LA CREENCIA DEL MÁS ALLÁ.

A la espera del Juicio Final

El verdadero objetivo de un cristiano es llevar una vida libre de pecado y, en recompensa, después de su muerte, vivir eternamente junto a Dios. El lugar de esta vida ha de ser el cielo, un lugar exento de preocupaciones, en el que los ángeles celebran a Dios y donde el hombre, condenado a elegir y decidir desde el pecado original en el Paraíso, encuentra por fin la anhelada tranquilidad. Pues, en el origen de los tiempos, cuando los primeros hombres comieron del Árbol del conocimiento pese a la prohibición de Dios, fueron expulsados como castigo de este Paraíso.

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Los cristianos creen en el Juicio Final. Dios separará a los pecadores de aquéllos que han llevado una vida libre de faltas. Los primeros, sin embargo, tienen la posibilidad de purgar sus pecados en el Purgatorio.

Este pecado —la facultad de los hombres de oponerse a Dios— quedó adherido a ellos como pecado original, y va transmitiéndose de generación en generación. Tras su muerte, los cristianos esperan en una suerte de sueño mortal la llegada del Juicio Final, en el que Dios separará a los creyentes de los no creyentes.

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Como el cuerpo debe conservarse para el Juicio Final, los cristianos son enterrados tradicionalmente en un ataúd.

 

El Hijo de Dios y los místicos

A Jesús se le considera una «encarnación de Dios» y personifica de ese modo uno de los mayores misterios del cristianismo. Algunas teorías lo ven principalmente como un sabio ejemplar que interiorizó hasta tal extremo las doctrinas misteriosas de la mística que se le llegó a considerar hijo de Dios. Con su muerte en la cruz, Jesús asumió simbólicamente la culpa de la humanidad. Con ello liberó a los hombres del pecado original y renovó la unión que Dios estableció en otro tiempo con Moisés. La vida tras la muerte abre a los hombres una nueva perspectiva, les da la esperanza de que no todo se acaba con la muerte.

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En las representaciones del Purgatorio, los pecadores suelen dirigir miradas suplicantes hacia el cielo con las manos elevadas. Todavía tienen la esperanza de llegar al cielo; los pecadores del infierno, en cambio, ya no tienen esta posibilidad.

 

Purgatorio e infierno

El purgatorio es desde el punto de vista cristiano un lugar de purificación. El alma tiene allí una última oportunidad de prepararse para afrontar una vida tras la muerte, una vida en el cielo, y liberarse de los pecados. El purgatorio no es comparable con el infierno, que según la concepción medieval es el cráter que abrió Lucifer al caer del Paraíso. En el Purgatorio, los pecadores penan sus faltas y son atormentados por el demonio y otros espíritus, pero la proximidad de Dios ya se puede intuir, aunque el hombre se sienta indigno y por ello se purifique mediante el arrepentimiento. En el infierno, en cambio, el hombre sufre. El infierno está dividido en diversos sectores, en los que los pecadores son castigados según la gravedad de sus faltas.

 

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