LA COMUNIDAD ECOLÓGICA: UN ESPÍRITU PIONERO.

POR. GILLES ELIMEY

Catedrático de Geografía de la Alimentación en la Universidad Paris-Sorbonne

La agricultura y la alimentación bio se presentan a menudo como una parte insignificante de la agricultura y de la alimentación globales: ¡menos del 1% de las superficies agrícolas en el mundo en 2010! Ni tan siquiera se sabe de dónde procede esta cifra que sin duda no incluye los jardines privados, los campos de los campesinos en África donde no se utilizan productos enriquecedores de la explotación agrícola, por falta de medios, y tantos otros lugares en el mundo.

Pero, al mismo tiempo, ¿qué pensar de una agricultura que acepta rendimientos de 50 quintales de trigo por hectárea, mientras que un suelo enriquecido con fertilizantes cuyas espigas están protegidas por pesticidas produce el doble?

 A esto se debe que la cuestión de los productos bio se reduzca muchas veces a una creencia: ¿se puede “creer” en lo bio y, sobre todo, “creer” que lo bio puede alimentar al mundo? En efecto, hace falta una buena dosis de optimismo para remar a contracorriente de un discurso que pone todo el interés en desacreditar a lo bio.

Incluso se llega a reprochar que lo bio de los países pobres alimente a los ricos: café arábiga o robusta de Uganda hacia Europa y Norteamérica, frutas y legumbres mexicanas para el mercado californiano, etc. ¿Acaso no importa Francia cerca del 40% de las legumbres ecológicas que consume, mientras que importa los dos tercios del total de las frutas y legumbres? Sin embargo, estos 37 millones de hectáreas de superficies ecológicas interesan a un número creciente de personas. Más de una decena de agricultores se pasan diariamente a la agricultura bio en Francia.

Cultivo biológico.

 Y cada vez hay más alimentos disponibles: frutas, verduras, leche, pan, cereales, pescado, carnes, vinos… Los amantes de los productos bio saben que nuestros platos son responsables de un tercio de las emisiones de gas de efecto invernadero, que hay que aprender a comer de otro modo y que deben replantearse su vínculo con la tierra nutricia.

Saben que los rendimientos en los países del Sur pueden triplicarse y llegar a ser más que suficientes para garantizar la seguridad alimentaria. Saben que los alimentos bio permiten no sólo comer más sano, sino asimismo de manera más nutritiva porque las plantas sin herbicidas se defienden produciendo moléculas orgánicas como los polifenoles, de efectos beneficiosos para la salud.

Hay cerca de 2 millones de productores de alimentos ecológicos en el mundo. La mayoría de los productores y de los consumidores se hallan en Europa, en México, en el este de África y en el sur y en el sureste de Asia.

 En Europa, estas minorías están implantadas en los países del Norte donde la sensibilidad por la naturaleza es antigua y está ligada al protestantismo. Cerca del 13% de las superficies agrícolas en Suecia se han convertido a la agricultura bio, y más del 7% en Finlandia. En Francia, Dróme y Ardéche, de cultura protestante, se han vuelto los departamentos más bio al haber destinado respectivamente el 13% y el 12% de las superficies a estos métodos agronómicos.

 Pero los hechos culturales no bastan, dado que Italia tiene el triple de explotaciones bio que Francia y el país es mayoritariamente católico. De hecho, la agricultura bio nació de explotaciones agrícolas de tamaño más bien pequeño (menos de 30 hectáreas), donde las producciones tienen un alto valor añadido para los mercados urbanos o para redes muy estructuradas.

 Los productores de alimentos bio a menudo son neo rurales y están más formados que la media de los agricultores. La mayor parte de los compradores son habitantes de ciudad educados, sensibles hacia el medio ambiente y que hacen de su plato un objeto de militancia al aceptar destinar un presupuesto mayor a alimentación.

El movimiento Slow Food, nacido en el Piamonte italiano, reivindica una comida “buena, limpia y justa”. Por lo general, los países donde estas prácticas bio van por delante son los países más urbanizados, donde la tradición urbana es antigua, creando así un potente vínculo, casi mítico, con la tierra.

En los países del Sur, los productores bio, responden a dos tipos: pioneros que se esfuerzan en salvar las agriculturas locales de las intrusiones de las multinacionales agroquímicas estadounidenses como es el caso en la India o en el Sahel; o productores integrados en las cadenas de exportación que no pertenecen a ninguna minoría.

 Lo bio sobre todo trae consigo prácticas colectivas éticas: por ejemplo, las cooperaciones locales solidarias entre productores y consumidores. En este modelo de economía alternativa, los consumidores comparten los riesgos y los beneficios de la actividad agrícola con los campesinos y tienen interés en participar en un mundo estable y solidario: Amap en Francia, CSA (Community Supported Agriculture) en los países anglosajones, ASC (Agriculture soutenue par la communauté) en Canadá, Teikei en Japón, Reciproco en Portugal y tantas otras se basan en la cooperación, en el ámbito local y en la solidaridad.

Pero la idea del vínculo social, fundamental en los comienzos de la agricultura bio durante los arios 1970, se completa actualmente con las condiciones de producción y de trabajo, con la cuestión de los ingresos, con el peso de los intermediarios y con los márgenes.

 Ésta es la razón por la que las minorías de este tipo de prácticas ecológicas no dejan de hacerse preguntas. ¿Cuál será el modelo económico de la expansión de la agricultura ecológica? ¿Hay que pasar por una intensificación de las prácticas? ¿Cómo asumir los fracasos o ver cómo disminuyen los ingresos desde el momento en que se pasa por las horcas caudinas de los distribuidores? ¿Quién, fuera de la minoría, sigue la ética de estas prácticas ecológicas? Y otras preguntas que no restan nada al espíritu pionero de los amantes de tales prácticas ecológicas, todavía intacto entre las jóvenes generaciones.

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