LA MIGRACIÓN MASIVA DE MILLONES DE PERSONAS EN BUSCA DE UN LUGAR MEJOR.

Por: Paul Salopek

cenefa1Llevo casi siete años compartiendo camino con migrantes. En el invierno de 2013 partí de Herto Bouri, un yacimiento de fósiles de Horno sapiens ancestral situado en el norte de Etiopía, y empecé a reproducir, a pie, el viaje definitorio de la humanidad: nuestra primera colonización de la Tierra durante la Edad de Piedra. Mi caminata pretende ser una narración. Relato lo que veo mientras recorro las sendas de nuestro descubrimiento original del planeta. Desde el principio supe que mi ruta sería inconcreta. Los antropólogos sugieren que nuestra especie salió de África por primera vez hace 600 siglos y que con el tiempo alcanzó, tras caminar relativamente sin rumbo, el extremo de América del Sur, último confín ignoto de los continentes y meta de mi propio viaje. Éramos cazadores y recolectores nómadas. No conocíamos la escritura, ni la rueda, ni la domesticación de animales, ni la agricultura. En nuestro avance, nos guiábamos por el vuelo de las aves migratorias. Aún no se había inventado el concepto de destino. Hasta ahora he recorrido 16.000 kilómetros siguiendo los pasos de aquellos aventureros olvidados.

Hoy estoy atravesando la India.

Nuestra vida moderna, anclada a una vivienda, nada tiene que ver con la que llevábamos en aquella edad de oro de la libre exploración.

¿O acaso sí?

La ONU calcula que más de mil millones de personas uno de cada siete seres humanos están migrando dentro de sus países o cruzando fronteras internacionales. Millones huyen de la violencia: la guerra, la persecución, la delincuencia, el caos político. Muchos millones más buscan alivio económico más allá de sus horizontes. Las raíces de este éxodo nuevo y colosal incluyen un sistema de mercado globalizado que desgarra las redes de protección social, un clima pervertido por la contaminación y la superlativización de los anhelos humanos por la inmediatez de los medios de comunicación. En cifras puras y duras, es la mayor diáspora de la dilatada historia de nuestra especie. Recorro el mundo a un ritmo de 25 kilómetros diarios. A menudo me mezclo con los desplazados. En Djibouti he bebido chai con migrantes en lúgubres áreas de servicio. He dormido a su lado en polvorientas tiendas de refugiados levantadas por la ONU en Jordania. He oído sus historias de dolor. He correspondido a sus risas. No soy uno de ellos, huelga decirlo: soy un caminante privilegiado.

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Djbouti 2013

En la mochila llevo una tarjeta bancaria y un pasaporte. Pero he compartido con ellos las miserias de la disentería, y mil veces han detenido mis pasos sus némesis: la policía. (Eritrea, Sudán, Irán y Turkmenistán me han negado el visado; Pakistán me expulsó y me readmitió después). ¿Qué decir de estos hermanos y hermanas exiliados? ¿Qué decir de los inmensos territorios de tiniebla que habitan, paradójicamente, a vista de todos? Hambre, ambición, miedo, persecución política: los motivos del viaje no son el verdadero quid de la cuestión. Es más importante saber cómo el viaje en sí mismo conforma personas cuyo concepto de «hogar» ha incorporado una carretera abierta, una tangente tan vasta como arriesgada de posibilidades que empieza en algún punto lejano y termina en la puerta de nuestra casa. Tampoco importa cómo recibimos esta novedad: con los brazos abiertos o agazapados tras un muro de gran altura. Porque, sea cual fuere nuestra reacción, sintamos compasión o miedo, la movilidad rediviva de la humanidad ya ha obrado un cambio en nosotros.

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Jordania 2013

LOS PRIMEROS MIGRANTES con los que me topé estaban muertos. Yacían debajo de pequeños montones de piedras en el Gran Rift Valley africano. ¿Quiénes eran aquellos desventurados? Difícil saberlo. Los paupérrimos del mundo viajan desde tierras lejanas para acabar pereciendo en el etíope Triángulo de Mar, uno de los desiertos más abrasadores de la Tierra. Se internan a pie en estos terribles yermos para alcanzar el golfo de Adén. Allí, el mar es la puerta a una vida nueva (aunque no siempre mejor) fuera de África: empleos de esclavos en las ciudades y plantaciones datileras de la península Arábiga. Algunas de las tumbas de aquellos migrantes sin duda albergaban somalíes: refugiados de guerra. En otras probablemente yacen desertores de Eritrea. O quizá miembros del grupo étnico de los oromo que llegaron sedientos de Etiopía. Todos ellos habían tenido la esperanza de colarse por las fronteras impalpables de Djibouti. Se perdieron. Se desplomaron bajo un sol de lava fundida. Algunos murieron de sed cuando ya veían el mar. Las columnas de viajeros exhaustos que llegaban tras ellos enterraron apresuradamente sus cadáveres. ¿Desde cuándo dejamos así nuestros huesos junto a los caminos desolados del Cuerno de África? Desde hace mucho. Desde el mismísimo principio. Al fin y al cabo, es la senda que recorrieron los primeros humanos modernos para salir de África en el Pleistoceno.

Un día me encontré con un grupo de 15 hombres enjutos escondidos a la sombra raquítica de unos peñascos. La mayoría eran agricultores de las tierras altas etíopes. Las lluvias anuales, dijeron, se habían tornado erráticas. Resistir en aquellos cultivos agostados significaba una muerte lenta por inanición. Mejor aventurarse en el Triángulo de Mar, aunque fuese para no volver. A su modo eran pioneros: nuevos refugiados del cambio climático. Un reciente estudio del Banco Mundial calcula que hacia 2050 más de 140 millones de personas del África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica podrían verse obligadas a emprender la marcha por los efectos catastróficos del cambio climático. Solo en las rutas del África oriental podrían congregarse diez millones de refugiados climáticos. En Etiopía la marea podría alcanzar los 1,5 millones de personas: más de 15 veces los emigrantes que actualmente cruzan el Triángulo de Mar para llegar a Oriente Medio.

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Los desarraigados.

Avanzando centímetro a centímetro por el Rift Valley en dirección norte, no tuve más remedio que analizar el impulso de abandonar un mundo conocido que se desmoronaba por momentos, un hogar en el que el cielo mismo se volvía en tu contra. A mí alrededor culebreaban los invisibles frentes de combate de una guerra campante entre los afar y los issa, dos grupos de pastores cuyos pozos someros se secaban a ojos vista, cuyos pastos raleaban por causa de un inmitigable ciclo de sequías. Se mataban a tiros por la propiedad de una brizna de hierba, por un cuenco de agua arenosa. Por sobrevivir. He ahí el origen de nuestro relato de viajes más antiguo. Los primeros humanos que salieron de África, dicen los expertos, probablemente lo hicieron impelidos por un drástico cambio climático y unas hambrunas mortíferas.

¿Hasta dónde llega el impulso de partir? ¿De dejar cuanto amas? ¿De arrojarte a lo desconocido con todas tus pertenencias embutidas en un bolsillo? Es más poderoso que el miedo a la muerte.

En el océano de luz blanca que es el Triángulo de Afar me tropecé con siete cadáveres sin enterrar. Hombres y mujeres juntos. Tendidos boca arriba, momificados sobre un oscuro campo de lava. El calor era devastador. Los chacales les habían arrancado manos y pies. Mi compañero de viaje, Houssain Mohamed Houssain, sacudió la cabeza con asombro, con asco. Era de la etnia afar, descendiente de camelleros, los otrora reyes del desierto. Su pueblo llamaba a las recientes olea-das de transeúntes los hahai -«gente del viento»-, fantasmas que viajaban por el aire. Hizo una foto. «Se la enseñas -dijo Houssain, enojado- y te contestan: “¡Oh, a mí eso no me va a pasar!”». Uno de los desdichados migrantes se había metido trabajosamente bajo una cornisa. A todas luces desesperado por ponerse a la sombra. Había dejado los zapatos junto a su cuerpo desnudo, bien colocados, cada calcetín cuidadosamente enrollado e introducido en el respectivo zapato. Lo sabía: sus días de caminante tocaban a su fin.

RECORRER LOS CONTINENTES A PIE te enseña a bajar la mirada. Comprendes cuán importantes son los pies. Te interesa la cuestión del calzado. El rostro es el espejo del alma. La mirada delata la sinceridad, la mentira, la curiosidad, el amor, el odio. Pero la elección del calzado (o su ausencia) apela a la geografía personal: riqueza o pobreza, edad, tipo de trabajo, estudios, género, origen rural o urbano. Los migrantes económicos -millones de desposeídos con tiempo para planificar-parecen preferir el calzado del pobre del siglo XXI: la zapatilla de deporte china, barata, unisex, versátil. Los refugiados de guerra que huyen de la violencia, en cambio, se ven de pronto recorriendo carreteras infames calzados con chancletas, mocasines de vestir, sandalias polvorientas, zapatos de salón con tacón, peúcos improvisados con cuatro trapos, etcétera. Huyen de ciudades en llamas, abandonan aldeas y granjas. Se calzan lo primero que encuentran en la precipitación del momento. La primera vez que vi una pila tan ecléctica de calzado fue a la entrada de las tiendas de refugia-dos levantadas en las montañas de Jordania.

«Me despierto cada día y veo estas montañas decía Zaeleh al-Jaled al-Hamdu, una abuela siria que calzaba zapatillas de ir por casa decoradas con cuentas. En la cara llevaba tatuadas unas florecillas azules. Con la mano huesuda señaló los picos foráneos que la rodeaban. Me siento como estas montañas, como si las llevara a cuestas». Una carga. El peso de la desesperación. El lastre montañoso de la indefensión.

He ahí la insignia del refugiado de guerra. La foto estándar de los desplazados por conflictos armados: filas de almas traumatizadas que avanzan por una carretera infernal. O familias hacinadas en precarios botes en pleno Mediterráneo, la mirada vencida por la angustia, la vulnerabilidad. Pero estas instantáneas de la vida del refugiado vistas a través de la lente del mundo rico son limitadas, engañosas, incluso interesadas.

Durante semanas caminé por Jordania de una tienda polvorienta a otra. En ellas languidecían al menos medio millón de sirios, apenas una esquirla dolorosa de los cerca de 12 millones de civiles que la guerra civil más cruenta de Oriente Próximo ha desperdigado por el mundo. La guerra te roba el pasado y el futuro. Los sirios no podían volver a las disputadas ruinas de sus hogares, a Idlib, Hama o Damasco. Y nadie quería acogerlos. Estaban atrapados. Solo poseían su trágico presente.

Muchos trabajaban ilegalmente en explotaciones agrícolas. Arrancaban una prórroga a la vida recogiendo tomates por menos de lo euros al día. Cuando me veían, me hacían señas para que me acercase. Me alimentaban sin reparos con la cosecha de sus patrones. Me regaban con litros de té. Sacudían sus sucias y raídas mantas e insistían en que me sentase a descansar.

«Aquí solo soñamos con el pollo», bromeó un hombre. En Siria había comido hierba para sobrevivir. Una joven salió de una tienda ataviada con su mejor vestido, rosa con rayas plateadas. Estaba embarazada, radiante, y su belleza traspasó mi pecho con un susurro limpio.

Lo que intento decir es que los refugiados pueden ser muchas cosas, pero no desvalidos.

No son las víctimas infantilizadas que suelen figurar en la pornografía del sufrimiento de la izquierda política. Menos todavía se asemejan a los invasores de dibujos animados que temen los intolerantes y populistas de derechas: esas hordas bárbaras que vienen a quitarnos el trabajo, la vivienda, los servicios sociales, la identidad racial, la religión, la pareja sexual y todo cuanto consideramos vital y bueno en los países ricos en los que recalan. (Desde los tiempos del Neolítico, las primeras poblaciones europeas fueron invadidas y transformadas por oleadas de inmigrantes procedentes de Asia Central y el Mediterráneo oriental. De no ser por aquellos cruces, los «europeos» modernos no existirían).

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El campo Nizip 1.

No. Los refugiados entre los que he caminado son farmacéuticos barbudos y cabreras jovencitas. Dependientes de comercio e intelectuales. Es decir, seres absolutamente corrientes que se las apañan con opciones misérrimas. Al recordar a sus difuntos, lloran con el rostro escondido entre las manos. Pero a menudo hacen gala de una increíble fortaleza. Y generosidad.

«Por favor, venga conmigo», me susurró una maestra siria en Turquía, y me sacó del aula del campo de refugiados para que me diese el aire. Sus alumnos habían estado dibujando decapitaciones y ahorcamientos como una forma de arteterapia. La maestra advirtió que me había quedado mudo. Y se preocupó por mí. Por mí. Llevaba andados 16.000 kilómetros en dirección este cuando, en el Cáucaso, una familia de refugiados sirios de etnia armenia me gritó « ¡Por favor, no entre!». Me hicieron esperar a la puerta de su destartalada vivienda mientras preparaban apresuradamente una comida que no podían permitirse. Acababan de instalarse en una casa que había sido propiedad de azeríes, una etnia local expulsada de la región durante el conflicto de Nagorno Karabaj, librado desde hace décadas. Encontré a los azeríes 200 kilómetros después. No me dejaron pagar en el bar de un campo de refugiados. « ¡Llevamos tantos años esperando la paz!», dijo Nemat Huseynov, el dueño del bar. Tenía un gran rebaño de ovejas cuando estalló el conflicto, en 1988. Aún no ha cesado, pese a la tregua de 1994.

El hogar.

No siempre puedes calzarte cómo quieres para una larga caminata.

Los refugiados y migrantes del mundo no nos demandan compasión. Solo piden nuestra atención. Eran ellos los que me compadecían a mí al ver que seguía caminando.

« ¿ME DEJA PRACTICAR inglés?».

Eran los y las adolescentes del Punjab. El año pasado. Kilómetro 11.000 de mi viaje. Las abrasadoras carreteras secundarias del granero de la India.

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Oleadas migratorias

Cinco, 10, 20 jóvenes salían cada día de sus casas al verme pasar y corrían para alcanzarme. Sudorosos, sin aliento, poco acostumbrados al ejercicio, desenfundaban su vocabulario y sintaxis inglesa por espacio de unos cientos de metros hasta que me despedían. Estaban preparando los exámenes del Sistema Internacional de Evaluación del Idioma Inglés. Obligatorio aprobar con nota para cumplir los requisitos lingüísticos a los que Nueva Zelanda, Australia, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos supeditaban la concesión de visados. Todos se tomaban muy en serio aquellos diálogos, repetidos tal cual desde la Edad de Piedra « ¿Cómo te llamas?» « ¿De dónde vienes?» « ¿Adónde vas?», porque eran sus deberes.

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Oleadas migratorias

Faridkot era una ciudad naufragada en un mar de trigo. Un centenar de academias privadas de inglés preparaban a decenas de miles de jóvenes indios para abandonar su patria. Los campos del Punjab ya tenían dueño. La agricultura ofrecía poco futuro. Los alumnos aplicados aspiraban a sumarse a los 150 millones de migrantes que saltan las fronteras en busca de empleo. En el Punjab estaba produciéndose una evacuación. «Solo se quedan quienes no pueden pagarlo», dijo Gulabi Singh, dueño de una academia de idiomas. El precio medio de emigrar es de unos 12.000 euros, 23 veces la renta anual media en la India.

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Los mercados laborales

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Los mercados laborales

Acababa de llegar de Asia Central. En Uzbekistán, un compañero de camino se colaba cada dos por tres en Kazajistán para trabajar sin papeles en la construcción. Sus cicatrices daban fe de sus encuentros con la policía. En Kirguizistán y Tayikistán conocí migrantes que tomaban un avión a Moscú para ponerse detrás de una caja registradora o inhalar venenos en plantas químicas de pesadilla. Los afganos que encontré a lo largo de mi ruta ponían sus miras en cualquier continente con tal de huir de la guerra. Etcétera, etcétera. Pero el secreto de esta épica del desarraigo humano es el siguiente: seguramente sean quienes se queden los que cambien el mundo.

Las migraciones internas, estampidas del campo a la ciudad, arrastran 139 millones de ciudadanos dentro de la India. En China la cifra se acerca a los 250 millones. La tendencia es idéntica en Brasil, Indonesia, Nigeria, México… En este momento, tres cuartas partes de los humanos que se mueven por el planeta no salen de sus propias fronteras. Nacen nuevas clases medias. Se tambalean las viejas dinastías políticas. Las megaciudades explosionan. E implosionan. Sistemas enteros de conocimiento (la agricultura y ganadería tradicionales), acumulados a lo largo de milenios, se desechan sin empacho. La urbanización trastoca las antiguas normas de religión y de género. Los recursos medioambientales están en caída libre. Caos, añoranza, violencia, esperanza, demolición, construcción, experimentación, éxitos y derrotas inverosímiles. Nada es obstáculo para esta fuerza del anhelo sin precedentes. En comparación, la histeria del norte global a cuento de la migración internacional se antoja una nimia nota a pie de página.

Caminando por la India me sumé a los ríos humanos que discurrían por los caminos. Los vi arremolinados en paradas de autobús, encaramados en vagones de tren. Los pobres trabajadores en un incesante vaivén de idas y venidas. Más temprano que tarde, el mundo deberá aprender a beneficiarse de la extraordinaria energía que propulsa tamaña ambición de masas. La migrante que timonea el rumbo de nuestra especie para este siglo me vio llegar a lo lejos. No tendría ni 18 años. Fue en una aldea de Bihar, uno de los estados más pobres de la India. Me dirigía a Myanmar. Ella se acercó con paso decidido y me estrechó la mano, audaz. «Esto es un aburrimiento dijo sin dilación. Mis maestros son un aburrimiento. ¿Qué hago?». Me reí. En su mirada brillaban la ambición y la inteligencia. Pronto estaría abriéndose paso hacia una de las metastatizadas ciudades indias, poniendo a prueba su valía frente a cientos de millones de otros aldeanos desplazados. No habría muro por alto que fuese que la frenase. ¿Adónde llegará? ¿Adónde llegaremos todos? Quién sabe. Lo importante en este camino que compartimos es seguir andando. Y no tener miedo. Quizá más adelante encontremos cuestas. Mi consejo es que hagas los deberes y vayas preparándote. La chica llevaba un calzado resistente.

ADEMÁS

DUIBOUTI 2013 Buscando una señal Migrantes llegados al Cuerno de África se congregan de noche en la playa de Khorley. Con tarjetas de datos adquiridas en el mercado negro, tienen la esperanza de captar una red de telefonía móvil de la vecina Somalia para contactar con los seres queridos que han dejado atrás.

1-Djbouti 2013.metirta.online

Djbouti 2013.

EN DJIBOUTI  HE BEBIDO CHAI CON MIGRANTES EN  LÚGUBRES ÁREAS DE SERVICIO, HE DORMIDO A SU LADO EN POLVORIENTAS POLVORIENTAS TIENDAS PARA REFUGIADOS LEVANTADAS POR LA ONU EN JORDANIA. HE OÍDO SUS HISTORIAS DE DOLOR. LOS REFUGIADOS  ENTRE LOS QUE HE CAMINADO SON SERES ABSOLUTAMENTE CORRIENTES QUE SE LAS APAÑAN CON OPCIONES MISÉRRIMAS, PERO NO DESVALIDOS. A MENUDO HACEN GALA DE UNA INCREÍBLE FORTALEZA. Y GENEROSIDAD, A PESAR DE SU TRÁGICO PRESENTE.

INDIA 2019 Del campo a la ciudad Unos 2.800 trabajadores del sector textil, en su mayoría mujeres, trabajan en Indian Designs Exports Private Limited, en Bangalore. Más del 70%

Sigue la caminata alrededor del mundo del Fellow de National Geographic Paul Salopek en outofedenwalk.org y natgeo.com. John Stanmeyer ha documentado tramos del viaje para la revista.

National Geographic Society, una organización sin ánimo de lucro que promueve la conservación de los recursos de la Tierra, ha ayudado a financiar este artículo.

 

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