La Edad Media

LA EDAD MEDIA

4-1-los Doce Pates

Historia de Carlomagno y de los Doce Pares de Francia (Sevilla. 1525) Biblioteca Nacional. Madrid.

El advenimiento del Cristianismo no significó una ruptura total con la cultura grecolatina. La Iglesia procuró, a lo largo de la Edad Media, conservar lo clásico, y en esta obra se distinguió tanto en la copia de manuscritos antiguos como en la introducción de su estudio en los centros especializados. Al margen de ello, los pueblos europeos fueron perfilando las características nacionales que les son propias, y en la misma medida fueron desarrollando su lengua y su literatura, Los escritores, tanto de las lenguas que derivaban del latín (denominadas «romances»), como de las que no procedían de aquel tronco común, fueron dando fe, en cuanto debían su formación a las escuelas eclesiásticas, de esa pervivencia de lo clásico, expresada en la conservación de recursos, formas y temas antiguos.

 

La persistencia de los conceptos antiguos se refleja también en las cortes de los reyes y de los nobles, que competían en el afán de reclutar a los más encumbrados cerebros de la época. El primero y más importante de los núcleos culturales de la Edad Media se reúne en torno al emperador de los francos Carlomagno, quien, empeñado en restaurar la idea del Imperio, dio impulso a un movimiento que aspiraba a revivir la tradición clásica. El sentido universalista de este empeño se expresa en la circunstancia de que fueran llamados a integrarlo eruditos y literatos de distintos países, de entre los cuales el inglés Alcuino fue el más representativo (735).

Los tiempos imprimían matices distintos a los viejos conceptos. Así se puso de manifiesto en el cultivo de la epopeya, género que se apartó de la mitología y de la historia lejana y se usó para narrar las hazañas bélicas de los antepasados más próximos. A partir de los siglos XI y XII, el intercambio poético entre las naciones se intensificó debido a la empresa común de las Cruzadas y al intenso tráfico en las rutas de peregrinación a los grandes santuarios de la Cristiandad. Los temas épicos pasaron de boca en boca y de país a país, determinando influencias recíprocas; por ello resulta tarea vaga y difícil establecer su paternidad, y en la mayoría de los casos se han debido considerar como de autor anónimo.

Los cantos épicos

Cuatro son los poemas épicos que, por su magnitud y trascendencia, destacan por encima de los demás: en Alemania, Los Nibelungos; en Inglaterra, el Beowulfo; en Francia, el Cantar de Roldán; en España, el Cantar del Mío Cid.

La saga o leyenda de Los Nibelungos deriva de formas tradicionales muy antiguas, recogidas por los juglares, y su primera recopilación coherente data de mediados del siglo XII. La figura de Sigfrido da unidad al tema, que es un canto al heroísmo, al deber de la venganza y al fatalismo mítico que se entronca con el nebuloso pasado pagano. El poema se inicia con la victoria de Sigfrido sobre los enanos Nibelungos, celadores de un fabuloso tesoro. La muerte del héroe en manos de Hagen transforma a su prometida, la dulce Crimilda, en una hembra feroz y sanguinaria, que lleva su deseo de venganza hasta el extremo de unirse en matrimonio al rey de los hunos, Atila, con la condición de que éste extermine a los asesinos de su amado. Una gran matanza, en la que fallece la propia Crimilda, es el trágico fin del banquete de bodas.

El Beowulfo, compuesto hacia el año 800 en lengua anglosajona, relata la vida, hecha leyenda, de un famoso rey danés de aquel nombre, que en el siglo VI luchó contra los francos. Beowulfo vence al monstruo Grendel y salva a su pueblo exterminando a un segundo ser que le ocasiona la muerte. Como en el poema anterior, los elementos míticos y los episodios maravillosos dejan paso a momentos en que los personajes se manifiestan con sincera humanidad. Pero a pesar de este realismo, el Beowulfo no alcanza el frescor de la epopeya clásica.

De los cantares de gesta franceses, escritos para ser cantados, el que mantiene mayor fama es el Cantar de Roldán. Fue compuesto a finales del siglo XI por un juglar, al parecer normando, y narra uno de los trágicos episodios en la historia bélica de Francia. La retaguardia del ejército de Carlomagno, sorprendida en una celada por montañeses vascos, fue aniquilada en el desfiladero de Roncesvalles, a su regreso de una expedición contra los moros por tierras españolas (778). El poeta justifica lo que podía ser un error táctico como una traición, llevada a cabo por el caballero francés Ganelón. Este, celoso de su hijastro Roldán, induce a los sarracenos a que tiendan una emboscada a la expedición. El joven y valeroso Roldán, llevado por su orgullo, no pide auxilio hasta momentos antes de su muerte. Junto a él, cuando empuña el cuerno de plata para avisar al grueso del ejército, yace la flor y nata de la Caballería francesa. Carlomagno sólo encontrará los cadáveres de sus fieles servidores. Lleno de furor, el emperador francés se interna de nuevo en España y castiga a Ganelón y al sarraceno enemigo, el rey moro de Zaragoza.

A pesar de estas variantes introducidas en los hechos reales (el cambio de sarracenos por vascos y la ulterior venganza de Carlomagno, que no se produjo), el poeta sacrifica toda fantasía para ajustarse a un relato sobrio, escueto, y a veces patéticamente realista. Con verso noble y austero describe a los personajes con rasgos precisos, y en general la acción es tan ruda como rudos son sus protagonistas. Pocas notas sentimentales se encuentran en este poema de hombres de armas. Una de ellas, y de las más sobrecogedoras, es la que relata la muerte repentina de Alda, la prometida de Roldán, que cae como fulminada por el rayo en cuanto se entera de la trágica noticia.

Queda, por último, el Cantar del Mío Cid, el primer documento que se ha conservado de la poesía épica castellana. Según Menéndez Pidal, pudo haberlo escrito un juglar morisco de Medinaceli en 1140, es decir, unos cincuenta años después de la muerte del protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar. El manuscrito más antiguo que se conserva es de 1907, y lleva la firma del copista, Per Abbat.

El poema, tal como ha llegado hasta nosotros, se refiere a un período de gran intensidad dramática en la vida del Cid. Comienza con el destierro de Castilla por orden del rey Alfonso VI, y sigue relatando la toma de Valencia, la reconciliación con el rey, la boda de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, la afrenta que éstos les infligen, y finalmente el castigo de los infames.

Por sus caracteres realistas, el Mío Cid se acerca a los cantares de gesta franceses. Como aquéllos tiene la virtud de conjugar la parte de leyenda con la historia sin sacrificar el verismo del relato. El poeta era hombre que conocía las tierras donde transcurre la acción, y los personajes no se hallan tan alejados de su memoria como para falsearlos básicamente en su descripción. Su concisión histórica es notable, y asimismo impresiona por la fuerza que sabe imprimir a la figura del Cid, a quien convierte en arquetipo nacional de heroísmo y lealtad.

Otros cantares de gesta se han conservado, y algunos de ellos se han podido reconstruir a base de los fragmentos prosificados de crónicas posteriores. Recordemos Los infantes de Lara, poema épico castellano del siglo XII, que se refiere a las atroces luchas entre dos familias enemigas. El asesinato de los siete infantes es finalmente vengado por su hermanastro morisco.

En Francia existieron otros poemas, además de los pertenecientes al ciclo de Carlomagno (toda una serie de composiciones que en su conjunto trazaban como una historia poética del Emperador: Berta la de los pies grandes, La peregrinación de Carlomagno, la misma Canción de Roldán, y otras muchas), que se incluyen en el ciclo de Guillermo de Orange, conde de Tolosa, en el de Doon de Mayence, y otros.

Citemos, finalmente, la segunda gran epopeya germánica, el llamado Poema de Kudrun (S. XIII), cuyo origen ha de buscarse en las sagas o leyendas nórdicas.

El Romancero

4-2-Carlomagno

Carlomagno (estatuilla del S.IX) Museo Carnavalet. París.

A partir del siglo XIV, la materia de los cantares de gesta se prolonga en España en los romances, composición épico-lírica que, si bien guarda relación con las «baladas» inglesas y otras formas medievales, adquiere un sello peculiar tanto en territorio español como en las provincias de Ultramar. El continuo recitar de los juglares va fragmentando aquellos poemas, a cuyos pasajes más emotivos se añaden notas sentimentales y heroicas, destinadas a entusiasmar al público. Estos romances ayudaron a conservar y a engrandecer la leyenda de figuras como Bernardo del Carpio, el rey Pedro el Cruel, el conde Fernán González, etc. Por los temas de que tratan, los romances se dividen en históricos, cuando se refieren a personajes concretos, fronterizos, cuando narran los choques armados entre moros y cristianos, y caballerescos, con temas que proceden de la epopeya francesa.

 

Poemas caballerescos

El paso del tiempo trajo consigo una evolución y un refinamiento en las formas literarias, y ello se manifiesta en la transformación del canto que ensalza la gesta de un pueblo o de un personaje convertido en héroe representativo de una raza, en el poema caballeresco, que narra con preferencia la proeza individual del caballero. Un ambiente por demás fantástico rodea al protagonista, que se pone en camino para deshacer entuertos, combatir seres maléficos o ganar el favor de su dama. Esta aparición de la mujer como elemento esencial de la trama es una de las notas que caracterizan al poema caballeresco. Aparece el amor cortés, que encontrará en la poseía provenzal su primera y máxima expresión.

Otra nota remarcable la constituye el hecho de que tales poemas fueran escritos para ser leídos y no para ser recitados o cantados. La acción del juglar, que destacaba episodios, que exageraba pasiones, que transformaba el poema según su interpretación personal y según el’ público que lo escuchaba, dejó de influir sobre la pervivencia de las obras. Estas narraciones versificadas en lengua vulgar reciben ahora el nombre de romans.

La literatura caballeresca tuvo su cuna en Bretaña y en las provincias anglonormandas, y desde allí se expandió por toda la Europa occidental. Uno de sus grandes temas es el que hace referencia a la Tabla Redonda y a los caballeros del rey Artús (Sir Galahad, Lanzarote…), que se reunían en torno a ella con la garantía de saber que, por su forma, no podían producirse cuestiones de preeminencia.

Otro asunto que fue objeto de diferentes versiones se relaciona con la búsqueda del Santo Graal, el vaso o la copa en que Cristo celebró la última Cena e instituyó la Eucaristía. Un hálito místico envuelve los episodios, cargados de simbolismos. Este tema se centra en torno a Parsifal o Perceval.

La humanísima historia de amor de Tristán e Iseo apareció por primera vez en una de las canciones, o lais, que María de Francia compuso en el siglo XII. Esta singular autora vivía en Inglaterra y extrajo de la literatura céltica los temas para sus breves y exquisitos poemas. El lais de Tristán conoció una enorme popularidad, pero no en la forma en que lo compuso María, sino en las refundiciones de poetas posteriores. En las literaturas escandinavas, germánicas, italiana, francesa, castellana y catalana aparece la historia de este amor más fuerte que la vida.

Chrétien de Troyes (1135-1190), a quien puede otorgársele ya la calificación de novelista, recogió los temas de la época caballeresca en distintas de sus obras, y fue realmente quien los revistió de mayor brillantez. Su primer roman es Guillermo de Inglaterra, un entramado de grandiosas aventuras, rematado por un final feliz. En Lancelot o el caballero de la carreta narra la historia de un caballero que, por amor a la reina Ginebra, se presta a las más dolorosas humillaciones, y a la vez acomete las más heroicas empresas. Compuso, además, un Tristán. Pero la máxima elaboración de Chrétien de Troyes es Perceval el

Galo, en el cual el simbolismo místico-religioso se mezcla con la realidad, en una conjunción de maravillosa calidad literaria.

La novela caballeresca se difundió por toda la Europa medieval y se impuso como moda que habría de continuarse en el siglo XV con el género de los llamados «libros de caballería». En todas las literaturas occidentales de este período se encuentran alusiones a la «materia de Bretaña», nombre con que se distinguía a los asuntos caballerescos. En muchos casos, la trama, transformada y recargada según la tradición cultural del país, recogía temas dispares y los intrincaba de  tal modo que terminaba por resultar un verdadero galimatías. Era un culto a la fantasía, del que en buena muestra El caballero Cifar. La acción de esta novela se sitúa en la India y resulta una confluencia de distintos motivos. Fue escrita a principios del siglo XIV y es atribuida al arcediano de Madrid, Fernarnez.

En Alemania tradujeron del ciclo bretón Wolfram va bach (1170-1220), que enriqueció el Parsifal con elementos nuevos y acentos personales ; Godofredo de Estrasburgo, autor de la más hermosa versión sobre el Tristán, y Conrado de Wurzburgo, que recogió la Ieyenda de Lohengrin y El caballero del Cisne.

Otros romans

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Crónica del muy esforzado caballero el Cid Ruy Díaz Campeador (Sevilla, 1525) Biblioteca Nacional. Madrid.

Las peripecias novelescas que deparaba el mundo clásico antiguo habían de llamar la atención del escritor medieval en su búsqueda de temas que satisficieran los gustos de la época.

 

Así encontramos, contemporáneamente e incluso antes de la aparición de la «materia de Bretaña», los romans antiques (como el de Alejandro, el de Tebas, el de Eneas y el de Troya), en los cuales las concepciones caballerescas se combinan con los temas clásicos.

Los héroes de Lucano, de Virgilio y de Hornero se convierten en caballeros franceses que reaccionan con mentalidad medieval.

Las Cruzadas también dieron amplio motivo para los romans. El francés Villehardouin narra, a finales del siglo XII, los incidentes de la IV Cruzada en su Conquista de Constantinopla. En España, a finales del XIII, se tradujo del francés La gran conquista de Ultramar, que si bien en principio ha de catalogarse de novela histórica, por la constante interpolación de leyendas (como la bellísima del Caballero del Cisne), y de elementos fantásticos puede considerarse como una más entre las obras caballerescas de imaginación.

Hubo simples novelas de aventuras inspiradas en fuentes diversas, todo bizantinas, como el Libro Apolonio, que a pesar de su inverosimilitud fue considerado en la Edad Media como un fiel relato histórico. Escrito originariamente en griego y traducido al latín en el siglo VI, el Libro de Apolonio encontró su mejor versión en España, en una traducción castellana del siglo XIII.

También hemos de citar el roman de Flores y Blancaflor, novela idílica según testimonios de la época era el libro de cabecera de las damas medievales. Narra la historia, llena contratiempos, del amor que desde su infancia unía al príncipe sarraceno Flores con la hija de una cristiana cautiva, llamada Blancaflor.

Si esta última novela fue difundida, mayor fama alcanzó el Roman de la Rose. Más de trescientos manuscritos, de los siglos XIII, XIV y XV, han llegado hasta nosotros conteniendo este poema alegórico. Su primera parte, la única que realmente ha de tenerse en cuenta, se debe a Guillaume de Lorris (1225-1237), un joven escritor que supo entusiasmar a los lectores cultos de la epoca con sus alegorías sobre el amor. Toda la belleza poética que encierra el jardín de ensueño, en donde se guarda la Rosa, el galardón más preciado, queda hoy paliada por la extensión y el exceso de eruditas abstracciones de la segunda parte, fruto de la pedantesca imaginación de un copista, llamado Jean de Meuné.

Creado el género, creada la parodia. El espíritu burgués se rebela contra las sutilezas cortesanas y se complace en burlarse de ellas escribiendo epopeyas en donde los personajes son animales que, reunidos en sociedad, imitan a los hombres. Toda la nobleza y el heroísmo de las gestas, toda la espiritualidad del amor cortés, todo el ardor de las pasiones humanas son puestos en solfa en la mejor de estas parodias, el Roman de Renart. En realidad se trata de un conjunto de narraciones escritas por diversos autores, lo cual resta unidad al conjunto, pero de ningún modo gracia ni agudeza.

El Roman de Renart se extendió como el fresco brote de un manantial. En España revela su influencia en el Llibre de les Bésties de Ramón Lull; en Alemania fue traducido en varias ocasiones, y en 1793 Goethe lo refundió en su Reineke Fuchs.

La lírica provenzal

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Justas reales de Alfonso IV de Aragón en Barcelona «Barcelona antigua y moderna», de A. Pi y Arimón.

A finales del siglo X se produce en el mediodía de Francia un renacimiento cultural que tendrá tres siglos de esplendor y ejercerá una decisiva influencia sobre las corrientes poéticas posteriores. Se trata de la lírica trovadoresca, que floreció en la Provenza y se extendió por una amplia área como modelo de arte literario.

 

La personalidad de los líricos provenzales ya no queda envuelta en la incógnita, sino que es conocida y avalada por sólidos testimonios. Son por lo general gente noble y cortesana, educada en centros religiosos, que se dedican a expresar (siempre en lengua vulgar, a pesar de su educación clásica) sus íntimos sentimientos en poemas destinados a ser cantados. El trovador componía los versos, y a veces incluso la música de acompañamiento, y dejaba al juglar la misión de cantarlos ante el público, o ante la persona a la que iban dirigidos. Algunas veces, juglar y trovador se confundían en una misma persona.

Los líricos provenzales persiguieron la perfección de la forma y en ese afán cayeron en artificiosos recursos estilísticos. No fueron leves las discrepancias y los debates entre los que defendían el estilo poético sencillo (llamado «trobar leu») contra los que propugnaban la exclusividad de la poesía, destinada tan sólo a ser entendida por una minoría que supiera captar su preciosismo. Se llamaba esa oscura poesía «trobar clus».

Se distinguen también los líricos provenzales por el fondo erótico que predomina en la mayoría de sus composiciones. El trovador canta por lo general a la dama, en quien ve siempre un ser sediento de amor, cuya nobleza exige respeto, vasallaje y discreción. Esa sumisión a la mujer es uno de los caracteres del amor cortés que con mayor vigor se propagará a las corrientes poéticas de otros países.

Los principales géneros de la lírica provenzal son la cançó, preferida para expresar los sentimientos amorosos, el plany, o lamentación, el alba, canción de despedida, la pastorela, poesía bucólica o diálogo entre caballero y pastora, el joc partit, discusión sobre temas amorosos, cuando no sobre asuntos políticos, ya que los poetas provenzales también se dedicaron a debatir las cuestiones sociales a través de sus obras, así  como fueron maestros en el ataque satírico (para el que empleaban el género llamado sirventés).

El primer poeta provenzal conocido es Guillermo de Peitieu, conde de Poitiers (1071-1127), de proverbial cinismo e incluso blasfemo; le siguen el moralista Marcabrú, de humilde linaje, pero adscrito a la poesía culta (1129); Jaufré Rudel (1147), el poeta de la nostalgia y cantor del amor lejano ; Bernart de Ventadorn (1148-1194), tal vez el mejor entre todos, poeta claro, expresivo y sincero ; Raimbaut de Aurenga, representante del arte preciosista y aristócrata, al igual que Arnaut Daniel (1180-1200), a quien Dante y Petrarca rindieron tributo de admiración.

En el terreno de la sátira se destacaron el catalán Guillem de Bergadán, Bertrán de Born (1140-1210), cantor también de las armas y de la guerra, y sobre todo Peire Cardinal.

Limitan el esplendor de la lírica provenzal las pastorelas de Giraut Riquier (1250-1294) y las cancons del catalán Guillem de Cervera, llamado «Cerverí». Pues si bien en el siglo XIV se la quiso revivir en los juegos florales de la escuela de Tolosa, no dio ya ningún fruto de elevado valor.

Los trouvères

4-5-Santo Grial Valencia

El Santo Grial Catedral de Valencia.

La lírica provenzal, en su propagación hacia el Norte, fue asimilada por los trovadores franceses (llamados trouvères), quienes adoptaron no sólo los géneros característicos en aquélla, sino también la temática amorosa que la distinguía. A esta materia de importación añadieron los trouvères la autóctona, cultivada con sus propias formas y temas tradicionales.

 

Los principales trouvères desarrollan su actividad en el siglo XIII, moviéndose en los ambientes culturalmente refinados. Pero al lado de los poetas cortesanos, como Thibaut de Champagne y Guiot de Provins, cobraron fama el burgués Colin Muset y sobre todo Rutebeuf (1250-1280), quien, con su estilo realista, moralizador y punzante, preparó el camino al gran Francois Villon.

Los Minnesänger

Aun cuando la lírica medieval alemana conservó siempre un sello diferencial, también sintió los efectos de la influencia provenzal.

La misma predilección por los temas amorosos y parecida concepción del amor cortés se hace patente en ella.

Se le da el nombre de Minnesang (por Minne se entiende un sentimiento nostálgico del amor), y sus cultivadores se llamaban Minnesänger. Entre sus géneros, el lied corresponde a la cançó provenzal; el leich equivale a la dan; el spruch constituía una especie de epigrama que tenía carácter político o moral

4-6-El Roman de la Rose

El Roman de la Rose. Biblioteca de la Universidad de Valencia.

El más famoso Minnesinger es Walther von der Vogelweide (1165-1230), quien se distinguió por sus sprüche politicos, de ferviente patriotismo, y por las composiciones amorosas, en las que exhibe una delicada y sencilla elegancia. En Vogelweide el amor por la dama deja paso al amor sencillo, pero vívido, de la moza aldeana. Su lirismo, con los «maestros cantores», se hará más tarde burgués.

 

La lírica en Italia

La literatura de las lenguas itálicas, que conserva como ninguna otra la herencia de la cultura clásica, recibe la influencia provenzal y francesa sin detenerse a copiarla fielmente, ya que la persistencia de las formas antiguas transforma en seguida la materia poética importada. La exaltación amorosa recibe un nuevo sentido. La adoración de la mujer, a la que se eleva prácticamente a una categoría angelical, no conduce al vasallaje del amor terreno, sino que se condensa en una suerte de misticismo, ya que sólo hacia Dios puede conducir la visión de la «bella donna» en el «cor gentil». Es un sentimiento de melancolía como nota predominante. La pena amorosa que provoca la ausencia del amigo otorga a estas composiciones una ternura inefable, tal y como se manifiesta en lo más hondo de la saudade portuguesa.

Dos reyes figuran entre los numerosos poetas gallegoportugueses de este período. Son Alfonso X el Sabio, que en las cantigas sacras de Santa María trasladó a los temas divinos los sentimientos profanos, y su nieto Dionisio de Portugal (1279-1325). Tampoco aquí faltaron la burla y la cantor del amor a Dios y a la Virgen.

La lírica gallego-portuguesa

4-7-El Roman de la Rose

El Roman de la Rose Biblioteca de la Universidad de Valencia.

En Galicia y Portugal, y durante los siglos XIII y XIV, se despliega una actividad poética extraordinaria. Varios son los cancioneiros que recogen las cantigas, divididas en diversos y variados temas.

 

Las cantigas de amigo se enlazan, en su raíz tradicional, con los cánticos románicos andalusíes, pero también se relacionan, debido al intenso intercambio cultural que promovían las rutas de peregrinación a Santiago, con la lírica provenzal. Otra vez encontramos un sentido que se aparta de los formulismos y de los lugares comunes provenzales y que se transmite con un lenguaje sincero y altamente poético, presagio y comienzo del «dolce stil nuovo». Son los poetas toscanos, y más en particular Guido Guinizelli (1230-1276) y Guido Cavalcanti (1259-1300), los que auguran la madurez expresiva de Dante y Petrarca.

Constituye otro foco de influencia decisiva en el desarrollo de la lírica italiana el formado por los místicos franciscanos, llamados «juglares de Dios», quienes reflejan en sus laudes la sencilla y honda religiosidad de su maestro San Francisco de Asís. Las laudes más notables son debidas a Jacopone da Todi (1236-1306), apasionado sátira. Las cantigas de escarnio componen, en su viveza, un pintoresco cuadro de costumbres medievales.

El «mester de clerecía»

Castilla, siguiendo a Alfonso el Sabio, cultiva la lírica provenzalizante en la forma y la lengua gallego-portuguesa. La aportación castellana a las cantigas se refleja en las serranillas, los villancicos, las canciones de la noche de San Juan, las de romería y otras, que se impondrán como nuevos géneros populares, al abandonarse poco a poco aquel idioma cortesano.

Al lado de lo popular se desarrolla también lo erudito, representado por los «clérigos», término medieval con que se distinguía a los hombres de letras, tanto laicos como eclesiásticos. El mester (asunto) de clerecía traía nueva forma (cesa la métrica irregular de las epopeyas y se implanta el uso del verso de catorce sílabas) y nuevo fondo, ya que era de carácter doctrinal y erudito. De una erudición, sin embargo, que busca vulgarizarse bellamente para ser entendida por el común de las gentes.

Gonzalo de Berceo (1220-1264) es el mejor representante de la clerecía, y a la vez el primer poeta conocido de lengua castellana. Su intención es popularizar los temas religiosos y las vidas de santos. Sus poemas están dedicados a Santo Domingo de Silos, a San Millán de la Cogolla, a Santa Oria, etc.; o a episodios y temas devotos ; o a la Virgen. Los Milagros de Nuestra Señora es su composición más bella. En ella desgrana con delicada devoción las leyendas marianas medievales. Es un auténtico romancero de la Iglesia.

 

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Walther von der  Voyelweule Biblioteca de la Universidad de Heidelbeig

La prosa medieval castellana

 

La Castilla medieval cuenta con una interesante producción de libros didácticos e históricos, la mayoría de los cuales son producto de la inspiración del  rey Alfonso X el Sabio (1221-1284). Movido por un afán cultural que arranca desde su juventud, reunió en torno suyo a un grupo de hombres sabios, sin distinción de raza. Bajo su dirección se compusieron la Grande e General Estoria (Historia Universal), la Crónica General (Historia Nacional hasta el reinado de don Rodrigo), y también obras de recreo (El libro del ajedrez), científicas (El libro del saber de astronomía) y jurídicas (las trascendentales Siete Partidas).

Alfonso, siendo Infante, mandó traducir del árabe la colección india de cuentos llamada Calila e Dimna, que influyó en gran manera sobre la narrativa posterior. Uno de los que recogieron esta influencia oriental fue el Infante don Juan Manuel (1282-1348), nieto del rey San Fernando, y el más destacado prosista castellano de su tiempo. Son conocidos el Libro del Caballero y del Escudero (en el que instruye sobre la Caballería, sobre los animales, los hombres y los elementos), el Libro de los estados (sobre la verdadera Religión) y el Libro de Patronio o El Conde Lucanor. El Infante adapta las fábulas para sus fines didácticos, y si algún reparo puede hacerse al extraordinario conjunto de narraciones que integran sus libros, es precisamente el de que, a pesar del estilo primoroso y vivaz con que están escritas, no pueden desprenderse del lastre didáctico, que empaña su consistencia novelesca.

 

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Cantigas de Alfonso X el Sabio El Escorial.

Ramón Lull y la literatura catalana medieval

 

La lengua catalana había ya dado fe de su aptitud para la expresión literaria en las Homilíes d’Organyá, del siglo XII. Por su vecindad y relación con la Provenza y el sur de Francia, los poetas catalanes escribieron bajo la influencia de la lírica de los trovadores y de la épica francesa, en sus varios ciclos. Incluso algunos de ellos, como los ya nombrados Cerverí de Girona y Guillem de Bergadán, han pasado a la historia de las letras como genuinos cultivadores de la lírica provenzal.

El máximo esplendor de la literatura medieval catalana fue personificado por la figura universal del mallorquín Ramón Lull (1235-1315), poeta, teólogo, filósofo y ferviente predicador en Extremo Oriente y África. Fue maestro en Montpellier y París, y por sus dotes intelectuales mereció el calificativo de «Doctor Iluminado».

Su prosa es esencialmente didáctico-filosófica. De entre ella destacan el Llibre de l’Ordre de Cavayleria, el Llibre de contemplació de Deu, el Llibre del Gentil i els tres savis y el prodigioso Llibre de Blanquerna, obra social y pedagógica en la que hace revivir toda la sociedad catalana medieval, que contiene, además, una joya de la poesía mística española, como es el Cántico del  Amigo y del Amado, escrito en prosa.

Señalemos también la calidad literaria de la Crónicas históricas relativas a la expansión catalana por el Levante, sobre todo la debida a Ramón Muntaner (1265-1336), que se refiere a la expedición y hazañas de los almogávares.

Ocaso del medievalismo

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Raimon Lull (escuela mallorquina del siglo XV) Museo Marés Barcelona.

El rigor y la sobriedad del mester de clerecía ceden paso a una obra extraordinaria, escrita en castellano vulgar, como es El libro del buen amor, del arcipreste de Hita, Juan Ruiz. Este clérigo, nacido quizá en Alcalá de Henares en 1283 y fallecido en 1350, se propuso instruir, de manera que realmente no refleja su condición de eclesiástico, en el delicado arte de amar. Sobre el fondo de una trama novelesca, que presenta las peripecias del joven burgués don Melón, las disgresiones morales se suceden a los consejos amorosos. Los poemas burlescos, las fábulas, las poesías juglarescas y serranas, las imitaciones y las sátiras son materia incomparable de la que se sirve el arcipreste para describir a la sociedad burguesa castellana del siglo XIV. Las geniales dotes de humor, la picardía y el sabroso sentido de la realidad cotidiana de que hace gala, unidos al sentimiento de gozo por la vida, convierten a este autor en uno de los más interesantes de las postrimerías de la Edad Media.

 

El despreocupado estilo del arcipreste de Hita influyó sobre el inglés Geoffrey Chaucer (1340-1400), autor de los famosos Cuentos de Canterbury, en los que resulta también evidente la influencia de las fábulas medievales francesas y las narraciones del italiano Boccaccio. A pesar de esta escasa originalidad, los cuentos de Chaucer forman un maravilloso cuadro de la humanidad medieval, de un frescor y una intención singulares. Por primera vez, la lengua inglesa adquiere, en manos de Chaucer, la flexibilidad de estilo que la separa de su ascendencia germánica y la capacita para expresiones estéticas propias.

Dante, Petrarca, Boccaccio

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Dante Alighieri Museo de Bellas Artes. Córdoba.

Los elementos de que se sirve Dante para elaborar su obra poética ya se hallaban dispersos en la literatura italiana de fines del siglo XIII. Pero el genio del poeta florentino habría de imprimirles un sello característico, que sería a la vez síntesis de lo pasado e inicio de las nuevas concepciones del Renacimiento.

 

Erudito, teólogo, filósofo y político militante, Dante Alighieri había nacido, de ilustre familia, en Florencia, en el año 1265. Desde su tierna juventud hasta su muerte (acaecida en 1321) vivió alumbrado por los destellos de la poética pasión que despertó en su alma la visión de una joven, Beatriz Portinari, quien, a pesar de no haberle dedicado más que accidentales saludos, se erigió en la musa de sus más inspirados sonetos. Desde los arrebatos juveniles hasta la visión beatífica de la madurez, finalizando en la desgarradora expresión de dolor ante la muerte de su amada, toda la evolución de su sentir de poeta iluminado se vierte en la Vita nuova y en el Cancionero. Beatriz acabará siendo asimilada a la Gracia y será la que, en la Divina Comedia, conducirá al poeta a la visión beatífica de la Divinidad. En este poema épicoteológico. Dante resume los valores espirituales expresados en el Medioevo. De una arquitectura poética perfecta, puede considerarse como el punto de partida del idioma italiano moderno. La Comedia de Dante, cuyo apelativo de Divina le fue otorgado por Boccaccio, ha ejercido una influencia decisiva en la literatura universal. Las alegorías de que está repleto este viaje a través del Infierno, del Purgatorio y del Paraíso, revelan el sentido oculto del poema, cuyo último fin consiste en mostrar la senda hacia el conocimiento espiritual de Dios, y con ella el medio de salvar el alma.

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JUAN DE GANTE — Francesco Petrarca Palacio Barberini. Roma.

Dante empieza a interesarse por el mundo clásico, cuya cultura exalta como modelo a seguir, aunque siempre dentro de la ortodoxia cristiana. No en vano el guía que conduce al poeta a través de los reinos de ultratumba es Virgilio, en quien Dante ve la personificación de la razón.

Esta marcha hacia atrás en busca de los modelos clásicos es comprendida también por Francesco Petrarca (1304-1374), otro gran humanista. Su producción en latín es muy copiosa ; pero su fama la debe a sus poesías en italiano, recogidas en el Cancionero. Se trata de sonetos y canciones, sextinas, baladas y madrigales, casi todos referidos a su amor por Laura de Noves. Petrarca es el iniciador del lirismo moderno. Con su sensibilidad exquisita aportó una nueva musicalidad al «stil nuovo», y con su profunda introspección alcanzó un mayor refinamiento en el concepto amoroso, al perder contacto con la realidad y adentrarse en un sutil misticismo platónico.

En su madurez, Petrarca dio a conocer los Trionfi (Triunfo del Amor, Triunfo de la Muerte…), poemas alegóricos que contribuyeron a difundir sus conceptos en distintos países europeos. El «petrarquismo» se deja notar en España en las obras del marqués de Santillana, en Boscán y en Garcilaso.

El amor, por gracia de la mujer, eleva al poeta hacia Dios. A impulsos de esta elevación, la fe y el amor se encuentran. La sensualidad pagana del clasicismo ha sido purificada por el cristianismo, y la mujer es objeto de sublime exaltación, al convertirla en vehículo de aquella salvífica empresa.

Igualmente humanista insigne y admirador de la cultura clásica es Giovanni Boccaccio (1313-1375), cuya poesía, sin embargo, representa, en cuanto a concepto, un retroceso con respecto a la de Dante y a la de Petrarca. El amor por su dama difícilmente podía ser idealizado. María D’Aquino, llamada Fiammetta por el escritor, no sólo mantuvo auténticas y reales relaciones con Boccaccio, sino que lo sumió, con sus infidelidades, en un mar de conflictos. Las angustias y los lamentos por este amor turbulento condujeron a Bocaccio a componer el Filostrato, poema autobiográfico en el que los personajes aparecen como héroes de la antigüedad clásica ; más tarde, al final de su vida, escribió, probablemente inducido por el desengaño, un amargo tratado en prosa contra la volubilidad femenina. Se llama este diatriba el Corbaccio.

4-13- Las cient novelas Bocacio

Las cient novellas de Juan Bocacio (1543) Biblioteca Nacional. Madrid.

Pero Boccaccio interesa como figura literaria por sus cuentos en prosa, recogidos, de diversas fuentes, en el Decamerón. La lengua vulgar se eleva en ellos a niveles de perfección. La escabrosidad y el ingenio desenfadado están al servicio de un erudito que asiste, escéptico, a los decadentes devaneos de su época. No hay en el Decamerón ningún propósito moral, sino sólo una manifestación plena de la alegría de vivir, un deseo de divertir, expresado en un estilo retórico y culto.

 

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