados debidamente para que se cumplieran las profecías. Incluso algunos estudiosos sostienen que hay pasajes de la Semana Santa creados expresamente por los evangelistas a partir de algunos de esos textos considerados mesiánico-proféticos. Un ejemplo es la narración de la muerte de Judas, el traidor, presentada en dos versiones totalmente distintas en el Nuevo Testamento. La primera refiere que Judas se ahorcó (Mateo 27,5- 9), mientras que la segunda atribuye la muerte de Judas a una caída (Hechos de los apóstoles 1,18). Es evidente que ambas versiones no pueden ser verdaderas a la vez. Hay notable unanimidad entre los investigadores al señalar que el ahorcamiento de Judas es un evento creado a imitación del episodio de Ajitófel, que traicionó al rey David y luego se ahorcó, devorado por los remordimientos (2 Samuel 15,1-37; 17,23). La versión del fallecimiento por una caída probablemente está inspirada en la historia de la muerte del perverso rey seléucida Antíoco IV Epífanes, un cruel perseguidor de los judíos que muere tras caer de su carruaje. (2 Macabeos 9, 9-12).

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EL TEXTO EVANGÉLICO MÁS ANTIGUO. Lo contiene el Papiro Rylands P52, datado hacia el año 125: son versículos de Juan (18,31-33 y 37-38) que refieren el interrogatorio de Jesús por el precepto Pilato.

 Contradicciones

Las contradicciones entre los evangelistas son también una fuente de dudas para los historiadores. Así sucede con el embellecimiento de las circunstancias del enterramiento de Jesús. Según Marcos 15, 42-47, y sus paralelos en Mateo y Lucas, es obra de José de Arimatea, un piadoso e ilustre miembro del Sanedrín que actúa solo: envuelve a Jesús en una simple sábana y lo coloca en un sepulcro de su propiedad cerca del Gólgota. La sepultura es sencilla, rápida y sin pompa alguna. Pero la versión de Juan es muy distinta: José de Arimatea está acompañado de otro personaje, Nicodemo, desconocido por los demás evangelistas. Entre los dos bajan el cuerpo de Jesús y le otorgan un enterramiento solemne y costoso: lo fajan con bandas y aromas utilizando nada menos que unos so kilos de ungüento de mirra y áloe, y lo depositan de prisa en una tumba de un huerto cercano.

Para colmo, Pablo (que no fue discípulo de Jesús) presenta en un discurso de los Hechos de los apóstoles (13,27-29) una versión radicalmente diferente: «Y los que habitan Jerusalén y sus jefes […] pidieron a Pilato que matara a Jesús […] y después de bajarlo del madero lo pusieron en un sepulcro». Según esto, no fueron ni José de Arimatea ni Nicodemo los que bajaron de la cruz a Jesús, sino los jefes de los judíos —por medio de sus esbirros, naturalmente—, y posiblemente lo pusieron en un sepulcro común y vulgar, pues consideraban a Jesús un malhechor.

Por otra parte, la historia de la Pasión contiene detalles que chocan con el derecho romano de la época: por ejemplo, la concesión de la libertad a un asesino insurrecto como Barrabás. Por parte judía se han señalado unas 27 diferencias entre el proceso a Jesús y las prescripciones jurídicas de la época. Las más llamativas son que el proceso tuviera lugar en el día en el que por la tarde comenzaba la Pascua (según Marcos, Mateo y Lucas) o en la víspera de ella ( Juan), lo que estaba prohibido explícitamente; un juicio con pena capital no podía tener lugar de noche; no se podía condenar a nadie por blasfemo si no se probaba que había dicho algo directo contra Dios o había pronunciado sacrílegamente el nombre divino, lo que no era el caso de Jesús; estaba rigurosamente prohibido que la condena a muerte se ejecutara el mismo día del juicio, como se hace con Jesús… La repetida utilización de estrategias literarias por los evangelistas es señal de un desarrollo artificial de los acontecimientos. Tal es el caso del esquema de la acción triple: tres veces va y vuelve Jesús hacia el grupo de los discípulos en Getsemaní; Pedro niega tres veces conocer a Jesús; tres grupos de gentes se mofan de Jesús en la cruz…

Por último, en la historia de la Pasión hay episodios inverosímiles o legendarios. Por ejemplo, ¿cómo iban a dormirse por dos veces los discípulos predilectos de Jesús durante su oración en Getsemaní y recordar esas palabras, que reproducen los Evangelios? Igual sucede con los episodios de conmoción de la Naturaleza tras la muerte de Jesús: rotura del velo del Templo, tinieblas repentinas, terremoto…

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Reliquias de la Pasión en Roma.

Las razones de una historia

Se han planteado diversas hipótesis para explicar las anomalías históricas y la forma literaria de la Pasión. La primera es la compresión de una historia de varios meses en una semana, lo que, como hemos visto, conduce en ocasiones a lo inverosímil. La segunda es la necesidad de justificar teológicamente una muerte inesperada, la del mesías enviado por Dios y ejecutado por los romanos. En los evangelios, su muerte aparece como el cumplimiento de un plan divino que él conoce y al que se entrega: su vida a cambio de la salvación de la humanidad. Esto pudo causar la acomodación de los hechos reales de la Pasión a las profecías (lo que pasó ya estaba escrito). Este primer relato sería el que llegó al evangelista Marcos. Y la tercera hipótesis: sería plausible que el primer relato de la pasión de Jesús también se utilizara al principio como una suerte de «guía turística religiosa» para mostrar a los cristianos que vivían fuera de Israel, y que visitaban Jerusalén, los sucesos y los lugares en los que había padecido y triunfado el Mesías..

LA MUERTE DE JESÚS:  EL SUPLICIO DE LA CRUZ

La crucifixión de Jesús fue sin duda un hecho histórico, ya que planteó innumerables dificultades a sus seguidores: su mesías estaba muerto y el reino de Dios no había llegado. Por esta razón, la teología judeocristiana se centró en dar un sentido al fin del enviado divino, un hecho en apariencia inexplicable. Y lo hizo interpretándolo como un sacrificio expiatorio (el de Jesús, que al aceptar su propia muerte salva a la humanidad), fruto de una misteriosa voluntad divina previa. Por esta razón, diferentes pasajes de los evangelios se modelaron sobre profecías y pasajes del Antiguo Testamento, vistos como anuncio de aquel futuro sacrificio. Así sucedió con la historia de la crucifixión, en cuyo relato son omnipresentes las alusiones al Salmo 22, Oración de un atribulado, escrito mil años antes, del que provienen las siguientes citas: «Oh Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», frase que los evangelios ponen en boca de Jesús en la cruz; «Entre sí se reparten mis vestidos, y echan sobre su túnica mis suertes», como hacen los soldados romanos al pie de la cruz, que sortean entre sí los vestidos de Jesús; o «Confía en el Señor, pues que Él lo libre [de sus males]», burla que en los evangelios significa que, si es verdad que a Jesús lo ha enviado Dios, ya lo salvará éste.

 

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