LA AMBICIÓN DE ERDOGAN

Por Javier Martín

 El 24 de julio de 1923, los primeros ministros de Turquía, Ismet lnünü, y de Grecia, Elefterios Venizelos, firmaron solemnemente el histórico Tratado de Lausana, que pretendía liquidar casi cinco siglos de orden político en el Mediterráneo oriental. Inspirado por Francia, Reino Unido y el entonces Reino de Italia —nuevas potencias coloniales—, suponía la puntilla para él una vez poderoso y entonces ya decadente Imperio Otomano.

Fundado en el siglo XIII por Osman I, líder de una tribu guerrera de Anatolia, la supremacía turca sobre el Mare Nostrum se extendió desde Argelia al golfo Pérsico y de Austria al Sahel hasta el albor del siglo XIX.

 Víctima como todos los emporios de su desmesurado gigantismo —pero también de la incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos, inaugurados por la revolución industrial—, el esplendor otomano había comenzado a extinguirse en 1912, fecha en la que la Roma prefascista arrebató Libia y las islas del Dodecaneso, limitando su territorio a la península que vio nacer a su fundador e instalando un abacial sentimiento de oprobio en un pueblo que durante décadas acaudilló el islam, contuvo a la Rusia zarista y desafió a la vieja y cristiana Europa.

Detallan las biografías no autorizadas de Recep Tayyip Erdogan que, como los adolescentes de su generación, el actual presidente turco maduró al ritmo cadencioso de las aleyas de El Corán, pero también de la nostalgia épicootomana que supuran los versos de Necip Fama Kisakürek, poeta del nuevo nacionalismo islamista turco.

Erdogan con los presidentes de Rusia Putin e Irán Hasán Rohani.

 Hijo de un capitán de la Guardia Costera, de carácter autoritario y taimado, Erdogan desarrolla desde su llegada al poder un ladino plan sostenido en ambas ideas con el que pretende arrebatar el liderazgo islámico a Arabia Saudí y recuperar el control del próspero y estratégico Mediterráneo oriental: primero, fomentando una islamización progresiva desde arriba —en 2012 autorizó el uso del hiyab en un estado orgulloso de su laicismo—, y desde hace unos meses, entregado de lleno a ese neootomanismobeligerante y altivo que le ha llevado a desafiar a EE UU, la Unión Europea, Egipto e Israel en el Egeo, y a involucrarse junto con Rusia en dos guerras cruciales: Siria y Libia.

Gas y migrantes

 Víctima del caos y la violencia desde que en 20111a OTAN contribuyera a la victoria de los grupos rebeldes sobre la larga dictadura de Muamar al Gadafi, la guerra civil que desde hace un lustro ensangrenta Libia ha devenido en un conflicto multinacional desde que hace dos años Ankara y Moscú —enemigos y socios necesarios— trasladaran sus ambiciones geoestratégicas —y sus tropas irregulares— desde Siria hasta Libia.

 Decidido a recuperar la influencia en un territorio en el que Turquía aún mantiene lazos étnicos y económicos —especialmente con el puerto de Misurata—, Erdogan cerró en diciembre de 2019 un acuerdo de cooperación política, económica y militar con el Gobierno de Acuerdo Nacional sostenido por la ONU en Trípoli, una entidad no electa fruto del fracasado plan de paz de 2015.

 A cambio de hombres y armas para rápido avance de las tropas bajo el mando del mariscal Jalifa Hafter, tutor del Ejecutivo no reconocido en el este y hombre fuerte del país, el líder turco ha logrado una presencia sólida en la antigua colonia otomana, donde no solo levanta ya bases militares; también influye en  Muere Mustafá decisiones de calado político.

 El presidente turco aprovechó, además, para deslizar otras dos ambiciones soterradas que han disparado la tensión bélica en el sureste mediterráneo y desatado la inquietud de Washington y Bruselas. En particular de Francia, que como en el siglo XIX pretende sostener el ariete de la lucha contra el expansionismo otomano.

 La primera vinculada al pulso que desde hace décadas mantiene con Israel, Egipto, Grecia y Chipre por los derechos de explotación de la bolsa de gas natural que se oculta al sur del mar Egeo.

Las prospecciones realizadas la década pasada en los yacimientos marinos de Zohr (Egipto), Leviathan y Tamar (Israel) y Aphrodite (Chipre) calculan que existe un depósito potencial de unos 125 trillones de metros cúbicos.

 Este último, situado en la zona económica exclusiva que Turquía no reconoce a Nicosia, y fronteriza con el área de explotación marítima libia —cuyos derechos Ankara ha negociado con el Gobierno de Trípoli—, se ha convertido en la médula de una disputa energética que amenaza con incendiar el tablero geopolítico.

 Exxon anunció el pasado febrero que el llamado bloque 10 albergaba reservas de entre 5 y 8 trillones de metros cúbicos, el mayor hallazgo de gas mundial en 2019. Semanas después, dos barcos de prospección turcos se establecieron en la zona escoltados por buques de guerra pese a la amenaza de sanciones europeas: el Fatih en las aguas en disputa en el oeste grecochipriota y el Yavuz en la zona bajo control de la no reconocida República del Norte de Chipre, fruto de la invasión turca de la isla en 1974.

 La segunda está relacionada con la crisis migratoria en el Mediterráneo, que desde 2014 ha ahogado en el mar las esperanzas de más de 20.000 personas, según datos de la ONU.

 Erdogan intuye que una influencia sustancial sobre un futuro gobierno amigo en Trípoli le concedería una segunda opción de chantaje a la UE, similar al que ya realiza gracias a la frontera con Grecia. Además, le permitiría abrir una puerta hacia el Sahel, origen de las rutas migratorias y el “limes” sur que más atemoriza a Europa.

El factor ruso

A la ambición neo otomana hay que sumarle el complejo factor ruso, secuela de una relación dimorfa dictada por la geografía. Desde época de los zares, las ambiciones expansionistas de Moscú se han topado con la necesidad nunca satisfecha de hallar una salida al Mediterráneo, ya fuera a través de la antigua provincia otomana de Siria —después protectorado francés— o de los estrechos del Bósforo y Dardanelos, en poder de Turquía desde la Convención de Montreux, en 1936. Y con la obligación de tener que pactar con los Gobiernos en Estambul o en Ankara pese a que las ambiciones parezcan diverger, como ocurre en la guerra en Siria.

 En Libia, ambos parecen sostener solo a cada uno de los Gobiernos rivales, aunque en realidad sus intereses convergen en el afán común de arrinconar a europeos, árabes y norteamericanos, como ocurre en Siria.

 El presidente ruso, Vladimir Putin, observa con deleite como la ambición neoimperialista de su colega turco, con el que mantiene un diálogo fluido, contribuye igualmente a una vieja aspiración pendiente desde la Guerra Fría: socavar la OTAN, a la que Turquía se sumó en 1952 junto con su tradicional enemigo Grecia.

 Una eventual guerra entre ambos como las que ensangrentaron el Peloponeso y el Egeo en tiempos pretéritos no solo supondría el fin de la Alianza, también el impulso definitivo para un anhelo que finalmente Erdogan se atrevió a verbalizar durante la simbólica islamización de Santa Sofía: recuperar el cetro del islam y devolver al nacionalismo turco el esplendor que un día le concedió la Sublime Puerta.

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