LA INVENCIÓN DE ESTADOS UNIDOS.

PETER WATSON

 

                            POR PETER WATSON

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El descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad. Los mercados de la India y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las, mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación la industria un impulso hasta entonces desconocido y aceleraron con ello el desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.» Éstas son las palabras de Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto comunista. En su famoso ensayo «El tesoro americano y el florecimiento del capitalismo», Earl J. Hamilton repasó los distintos cambios que tuvieron lugar en la Europa del siglo XVI el surgimiento de los estados-nación, las guerras y los estragos y las oportunidades consecuencia de ellas, el auge del protestantismo, y concluyó que ninguno de estos hechos tuvo un efecto de dimensiones parecidas a las del descubrimiento de América. Hamilton estaba convencido de que América fue el principal factor en la formación del capital europeo. «El descubrimiento tuvo las siguientes consecuencias: estimuló las industrias europeas, las cuales tenían que abastecer a América a cambio de sus productos; proporcionó a Europa la plata que ésta necesitaba para mantener su comercio con Oriente  un comercio que contribuyó extraordinariamente a la formación de capital a causa de los grandes beneficios que proporcionaba a sus promotores—; y provocó la revolución de los precios en Europa, la cual facilitó también la acumulación de capital, ya que los salarios permanecieron por debajo de los precios.» En otra obra famosa, Aspects of the Rise of Economic Individualism (1933), H. M. Robertson propuso que, la importancia de los descubrimientos «no se limitaba estrictamente al aspecto material. La consiguiente expansión del comercio significaba necesariamente una expansión de las ideas». Ante todo, afirmaba, hubo «un aumento de oportunidades … [y] de esas nuevas oportunidades surgió una clase de entrepreneurs con un espíritu capitalista y de individualismo económico, que actuaba como un disolvente de la sociedad tradicional»

En The Great Frontier (1953), Walter Prescott Webb fue más específico. Para él, Europa era la metrópoli mientras que América era la gran frontera. A pesar de los muchos problemas que planteaba y el nuevo tipo de cultivos que requerían las Grandes Planicies, «la apertura de la gran frontera por Colón transformó el panorama de Europa, puesto que alteró decisivamente la relación entre los tres factores de población, territorio y capital, de tal forma que creó condiciones muy favorables». En particular, sostuvo que en 1500 los diez millones de kilómetros cuadrados del continente europeo alimentaban a una población de cerca de cien millones de habitantes, lo que suponía una densidad aproximada de diez habitantes por kilómetro cuadrado. Después del descubrimiento del Nuevo Mundo, estos cien millones de personas repentinamente tuvieron acceso a más de cuarenta millones de kilómetros cuadrados adicionales. Este excedente de territorios, afirmo Webb, «produjo un auge económico en Europa durante cuatro siglos, que finalizó con el cierre de la frontera alrededor del año 1900». Según esta versión, los cuatro siglos que van de 1500 a 1900 constituyeron un período único en la historia, el marco temporal en el que la «gran frontera» americana transformó la civilización occidental. Como anota John Elliott, los estudios sobre el impacto del descubrimiento de América giran alrededor de tres temas principales: «los efectos estimulantes del metal precioso, del comercio y de las oportunidades».

La era de los descubrimientos, que culmina en el siglo XVI, condujo al nacimiento de los primeros imperios mundiales de la historia. Esto no sólo ofreció a los estados europeos nuevas fuentes de conflicto «más allá de los tradicionales límites de Europa, las columnas de Hércules», sino que también tuvo importantes consecuencias sobre la relación entre las autoridades seculares y la Iglesia. El Vaticano había proclamado siempre tener autoridad universal, no obstante, sus Sagradas escrituras no evidenciaban ningún conocimiento del Nuevo Mudo que ni siquiera se mencionaba en ellas. En estas circunstancias, el descubrimiento de millones de seres humanos que vivían sin los beneficios del cristianismo constituía para la Iglesia una oportunidad incomparable de ampliar su influencia. Pero en la práctica la situación era mucho más compleja. Para empezar, el descubrimiento coincidió con la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, y en Roma las autoridades religiosas estaban mucho más preocupadas por esta última que por las posibilidades que ofrecía el Nuevo Mundo (aunque también es cierto que los debates que tuvieron lugar en Europa en este periodo pudieron haberse visto afectados por el traslado de muchos de sus mejores evangelistas al otro lado del Atlántico; el Concilio de Trento, por ejemplo, apenas discutió lo que ocurría en América). Pero en cualquier caso, la presencia misma de misioneros en los nuevos territorios dependía del respaldo de los poderes seculares. En particular, la posición de la corona española era ideal para dirigir el ritmo y la forma de la evangelización, más aún cuando había logrado que sus exploraciones contaran con la autorización papal, conocida con el nombre de patronato Se ha sugerido incluso que el poder absoluto de los reyes de España en las Indias contribuyó a impulsar el aumento de las tendencias absolutistas en la metrópoli. De forma similar, en Inglaterra, Richard Hakluyt pensaba que la colonización tenía la virtud de «dar salida» a aquellos individuos más propensos a la sedición. «Pero si las tendencias autoritarias del Estado de los siglos XVI y XVII pudieron haber animado a los descontentos a emigrar, como contrapartida su emigración pudo haber alentado la tendencia al autoritarismo en sus países de origen. … Era de suponer que se pondría menos entusiasmo en la lucha por conseguir mejores oportunidades y por la defensa de sus derechos si esto podía conseguirse a menor precio por medio de la emigración al otro lado del océano.»

John Elliott confirma que el centro de gravedad del Sacro Imperio Romano cambió de forma decisiva en la década de 1540 y principios de la de 1550, cuando se desplazó de Alemania y los Países Bajos a la península Ibérica. «Este cambio simbolizaba el eclipse del antiguo mundo financiero de Amberes y Augsburgo, que se veía reemplazado por un nuevo vínculo financiero que enlazaba a Génova con Sevilla y con las minas de plata de América.» Para la segunda mitad del siglo XVI (pero no antes) es legítimo hablar de una economía atlántica.

No es sorprendente que las conquistas españolas despertaran la envidia de Francia e Inglaterra. La plata proveniente de Perú fue la primera en llamar la atención de las potencias rivales, y estos suministros eran más vulnerables en el istmo de Panamá. Otra idea fue tomar a España «por el camino de las Indias», una estrategia protestante que confirma que los políticos estaban empezando a adquirir una perspectiva global, algo que evidencia que la importancia del poder marítimo resultaba cada vez más clara. En términos políticos, el Nuevo Mundo también desempeñó un papel relevante en el desarrollo del nacionalismo europeo. Dado que el centro de la civilización se había desplazado a la península Ibérica, los españoles sentían, como quizá fuera natural, que ellos eran ahora «la raza elegida». Sin embargo, hacia mediados del siglo XVI su imagen internacional se vio gravemente dañada por la publicación de dos libros que darían origen a lo que se conocería como la «leyenda negra»: la Breve relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de Las Casas, publicada originalmente en España en 1552, que era un sincero intento de reclamar para los indígenas una humanidad que por lo general se les había estado negando, y la Historia del Nuevo Mundo de Girolamo Benzoni, publicada en Venecia en 1565. Ambas obras se tradujeron con rapidez al francés, al holandés, al alemán y al inglés, y los hugonotes, los holandeses y los ingleses se apresuraron a mostrarse horrorizados por el comportamiento de los españoles. Tras leer sobre la leyenda negra, Montaigne dio voz a lo que otros también sentían: «¡Tantas ciudades arrasadas, tantas naciones exterminadas, tantos millones de pueblos pasados a cuchillo y la parte más rica y más hermosa del mundo trastocada por el negocio de las perlas y de la pimienta!»La destrucción de veinte millones de indígenas sería desde entonces usada como prueba de la crueldad «innata» de los españoles. Ésta fue, anota John Elliott, la primera ocasión, al menos en la historia europea, en la que el historial colonial de una potencia imperial se usaba en su contra.

Con todo, durante más de un siglo después del descubrimiento de América, no hubo un verdadero progreso intelectual en lo que respecta a la asimilación del Nuevo Mundo dentro de los esquemas mentales europeos. Para empezar, ¿cómo se explicaba la existencia de América? Por ejemplo, como hemos señalado antes, los nuevos territorios no aparecían mencionados en las Escrituras. ¿Era posible acaso que fuera una especie de creación especial, que hubiera emergido tarde del Diluvio, o que, en cambio, hubiera padecido su propio diluvio, uno diferente, posterior al que había afectado a Europa y del que sólo hasta ahora se estaba recuperando? ¿Por qué era el clima del Nuevo Mundo tan diferente del europeo? Los Grandes Lagos, por ejemplo, se encontraban a la misma latitud que Europa, pero sus aguas se congelaban durante medio año. ¿Por qué tantas partes del Nuevo Mundo estaban cubiertas de ciénagas y pantanos, por qué eran tan densos sus bosques y sus suelos tan húmedos para la agricultura? ¿Por qué razón sus animales eran tan diferentes? ¿Por qué era su gente tan primitiva? ¿Por qué, en particular, era su piel cobriza y no blanca o negra? Y, quizá la pregunta más importante de todas, ¿de dónde habían salido estos salvajes? ¿Eran acaso descendientes de las tribus perdidas de Israel? El rabino Manasseh Israel de Amsterdam creía que lo eran, y veía «pruebas concluyentes» de ello en las similitudes entre los templos peruanos y las sinagogas judías. Para algunos, la extensión con que se practicaba la circuncisión en el Nuevo Mundo era un hecho que respaldaba esta teoría. Otra alternativa era que se tratara de descendientes de chinos perdidos, que habían navegado a la deriva y atravesado el Pacífico, o incluso que fueran descendientes directos de Noé, el más grande de todos los navegantes. Más allá de estas hipótesis, señala Henry Commager, la teoría que gozaba de más aceptación era también la que mejor se adecuaba al sentido común, a saber, que los indígenas americanos eran descendientes de tártaros que habían viajado desde la península de Kamchatka, en Rusia, hasta Alaska y que luego habían recorrido navegando la costa oeste del continente antes de difundirse por él.

La cuestión de si América era parte de Asia o un continente completamente independiente quedó resuelta a principios de la década de 1730. En 1727 el zar ruso había encargado a Vitus Bering que determinara si Siberia se extendía hasta América, y éste había informado que el mar separaba a los dos continentes, pero la ausencia de mayores detalles en su informe y su parecido con los relatos que circulaban entre los habitantes de la costa rusa hizo que se dudara de la veracidad de sus afirmaciones, lo que propició un debate que ha continuado hasta nuestros días. Los habitantes de la península de Kamchatka, en Siberia, sabían que había tierra no muy lejos en el horizonte gracias a muchos restos de maderas que el mar había arrastrado hasta las orillas de la isla Karginsk, donde la madera era de una especie de abeto que no crecía en Kamchatka. En 1728, Bering transfirió su misión a otro comandante y fueron dos de sus hombres, Iván Fedorov y Mijail Grozdev, quienes finalmente descubrieron Alaska en 1732.

No obstante, mientras esta cuestión quedaba resuelta de manera inequívoca, las discusiones sobre el propósito y significado de América continuaban proliferando. La idea original según la cual el Nuevo Mundo era un El Dorado, repleto de metales preciosos, con ríos mágicos y siete ciudades encantadas, nunca se materializó. Para algunos, América era una especie de error y su principal característica era el retraso. «No os maravilléis de la escasa población de América», escribió Francis Bacon, «ni de la rudeza e ignorancia de su gente. Pues debéis entender a los habitantes de América como un pueblo joven, mil años más joven, por lo menos, que el resto del mundo.» El conde de Buffon, por su parte, sostuvo que América había surgido del Diluvio después de los demás continentes, lo que explicaba la abundancia de suelos pantanosos y húmedos, la exuberancia de su vegetación y la densidad de sus bosques. Nada podía allí florecer, afirmó, y los animales estaban «atrofiados» tanto física como mentalmente, «pues la Naturaleza ha tratado a América menos como una madre que como una madrastra, y ha desposeído [a los nativos americanos] del sentimiento amoroso y el deseo de multiplicarse. El salvaje es débil y sus órganos reproductivos son pequeños … Su cuerpo es mucho menos fuerte que el de los europeos. Es mucho menos sensible y, sin embargo, más miedoso y cobarde». Peter Kalm, un profesor sueco, pensaba que había demasiados gusanos como para que las plantas crecieran de manera adecuada, lo que hacía que en América los robles fueran enclenques, al igual que «las casas construidas con ellos». Incluso Immanuel Kant pensaba que la civilización estaba más allá del alcance de los indígenas americanos.

Otros manifestaron su opinión que América se encontraba en unas condiciones tan malas que no estaba preparada para entrar a formar parte de la corriente dominante de la historia ni para ser cristianizada o civilizada, y que la sífilis era un castigo del cielo por su descubrimiento «prematuro» y la enorme crueldad con que los españoles se habían conducido durante la conquista. El búfalo era el resultado de un cruce infructuoso y absurdo entre rinoceronte, vaca y cabra. «En toda América, desde el cabo de Hornos hasta la bahía de Hudson», escribió el abbé Corneille de Pauw en la Encyclopédie, «no ha aparecido nunca un filósofo, un artista o un hombre de ciencia.»

Hoy leemos esto y nos parece inevitable sonreír. Ya que la cuestión es, como ha señalado el historiador estadounidense Henry Steele Commager, que en muchos sentidos América fue la que en realidad materializó la Ilustración que Europa apenas podía imaginar. Pues «América también tenía sus filósofos, si bien para pocos de ellos la filosofía o incluso la ciencia eran actividades a las que pudieran dedicarse a tiempo completo. La mayor parte del tiempo estaban ocupados en cuestiones agrícolas, médicas, jurídicas o religiosas. Y, lo que es bastante más importante, carecían de las cortes, las catedrales, las academias, las universidades y las bibliotecas que brindaban a la filosofía del Viejo Mundo una enorme proporción del patrocinio y sustento de la que dependía. Los americanos tenían confianza en la razón y la ciencia (cuando era útil) y eran muchos los que habían estudiado en Europa. No obstante, la versión del viejo continente que traían consigo a su regreso era selectiva, pues entre lo que allí habían visto encontraban más cosas dignas de censura que de aprobación, y ello tendría importantes consecuencias».

Y las tuvo. En Norteamérica, los colonos no tardaron en crear su propia Ilustración, una adaptada con cuidado y sensatez a sus propias circunstancias. No había allí, por ejemplo, estamento religioso ni puritanismo y mucho menos el celo contrarreformista católico. El pensamiento americano fue originalmente secular y práctico. En Filadelfia la Sociedad Filosófica Americana (creada en 1743 según el modelo de la Royal Society de Londres) estuvo presidida por el deísta Benjamin Franklin desde 1769 hasta la muerte de éste en 1790. Filadelfia, el «santo experimento» de William Penn, pronto se había convertido en la «capital intelectual» de América, contaba con una biblioteca pública (la Library Company, fundada en la década de 1730), un colegio que se convirtió luego en una universidad, un hospital, un jardín botánico y un par de museos (John Adams se refirió a ella como «la glándula pineal» de la América británica). En este sentido, Filadelfia era en sus inicios una ciudad tan distinguida como, digamos, Edimburgo. Vivían allí el reverendo David Muhlenberg, un botánico que había identificado y clasificado más de mil especies de plantas; Thomas Godfrey, un matemático y astrónomo que había diseñado un nuevo cuadrante, y su hijo Thomas, que escribió y puso en escena El príncipe de Partía, la primera obra dramática del Nuevo Mundo. Filadelfia fue la sede de la primera facultad de medicina de las colonias, creada por tres personajes formados en Edimburgo: John Morgan, Edward Shippen y Benjamin Rush. La ciudad también fue naturalmente un centro para los artistas de la época, como Benjamin West, Matthew Pratt, quien pintó a la alta burguesía cuáquera, y Henry Bembridge. Fue en Filadelfia que Charles Williams Peale fundó la primera Academia de Bellas Artes, y era ella la ciudad a la que se dirigían y en la que se establecían los emigrantes más distinguidos provenientes del Viejo Mundo, como Tom Paine y Joseph Priestley.

Por encima de todo esto, destaca el genio dominante de Benjamin Franklin. Magnífico creador de proverbios («el tiempo perdido no se recupera»), «su particular mérito fue haber estado donde había que estar … Estuvo en el Congreso de Albany de 1754, donde esbozó un plan que anunciaba la confederación norteamericana definitiva; estuvo en la Casa de los Comunes defendiendo la distinción norteamericana entre regulación externa e impuestos internos; estuvo en Carpenter’s Hall para ayudar a Jefferson con el borrador de la Declaración de Independencia; y estuvo también en el comité que redactó los Artículos de la Confederación para la nueva nación. Estuvo en la corte de Luis XVI para solicitar el apoyo de Francia y en las negociaciones de paz que reconocieron la independencia americana. Y estuvo, finalmente, en la Convención Federal que preparó la constitución de la nueva nación». Y esto es sólo una parte de lo que hizo. Habiendo pasado catorce arios en Inglaterra y ocho en Francia, Franklin puede ser considerado uno de los principales elementos de los movimientos ilustrados de América, Gran Bretaña y Francia, a los que contribuyó con sus muchos talentos: impresor, periodista, científico, político, diplomático, educador e incluso autor de «la mejor de las autobiografías».

Benjamin Rush, el sucesor de Franklin en Filadelfia, era un hombre de apenas menos dotes y con casi igual número de intereses. Graduado por la Universidad de Edimburgo y la de Londres y discípulo de John Locke, fue mucho más que un médico, al igual que Franklin fue mucho más que un político y un reformador social? De regreso a América, fue nombrado profesor de química del nuevo Colegio de Filadelfia, pero aun así tuvo tiempo para estudiar varias enfermedades entre los indígenas y participar en la campaña contra la esclavitud. Creó el primer dispensario y realizó vacunaciones contra el sarampión. Se dice que fue él quien sugirió a Tom Paine el título El sentido común para su popular panfleto de 1776 a favor de la independencia de Gran Bretaña. Tras firmar la Declaración de Independencia se alistó de inmediato en el ejército.

Joel Barlow, de Connecticut, era un egresado de Yale que, pese a ser un párroco, tuvo una temprana idea de la evolución. Sin embargo, alcanzó más fama como «naturalista cultural», «el primer poeta de la república». Durante veinte arios se entregó a la creación de una epopeya americana digna de Homero y Virgilio, y terminó componiendo un poema de seis mil versos titulado The Vision of Columbus (1787, La visión de Colón), en el que repasaba «la melancólica historia del Viejo Mundo y la comparaba con las gloriosas perspectivas del Nuevo … Byron, bien fuera por admiración o por burla, lo apodó el Homero americano». Barlow, que cuando no escribía poesía era un especulador con mucho éxito, vivió una temporada en París, tiempo durante el cual su salón fue muy célebre (Tom Paine y Mary Wollstonecraft se encontraban entre los que lo visitaban con regularidad). Cuando Paine fue encarcelado, Barlow se aseguró de que el manuscrito de La edad de la razón fuera publicado. Al igual que él, Manasseh Cutler también era párroco y, al igual que Benjamin Rush, algo más que un doctor: en su caso, un abogado, un diplomático y un geógrafo. Apasionado partidario de la vacunación, fue además el primer estudioso que empezó a explorar de forma sistemática guacas indígenas. «Desde su parroquia partió el primer grupo de intrépidos inmigrantes que con sus ministros, sus biblias y sus mosquetes iniciaron la colonización de los territorios al norte del río Ohio, nuevos peregrinos en camino a un Nuevo Mundo.»

Joseph Priestley emigró al otro lado del Atlántico en búsqueda de mayor libertad política en 1794, a la edad de sesenta y un años. Aunque se le ofreció una cátedra en la Universidad de Pensilvania y otra en la de Virginia, prefirió establecerse en la frontera de Pensilvania, en una granja con vista al río Susquehanna. Desilusionado con el Viejo Mundo, en una etapa Priestley había considerado la idea de fundar una Utopía en América con sus amigos Shelley, Southey y Coleridge. Y aunque esto nunca llegó a materializarse, sí consiguió terminar su monumental General History of the Christian Church (Historia general de la Iglesia cristiana), obra que dedicó a Jefferson y en la que comparaba las enseñanzas de Jesús y Sócrates.

Thomas Paine tuvo tres carreras, una en Inglaterra, otra en América y una más en Francia. Aunque no era precisamente un hombre fácil, y tampoco fácil de clasificar, su talento y su pasión (e incluso su fanatismo) fueron siempre reconocidos y trabó amistades con personajes distinguidos por dondequiera que fue: Franklin en América, Priestley en Inglaterra, Condorcet en Francia. Paine era un auténtico radical, al que nada le gustaba más que causar problemas, pero al mismo tiempo un escritor brillante, con un talento especial para presentar de forma simple cuestiones complejas. «Rebosaba de aforismos en la misma medida en que Mozart rebosaba de melodías.» Quizá porque no era un hombre especialmente bien educado, consiguió simplificar las principales ideas de la Ilustración y llegar a un público muy amplio. Afirmaba que las leyes de la naturaleza que regulaban «el gran mecanismo y estructura del universo» implicaban unos derechos naturales. La lógica que sustentaba este argumento lo llevó a ser partidario de la revolución, y de hecho, debió de sentirse satisfecho al haber podido ser testigo de revoluciones en dos de los tres países en los que vivió.

A diferencia de muchos philosophes, Paine no era un académico ni un esteta, y su preocupación primordial era el progreso práctico. Deseaba con urgencia el mejoramiento de las condiciones materiales de vida de quienes carecían de privilegios y una distribución más equitativa de los recursos. La segunda parte de Los derechos del hombre se subtitula «Principios y práctica combinados». Fue uno de los primeros críticos de la esclavitud y se sentía muy orgulloso de haber escrito el preámbulo de la ley de Pensilvania que prohibía la esclavitud en ese estado. En otros escritos, en particular en El sentido común (1776), que a pesar de «no ser profundo» vendió ciento veinte mil ejemplares, instó a la creación de impuestos sobre las herencias e impuestos progresivos sobre los ingresos para financiar programas de asistencia social. Propuso además que se concedieran bonificaciones a los jóvenes de manera que pudieran empezar con buen pie su vida matrimonial. Promovió la educación gratuita de los hijos de las familias pobres, y las ayudas económicas y materiales para los desempleados. «Thomas Paine era una figura mundial pero era un producto de América. Fue en América donde encontró la misión de su vida. Fue a América a donde regresó tras haber sido rechazado tanto en Inglaterra como en Francia. América era también el lugar en el que se cifraban sus esperanzas. Por todo el Viejo Mundo “la antigüedad y los malos hábitos” apoyaban la tiranía … América era el único sitio del mundo político en el que los principios de una reforma universal podían empezar a hacerse realidad.»

Todos estos hombres eran individuos extraordinarios y América podía considerarse afortunada por haberlos tenido en su suelo. Con el tiempo, como veremos, ellos consiguieron reunir las mejores ideas de la Ilustración para crear, en la constitución norteamericana, una nueva forma de vida en común que demostraría ser muy efectiva al probar de forma convincente que la libertad, la igualdad y la prosperidad están estrechamente relacionadas y se apoyan mutuamente. Con todo, su primera tarea fue, paralelamente a la creación de la primera universidad, los primeros hospitales y las primeras incursiones en el ámbito de la investigación académica, cambiar algunas de las opiniones negativas  o erradas que muchos europeos condescendientes tenían de la vida en el nuevo continente. Retrospectivamente, la forma en que América había progresado en sus primeros arios había superado todas las expectativas.

El mismo Thomas Jefferson fue uno de los más fervientes y apasionados defensores de América. Por ejemplo, en oposición a la idea de que en el Nuevo Mundo la naturaleza era estéril y escuálida, señaló que Pensilvania era «un verdadero jardín del Edén, con arroyos en los que pululaban los peces y praderas en las que cantan centenares de aves». ¿Cómo podía decirse que el suelo del Nuevo Mundo no era fértil cuando «toda Europa se dirige a nosotros en búsqueda de maíz, tabaco y arroz, y cualquier americano come mejor que la mayoría de los nobles de Europa»? ¿Cómo podía decirse que el clima de América era debilitante cuando las estadísticas demostraban que llovía mucho más en Londres y París que en Boston y Filadelfia?

En 1780 a un joven diplomático francés, el marqués de Barbé-Marbois, se le ocurrió la idea de recabar la opinión de varios gobernadores de estados americanos y les remitió una serie de preguntas sobre la organización y los recursos de sus respectivas comunidades. La respuesta de Jefferson fue la más detallada, la más elocuente y, de lejos, la más famosa: Notas sobre el estado de Virginia. Es posible que hoy el libro nos parezca algo surrealista, pero los asuntos que tocaba eran en su momento cuestiones por las que había un profundo interés. Jefferson se enfrentó directamente con Buffon y los escépticos europeos. Comparó las tasas de trabajo de europeos y americanos, tal y como aparecían en las estadísticas actuariales, algo en lo que los americanos salían claramente favorecidos. Buffon había afirmado que el Nuevo Mundo no tenía nada que pudiera compararse al «señorío del elefante», al «poderoso hipopótamo», al león o al tigre. Esto eran tonterías, dijo Jefferson, que mencionó a propósito a la Gran Garra o Megalonyx. «¿Qué podemos pensar de una criatura con garras de veinte centímetros cuando las del león no alcanzan los cuatro y medio?». Ya hacia 1776 se habían encontrado suficientes fósiles de mamut para sostener que había sido una especie nativa del Nuevo Mundo y que se trataba de un animal que con facilidad era «cinco o seis veces» más grande que un elefante. Jefferson y sus colegas americanos encontraron otra comparación provechosa en los niveles de población. En las áreas rurales de Europa, advirtieron, el número de nacimientos era mayor que el de fallecimientos; no por mucho, pero en cualquier caso suficiente para mantener la población estable. En las ciudades, sin embargo, la situación era mucho más sombría: las cifras mostraban un claro descenso. Sólo en Londres había cinco muertes por cada cuatro nacimientos, y la ciudad apenas había aumentado su población en unas dos mil personas durante la primera mitad del siglo, y ello gracias a inmigrantes procedentes del campo. Tanto en Inglaterra como en Francia uno de cada seis niños no vivía más allá de su primer cumpleaños, y en algunos lugares la situación era aún peor: en Breslau, por ejemplo, el 42 por 100 de los niños morían antes de cumplir los cinco años. Por su parte, al otro lado del Atlántico, «entre los negros al igual que entre los blancos», y desde el norte hasta el sur, la población estaba aumentando. En los primeros años del siglo XVIII, había en las colonias inglesas unas doscientas cincuenta mil almas. Para la época en que la agitación y el deseo de independencia empezaron a manifestarse, la población había aumentado a más de un millón y medio. La inmigración sólo explicaba parte de este incremento. El primer censo americano, realizado en 1790 (una década antes de que los británicos emprendieran un intento similar) hablaba ya de casi cuatro millones de habitantes, aunque estadísticamente la población era muy diferente de la europea. «Mientras en Londres, París, Amsterdam y Berlín cada matrimonio tenía por término medio cuatro hijos, en América la cifra estaba cerca de los seis y medio. En Inglaterra había un nacimiento por cada veintiséis habitantes, en América había uno por cada veinte.» Las cifras de muertes eran aún más elocuentes: en aquellos días, la vida media tenía en Europa una duración de treinta y dos años, y en América de cuarenta y cinco.

El mismo Jefferson encarnaba la réplica de América a Europa. Dentro de ese cuerpo se encontraba el alma que había importado a Virginia el estilo de Palladio y construido en Monticello el que Gary Wills considera el edificio más hermoso de América. Jefferson había adoptado las nuevas teorías económicas de Adam Smith, había experimentado con granos y plantas (la agricultura, sostuvo, era «una ciencia de primerísimo orden») y, además de haberse dedicado a forjar un nuevo país libre de los vicios del Viejo Mundo, había encontrado tiempo suficiente para aprender griego y latín. Al menos en términos intelectuales, Jefferson había mostrado el camino en su intento de domar el mundo salvaje. Realizó experimentos de cultivo con repollo y pataca, con todo tipo de nueces, con higos y arroz, con morera y corcho y olivos. «Se pasó noches observando a los lombardos hacer queso para poder introducir el proceso en América … e intentó, en vano, domesticar al ruiseñor.» Llevó a cabo observaciones astronómicas y fue uno de los primeros que advirtió las enormes ventajas que tendría la construcción de un canal a través de Panamá.

El inquebrantable y práctico optimismo de los primeros americanos tuvo con frecuencia más éxitos que fracasos, lo que contribuyó a crear a nivel nacional una disposición, un carácter y una actitud hacia la vida que los estadounidenses han conservado hasta nuestros días. Había sólo un área en la que los norteamericanos no se sentían especialmente seguros de sí mismos: su relación con los indios. Buffon y algunos otros philosophes franceses (situados a más de cinco mil quinientos kilómetros de distancia) consideraban que los indios americanos eran una raza degenerada. Intentad luchar con ellos, respondió Jefferson. «Y cantaréis otra canción.» El prócer aludía a la retórica y la elocuencia de Logan, jefe de los mingoes, para subrayar que la mente india, al igual que sus cuerpos, estaba tan bien adaptada a sus circunstancias como la de los europeos. No obstante, si Logan y sus hermanos indios habían sido bendecidos con todas las cualidades que Jefferson mencionaba, y si, como éste decía, el jefe indio tenía todas las virtudes de Demóstenes y Cicerón, ¿qué derecho tenían los americanos blancos a matarlos en tales cantidades y, además, a apropiarse de sus tierras? Las opiniones de los americanos al respecto variaron enormemente. Tras el argumento original de los conquistadores españoles según el cual los indígenas no eran completamente humanos y, por tanto, eran incapaces de responder de forma adecuada al llamado de la fe, habían surgido la concepción ilustrada, que los veía como seres primitivos, y la romántica, que subrayaba su nobleza; y aunque con el tiempo surgiría una visión más realista, encarnada en las obras de Fenimore Cooper (1789-1851), para entonces el daño ya estaba hecho.

Con todo, fue en el ámbito de la política que el genio y la energía de los primeros americanos se manifestó en su mejor forma. También en este aspecto la comparación con el Viejo Mundo permite aclarar de qué estaban huyendo los americanos, pues en su mayoría las prácticas políticas europeas de la época reflejaban un viejo conjunto de ideas, actualmente desacreditadas.

Inglaterra era un país tan malo como los demás, y sus estadísticas políticas eran vergonzosas. Su población en aquella época era aproximadamente de nueve millones de habitantes, pero de todos ellos apenas unos doscientos mil tenían derecho al voto. Esta minoría, un 2,2 por 100 de la población, ocupaba todos los cargos importantes del gobierno, el ejército, la marina, la Iglesia, los tribunales y la administración colonial. Excepto en Escocia, sólo los miembros de esta clase privilegiada podían ingresar en las universidades, donde se esperaba que todos se ordenaran. En otros lugares, la situación era un poco mejor. En muchos países ésta era la época del absolutismo, en el que las monarquías gobernaban sin necesidad de tener que consultar a los parlamentos o a los estados. En Francia, gobernada por un rey, los grados de oficial en el ejército estaban reservados exclusivamente a aquellos que podían demostrar cuatro generaciones de antepasados nobles. En muchos lugares de Europa, los cargos gubernamentales eran hereditarios, y en Inglaterra setenta escaños del Parlamento correspondían a circunscripciones que carecían de electores. «En Hungría sólo los nobles tenían derecho a ocupar los ministerios, colmaban los cargos en la Iglesia, el ejército y las universidades y, además, estaban exentos de impuestos.» En Alemania el margrave de Ansbach le disparó a un miembro de su partida de caza por haber osado contradecirlo, y asimismo el conde de Nassau-Diegen ejecutó a un campesino sólo para demostrar que podía salir impune. En Venecia, que contaba entonces con una población de unos ciento cincuenta mil habitantes, sólo tenían derecho a participar en el Gran Consejo mil doscientos nobles. En los Países Bajos (que habían prestado a la nueva república sustanciales sumas de dinero) había libertad de prensa, universidades gratuitas y un alto nivel de alfabetización y la brecha entre ricos y pobres no era tan notable. «Pero incluso así, Amsterdam todavía estaba gobernada por treinta y seis hombres que ocupaban cargos hereditarios y vitalicios».

Planteado de esta forma (y mi panorama debe mucho a la versión que Henry Steel Commager nos ofrece de los comienzos de Norteamérica), no resulta muy difícil entender por qué Franklin, Jefferson y demás querían ser diferentes. No obstante, también es importante anotar que, al mismo tiempo, Norteamérica contaba con algunas ventajas evidentes. Era un territorio sin monarquía, en el que no existía una Iglesia establecida y, por tanto, tampoco una jerarquía eclesiástica. Carecía de imperio, de sistema jurídico, de pompa y tradición. Y, naturalmente, la política se benefició de esta situación.

La naturaleza prístina de Norteamérica permitió, por ejemplo, que surgiera la democracia en las costas occidentales del Atlántico y, lo que es igualmente importante, que ésta fuera similar en las distintas comunidades. Los consejos de vecinos y los tribunales locales nacieron más o menos de la misma forma en todos los jóvenes estados, y más o menos al mismo ritmo se dio el paso hacia el sufragio masculino en Pensilvania, Virginia, Carolina del Norte, Vermont y Georgia. «De este mundo surgieron Benjamin Franklin y Charles Thomson en Pensilvania, Samuel Adams y Joseph Hawley en Massachusetts, Alexander McDougall y Aaron Burr en Nueva York, Patrick Henry y Edinund Pendleton en Virginia.» Como se ha señalado con frecuencia, en el Viejo Mundo estos hombres se habrían visto excluidos de la vida Política. Y un hecho significativo es que en América los Franklin y los Pendleton no se encontraban separados de sus electores, aislados en una ciudad capital o en una corte distante.

Con todo, también había inconvenientes. Todas las primeras constituciones establecían requisitos de tipo religioso para los votantes. Pensilvania, tan liberal en otros aspectos, en principio no tenía restricciones religiosas, pero luego exigió que todos los que detentaban cargos públicos fueran protestantes y juraran que creían en la inspiración divina tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En algunos lugares, los cargos parecían ser negocios familiares (Connecticut, Nueva York y el Sur), pero en cualquier caso la situación estaba muy lejos de las prácticas hereditarias europeas.

Los comienzos de Norteamérica pueden apreciarse con mayor claridad en la Convención que redactó el borrador de la constitución federal. Esta «asamblea de semidioses» (la expresión es de Jefferson) decidió, por primera vez en la historia, que todos los cargos públicos, todos, estarían abiertos a cualquier hombre. Incluso para el puesto de presidente —en el Nuevo Mundo el equivalente de un monarca europeo.— había únicamente dos requisitos: debía ser americano de nacimiento y mayor de treinta y cinco años. No había ninguna clase de requisitos de carácter religioso, otra decisión sin precedentes en la historia moderna. «América suponía una reivindicación de Platón: por primera vez en la historia los filósofos eran reyes.»

La velocidad a la que estos acontecimientos se desarrollaron fue en sí misma tan importante como su contenido y dirección. Las naciones de Europa habían tardado generaciones —siglos— en desarrollar identidades diferenciadas, pero en América había surgido una nueva nación con una profunda conciencia de sí misma y una identidad distintiva completamente desarrollada en una sola generación verdaderamente brillante. En palabras de Thomas Paine, «en Estados Unidos nuestra ciudadanía es nuestro carácter nacional … Nuestro gran título es el de americanos».

«No fue sólo que el nacionalismo norteamericano hubiera surgido con una rapidez sin precedentes en la historia, sino que constituía un nuevo tipo de nacionalismo. No lo había impuesto un conquistador o un monarca. No dependía de una Iglesia establecida en cuyos altares todos oraban de forma similar, o del poder de una clase dirigente. Su fortaleza no derivaba de la confrontación con un enemigo tradicional, sino del pueblo: era un acto de voluntad.» Tampoco debemos pasar por alto el hecho de que para muchos norteamericanos su nación se fundaba, consciente o inconscientemente, sobre su desprecio de las peores características del Viejo Mundo. No eran pocos los que se habían visto obligados a salir huyendo de Europa y su nueva nación no podía dejar de parecerles la más encantadora y satisfactoria. La gente era allí libre de un modo que en el Viejo Mundo era prácticamente inimaginable: libre de casarse con quien quisiera, libre de venerar al dios que prefiriera, libre de dedicarse al trabajo u oficio que deseara, libre de asistir al colegio o universidad que más le gustara y, por encima de todo ello, libre de decir lo que pensaba. En este sentido, la invención de los Estados Unidos fue un acto moral.

Dos factores contribuyeron a hacer más fácil todo este proceso. El primero fue la presencia de los indígenas, la «gente apaleada» según la expresión de W. H. Auden, lo que permitió a los recién llegados unirse en contra de un enemigo común y proporcionó a los norteamericanos un centro de atención imaginario.” El segundo factor fue el hecho de que, desde un punto de vista religioso, los disidentes y sectarios eran por primera vez la mayoría. Había representantes de las iglesias establecidas —la congregacional y la anglicana, por ejemplo— pero la mayoría de los norteamericanos eran personas que habían sido víctimas de la intolerancia religiosa y que no tenían ningún deseo de perpetuar el pecado.

Por último, no debemos olvidar la revolución estadounidense en sí misma y los procesos que condujeron a ella, un conjunto de acontecimientos que resultaron decisivos para la creación de un sentido nacional de destino común. Hombres de condiciones muy distintas lucharon hombro con hombro, sin mercenarios, y consiguieron vencer a un ejército del Viejo Mundo de dimensiones considerables. Ello proporcionó a los norteamericanos una serie de leyendas y héroes — Washington y Valley Forge, Nathan Hale y John Paul Jones— y asimismo los símbolos de la nueva nación: la bandera y el águila calva. (Hugh Brogan afirma que la bandera es una de las dos cosas sagradas en Estados Unidos, la otra es la Casa Blanca.)

Algo cercano a un gobierno colonial unido se había esbozado ya en 1754, en el Plan de Unión de Albany. En la década de 1760 el Congreso de la Ley de Timbre reunió a delegados de nueve colonias, varios de los cuales destacarían luego durante la revolución. Lo que significa que para la época del primer Congreso Continental (1774) muchos de los líderes norteamericanos ya se conocían. Esto resultaría fundamental para crear la unión antes de Yorktown. «Si no hubiera habido una unión efectiva antes, nunca habría habido un Yorktown… El nacionalismo americano fue una creación del pueblo mismo en un sentido que habría sido inconcebible en el Viejo Mundo, el resultado de un proceso de autoconciencia que se difundió de forma prácticamente espontánea. Fueron los hombres de la frontera y los granjeros, los pescadores y los leñadores, los abogados de las pequeñas ciudades (no se los diferenciaba, como ocurría en Inglaterra, de los letrados autorizados para intervenir ante los tribunales superiores), los clérigos de los pueblos (no había obispos) y los maestros de escuela rurales (no había catedráticos) quienes proporcionaron la urdimbre y la trama del nacionalismo.» En 1782, M. G. Jean de Crévecoeur, un francés naturalizado americano, afirmó que Estados Unidos había dado origen a «una nueva raza de hombres», y propuso la imagen del melting pot.

Sin contar con un monarca, una corte, una Iglesia establecida y siglos de «tradición», los padres fundadores de la nueva república, en su sabiduría, se confiaron a la ley. Como señala Henry Steel Commager, durante cuarenta años todos los presidentes de la nueva nación, todos los vicepresidentes y secretarios de Estado, con excepción de Washington, fueron abogados.

Eran abogados los que escribieron la Declaración de Independencia y fueron principalmente abogados quienes redactaron los borradores de las constituciones de los distintos estados y de los Estados Unidos. Esto tuvo un importante efecto en la literatura estado-unidense. En la Norteamérica revolucionaria no había poetas, dramaturgos o novelistas cuyas obras pudieran compararse con los escritos políticos de Jefferson, John Adams, James Madison, Tom Paine o James Wilson. La mentalidad de la nueva nación tenía en la política y el derecho sus elementos constitutivos. «Se deshicieron del derecho eclesiástico, del derecho administrativo e incluso de los tribunales de equidad y limitaron el alcance de la jurisprudencia, todo lo cual tenía un tufo a privilegio y corrupción propio del Viejo Mundo.» Fue esta actitud la que dio origen a la idea de la supremacía del poder judicial y del control judicial de la legalidad. Fue esta actitud la que dio origen a la separación de los poderes. Y la que dio origen a las facultades de derecho y a la abolición de la distinción entre los abogado comunes y los que podían pronunciarse ante los tribunales. Estados Unidos no hubiera llegado a ser el país que es sin la revolución puritana, las ideas de John Locke y de Montesquieu y el conocimiento de la Roma republicana, pero Tom Paine (el «visionario apático», en palabras de John Ferling) con seguridad estaba en lo cierto cuando anotó que «la situación y las circunstancias de América se asemejan a las del comienzo del mundo … Nos encontramos viendo el nacimiento de un gobierno, como si viviéramos el comienzo de los tiempos».

La palabra «tradición» siempre suena muy bien, en especial en el Viejo Mundo. Pero otra forma de pensar en ella es considerarla el principio por el cual los muertos gobiernan a los vivos y ése no era el estilo americano. Los primeros estadounidenses querían que su nuevo mundo fuera abierto y maleable y, por tanto, querían que la tradición ocupara el lugar que le correspondía. Ésta fue la razón por la que los padres fundadores previeron la posibilidad de someter la constitución a revisiones y enmiendas. (Si bien en la práctica esta facultad ha sido empleada de forma conservadora).

Acaso el aspecto más brillante y, al mismo tiempo, quizá el más frágil del sistema político y legal estadounidense fue el federalismo. La creación de una unión auténtica entre los trece estados, cada uno de los cuales afirmaba su propia independencia y soberanía, requirió esfuerzo. ¿Eran los nuevos Estados Unidos una confederación o una nación? La cuestión tendría que someterse a prueba en más de una ocasión, y de forma especialmente trágica en la guerra civil americana. Para abordar la cuestión, James Madison, el cuarto presidente del país y un hombre muy concienzudo, realizó un exhaustivo estudio de otras confederaciones, entre ellas las ligas italiana, helvética y hanseática, la confederación holandesa y la historia del Sacro Imperio Romano. Su conclusión fue que todos estos sistemas tenían el mismo defecto: eran demasiado débiles para protegerse tanto de una agresión extranjera como de las disensiones nacionales. Para Madison y sus colegas, el problema central fue siempre el de crear un gobierno federal que fuera lo suficientemente fuerte para proteger al país de un enemigo externo y, asimismo, para contener posibles disensiones internas. A la vez, sin embargo, era necesario que el gobierno no fuera demasiado fuerte como para amenazar la libertad de sus ciudadanos o impedir la prosperidad impulsada por los gobiernos locales.

La división del poder y la autoridad entre el gobierno federal y los distintos estados se consiguió con mucho éxito. No obstante, no ocurrió lo mismo en lo que respecta a las medidas que idearon para que el gobierno central pudiera insistir a los estados recalcitrantes que cumplieran con los términos de la división de poderes. La solución por la que los padres fundadores optaron (y que pese a haber sido puesta en peligro por la guerra civil, funcionó bastante bien en otras ocasiones) fue investir de total autoridad al pueblo de Estados Unidos. En un acto soberano, repartieron el poder entre los estados y la nación de la forma que juzgaron adecuada; y se consideró que los conflictos entre éstos y aquélla debían resolverse por la ley y no por la fuerza. Y propusieron una «bonita» distinción: «La fuerza no debía usarse en contra de un estado o nación sino sólo contra los individuos que violaran la ley». Este equilibrio de poder entre los estados y la nación fue probablemente el aspecto más brillante de la constitución estadounidense, el concepto de dominio federal ponía límites al gobierno en una época en que el absolutismo era la regla en Europa. Pero un segundo logro trascendental, vinculado de cerca con el equilibrio de poderes, fue la Declaración de Derechos. Había precedentes para ello, por supuesto, en particular en Inglaterra: la Magna Carta, que se remontaba a 1215, la Petición de Derechos de 1628 y la inmortal Declaración de Derechos de 1689 Y en 1641 Massachusetts había introducido un «Repertorio de Libertades» inspirado también en la Magna Carta. Sin embargo, la Declaración de Derechos estadounidense, que recoge las diez primeras enmiendas a la Constitución, fue un logro de una magnitud completamente diferente. En Inglaterra los derechos nunca fueron «inalienables» y no era extraño que la Corona o el Parlamento los anularan o pasaran por alto. He aquí las diferencias esenciales entre la Magna Carta y la Declaración de Derechos. La Magna Carta garantizaba el respeto al debido proceso y prohibía los castigos crueles e inusuales, así como las multas y fianzas excesivas; posteriormente, se prohibieron los ejércitos permanentes que no contaran con el consentimiento del Parlamento, se declaró ilegal cualquier interferencia en las elecciones libres y se dio al Parlamento el control del erario público. La Constitución de Estados Unidos y su Declaración de Derechos garantizaban la libertad de culto, la libertad de expresión, la libertad de prensa y de asociación y muchas otras libertades. Cinco estados prohibían la autoinculpación; seis afirmaban específicamente la supremacía de lo civil sobre lo militar. Carolina del Norte y Maryland prohibían la creación de monopolios, a los que se consideraba «odiosos y contrarios al espíritu del gobierno libre». Delaware prohibió el tráfico de esclavos, y pronto otros estados siguieron su ejemplo, y el recién creado estado de Vermont abolió la esclavitud por completo. Jefferson había insistido en que la Declaración de Independencia recogiera la expresión «búsqueda de la felicidad», y el sentimiento que encarnaban esas palabras influyó profundamente en las libertades estadounidenses.

El reverendo Richard Price, que seguía desde Londres estos acontecimientos escribió que «el último paso en el progreso humano se dará en América». Casi acierta. Sin embargo, sería Francia la que se beneficiaría de forma más inmediata del genio americano. La Declaración de los Derechos del Hombre de agosto de 1789 fue en gran medida obra de La Fayette, Mirabeau y Jean-Joseph Mounier, «pero en términos filosóficos era heredera de la Declaración de Derechos americana». (Lafayette estuvo consultando en secreto a Jefferson de forma constante durante la estancia de éste en París, y su «búsqueda de la felicidad» se convertiría en la recherche du bien-être del francés). En muchos aspectos la Déclaration francesa fue aún más allá de la versión estadounidense. Abolió la esclavitud, eliminó los derechos de primogenitura, acabó con las distinciones honorarias y los privilegios del clero y concedió derechos civiles a los judíos. Garantizó la atención a los pobres y ancianos y la educación pública.

Y fue un francés el que pronunció el primer veredicto sobre este «último paso en el progreso humano», veredicto que, en muchos sentidos, continúa siendo el más meditado y menos partidista. Alexis de Tocqueville nació en París el 11 de termidor del año XIII del calendario revolucionario francés o, lo que es lo mismo, el 29 de julio de 1805. Hijo de un conde normando, Tocqueville se convirtió en magistrado, se interesó profundamente por la reforma de las prisiones y buscó hacerse una carrera en el mundo de la política. Sin embargo, debido a los vínculos de su padre con la depuesta monarquía borbónica, Alexis consideró que era conveniente realizar un viaje por América con su amigo y colega Gustave de Beaumont. El supuesto motivo de su visita era estudiar los regímenes penitenciarios del Nuevo Mundo, pero su viaje fue mucho más amplio y a su regreso ambos escribieron libros sobre América.

Permanecieron en Estados Unidos durante un ario y estuvieron en Nueva York, Boston, Buffalo, Canadá y Filadelfia. Recorrieron la frontera, siguiendo el Mississippi hasta Nueva Orleans, y luego visitaron el Sur antes de dirigirse a Washington. En su camino recogieron ejemplos de las diferentes Américas y de los americanos. En Boston se alojaron en el hotel Tremont, el primer gran hotel de lujo de Estados Unidos, en el que cada habitación tenía un salón privado y a cada huésped se le proporcionaba un par de zapatillas mientras se le embetunaban sus botas. «Aquí imperan el lujo y el refinamiento» escribió Tocqueville. «Casi todas las mujeres hablan bien francés, y todos los hombres con los que nos hemos encontrado hasta ahora han estado en Europa.» Esto representaba un cambio, decía, frente a la «apestosa» arrogancia de los estadounidenses en Nueva York, donde habían estado en una pensión en la «elegante» avenida Broadway y habían descubierto «cierta tosquedad en las maneras» de la gente, que era capaz de escupir mientras mantenía una conversación.

En un principio, y hasta que llegaron a la frontera, los viajeros se sintieron desilusionados por la ausencia de árboles en el país y por los indígenas, a quienes describen como pequeños, de brazos y piernas delgados y «embrutecidos por nuestros vinos y licores». Visitaron Sing Sing, una prisión a orillas del Hudson, conocieron a John Quincy Adams, Sam Houston (el fundador de Texas, quien subió con su semental a la embarcación que los transportaba por el Mississippi), y fueron recibidos por la Sociedad Filosófica Americana (a la que Beaumont encontró aburrida). A medida que avanzaban, y pese a que las comodidades no mejoraban notablemente (uno de los barcos de vapor en el que recorrieron el río Ohio golpeó una roca y se hundió), la admiración de Tocqueville por el país aumentaba y al regresar a Francia decidió escribir un libro sobre la que en su opinión era la característica más importante que distinguía a Norteamérica: la democracia. Su libro apareció en dos partes, la primera en 1835, que se concentraba en las cuestiones políticas, y la segunda en 1840, en la que añadía sus pensamientos y observaciones sobre lo que podríamos denominar los efectos sociológicos de la democracia. Esta última era más sombría que la primera, ya que en ella Tocqueville planteaba el que, consideraba, era el principal inconveniente de la democracia: el riesgo de que volviera mediocres las mentes de los hombres, lo que en última instancia perjudicaría a su libertad.

Pero en prácticamente todos los demás aspectos la obra demostraba una gran admiración por el espíritu democrático y la estructura de Norteamérica. Para Tocqueville, los estadounidenses formaban una sociedad en la que las clases eran muy diferentes de las europeas, y en la que incluso los vendedores ordinarios no tenían la «mala forma» de la clase baja francesa. «Se trata de gente comercial», escribió en algún momento a su amigo Beaumont. «Toda la sociedad parece haberse amalgamado en una clase media.» Ambos quedaron impresionados por los avances realizados respecto a la posición de la mujer en la sociedad, el trabajo duro, las buenas costumbres en general y la ausencia de ejército. Y los impresionó aún más el tenaz individualismo de los pequeños terratenientes, a quienes consideraban los americanos más típicos.’ «Los estadounidenses no son más virtuosos que otros pueblos», escribió Tocqueville, «pero están infinitamente más ilustrados (me refiero a las grandes masas) que cualquier otro pueblo que yo conozca…» En La democracia en América, Tocqueville elogió muchísimo la estabilidad del sistema estadounidense (aunque advirtió sobre el peligro de albergar expectativas muy altas), al que comparó con el francés y, hasta cierto punto, el británico (también había estado en Gran Bretaña). Atribuía esto al hecho de que el estadounidense común estaba más involucrado que sus homólogos europeos en (a) la sociedad política, (b) la sociedad civil y (c) la sociedad religiosa, así como a que los Estados Unidos funcionaran de un modo que parecía casi directamente opuesto al de Europa: «La organización de las comunidades locales precedió a la del condado, la del condado a la del estado, y la del estado a la de la unión». Tocqueville admiraba enormemente el papel que desempeñaban los tribunales en Estados Unidos, donde tenían prioridad sobre los políticos, y el hecho de que la prensa, pese a no ser menos «violenta» que la francesa, gozara de total libertad: a nadie se le ocurría siquiera pensar en censurar lo que allí se decía. A pesar de ello, no dejó de advertir los problemas del país y, por ejemplo, pensaba que la cuestión de la raza no tenía solución. En el mundo antiguo, la esclavitud era consecuencia de la conquista, pero en América, en cambio, el problema era la raza y Tocqueville pensaba que éste era un callejón sin salida. Una de sus conclusiones era que las democracias tendían a elegir líderes mediocres, lo que con el tiempo se convertiría en un obstáculo para el progreso. Por otro lado, pensaba que las mayorías tendían a ser demasiado intolerantes con las minorías. Encontraba ejemplos en el hecho de que las leyes contra las bancarrotas no hubieran sido aprobadas porque eran muchísimos los que temían verse afectados por ellas, y también en lo relativo al licor, pese a que el vínculo entre consumo de alcohol y crimen resultaba evidente incluso entonces.

En el ámbito de las ideas puras, opinaba que las democracias conseguirían mayores progresos en el campo de las ciencias prácticas que en las teóricas, y quedó muy impresionado por la arquitectura de Washington, y en particular por el esplendor de una ciudad que, a fin de cuentas, «no era más grande que Pontoise». Esperaba que la poesía floreciera en el país debido a la exuberancia de la naturaleza. Además, le agradó descubrir que en los Estados Unidos las familias tenían vínculos más estrechos que en Europa y que eran más independientes, y se mostró fervientemente partidario de la tendencia que privilegiaba los matrimonios basados en el amor y el afecto antes que en consideraciones económicas o dinásticas.

A pesar de sus salvedades, la admiración de Tocqueville por Estados Unidos y su obsesión por la igualdad (parte de la trinidad de la Revolución Francesa) recorren todo el texto y la publicación del libro gozó de una gran acogida. En Francia, ganó el premio Montyon, dotado con doce mil francos, y en Gran Bretaña, J. S. Mill lo describió como «la primera gran obra de filosofía política dedicada a la democracia moderna». Desde entonces otros libros han intentado emular el logro de Tocqueville, cuya obra se convirtió en una especie de clásico. Ahora bien, desde cierto punto de vista, tales libros son en realidad irrelevantes, pese a lo apasionantes que también puedan ser. El veredicto más contundente sobre Estados Unidos corresponde al enorme número de inmigrantes que abandonaron sus países para buscar la libertad y prosperidad allí. Y aún hoy se sigue pronunciando ese veredicto.

 

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