LA EXPERIENCIA DE LA PRESENCIA DE DIOS. (Máximas y consejos).

MÁXIMAS ESPIRITUALES

Prácticas necesarias para adquirir la vida espiritual

De qué modo hay que adorar a Dios en espíritu y en verdad

Sobre la unión del alma con Dios

Sobre la presencia de Dios

Medios para adquirir la presencia de Dios

Provechos de la presencia de Dios

Por. Francesc Gutiérrez

MÁXIMAS ESPIRITUALES

Todo le resulta posible a aquel que cree, y más aún a aquel que espera, y más aún a aquel que ama, y más aún a aquel que en estas tres virtudes practica y persevera. Todos aquellos que están bautizados, y que creen como es menester, han dado ya el primer paso en el camino de perfección, y se irán perfeccionando mientras perseveren en la práctica de las máximas siguientes:

1. Considerar siempre a Dios y su gloria en todo cuanto hagamos, digamos y emprendamos; que el fin que pretendemos sea ser los más perfectos adoradores de Dios en esta vida, lo mismo que esperamos serlo durante toda la duración de la eternidad; tomar la firme resolución de superar, con la gracia de Dios, todas las dificultades que se encuentran en la vida espiritual.

2. Cuando emprendemos la vida espiritual, hay que considerar a fondo quién somos, y nos encontraremos dignos de todo desprecio, indignos del nombre de cristianos, sujetos a toda clase de miserias y a una infinidad de accidentes que nos turban y nos hacen inestables en nuestra salud y nuestros humores, en nuestra disposición interior y exterior, en una palabra, personas a quienes Dios quiere humillar con una infinidad de penas y trabajos, tanto en el interior como en el exterior.

3. Hay que creer sin duda que nos resulta ventajoso, y agradable a Dios, el sacrificarnos a Él, que es habitual en su divina Providencia el abandonarnos a toda clase de estados, sufriendo toda clase de penas, miserias y tentaciones por amor a Dios, tanto tiempo como le plazca, puesto que, sin esa sumisión de corazón y mente a la voluntad de Dios, la devoción y la perfección no pueden subsistir.

4. Un alma es tanto más dependiente de la gracia cuanto a más alta perfección aspira, y la ayuda de Dios le es tanto más necesaria a cada momento cuanto que sin ella nada puede; mundo, naturaleza1 y demonio le hacen todos a una la guerra de modo tan intenso y continuado que, sin aquel socorro actual2 y aquella humilde y necesaria dependencia, la arrastrarían a su pesar; eso a la naturaleza le parece duro, pero en ello la gracia se reposa y se complace.

Prácticas necesarias para adquirir la vida espiritual

CONSEJO ESPIRITUAL

1. La práctica más santa, más común y necesaria en la vida espiritual es la presencia de Dios: es tomar gusto y costumbre en su divina compañía, hablando humildemente y conversando amorosamente con Él en todo momento, en toda ocasión, sin regla ni medida, sobre todo en el momento de tentaciones, de penas, arideces y hastíos, e incluso de infidelidades y pecados.

2. Hay que aplicarse de continuo a que indiferentemente todos nuestros actos sean una especie de pequeñas conversaciones con Dios, pero sin que sean algo estudiado, sino tal como vienen de la pureza y sencillez del corazón.

3. Todos nuestros actos debemos hacerlos con mesura y gravedad, sin ímpetu ni precipitación, que indican una mente extraviada; hay que trabajar dulce, tranquila y amorosamente con Dios, rogarle que acepte nuestro trabajo, y, por medio de esa atención continuada a Dios, le romperemos la cabeza al diablo y lo desarmaremos.

4. Durante nuestro trabajo y otras obras, e incluso mientras leemos y escribimos, aunque sea sobre temas espirituales, y diré más: durante nuestras devociones exteriores y oraciones vocales, debemos parar un momentito, incluso lo más a menudo que podamos, para adorar a Dios en el fondo de nuestro corazón, saborearlo aunque sea de pasada y como a hurtadillas. Puesto que no ignoras que Dios está presente ante ti durante tus acciones, y que está en el fondo y en el centro de tu alma, ¿por qué no detener entonces, al menos de cuando en cuando, tus ocupaciones exteriores, e incluso tus oraciones vocales, para adorarlo interiormente, alabarlo, pedirle, ofrecerle tu corazón y darle gracias?

¿Qué cosa puede haber que sea más agradable a Dios que abandonar de este modo una y mil veces al día todas las criaturas para retirarse y adorarlo en nuestro interior, aparte de que eso, además, es destruir el amor propio3, que no puede subsistir más que entre las criaturas, de las que esos regresos interiores nos liberan imperceptiblemente?

Por último, no podemos dar a Dios mayores muestras de nuestra fidelidad que, una y mil veces, renunciar y despreciar a la criatura para gozar un momento del Creador.

 Con ello no pretendo obligarte a dejar para siempre lo exterior, eso no es posible; pero la prudencia, que es la madre de las virtudes, debe servirte de regla: sí digo, sin embargo, que es un error corriente entre las personas espirituales el no dejar de cuando en cuando el exterior para adorar a Dios en el interior de sí mismas y para gozar en paz un ratito de su divina presencia. Esta digresión ha sido larga, pero he pensado que el asunto requería toda esta explicación. Volvamos a nuestras prácticas.

5.Todas estas adoraciones deben hacerse por medio de la fe, creyendo que verdaderamente Dios está en nuestros corazones, que hay que adorarlo, amarlo, servirlo en espíritu y en verdad, que ve todo lo que pasa y pasará en nosotros y en todas las criaturas, que es independiente de todo y de quien dependen todas las criaturas; infinito en toda clase de perfecciones, que por su excelencia infinita y su sumo dominio merece todo cuanto somos, y todo cuanto está en el cielo y la tierra, de lo cual puede disponer como más le plazca en el tiempo y en la eternidad; Le debemos por justicia todos nuestros pensamientos, palabras y acciones. Miremos a ver si lo hacemos.

6.Hay que examinar cuidadosamente cuáles son las virtudes que nos son más necesarias, las que son más difíciles de adquirir, los pecados en los que caemos a menudo y las ocasiones más frecuentes e inevitables de nuestras caídas; debemos recurrir a Dios con una confianza total en el momento del combate, permanecer firmes en la presencia de su divina Majestad, adorarlo humildemente, describirle nuestras miserias y flaquezas, pedirle amorosamente la ayuda de su gracia, y encontraremos con ello en Él todas las virtudes sin tener ninguna.

De qué modo hay que adorar a Dios en espíritu y en verdad

ESPIRITU ANGELICO

 A esto hay que responder tres cosas. Y digo:

1.Que adorar a Dios en espíritu y en verdad quiere decir adorar a Dios como tenemos que adorarlo; Dios es espíritu, y por lo tanto hay que adorarlo en espíritu y en verdad, es decir, mediante una humilde y verdadera adoración de espíritu en el fondo y centro de nuestra alma. Nadie más que Dios puede ver esa adoración, que podemos reiterar tan a menudo que al final se nos hará como natural, y como si Dios fuese uno con nuestra alma y nuestra alma fuese una con Dios: la práctica permite verlo.

2. Adorar a Dios en verdad es reconocerlo como lo que Él es y reconocernos como lo que somos; adorar a Dios en verdad es reconocer verdaderamente, actualmente4 y en espíritu que Dios es lo que Él es, es decir, infinitamente perfecto, infinitamente digno de adoración, infinitamente alejado del mal, y así sucesivamente con todos los atributos divinos; ¿qué hombre habrá, por poco juicio que tenga, que no emplee todas sus fuerzas en ofrecer todos sus respetos y adoraciones a ese gran Dios?

3. Adorar a Dios en verdad es además reconocer que somos totalmente contrarios a Él, y que Él quiere realmente hacernos semejantes a Él si nosotros queremos; ¿quién será tan imprudente de apartarse, siquiera un momento, del respeto, el amor, el servicio y las continuas adoraciones que le debemos?

Sobre la unión del alma con Dios

PRESENCIA DE DIOS

 Hay tres clases de unión, la primera, habitual; la segunda, virtual, y la tercera, actual.5

1. La unión habitual es cuando se está unido a Dios solamente por gracia.

2. La unión virtual es cuando, al comenzar una acción por medio de la cual nos unimos a Dios, permanecemos unidos a Él por la virtud de esa acción tanto tiempo como ésta dure.

3. La unión actual es la más perfecta y, pese a ser totalmente espiritual, hace sentir su movimiento porque el alma no se encuentra dormida como ocurre en las otras uniones, sino que se encuentra fuertemente excitada, y su operación es más viva que la del fuego, y más luminosa que un sol no obscurecido por nube alguna. De todos modos, no vayamos a engañarnos en cuanto a este sentir, que no se trata de una simple expresión del corazón como sería decir: «Dios mío, te amo con todo mi corazón» u otras palabras semejantes6, sino que es un no sé qué del alma, algo dulce, apacible, espiritual, respetuoso, humilde, amoroso y muy simple que la lleva y la empuja a amar a Dios, a adorarlo, a abrazarlo incluso con actos de ternura que no se pueden expresar y que sólo la experiencia nos puede hacer concebir.

4. Todos aquellos que aspiran a la unión divina deben saber que todo aquello que puede regocijar a la voluntad le resulta a ésta en efecto agradable y delicioso, o que ella así lo considera.7

Es preciso que todo el mundo reconozca que Dios es incomprensible, y que, para unirse a Él, hay que privar a la voluntad de toda clase de gustos y placeres espirituales y corporales, a fin de que, estando así desprendida, pueda amar a Dios por encima de todas las cosas; porque si de alguna manera la voluntad puede comprender a Dios, esa manera sólo puede ser mediante el amor. Hay mucha diferencia entre los gustos y sentimientos de la voluntad por una parte y las operaciones de la misma voluntad por otra, puesto que los gustos y sentimientos de la voluntad tienen su término en el alma, mientras que la operación de la voluntad, que es propiamente el amor, tiene por último término a Dios.

Sobre la presencia de Dios

1. La presencia de Dios es una aplicación de nuestra mente a Dios, o un recuerdo de Dios presente, que puede hacerse mediante la imaginación o mediante el entendimiento.

2. Conozco una persona que desde hace cuarenta años practica una presencia de Dios intelectual, a la que él da otros nombres8. A veces la llama acto simple, o conocimiento claro y distinto de Dios, a veces vista confusa o mirada general y amorosa en Dios, recuerdo de Dios; otras veces, la llama atención a Dios, conversación muda con Dios, confianza en Dios, la vida y paz del alma; finalmente, esta persona me ha dicho que todas estas maneras de presencia de Dios no son más que sinónimos que significan tan sólo una cosa, cosa que en la actualidad le es natural; he aquí cómo es esto:

3. Dice que a fuerza de actos, y haciendo que su mente se centre a menudo en la presencia de Dios, hasta tal punto se ha formado el hábito, que tan pronto como queda libre de sus ocupaciones exteriores, e incluso a menudo cuando está totalmente inmerso en ellas, lo más elevado de su mente, o la parte suprema de su alma, se eleva9 sin ninguna necesidad de apremio por su parte, y permanece como suspendida y fijamente detenida en Dios, por encima de toda cosa, como centro suyo y lugar de reposo; puesto que siente casi siempre su mente en esa suspensión acompañada de la fe, eso le basta; y es eso lo que esta persona llama presencia actual de Dios, que comprende todas las demás clases de presencia y mucho más, de suerte que vive ahora como si no hubiese más que Dios y ella en el mundo, habla en todas partes con Dios, le pide lo que necesita, y se regocija sin cesar de mil y una maneras con Él.

4. Es oportuno, sin embargo, saber que esta conversación con Dios se efectúa en el fondo y centro del alma; allí es donde el alma habla con Dios de corazón a corazón, y siempre en una gran y profunda paz de la que goza el alma en Dios; todo cuanto sucede en el exterior no es para el alma más que llamarada fugaz, que se va extinguiendo ya tan pronto como se enciende, y casi nunca alcanza, o muy poco, a turbar su paz interior.

5. Volviendo a nuestra presencia de Dios, diré que esa mirada de Dios dulce y amoroso enciende imperceptiblemente un fuego divino en el alma, que la inflama de amor a Dios tan ardientemente que se ve uno obligado a hacer diversas cosas en el exterior para moderarlo.

6. Incluso sorprendería a muchos saber qué dice a veces el alma a Dios, que parece complacerse en ese conversar tanto que todo se lo permite con tal que ella quiera permanecer siempre con Él y en su fondo; y, como si temiese que ella regresase a la criatura, cuida de procurarle todo cuanto pueda desear, de suerte que ella suele encontrar dentro de sí una vianda sabrosísima y que su paladar encuentra extremadamente deliciosa, pese a que nunca la haya deseado ni conseguido de ninguna manera, y sin que ni siquiera haya puesto de su parte más que el mero consentimiento.

7. La presencia de Dios, por tanto, es la vida y alimento del alma, que se puede adquirir con la gracia del Señor; he aquí por qué medios:

Medios para adquirir la presencia de Dios

1. El primer medio es una gran pureza de vida.

2. El segundo, una gran fidelidad a la práctica de esa presencia y a la mirada interior de Dios en uno mismo, que debe efectuarse siempre dulce, humilde y amorosamente, sin dejarse llevar por ninguna turbación ni inquietud.

3. Hay que tener particular cuidado en que esa mirada interior, aunque sea por un momento, preceda tus actos exteriores, que los acompañe de cuando en cuando y que terminen todos con ella. Adquirir esta práctica necesita tiempo y mucho trabajo, por eso no hay que desanimarse si no lo conseguimos, puesto que ese hábito sólo se consigue con esfuerzo; pero, una vez se haya adquirido, todo se llevará a cabo con gusto.

Es justo que el corazón, que es el primer viviente, y que prevalece sobre los otros miembros del cuerpo, sea el primero y el último en amar y adorar a Dios, al comenzar o terminar nuestras acciones espirituales y corporales, y generalmente en todos los actos de la vida; y es por ahí [por el corazón] por donde debemos cuidar de producir esa miradita interior, cosa que, como he dicho, hay que hacer sin esfuerzo ni estudio, para hacerlo más fácil.

4. No estará de más, en el caso de los que empiezan esta práctica, formular interiormente unas pocas palabras, como: «Dios mío, me entrego a Ti», «Dios de amor, te amo con todo mi corazón»10«, Señor, haz que yo sea según es tu corazón”11, o alguna otra frase que el amor produzca sobre la marcha. Pero deben cuidar de que su mente no se extravíe, que no regrese a lo creado, y deben mantenerla unida a Dios solamente, para que, viéndose así presionada y forzada por la voluntad, se vea obligada a permanecer con Dios.

5. Esta presencia de Dios, que resulta algo penosa al comienzo, practicada con fidelidad opera secretamente en el alma unos efectos maravillosos, atrae a ella en abundancia las gracias del Señor y la conduce imperceptiblemente a esa mirada simple, a ese amoroso ver a Dios presente en todas partes, que es el más santo, sólido, fácil y eficaz modo de oración.

6. Te ruego que adviertas que, para llegar a ese estado, se da por supuesta la mortificación de los sentidos12, porque es imposible que un alma que todavía se complace en cierta medida en lo creado pueda gozar totalmente de esa presencia divina; puesto que, para estar con Dios, hay que dejar totalmente lo creado.

Provechos de la presencia de Dios

1.El primer provecho que el alma recibe de la presencia de Dios es que la fe es entonces más viva y activa en todos los momentos de nuestra vida, particularmente en nuestros momentos de necesidad (puesto que nos consigue gracias fácilmente en nuestras tentaciones) y en el trato inevitable que tenemos con las criaturas; porque el alma que con este ejercicio está habituada a la práctica de la fe ve siente presente a Dios con un simple recuerdo, invoca fácilmente, eficazmente, y obtiene lo que necesita. Puede decirse que tiene en eso algo que se acerca al estado de los bienaventurados; cuanto más avanza, más viva se hace su fe, y por último se hace tan penetrante que uno casi podría decir: «ya no creo, sino que veo y experimento».

2. La práctica de la presencia de Dios nos fortifica en la esperanza; nuestra esperanza crece en la misma proporción que nuestros conocimientos; a medida que nuestra fe penetra con este santo ejercicio los secretos de la divinidad, a medida que descubre en Dios una belleza que supera infinitamente no sólo la de los cuerpos que vemos en la tierra, sino la de las almas más perfectas y la de los ángeles, nuestra esperanza crece y se fortifica, y la magnitud de ese bien del que quiere gozar, y que saborea ya en cierto modo, la tranquiliza y la sostiene.

3. [La práctica de la presencia de Dios] Inspira a la voluntad un desprecio por las criaturas y la inflama con un amor sagrado, porque, al estar siempre con Dios, que es un fuego que consume, reduce a polvo todo cuanto pueda serle opuesto, y esa alma así inflamada ya no puede vivir más que en presencia de su Dios, presencia que produce en su corazón un santo ardor, una sagrada presura y un deseo violento de ver a ese Dios amado, conocido, servido y adorado por todas las criaturas.

4. Mediante la presencia de Dios y mediante esa mirada interior, el alma se familiariza con Dios de tal manera que pasa casi toda la vida en actos continuos de amor, de adoración, de contrición, de confianza, d acción de gracias, de ofrenda, de petición, de todas las virtudes más excelentes; y a veces incluso ya no es otra cosa que un solo acto que nunca pasa, porque el alma permanece siempre en el ejercicio continuado de es divina presencia.

 Sé que se encuentran pocas personas que lleguen a ese grado, que es una gracia con la que Dios favorece tan sólo a algunas almas escogidas, puesto que a fin de cuentas esa mirada simple es un don de su mano generosa; pero diré, para consuelo de los que quieren abrazar esta santa práctica, que Él suele darla a las almas dispuestas a ella y que, si no la da, al menos, con ayuda de sus gracias corrientes, se puede adquirir mediante la práctica de la presencia de Dios un modo y estado de oración que se acerca mucho a esa mirada simple.

APUNTES A PIE DE PÁGINA

1. La «naturaleza» es en sentido general el estado «natural» del hombre caído (opuesto al de la presencia de Dios), y más específicamente, aquí, el conjunto de instintos, impulsos y tendencias del alma sensible, que tienden a la subsistencia de ese estado «natural» del hombre. Formando aquí tríada con el «mundo» y el «demonio», ocupa el lugar que suele ocupar la «carne», el cuerpo mortal del hombre como origen de las pasiones, que son exteriorizantes, opuesto al espíritu, que es interiorizante. [Todas las notas, así como las aclaraciones entre corchetes son del traductor].

2. Ver nota 4.

3. «Amor propio» significa aquí egoidad —no egoísmo—, la «voluntad propia», considerada independiente de la de Dios, que mantiene separado de Dios al hombre y le impide «regresar» a Él. Ver pág. 17, 3; 22, 4 y la nota 7.

4. Es decir, no sólo potencial o virtualmente. «Actual» tiene el sentido de «efectivo», opuesto a «potencial», e incluso a «virtual» en una gradación triple: «potencial» (aquí: «habitual») / «virtual» / «actual», como veremos en el apartado que sigue: «Sobre la Unión del alma con Dios». En el terreno simplemente religioso —no de vida propiamente espiritual como la monástica—, la pareja de términos «actual» y «habitual» se usan en otro sentido, distinto y a veces casi inverso.

5. Ver nota 4.

6. Este tipo de formulaciones son sólo una especie de concentración introductoria para facilitar la actitud debida, como se ve en las pp. 2526 (punto 4).

7. La expresión es tautológica, probablemente debido a una laguna en la transcripción de las palabras de Fray Lorenzo. El sentido, como comprobaremos, es que la práctica de la vida espiritual exige el discernimiento entre las tendencias de la voluntad (que son sus gustos y sentimientos, egoicos por naturaleza, o no orientados por la conciencia de Dios) y la verdadera función de la voluntad: orientar y reconducir a Dios todas las potencias del alma.

8. Esa persona es el propio Fray Lorenzo. Se encuentra una expresión análoga en Santa Teresa.

9. Recordemos que el «elevamiento», o «elevación», es la ferviente oración interior, del corazón, con suspensión de los sentidos.

10. Ver «Sobre la unión del alma con Dios», 3. nota 6.

11. Como aquí, el verdadero sentido del culto al Corazón de Jesús, antes de ser meramente el culto popular de carácter sentimental que es hoy, era originalmente el de la presencia divina en el corazón universal y en el corazón del hombre, «imagen de Dios». Para un estudio de su simbolismo y su «latente» dimensión operativa, ver Jean Hani, «El culto al Sagrado Corazón», capítulo de Mitos, Ritos y Símbolos, José J. de Olañeta, Editor, 1999.

12. La mortificación de los sentidos no supone la práctica de «penitencias», ni nada parecido. En otros lugares (como en la segunda conversación y al final de In tercera), Fray Lorenzo relativiza el papel de las penitencias y «ejercicios particulares», dice que no son necesarios y afirma incluso que son un escollo. La necesaria «mortificación de los sentidos» de que habla aquí supone simplemente suprimir el contacto con los objetos de esos mismos sentidos, entendiendo por ello que lo que hay que suprimir es el apego a las criaturas para favorecer el «apego» a Dios. No el contacto con lo que no causa apego ni se ha buscado. No se trata de una actitud sentimental de búsqueda del sufrimiento, sino de una austeridad sana e inteligente.

←LA FE EN LAS CIENCIAS OCULTAS.