LA CÁBALA – 15- LETRAS Y NÚMEROS: LOS SIGNOS DE PODER DE LA CÁBALA.

Según ha escrito Abraham Abulafia, el alfabeto hebreo es un objeto de contemplación mística capaz de inspirar la trascendencia del alma.

¿Qué quiere decir Abulafia con “contemplación”? Esta vez no se trata de nada simbólico sino del sentido más concreto de esa palabra: mirar. Sí: mirar letras. Ésta es una de las formas de meditación más poderosas que existen. ¿Cómo es esto?

No es la Cábala el único sistema filosófico que sabe del poder de la contemplación. De hecho, lo que los hindúes denominan “mantra” se refiere a un objeto de concentración para el que medita, y hay dos clases de “mantras”. La primera clase es una frase o a veces sólo una sílaba que se repite hipnóticamente, y ese sonido tiene la propiedad de concentrar totalmente la atención del meditador sumiéndolo en un estado contemplativo profundo. La segunda clase de “mantra” es una imagen que el meditador mira fijamente; ésta puede ser una imagen fija, el dibujo de unas letras, o una “rueda de mantra”, que es un objeto circular con determinados dibujos que al girar ante la vista del meditador va produciendo diferentes formas y colores que se funden unos con otros e inducen a la concentración.

También los chinos saben del poder de la forma gráfica de las letras. Es común, aun hoy en día, entrar en una casa china y encontrar las paredes adornadas con caracteres (“ideogramas”, es decir las “letras” chinas) donde lo importante no es el significado de los mismos (a menudo se trata de un fragmento tomado al azar de un antiguo poema), sino la imagen en sí.

Esto es lo que sucede con la meditación cabalística basada en contemplar las letras del alfabeto hebreo o también manipularlas: dibujarlas, fundir unas con otras, etcétera. El grafismo que representa cada letra es visto como una forma pura que contiene en sí todas las posibilidades de la Creación (ya se habló extensamente acerca de la importancia absoluta de la palabra en la concepción cabalística del universo).

El propio Abulafia dejó testimonio de esta. práctica, instruyendo de esta manera a sus discípulos:

Limpia tus ropas y, de ser posible,, procura que toda tu vestimenta sea blanca, pues ello contribuye a acercar el corazón al amor de Dios. Si fuera de noche, enciende muchas luces a fin de que todo brille y esté claro. Luego toma una pluma, tinta y una tablilla para escribir, y recuerda que vas a servir a Dios con el corazón lleno de júbilo. Entonces comienza a combinar pocas o muchas letras, a permutarlas y a mezclarlas hasta que tu corazón entre en calor. Presta mucha atención a los movimientos de las letras y a los que tú produces al moverlas. Y cuando sientas que tu corazón ha entrado en, calor y veas que por medio de la combinación de letras comienzas a percibir cosas nuevas que no podrías conocer por tradición ni por ti mismo, cuando estés preparado para recibir la corriente de fuerza divina que fluye hacia ti, entonces usa toda la profundidad de tu verdadero pensamiento para imaginar eiz tu corazón el nombre de Dios y a sus gloriosos ángeles como si fueran seres huinanos sentados o de pie a tu lado. Y considérate a ti mismo como un mensajero a quien el rey y sus ministros van a enviar a una misión y que espera oír algo acerca de esa misión, ya sea de labios del rey o de sus servidores. Después de haber imaginado esto muy vívidamente, usa todo tu espíritu para comprender con tu pensamiento la infinidad de cosas que han de penetrar en tu corazón a través de las letras imaginadas. Pondéralas en su conjunto y a cada una de ellas, con todo detalle, como si se tratara de alguien a quien le cuentan una parábola o un sueño, o que medita acerca de un complejo problema, y trata de interpretar lo que habrás de oír de modo que, en la medida de lo posible, concuerde con tu razón. Todo esto ocurrirá después de que hayas arrojado la tablilla y la pluma, o de que éstas hayan caído a causa del poder de tu pensamiento. Entonces todo tu cuerpo se verá poseído por un temblor y pensarás que estás a punto de morir, pues tu alma, colmada de júbilo por el conocimiento adquirido, abandonará tu cuerpo. Y entonces sabrás que avanzaste lo suficiente como para recibir el flujo divino. Y luego, deseando honrar el poderoso nombre de Dios, sirviéndolo con la vida del cuerpo y del alma, cubre tu rostro y siente temor de mirarlo. Luego retorna a los asuntos del cuerpo, bebe un poco, o refréscate con un perfume agradable y devuelve tu espíritu a su envoltura hasta una próxima vez.

Este relato de una verdadera experiencia mística quizá no sea exactamente lo que pueda experimentar una persona de estos tiempos, sea o no de origen judío. Pero de todos modos cualquiera puede intentar la reconfortante y armonizarte experiencia de “meditar letras”. Las formas mismas de cada letra hebrea son propicias para la contemplación. En esas formas se refleja la forma del Universo, porque ellas estuvieron en la Creación.

 

Letras y números en armonía:

Antes de explicar cómo realizar esta meditación, es necesario conocer las formas, los significados y las relaciones numéricas de cada letra del alfabeto hebreo. El lector hallará esta información en la siguiente tabla:

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Meditación de las letras hebreas:

El primer paso, aunque obvio, consiste en aprender a trazar lo más acabadamente que sea posible las grafías de las letras hebreas. Es un placentero trabajo el aprender a dibujarlas, puesto que esas formas encierran los grandes misterios universales.

Para dibujar los grafismos hebreos es necesaria una pluma de tinta o una lapicera estilográfica. Por cierto que la pluma planteará de entrada algunos inconvenientes, por la falta de costumbre de su uso, pero claramente es el elemento que se recomienda para esta práctica. Superados los primeros intentos y la lógica torpeza inicial, la persona descubrirá el delicado placer de la caligrafía, que es una práctica reverenciada en las culturas más sabias, como por ejemplo entre los chinos.

También es importante conseguir una tinta de buena calidad, lo suficientemente densa como para facilitar un trazo vigoroso y dar un aspecto poderoso a las imágenes.

El siguiente paso importante consiste simplemente en dibujar letras. Sin un orden preestablecido, sin seguir una pauta en especial, sólo dejando que el alma se exprese libre e intuitivamente (cabe recordar que el hebreo se escribe en sentido contrario a las lenguas europeas, pero en este caso eso no es tan importante porque no se estarán escribiendo frases lingüísticas, sino grafismos que pueden ir de derecha a izquierda, de arriba hacia abajo, como sea que surja de la inspiración del momento).

Además de ser de por sí un placentero hecho estético, en la medida en que progrese en esta práctica la persona empezará a sorprenderse al descubrir que lo que en principio suponía un orden caótico de escritura no lo es tanto. Percibirá, poco a poco, que las letras que dibuja no son directamente pensadas por su mente, sino que parecen responder a un orden que es ajeno a su voluntad, aunque sea su mano la que las dibuja.

Lo que acabamos de mencionar sólo sucederá .con la repetición concentrada y habitual de la práctica de la escritura. Pero desde la primera vez que la persona lo intente, debe seguir el proceso siguiente: tras dibujar una cantidad de tiempo indeterminada pero que no excederá seguramente los 20 ó 25 minutos, debe detenerse y quedarse mirando el resultado de su tarea. Sólo mirando. O, para decirlo con mayor propiedad, contemplando las letras que acaba de dibujar.

Se trata de una contemplación vacía de interrogación. Esto significa que no se debe intentar “entender” lo que se ha escrito o encontrarle un significado u orden a la sucesión de trazos, porque, como ya dijimos, en este ejercicio de meditación no se “escriben frases” sino que se busca la trascendencia en la forma del trazo y sus interrelaciones con el resto del dibujo (a tal punto que no importa el significado literal, que para practicar esta técnica no es necesario saber hebreo).

Como sucede con el hecho mismo de dibujar, también esta contemplación con el paso del tiempo y el progreso de la práctica irá adquiriendo cada vez más y más sentido para el practicante. Las formas de cada letra en sí misma y las formas que nacen de la interrelación en el conjunto del dibujo comenzarán paulatinamente a convertirse en mensajes claros para el alma de quien las dibujó.

Si ninguna experiencia es del todo transmisible mediante la palabra, ésta quizá sea la más difícil de comunicar. Sólo profundizando en la técnica y la práctica, el lector sabrá de qué le estamos hablando en este momento. Lo que podemos asegurar es que se trata de una de las experiencias espirituales más gratamente sorprendentes a que se pueda tener acceso.

 

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