LA DESIGUALDAD MODELO DEL SIGLO XXI.

Un nuevo mapa de la situación

¿Estatuto, empleo o a tanto la pieza?

La rehabilitación del rentista

¿Jóvenes = víctimas; viejos = privilegiados?

Por: Alain Minc.

Economista  

 

Las auténticas desigualdades, una nueva situación

Las nuevas desigualdades, las auténticas, se sitúan en un punto de confluencia de los dos fenómenos que condicionan la sociedad que se está edificando ante nuestros ojos: el corporativismo y el individualismo.

 No es por casualidad que estos dos movimientos de fondo producen las grietas por donde se cuelan las desigualdades. Así sucede ante todo, con el empleo, o más exactamente con la relación en el trabajo: se transforma hasta el punto de crear una diversidad de situaciones, una multiplicidad de posiciones que hacen inoperante el mismo concepto de igualdad.

 Éste se adapta tan poco a esta nueva realidad como los instrumentos de la geometría plana a la de tres dimensiones. Con este grado de cambio, ¿para qué sigue sirviendo el concepto? Construido para medir las diferencias clásicas de situación, apenas sirve ante unas formas de trabajo dispersas, parciales, modulables, inasequibles.

 Segunda gran desigualdad: el deseo latente de una nueva ciudadanía, teniendo en cuenta las adhesiones sociales cada vez más diversas de un individuo, empezando por el resurgir de las raíces de la comunidad.

 La sociedad norteamericana responde a esto de forma natural; el modelo francés lo hace con mucha mayor dificultad. Acabar con las diferencias, fabricar franceses con un único molde, ayer para convertirlo en soldado y hoy para convertirlo en escolar o en contribuyente: son éstos lastres difíciles de soltar.

 Tercera desigualdad, menos «moderna», menos vinculada a los movimientos de la sociedad, pero que es la contrapartida de la ecuación económica dominante: la reaparición de las diferencias en el patrimonio o —para volver al lenguaje menos aséptico y más duro de otros tiempos—en la fortuna.

 Al contrario de los ingresos, que cada vez se van haciendo más homogéneos, las diferencias en el patrimonio se acrecientan. Los problemas económicos obligarán, más que nunca, a favorecer el ahorro.

 De ahí unas ventajas suplementarias en comparación con los ingresos, sin contar el efecto mecánico e inesperado de la vuelta a unos tipos de interés reales: la resurrección de los rentistas.

Curiosa vuelta sobre sí misma de la economía, que rehabilita a una categoría social, básica a principios de siglo, desaparecida a mediados de él y resurgida estos últimos años.

 Cuarta desigualdad, que no le debe nada ni a la sociedad, ni a la economía, pero que, a largo plazo, sobrevolará a todas las demás: la existente entre jóvenes y viejos. ¿Qué será de una sociedad que por razones demográficas penalizará a los jóvenes?

 Además de las inevitables tensiones económicas, ¡cuántos conflictos se avecinan! ¿Qué será de los valores dominantes, de la movilidad, del dinamismo?

 Es una situación sin precedentes porque, en otros tiempos, las guerras se encargaban de equilibrar la demografía. En un mundo en que la guerra es impensable, cuando no imposible, esta fatalidad nos espera. Si bien es cierto que nada permite describir con detalle sus manifestaciones, no es menos cierto que éstas serán decisivas.

 Nuestro mapa de las desigualdades del futuro no es más preciso que un mapa de Tendre del siglo XVII. Pero, a falta de poder definir una geografía intangible, nuestro mapa da una medida del desplazamiento de los temas que están en juego: éstos están fuera del campo de la vieja máquina igualitaria.

¿Estatuto, empleo o a tanto la pieza?

Medido en términos clásicos, el empleo no puede dejar de disminuir. Crecimiento ralentizado, poder adquisitivo excesivo, productividad cada vez más diferenciada: el engranaje desemboca inevitablemente en un número menor de empleos.

El sueño de unos días futuros otra vez sonrientes se esfumó con las bajas del dólar y del precio del petróleo: se demostró la imposibilidad de superar un ritmo de crecimiento histórico, del 2,5 al 3 % anual.

 Con ese telón de fondo, el exceso de poder adquisitivo ejerce unos efectos devastadores: limita la autoafirmación de las empresas, y por tanto sus inversiones y sus progresos en cuanto a productividad; además, al estar repartido de una manera rígida, pesa inevitablemente sobre el empleo.

El empleo asalariado disminuye porque la productividad, bajo la presión de los cambios tecnológicos, aumenta más de prisa que el producto nacional. ¡Qué paradoja, en estas condiciones, quejarse de la insuficiencia de las inversiones y, tras ellas, del propio ritmo de productividad!

 La economía funciona en realidad como un motor de explosión de dos tiempos. A partir de un determinado ritmo de productividad, el aumento de poder adquisitivo distributivo relanza la demanda, la cual, por sí misma, tira del crecimiento hasta situarlo más allá incluso de esa productividad. Es el círculo virtuoso. A la inversa, a menor productividad crecimiento todavía menor y, al final, paro en aumento.

 Por tanto, todo se ventila en la carrera de velocidad entre la evolución de la productividad y la del crecimiento. Obviamente, no hay un umbral fijo para determinar el lado virtuoso y el lado vicioso de los encadenamientos macroeconómicos, un poco a semejanza del «corte epistemológico» caro a Althusser en su momento.

 Pero a fuerza de pensar, prisioneros de la econometría, en los encadenamientos como en fenómenos sin ruptura, se acaba por olvidar puntos de retroceso como ésos. Actualmente, estamos sin lugar a dudas en el lado malo.

 Con un crecimiento que se mantiene mediocre y una productividad apenas menos mediocre, el aumento del paro es inevitable. Sobre la base de la preocupación igualitaria, el diagnóstico es, aparentemente, claro. ¡Basta de cálculos complejos sobre las diferencias de ingresos medidas en decilas! ¡La auténtica desigualdad está en el empleo! La mayor injusticia se desliza entre quien tiene un empleo y quien no lo tiene, y, entre los propios parados, en función del tiempo que se lleva en el paro.

 Como las rigideces estatutarias, por una parte, y el exceso de poder adquisitivo, por otra, son factores decisivos en el crecimiento del paro, el análisis va acompañado de buena conciencia: las nuevas desigualdades están ahí, y nuestras costumbres corporativistas constituyen su causa primera.

Esto es cierto, pero demasiado simple. Es cierta, desde luego, la dramática diferencia entre asalariados y parados. Es cierta la separación entre los beneficiarios de un estatuto y los demás. Son ciertas las diferencias fundamentales entre los que hace poco que están en el paro y los definitivamente excluidos.

Son ciertos, por último, el peso de los corporativismos y el rechazo de la fluidez. Pero la sociedad es demasiado compleja como para reducirse a esa separación binaria, curioso sustitutivo de la vieja división del mundo en explotados y aprovechados.

En adelante, serían explotados los parados, y serían aprovechados los asalariados de la función pública y todos sus congéneres bajo estatuto. Esta línea divisoria existe, pero es bien difícil de seguir.

 La misma noción de trabajo bascula, el empleo ya no es fácil de definir y el paro todavía menos. La realidad se vuelve imperceptible y el patrón para medirla es un metro de goma elástica. La demanda de trabajo clásico disminuye en el mismo momento en que la oferta, a su vez, también se reduce: milagro de la sociedad que ajusta mentalidades y realidad sin demasiadas dificultades.

 En un extremo, el empleo tradicional, duradero, basado en un contrato indefinido; en el otro extremo, el parado sin derecho a subsidio, pasivo, deprimido, al borde de la exclusión social.

 Pero de ahora en adelante, entre ambas situaciones todo es posible: la proliferación de la situación de interino, contratos por un período determinado, a tiempo parcial; la multiplicación de los pequeños trabajos, del trabajo a tanto la pieza, de las labores intermitentes; la explosión del trabajo sumergido, del bricolaje, de los trabajos de barrio; el desarrollo de las actividades múltiples, desde el jubilado anticipado convertido en consultor hasta el campesino-artesano, oficialmente parado; la desaparición del corte tradicional entre la escuela y el mundo laboral, entre éste y la jubilación. Los TUC (trabajos de utilidad colectiva), las formaciones en alternancia constituyen, a su manera, el testimonio oficial, con trazas de estatuto público, de este fenómeno.

 Bajo este punto de vista, la economía sumergida es un concepto tan pobre como el de paro. Pretende encarnar a la sociedad invisible y a los no llamados colectivos a los que no podemos referirnos con los instrumentos conceptuales de que disponemos.

 A una realidad cada día más proteiforme, la estadística económica sólo responde con la vieja idea de paro. Las discusiones sobre el índice correcto, la contabilización o no de los TUC, la inclusión o no de los que ya han agotado los plazos del subsidio dan más la medida de la preocupación de los estadísticos de lo que contribuyen a crear nuevos instrumentos.

 La definición al revés, partiendo del empleo, no es más satisfactoria: que se conozca la población activa asalariada no implica que se sepa la restante.

 Ahora bien, la imprecisión es total, como lo prueba, a su manera, el viejo «efecto de flexión» tan del gusto de los economistas: cuando en un lugar se han creado cien empleos en el sector terciario, el paro sólo disminuye en veinte; cuando esos empleos son industriales, disminuye en cincuenta. ¿Cuál es la razón de esta paradoja?

 La oferta de trabajo hace que se manifieste la demanda latente; las mujeres, más atraídas por los servicios que por la industria y que, hasta ahora, se guardaban sus deseos de trabajar, se inscriben en mayor número en las oficinas de empleo.

La demanda de trabajo supera al paro, pero éste no se identifica completamente ni con unos inactivos, ni con unos marginados desprovistos de trabajo alguno. La noción falla por los dos extremos: apunta demasiado lejos y no suficientemente lejos. Incluso en un país que, como Estados Unidos, ha convertido las estadísticas en un culto social, ninguna cifra consigue dar cuenta de una realidad en pleno movimiento.

 La sociedad acepta curiosamente unos «agujeros negros»: la demografía, estadísticamente bien conocida y socialmente ignorada; el paro, sociológicamente delimitado y estadísticamente inasequible.

 Esta evanescencia del paro clásico produce una transformación en las formas de socialización. En una atmósfera judeocristiana de culto al trabajo, la auténtica ciudadanía no está ligada ni al derecho al voto, ni al servicio militar, sino al empleo.

 El día que lo obtiene, el joven se convierte en un ser social, ciertamente no en el sentido rousseauniano, pero sí según los criterios de una sociedad compleja y burocrática; se le entroniza como cotizador, fiscalizable, beneficiario de un subsidio…; se integra en una empresa, un sindicato, una asociación.

Trabaja, luego existe: realidad binaria que impide tanto más las socializaciones parciales cuanto que las normas administrativas detestan los matices, la flexibilidad. Todo lo que no es ni tradicional ni censado es subterráneo e ilegal: petición de principios apropiada para tranquilizar a las burocracias.

En la actualidad, el maniqueísmo ya no es de recibo: hay que responder con inserciones parciales en unas formas de vida plurales. Ardua tarea para los poderes públicos: se ven obligados a crear unos estatutos intermedios, a hacerse cargo temporalmente, a multiplicar las cotizaciones a medias, las desgravaciones parciales, incluso a blanquear el trabajo negro.

 Ayer eran los TUC, hoy son los TIL, mañana será la desgravación de los trabajos de barrio. La Francia institucional ha comprendido que sus opciones eran limitadas: o atenerse a las definiciones rígidas de antaño y ver cómo la sociedad invisible se iba ampliando a costa suya o salir al encuentro de ésta y obligar a las instituciones a crear aquello que más detestan, lo inseguro y lo aleatorio.

 Se inicia una larga marcha: las grandes organizaciones no saldrán indemnes de esta muda forzada. La imposibilidad de marcar la separación entre el trabajo y el no trabajo va camino de eliminar subrepticiamente el paro de la lista de los criterios económicos, sin sustituirlo por unos indicadores más significativos, como la duración media del no trabajo.

 Con su presciencia ciega, los mercados financieros han anticipado desde hace mucho tiempo esta situación: la cotización de una moneda reacciona frente a la tasa de inflación o al ritmo de expansión de su economía, nunca frente a las variaciones en el paro.

 Éste será excluido, con el paso de los años, del debate económico, desgraciadamente no porque haya desaparecido, sino porque será imposible de apreciar y, por tanto, de medir.

Cinismo al margen, esta evolución es importante porque va a acentuar la tendencia de los gobiernos a practicar unas políticas deflacionistas. La mitología de la tasa de paro constituía el último argumento en favor de las reactivaciones keynesianas, en nombre del trueque, en adelante ilusorio, entre más inflación y menos paro.

 Si desaparece el instrumento de medida, el fenómeno desaparece. La inflación, los grandes equilibrios y, de tanto en tanto, el crecimiento se convertirán en las únicas variables esenciales y la ecuación, al verse así desprovista de una incógnita, encontrará su solución en la política de freno.

 Así se corresponden una sociedad polimorfa y una economía deflacionista, anverso y reverso, en adelante indisociables, de una misma realidad. La dispersión va más allá de la sociedad; está en cada uno de nosotros.

 Es imposible limitarse a establecer una separación entre una pequeña élite que «gana divisas» y otra que, así respaldada, se abandona a sus metafísicas personales. Caricaturizando, una sociedad de barbudos, tranquilos y poco realistas, en medio de la cual encontraríamos algunos jóvenes imberbes, salidos de la Escuela nacional de administración o de la Politécnica, encargados de hacer girar la máquina.

 ¿Vamos hacia una sociedad en la que todo el mundo llevará «barba» medio día o a épocas? Es cosa hecha: cada vez que un joven ejecutivo, dinámico y obstinado, acaba por preferir un mes más de vacaciones o más tiempo libre en vez de una promoción que le supondría más dinero, aunque también más trabajo, ya está siendo, por así decirlo, un barbudo a medias.

 Esos hombres y esas mujeres que, lentamente, con dificultades, surgen entre nosotros, toman sus distancias respecto a los valores tradicionales, se organizan una vida que tiene en cuenta sus gustos, sus aspiraciones, sus deseos de movilidad; son, en cierta forma, los nuevos franceses, los franceses del mañana.

 Son portadores de unos postulados simultáneos: un viejo gusto por la seguridad y una pasión muy reciente por el riesgo, antiguos anclajes corporativistas y un auténtico individualismo. Viven, en momentos diferentes o en edades alejadas, unas realidades contradictorias.

 En este juego, las grandes normas unificadoras aparecen como fósiles. Cuando el pleno empleo estaba a la vista, toda la vida social estaba orientada sobre un principio sencillo: tratar, en una carrera sin fin, de ajustar las situaciones menos buenas con las mejores. Los sindicatos estaban en lo suyo. Un objetivo: los salarios; un medio: la reivindicación; un método: la suma de conflictos y aspiraciones.

El señor Bergeron puede seguir lamentándose respecto al «grano para moler» que hay que suministrar al molino de las reivindicaciones sociales; no encontrará ni grano ni molino. Frente a la dispersión del trabajo y de las aspiraciones, los sistemas para fabricar identidad ya no sirven.

El sindicalismo ya no padece, contrariamente a las apariencias, la situación de tener que nadar y guardar la ropa a la que le redujo, durante cinco años, la presencia de la izquierda en el poder.

 Lo está matando la atomización del mundo laboral. ¿Qué puede hacer, tal como funciona, frente a la individualización de los salarios? Ésta se ha extendido, desde hace unos años, como un remuero de pólvora: obligaciones opcionales para los directivos; primas de participación en los beneficios para los ejecutivos; vuelta a las prestaciones individuales para lodos.

 Los convenios colectivos van muy por detrás de estos fenómenos: en el momento en que creen establecer, para un ramo, unos principios generales, éstos ya nacen muertos.

La vida social va más de prisa que los ritos unificadores. A partir de aquí, ¿qué lugar queda para las máquinas de unificar?

Es por eso que vivimos una paradoja: el paro aumenta, la desigualdad más extrema reaparece entre los que tienen un trabajo y los demás, y, no obstante, a excepción de los realmente marginados, ninguno de estos conceptos conserva el mínimo sentido. La sociedad se escabulle de los análisis generales.

La rehabilitación del rentista

La desigualdad medible no se ha esfumado, aunque haya desertado de los múltiples terrenos en los que se expresan las diferencias. Sigue vinculada a lo más fácil de captar, el dinero. Pero también ahí se ha desplazado. Ya no se trata de ingresos sino de patrimonio.

 La enorme homogeneización de los ingresos en una sociedad de asalariados no ha ido acompañada realmente de ninguna reducción de las diferencias existentes en cuanto a los patrimonios, más bien al contrario.

Es éste un fenómeno más difícil de captar que el de la evolución de los salarios; es un fenómeno que no se alimenta del fisgoneo de uno en la hoja salarial del vecino; es un fenómeno que se protege tras la opacidad, el pudor y las falsas apariencias; pero, a corto o largo plazo, ¡es un fenómeno decisivo!

En una economía de estancamiento, con un Estado providencia fracasado y múltiples riesgos sobre cada uno de nosotros, el patrimonio será un factor más discriminatorio de lo que nunca ha sido. Desde este punto de vista, han vuelto los rentistas.

 En economía nunca hay que decir «jamás» y proclamar la desaparición de una categoría social. Después de la crisis de 1929 y de la guerra, ¿quién podía imaginar, a las puertas del siglo XXI, la resurrección de los rentistas? Se les creía fuera de la Historia. Ha sido el aumento de la fiscalidad y la reaparición de unas tasas de interés reales lo que les ha hecho renacer de sus cenizas.

 La subida de las deducciones impide la formación de patrimonios partiendo de cero: con las tasas impositivas actuales, el asalariado, incluso el privilegiado, no puede, como en otros tiempos, hacerse un peculio.

Ahora, el ahorro va al ahorro, y más en tanto que las tasas reales han acabado con al Incentivo que tenían, desde la guerra, los particulares: el endeudamiento.

 En efecto, con la ayuda de préstamos, no les había costado mucho descubrir que, con unos intereses inferiores a la inflación, la deuda creaba enriquecimiento. El sector inmobiliario ha sido el receptor natural de esas aspiraciones patrimoniales: un asalariado podía, tras una vida de trabajo, comprarse su residencia principal y, a poco hábil o acomodado que fuera, también una residencia secundaria.

A partir de ahora, nada de esto: en efecto, tendrían que producirse unos aumentos sustanciales de los salarios para compensar la carga que grava el aumento de intereses, y tales aumentos de las remuneraciones no los permite el contexto recesionista. Pero, a la inversa, los poseedores de bienes recuperan, con unas tasas reales, el gusto por la vida.

Si son propietarios inmobiliarios siguen viendo cómo aumentan las plusvalías latentes, desde el momento en que sus inmuebles se benefician de la menor renta de escasez. Si son titulares de acciones, han asistido, entre 1982 y 1986, a un auténtico milagro, y su capital se ha más que triplicado; aunque, desde entonces, la situación se haya normalizado, ¡todavía les van bien las cosas!

El alza en los títulos sigue siendo inconmensurablemente superior a la de los salarios, sobre todo después de las deducciones fiscales y sociales. En cuanto a los propietarios de obligaciones, se benefician de una alta rentabilidad, entre un 4 y un 5 % de intereses reales, a los que se suma el insigne privilegio de una imposición a tanto alzado y no proporcional (26 %).

 Por otra parte, las cifras hablan por sí mismas: los ingresos obtenidos a partir de la propiedad representaron en Francia el 7 % de la renta nacional en 1960, el 10 % en 1973 y el 16 % en 1983.

 Es cierto que la renta, como todo lo demás, se ha democratizado, como lo prueba la increíble explosión de los instrumentos colectivos de gestión. Pero si tenemos en cuenta la estructura de partida muy poco igualitaria en cuanto a los patrimonios, esta riqueza suplementaria no ha podido sino aumentar esa desigualdad.

 Todo el mundo ya es un poco rentista, pero son muy pocos los que lo son de verdad. Por último, el non plus ultra de la renta, reservada a una reducida minoría: la eurorrenta.

 Ésta pertenece a los auténticos ricos poseedores de euroobligaciones en unos países con un régimen fiscal poco rígido. Éstas son las fortunas en vías de constitución de este fin de siglo: poco visibles, porque los paraísos fiscales son sinónimos de opacidad, tienen una amplitud bien distinta de la vieja riqueza inmobiliaria estilo siglo XIX.

 ¿Es duradera esta resurrección de los rentistas, o están condenados, como sus predecesores, a ser arrastrados por una tormenta inflacionista? Dos serias realidades hablan en favor de su perennidad.

 Por un lado, la magnitud de Ios déficits presupuestarios que conducen, inevitablemente a mantener unas tasas reales, a reserva de ver cómo el ahorro se resiste a orientarse hacia el Tesoro público. Por otro lado, el fracaso inevitable de los sistemas de jubilación por reparto que van a empujar a los activos a asegurarse una pensión complementaria adquiriendo, a través de los organismos oportunos, unas carteras de valores mobiliarios.

Frente a esta evolución, la dinámica igualitaria sigue sin existir. Desde hace mucho tiempo, sigue concentrada en la renta y más concretamente en el salario, hasta el punto de convertirse en un instrumento generador de efectos perversos.

 En cambio, la fortuna la desconcierta. Los gobiernos dan de tanto en tanto un retoque para que no se diga que sólo se penalizan los salarios: impuestos sobre las grandes fortunas, aumento de los derechos de sucesión, etc.; pero lo hacen sin el más mínimo enfoque coherente.

 Por una curiosa vuelta de la Historia sobre sí misma, la herencia va a volver a convertirse en un envite de sociedad, desde el momento en que la riqueza aumenta y las rentas ya no constituyen una materia fiscal suficiente. Pero al abrir esta caja de Pandora nos encontramos con los reflejos más profundos de una sociedad. Todo está en juego. Una visión de la igualdad, a través de una dosis mayor o menor de igualdad de oportunidades.

 Una concepción de la libertad de la que son muestras las diferencias entre el sistema anglosajón, que permite escoger a los herederos, y la rígida norma a la francesa de la «reserva», que hace prevalecer los derechos de la familia sobre el libre albedrío.

 Una filosofía de la economía, en la voluntad de utilizar la herencia para acelerar o para frenar la circulación de los activos. Un análisis del ahorro, en la manera de gravar de forma distinta unos u otros tipos de bienes.

 Ni la derecha, ni la izquierda, ni los filósofos ni los sociólogos, ni los economistas responden a preguntas sencillas. ¿Es justo que, en Francia, el hijo de un millonario pague como máximo un 40 % de derechos de sucesión, mientras que el sobrino de un obrero especializado debe pagar el 55 %? ¿Es económicamente razonable que un empresario cuyo hijo no sea capaz de seguir su negocio no pueda, a causa de unos derechos prohibitivos, legarlo a otra persona? ¿Es saludable que la propiedad de las tierras agrícolas se perpetúe con más facilidad que la de una empresa? ¿Es moral que el oro, de nuevo anónimo, escape a las sucesiones, mientras que acciones y obligaciones estén normalmente sometidas a ellas? ¿Es aceptable que de seis a siete millones de solteros o de parejas sin hijos no puedan legar su patrimonio sin pagar unos derechos casi de confiscación?

 El derecho anglosajón es, en su principio, lo opuesto del derecho francés. En Gran Bretaña se puede legar a quien se quiera. Sólo una limitación: los hijos pueden impugnar ante la justicia un testamento, en el caso de que dependieran financieramente del difunto.

 En Estados Unidos, las leyes varían de un estado a otro. Las antiguas zonas de influencia hispánica o francesa, como California, Florida o Luisiana, siguen unas normas próximas al derecho civil francés, basadas en el derecho romano; las otras zonas han adoptado el derecho inglés.

 Por más que cada país tenga sus costumbres, los dispositivos jurídicos franceses están en contradicción con los valores en los que la sociedad afirma creer. Es un derecho básicamente conservador y sobre el que incluso se elude reflexionar por cuanto está en contradicción manifiesta con la idea de libertad o de igualdad, o al menos con las ideas más modernas a este respecto.

 Para los juristas franceses de principios del siglo XIX, la igualdad era la igualdad de trato entre hijos de una misma familia, que se opuso al derecho de primogenitura del Antiguo Régimen. El siglo XX entiende más bien por igualdad la igualdad de derechos y de oportunidades: es evidente que el sistema hereditario francés no va por ese camino.

 El debate se ha podido ocultar durante todo el tiempo en que, gracias al crecimiento, se ha creído que la acumulación de riquezas crearía más igualdad. Con una perspectiva a largo plazo de estancamiento económico y de moderación, incluso con la reducción del poder adquisitivo, esta hipocresía ya no es La desigualdad patrimonial se ha convertido, como en el siglo XIX, en la principal desigualdad material.

 Si Ia sociedad hace auténticamente suya una aspiración igualitaria, no podrá seguir cerrando los ojos eternamente, continuar reduciendo los salarios, protegiendo la fortuna e ignorando sus formas de transmisión.

¿Jóvenes = víctimas; viejos = privilegiados?

 La herencia nos aleja de las desigualdades en forma de diferencias; es fácil de medir, se puede definir con claridad. Es una desigualdad «dura», a la antigua, en comparación con las desigualdades «blandas», contemporáneas.

 La separación entre jóvenes y viejos corre el peligro de ser todavía más dura: a corto o largo plazo será inevitablemente conflictiva. En lo económico, en primer lugar: como hemos visto, se dan todos los ingredientes para que se produzca un enfrentamiento entre activos e inactivos, cotizadores y pensionistas, sanos y enfermos, pagadores y beneficiarios.

 Estadísticamente, cada vez serán menos los jóvenes a la vez activos, cotizadores, sanos y pagadores. ¿Por cuánto tiempo podrán seguir soportándolo? ¿Cuándo la intolerancia respecto a los viejos tomará la forma de un rechazo fiscal? ¿Cuándo el peso de las deducciones llegará a la sobredosis?

 La Historia ha demostrado que difícilmente una sociedad funciona en un sentido único. En lo profesional, después: parecerá bastante lejano el tiempo en que los jóvenes podían desempeñar los primeros papeles.

Sin duda, vamos hacia unas costumbres a la japonesa. La gerontocracia nos acecha: porque los viejos serán proporcionalmente más numerosos; porque se jubilarán más tarde; porque la pirámide demográfica se habrá deformado; porque la dinámica del poder jugará a favor suyo.

 La experiencia tiene sus virtudes, pero si se la cultiva demasiado se inhibe el dinamismo. ¿Qué visión de su futuro tendrán en el año 2000 los estudiantes, si sabrán que cuando encuentren un empleo necesitarán una década para superar las etapas que sus predecesores quemaban en unos meses?

 En lo cultural, también: ¿cómo no pensar que los viejos impondrán sus valores como los dominantes? Por mucho que la juventud de espíritu no se mida por la edad, el carácter juvenil de los viejos no equivale al de los «veinte años». El arte, la literatura, la atmósfera no escaparán a los efectos del envejecimiento. Difuso, impalpable, inasequible, inmaterial pero esencial: acabará por dominarnos. En lo moral, sin duda alguna. La moral de una sociedad dominada por sexagenarios no es la misma que la del babyboom. ¿No puede verse en el moralismo que despunta por el horizonte las premisas de este movimiento? No nos está amenazando el orden victoriano, ni el orden moral, pero sí una forma moderna de conservadurismo. ¡Qué difícil le resulta a una sociedad de ancianos hacerse a la idea de que las sacudidas son saludables! En lo étnico, es evidente: las poblaciones envejecidas toleran todavía peor la inmigración. Están encogidas, son egoístas, egocéntricas, tienen tendencia a encerrarse en sí mismas, a rechazar al extranjero, a atrincherarse. Cuando el extranjero es, además, un joven, se sienten doblemente amenazadas. En lo político, tal vez: si el conservadurismo tiene, por razones demográficas, el viento a favor, la derecha debería ser, en teoría, la primera beneficiada. Pero como la izquierda asumirá, a su manera y por razones de mera supervivencia, este conservadurismo, el pronóstico se mantiene algo incierto. ¿No puede verse en la posición más a la derecha del Partido demócrata estadounidense un anticipo a este movimiento? Pero, dejando a un lado cualquier análisis complejo, son, a pesar de todo, los partidos conservadores los que están en mejores condiciones para capitalizar el envejecimiento. El decorado para un enfrentamiento entre jóvenes y viejos parece estar inevitablemente montado. Con un grado semejante de desigualdad, siempre sucede algo, pero las manifestaciones de ese algo siguen siendo imprecisas. El choque puede ser frontal: tomar la forma de una lucha clásica por el reparto de la renta; alternar períodos de calma y breves brotes de violencia social; identificarse con una anomía que se manifiesta tanto en la marginalidad «ecologista» como en el terrorismo; producir enfrentamientos clásicos —huelgas, ocupaciones, manifestaciones—, o, por el contrario, inducir fenómenos sin precedecentes e indescriptibles.

 Será el estado mismo de la sociedad lo que dará sus formas al enfrentamiento. Pero, a largo plazo entre jóvenes y viejos amenazaron con adelantar a todas las demás.

¿Estará la desigualdad, como el poder según Michel Foucault, en todas partes y en ninguna? Después de seguirle la pista, en sus manifestaciones más recientes, es grande la tentación de responder afirmativamente y de proclamar al mismo tiempo, que las viejas desigualdades han sido sustituidas por las diferencias.

 Responderían a las primeras, que eran mensurables, las luchas sociales, el keynesianismo, la redistribución. A las segundas, inmateriales, corresponderían la disgregación, la esquizofrenia social, las ciudadanías múltiples, las adhesiones contradictorias.

 El empleo constituye el terreno privilegiado para detectar esta mutación, así como las concepciones relativas a la ciudadanía. No obstante, la realidad preserva unas separaciones más tradicionales, aunque en algunos aspectos son nuevas: las diferencias en el patrimonio sustituyen a las diferencias en los ingresos, y la rivalidad jóvenes-viejos ocupa el lugar de la lucha de clases.

En estos dos casos se trata de desigualdades casi clásicas: sabemos detectarlas, medirlas, captarlas. En cuanto a las diferencias, es nuestra misma manera de pensar lo que tenemos que cambiar: ni se analizan ni se conciben como desigualdades.

 En cuanto a las desigualdades de patrimonio o entre jóvenes y viejos, se impone un simple aggiornamento: los viejos conceptos no quedan totalmente en desuso.

 Nuevo mapa de la situación, doble realidad: tras las desigualdades clásicas, henos aquí enfrentados por un lado con unas diferencias y por otro con unas desigualdades paradójicamente resurgidas del fondo de los tiempos. Curiosa topografía ligada a los movimientos contradictorios que conforman la sociedad del año 2000.

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