LA CÁBALA – 1- SEMBLANZA DE LOS ORÍGENES DE LA CÁBALA.

Para tener una idea de cuán importante es conocer la historia del misticismo judío para empezar a comprender la Cábala, basta anotar el siguiente dato: el término hebreo Kabbalah significa específicamente “tradición”. La Cábala es, justamente, la tradición hebrea.

Al estar tan íntimamente ligada a los sabios y filósofos hebreos, no es posible comenzar a introducirse en el fascinante mundo de la Cábala sin conocer, aunque sea en forma somera, sus orígenes. El lenguaje de la Cábala a veces puede parecer muy oscuro a quien por primera vez toma contacto con este medio de conocimiento, pero esto se debe más que nada a que generalmente se desconoce la procedencia de ese lenguaje, su origen judío, el significado de muchas imágenes que hacen alusión a la teología hebrea. Por eso, comenzaremos por trazar una semblanza .de los orígenes de la Cábala.

 

 Maimónides:

No se puede hablar del misticismo judío sin mencionar en primera instancia al sabio Moisés Maimónides, nacido en Córdoba, en 1135, y muerto en El Cairo, en 1204. Este rabino, este médico, fundamentalmente este filósofo, poseyó una cultura enciclopédica, una irradiación social en su entorno y una conciencia moral que lo convierten en uno de los grandes sabios de la historia de la humanidad, más allá de toda religión e idioma. Maimónides fue, en su tiempo, la encarnación de la conciencia religiosa y moral de toda la comunidad judía.

Su principal y revolucionario aporte es haber unido en armonioso matrimonio a la filosofía y la religión, que vagaban separadas por la Biblia, el Talmud, sin terminar nunca de reconciliarse, como si hasta entonces el pensamiento filosófico judío fuera algo totalmente distinto del religioso. A la tradición filosófica que quizá se remonte al Moisés bíblico (la filosofía griega es sin duda deudora de esa tradición judía) y que pasa luego por Sócrates, Platón y Aristóteles, Maimónides vuelve a imprimirle el sello religioso. A partir de los orígenes hebreos de la filosofía griega, Maimónides le devuelve al Talmud, que se había preservado de “contaminación” filosófica, su sentido global de unidad religioso-filosófica.

En cuanto al tema central del misticismo, el conocimiento de Dios, Maimónides tiene mucho que decir: niega totalmente la posibilidad de poder definir a Dios en su esencia. Dios es en esencia indefinible. No pueden nombrarse Sus atributos y Sus manifestaciones, apenas si se puede ir aproximándose a la idea de Dios a través de lo que Dios “no es”, sin que nunca vaya a poder llegarse a una definición exacta de lo que “sí es” Dios.

Pero no poder definir a Dios no significa necesariamente que no se lo pueda conocer. Sólo significa que “no hay palabras para definirlo” o, más exactamente, que las palabras humanas no son aplicables a Dios. En la Guía de perplejos, Maimónides se pregunta: “¿Es posible decir que Dios está vivo?” Y él responde que no, pero no porque Dios esté muerto, sino porque el concepto de “vida” que se aplica a los humanos no tiene el menor sentido aplicado a Dios.

Entonces, sobre esta posición original y revolucionaria para su época —en cuanto a que Dios no puede ser definido—, Maimónides basa su sistema de pensamiento filosófico y místico. Todo el misticismo judío posterior se apoya en la obra y las ideas de este sabio universal.

 

Del misticismo a la Cábala:

En los orígenes del misticismo judío, que alcanzó su completo desarrollo durante la Edad Media, hay un libro: el Sefer Yetsira o Libro de la Creación. Este pequeño opúsculo de unas pocas páginas es el germen de toda la filosofía hebrea posterior. A pesar de su oscuro lenguaje, constituye un aporte fundamental al conciliar de alguna manera las tradiciones bíblicas con la filosofía, que luego desarrollaron paralelamente los griegos, a quienes los judíos reconocen como intérpretes, a su particular manera, de las enseñanzas de Moisés.

El Sefer Yetsira fue redactado en plena época talmúdica, hacia los siglos V a VII, aunque la tradición atribuye la redacción de este Libro de la Creación a Abraham, cuya personalidad tenía una envergadura aun superior a la de Moisés, y quien depositó en esa obra la quintaesencia de toda sabiduría humana. El Sefer Yetsira es, en definitiva, el origen mismo de la Kabbalah.

De las primeras épocas de esta tradición se sabe muy poco, y resulta difícil seguir el itinerario de la Cábala por entonces, puesto que los cabalistas trabajaban en las sombras, sin dejar testimonio escrito de su pensamiento, sino transmitiéndolo en forma oral, de maestro a discípulo.

Recién hacia el siglo XII, en el mismo momento en que Maimónides componía sus grandes obras, la Cábala fue pasando de la tradición oral a la expresión escrita, que, como se dijo, toma como base fundamental al Sefer Yetsira o Libro de la Creación.

En esta etapa es fundamental el trabajo de los hasidim de finales del siglo XII y el siglo XIII, entre quienes se destacaron Samuel el Hasid y su hijo Juda. Éstos fueron autores de una abundante literatura mística de carácter esencialmente especulativo y oscuro, pero en la cual abundan las aperturas hacia una vida espiritual que debió ser intensa y ardiente.

 

Los hasidim:

Estos hasidim son parte de una extensa corriente filosófico—religiosa que va desde sus antepasados los esenios de la antigüedad hasta los casi contemporáneos hasidim de Polonia. Esta larga tradición se concentra particularmente en la vida interior y la conciencia moral.

Pero esta ética la insertaron específicamente en la Cábala, que ellos identificaban tanto con la doctrina talmúdica de la Merkaba como con el Sefer Yetsira. Toda la moral de estos cabalistas está impregnada de un sentido absoluto de desinterés, y comparaban la relación del hombre y Dios con la del caballero a quien su señor enviaba a luchas mortales sin otro premio que el honor.

Ahora bien: ¿cuál es la relación exacta entre el Sefer Yetsira y la Cábala? Veamos: el Sefer Yetsira afirma que las letras del alfabeto hebreo constituyen el fundamento y la estructura espiritual del mundo. Los cabalistas hasidim tomaron este concepto fundamental y lo aplicaron a las palabras y las letras de la plegaria litúrgica. Combinadas en asociaciones siempre nuevas, las letras de la plegaria atraen y elevan el espíritu hacia verdaderos éxtasis. La comunión se establece entre el hombre y el mundo, y así el hombre se abisma en la prosternación de una plegaria, deja atrás su propia persona y se abre al secreto divino. Esto es lo que plantean los hasidim de la Cábala original.

A partir de esta idea, y del trabajo de otro importante pensador judío nacido en Zaragoza, en 1240, y muerto hacia el 1290, Abraham Abulafia, comienza el itinerario de la Cábala, y sé profundiza la idea del poder de la palabra y el número, que se convierten en la música que explica y fundamenta el Universo todo.

Desde las armonías musicales simbólicas de las que habla Abulafia, pasando por las diversas combinaciones de las cuatro letras del nombre Sacrosanto de Dios (YHWH), practicadas por los cabalistas del siglo XVI, hasta llegar a los maestros hasídicos de la Europa Oriental del siglo XIX que introdujeron directamente la meditación con canciones y danzas, el itinerario de la Cábala se fue abriendo, alejándose de la oscuridad inicial y empezando a exponerse al interés de toda persona que se acercara a ella con verdadero deseo de penetrar ése conocimiento.

 

En el reino de la Cábala:

Quien usó por primera vez en un sentido técnico el término Kabbalah fue el místico judío español Salomón Ibn Gabirol, quien además aportó una de las primeras definiciones acerca de este medio de conocimiento. Para Gabirol, la Cábala es “la enseñanza que pasa de la boca al oído”, metáfora con la que quería significar la transmisión directa de una sabiduría intemporal.

Como todas las tradiciones espirituales, la Cábala puede aprenderse hasta cierto punto, pero en realidad debe “experimentarse”. Y si bien por su lenguaje, sus metáforas y su tradición la Cábala pertenece a la raíz del espíritu judío, la experiencia cabalística, en su esfuerzo por aproximarse a la comprensión de las realidades últimas, es universal.

Al igual que les sucedió al misticismo cristiano y al islámico, el énfasis que ponía la Cábala en la experiencia individual siempre resultó sospechoso y molesto a las jerarquías religiosas de turno, por lo que en la mayor parte de su historia la Cábala navegó en la clandestinidad. Por eso, durante siglos los inquietos cabalistas transmitieron sus técnicas de meditación en términos oscuros y metáforas casi incomprensibles, en un intento de evitar la excomunión por parte de las autoridades religiosas judías y la condena a muerte por parte de las autoridades civiles.

Hay que pensar que, desde los tiempos duros de los primeros siglos de la era cristiana cuando los romanos ejercían un poder aplastante sobre las minorías, pasando por la Edad Media y el horror de los tribunales de la Inquisición, hasta llegar a los pogromos, los guetos y las persecuciones asesinas de la Europa del siglo XX, los cabalistas tuvieron que pasar por todo eso cargando el doble peso de ser judíos y, por si fuera poco, judíos entregados a prácticas supuestamente mágicas. Por eso, la oscuridad aparentemente impenetrable de la Cábala no se debió tanto a su práctica, sino más bien a motivos sociales.

Recién a lo largo del siglo XX, la Cábala llegó a adquirir cierta jerarquía entre la cultura “oficial”, a través del interés despertado en escritores e intelectuales laicos, es decir, no pertenecientes a la jerarquía religiosa judía, como Martin Buber, Franz Kafka, Gershom G. Scholem, Walter Benjamin, Moshe Idel o el Premio Nobel Isaac Bashevis Singer, quienes mucho han hecho para que la Cábala pueda desembarazarse de sus pesados velos de cosa secreta e indescifrable.

La magnífica tarea de éstos y otros intelectuales (no exclusivamente de origen judío: Jorge Luis Borges es un ejemplo de ello) obligó a la religión también a abrir la enseñanza cabalística a todos. En esa tarea  se pusieron a trabajar algunos rabinos modernos, como Abraham Kook, Menachem Mendel Schneerson o Aryeh Kaplan.

Gracias al esfuerzo de estos religiosos de mentes abiertas, la Cábala ha salido de la oscuridad, mediante sus traducciones de textos sagrados y sus ensayos didácticos sobre el tema. Este material fue de gran estímulo para quienes han sido las últimas y fervientes reveladoras del saber cabalístico oculto: la pionera generación feminista judía, entre la que ‘se destacaron valerosas mujeres como, por ejemplo, Susan Schnur, Shoni Labowitz y Lynn Gottlieb.

El trabajo conjunto de estas personas fue haciendo que hoy en día la Cábala esté realmente abierta a todo aquel que quiere sumergirse en el estudio de, como decía Salomón Ibn Gabirol, “la enseñanza que pasa de la boca al oído”.

 

La Cábala en otras culturas:

Desde sus comienzos, a pesar del carácter secreto que siempre tuvo, la Cábala se difundió más allá del ámbito judío.

En Asia, por ejemplo, la Cábala fue absorbida por las religiones orientales. Resultan notables las coincidencias que en algunos lugares pueden advertirse con las ideas cabalísticas, ya después del exilio judío de las tierras de Israel. Esta integración, en principio, se dio lejos de los centros de las principales religiones de Oriente, pero al ser llevada a Asia Menor muchos creyentes hinduistas y budistas comenzaron a integrar las creencias judías a sus propias religiones, adaptándolas y acoplándolas en un verdadero proceso de sincretismo religioso, no por sutil menos profundo.

En Inglaterra, por otra parte, la Cábala fue introducida más o menos por la misma época en que los judíos sefardíes se asentaron en España. Un hecho importante para la difusión entre los iniciados y el mayor desarrollo del conocimiento cabalístico se dio cuando tomaron contacto con este conocimiento los sacerdotes de la antigua religión de los celtas, los llamados “druidas”. Éstos integraron muchos principios de la Cábala a sus propias tradiciones, que en muchos puntos hallaban notables coincidencias de principios.

De hecho, la magia medieval muestra una equilibrada mezcla de estas dos grandes tendencias: por un lado las fórmulas cabalísticas, por otro los secretos de los druidas, ambas cosas unidas e integradas mediante doctrinas secretas transmitidas sólo de maestro a iniciado.

Antes aun de lo que los historiadores consideran el comienzo de la era medieval, esta asociación mágica de la Cábala y la tradición celta ya se había verificado, aunque muy comprometida con el plano de lo legendario, en las historias que se cuentan desde siempre acerca del mago Merlín.

Se dice que este sabio era un druida, y que transmitió muchas enseñanzas mágicas y cabalísticas al rey Arturo desde que éste era un niño. Más allá de que las historias que han llegado hasta nosotros adquieren la forma de la leyenda y, por lo tanto, participan de una mezcla de realidad y fantasía, por los diversos estudios de los especialistas en el ciclo artúrico se puede afirmar que, más allá de los detalles fantásticos o legendarios, Merlín y Arturo realmente existieron en algún momento de la historia de la Bretaña antigua.

Ya en el siglo XVI, la relación entre la Cábala y la magia de los druidas fue intensamente estudiada por el sabio John Dee, autor, entre otras obras, de La mónada jeroglífica. Dee fue muy conocido en los círculos ocultistas de aquellas épocas por sus aportes a estos temas, en especial a partir de su traducción del sistema mágico ésenio.

Dee no sólo escribió acerca de la Cábala, sino que la estudió y la practicó. También trabajó como astrólogo personal de la reina Isabel I, hasta la muerte de ella en el año 1603

En Francia e Italia, por su parte, fue sin duda durante el Renacimiento cuando comenzó la etapa más intensa de difusión del antiguo sistema hebreo entre los intelectuales y eruditos no judíos. Esto ocurrió a partir de un libro: el Zohar o Libro del Esplendor, que es quizás el más importante de los textos cabalísticos. Aunque entre los cabalistas judíos este libro era conocido ya hacia el siglo XII, los europeos comenzaron a saber de él cuando se publicó simultánea-mente en Mantua y en Cremona, en el año 1560. Ya tendremos ocasión de volver repetidas veces sobre este texto fundamental de la literatura cabalística.

En lo que respecta a la influencia del Zahorí entre los no judíos, no puede dejar de destacarse una importante traducción del hebreo al latín realizada en el año 1678 por Knorr von Rosenroth, bajo el título de “Kabbalah Denudata”. Esta edición contiene traducciones de libros contenidos dentro del Zahorí, como ser: el “Sifra — di — Tzeniuta” (Libro de los misterios ocultos), el “Idra Rabha” (La asamblea sagrada mayor), o el “Idra Zutra” (La asamblea sagrada menor). El Zahorí fue el texto básico de los estudiosos no judíos en la época de mayor difusión entre éstos del saber cabalístico, es decir, durante los siglos XVIII y XIX. La “Kabbalah Denudata” de von Rosenroth fue traducida al inglés en 1877. Unos pocos años después, en 1888, S. L. McGregor Mats publicó una edición que combinaba la traducción latina con el original hebreo y muchos textos de origen caldeo, que a partir de entonces fue reeditada en numerosas oportunidades (hay una importante edición del año 1926 supervisada por la esposa de Mathers, quien también practicaba la Cábala).

Mathers fue también el fundador, en el año 1887, de un grupo de estudio conocido como “The Golden Dawn” (La Aurora Dorada), cuyos integrantes dedicaron todos sus empeños a desarrollar poderes mágicos en lo que fue una de las más importantes escuelas de ocultismo que hayan existido. Durante todo el siglo XX hubo un resurgimiento de esta clase de grupos esotéricos, y todavía hoy existen templos de La Aurora Dorada así como de otro importante grupo ocultista, la Orden de Arum Solis.

 

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