JESÚS. NAVIDADES APÓCRIFAS

Texto: Óscar Fábrega

Lucas y Mateo sí introdujeron en sus libros algunas páginas dedicadas al nacimiento milagroso de Jesús, así como a los primeros de años de su vida, aunque, por desgracia, contaron historias distintas. Por ejemplo, ambos tuvieron el valor de proponer unas genealogías de Cristo por vía paterna, pero sus propuestas no coinciden en los datos que aportan, sin tener en cuenta que en las dos obras se afirma expresamente José no era su padre real…

PASTORES NACIMIENTO

 Mateo, en sus primeros capítulos, mencionó el nacimiento virginal de Jesús, la visita de los Reyes Magos, la estrella de Belén, la matanza de los inocentes ordenada por Herodes, la huida a Egipto y el viaje a Nazaret, donde termina su relato de la infancia. Lucas, por otro lado, no dijo nada de los Reyes Magos, ni de la matanza de los inocentes, ni del viaje a Egipto.

 En cambio, relacionó el nacimiento de Jesús con otra milagrosa concepción, la de Juan el Bautista, al que prestó especial importancia; y mencionó algo que Mateo parecía no conocer: el viaje de José y María desde Nazaret hasta Belén, con motivo del famoso censo romano.

 De hecho, Mateo parece indicar que vivían allí, en Belén. Además, Lucas introdujo una escena inédita de lo más interesante que los otros evangelistas parecían desconocer: los tres días durante los cuales Jesús, siendo ya un mozalbete de doce años, anduvo perdido por Jerusalén hablando con los doctores del Templo.

Los exégetas cristianos, pese a estas devastadoras diferencias, intentaron unificar los dos relatos y crearon un corpus coherente que ha pasado a formar parte de la tradición cristiana. Pero sigue siendo inexplicable que Lucas, por ejemplo, no conociese la historia de los Reyes Magos, o que Mateo, por su lado, no supiese que Jesús era familia de Juan, ni que este fuese fruto también de una concepción milagrosa.

 La explicación es sencilla: ambos relatos proceden de comunidades cristianas distintas en las que brotaron diferentes versiones legendarias sobre los primeros años de Jesús. De hecho, los cristianos posteriores, de los siglo II, III y IV, contrariados por estas divergencias y por la escueta información aportada por Lucas y Mateo, comenzaron a relatar por escrito nuevas leyendas que, siempre desde un punto de vista ortodoxo, complementaban, extendían y unificaban lo narrado en aquellos dos Evangelios, Esta idea es clave: todos los Evangelios apócrifos de la natividad y de la infancia son posteriores a los Evangelios canónicos, están Inspirados en ellos y pretenden complementar, casi siempre con fines teológicos, la escueta información aportada por Mateo y Lucas.

LA INFANCIA DE MARÍA

 Así, por ejemplo, existe un grupo de apócrifos, algunos de ellos muy antiguos, que hablan sobre la vida de la Virgen María, desde su milagrosa gestación, con un objetivo teológico claro: explicar por qué Dios la eligió a ella para que recibiese a su hijo encarnado.

 El más importante e influyente de estos textos, y el más antiguo, es el llamado Protoevangelio de Santiago, fechado a finales del siglo II. Gracias a esta obra sabemos, siempre según la tradición cristiana, quiénes fueron los padres de María: Joaquín, un rico, generoso y piadoso caballero jerosolimitano, y Ana, hija de (sacar, ambos de estirpe davídica y, por lo tanto, de sangre real.

REYES MAGOS

 Desafortunadamente, tras veinte años de matrimonio no habían conseguido tener hijos, lo que les había sumido en una profunda tristeza, en parte porque el pueblo judío le daba una importancia tremenda a la procreación. Pero, según este texto, sucedió el milagro: un ángel se le apareció a Ana y le dijo que sus plegarias se habían cumplido y que por fin iba a ser madre, aunque sin la participación de su marido. Nueve meses después nacería una niña a la que pusieron de nombre María.

VIDRIERA NACIMIENTO

 La historia continúa, tanto en el Protoevangelio de Santiago como en otros apócrifos—entre los que cabe destacar el Evangelio del Pseudo Mateo (siglo IV), inspirado por el anterior—, con la entrega de la joven niña, de tan solo tres años, a los sacerdotes del Templo de Jerusalén, como cumplimiento de la promesa que sus padres habían hecho a Dios si les concedía un hijo.

En realidad, se trataba de una práctica habitual entre las familias acomodadas y pudientes de Israel que consistía en depositar a algunas de sus niñas en el Templo, con la idea de que fueren educadas y formadas en el amor a Dios hasta los doce años, fecha con la que, según la ley judía, ya podían casarse. María, durante su reclusión, llamó la atención por su apego a la oración y a los trabajos monásticos y porque “frecuentemente se veía hablar con ella a los ángeles, quienes la obsequiaban con cariño de íntimos amigos” (PsMt VI, 3).

Además, cuan do llegó el momento de dejar el Templo, los sacerdotes se encontraron con un problema: la joven había decidido que quería vivir en un eterno celibato como acto de entrega a Dios. Esto dificultaba buscarle un varón para poder casarla: “No es posible que yo conozca varón o que varón alguno me conozca a mí. [ .] A Dios se le honra, sobre todo, en la castidad, como es fácil probar” (PsMt VII, 1).

 Pero un ángel de Dios, siempre dispuesto a ayudar, propuso una solución: realizar un “casting” para elegir al hombre que se haría cargo de ella, sin casarse y sin afán por copular con ella. Así, los sacerdotes convocaron a todos los viudos de Jerusalén, que debían presentarse en el Templo con una vara “y de aquel sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ese será mujer” (ProtSt VIII, 3).

 Imagínense quién fue el elegido por designio divino: José el carpintero, un anciano viudo con varios hijos, porque de su vara salió una paloma que se puso a volar sobre su cabeza —en otras versiones se cuenta que de la vara brotaron milagrosamente unas flores, las famosas flores de San José—. Pero este no estaba del todo convencido y protestó: “Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los hijos de Israel” (ProtSt IX, 2).

 Finalmente, pese a sus reticencias iniciales, José terminó aceptando. Pero, que conste en acta, en ningún momento se dice en el Protoevangelio de Santiago que se acabasen casando, aunque en otros apócrifos sí se comenta. Sobra decir que esta historia apócrifa del nacimiento milagroso de María y de su autoimpuesta castidad tiene mucho que ver con un problema teológico grave al que tuvo que enfrentarse la cristiandad conforme fueron evolucionado las concepciones cristológicas.

Los cristianos creen que todos los humanos nacemos con la mancha del pecado original, originada por la rebeldía de Eva en el jardín del Edén. De ser cierto esto, María, debía haber sido, como todos nosotros, pecadora de nacimiento. Pero, ¿cómo podía ser pecadora la mujer que iba a albergar al hijo de Dios en su vientre? No podía serlo; tenía que ser un caso especial.

 Y así surgieron estas leyendas sobre su milagroso nacimiento. Por otro lado, la Iglesia, que no reconoce la validez de estos textos —pero sí que sus padres fueron Joaquín y Ana—, se buscó otra solución: desarrolló la doctrina de la Inmaculada Concepción, que parte de que María, como madre de Dios, fue preservada del pecado original por la propia divinidad.

 Por otro lado, estos apócrifos nos informaron de algo que en los Evangelios canónicos no quedaba nada claro: José, el padre putativo, debía ser mucho mayor que María, que tenía solo doce años cuando salió del Templo (aunque en el Evangelio del Pseudo Mateo se dice que tenía catorce). Es más, en otra obra apócrifa llamada Historia de José el Carpintero, del siglo IV, se dice que tenía 93 años cuando se casaron.

MARÍA VIRGEN

 La historia continúa, más o menos, cómo todos conocemos. María, cuatro años después de ser acogida por José (según el Protoevangelio de Santiago), recibió la visita de un ángel que le informó de que se iba a quedar embarazada de forma milagrosa, sin participación de José ni de ningún varón: “No será así, María, sino que la virtud del Señor te cubrirá con su sombra” (ProtSt XI, 3).

 Claro, aquello debió levantar rumores y habladurías. Los evangelios canónicos no se hicieron eco de ello, pero según los apócrifos el drama terminó desencadenándose: “Al llegar al sexto mes de su embarazo, volvió José de sus edificaciones; y, al entrar en la casa, se dio cuenta de que estaba encinta. Entonces hirió su rostro y se echó en tierra sobre un saco y lloró, diciendo: ¿Con qué cana me voy a presentar yo ahora ante mi Señor? ¿Y qué oración haré yo por esta doncella? Porque la recibí virgen del templo del Señor y no he sabido guardarla. ¿Quién es el que me ha puesto insidias y ha cometido la deshonestidad en mi casa, violando a una virgen? ¿Es que se ha repetido en mí la historia de Adán?”(ProtSt XIII, 1). El hombre no daba crédito.

ANGEL DE LA ANUNCIACIÓN

 Ni tampoco creía las explicaciones de María “no sé de donde ha venido esto” (ProtSt XIII, 3) —. Además, se enfrentaba a un complicado dilema: si la joven tenía razón María y aquello era cosa de Dios, y la repudiaba, estaría zancadilleando la voluntad divina; pero, si lo aceptaba, tendría enfrentarse a los rumores de sus vecinos y amigos. Aturdido y molesto, finalmente quedó tranquilo cuando un ángel le aclaró todo: el niño era fruto del Espíritu Santo. Eso era otra cosa.

 En este momento, los apócrifos de la natividad introdujeron una escena inédita: la noticia del embarazo milagroso llegó a oídos del Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, que pensó en un primer momento que José había abusado de la confianza que habían depositado en él como custodio de la joven doncella. Fueron llevados ante el tribunal e interrogados.

 Y sucedió entonces algo sumamente curioso: “‘Os haré beber el agua de la prueba del Señor y ella pondrá de manifiesto vuestros pecados antes vuestros propios ojos’ —dijo el sacerdote. Y tomándola se la hizo beber a José, enviándole después a la montaña; pero él volvió sano y salvo. Hizo después lo propio con María, enviándola también a la montaña; más ella volvió sana y salva. Y todo el pueblo se llenó de admiración al ver que no aparecía pecado en ellos” (ProtSt XVI, 12).

¿Qué es esto del agua de la prueba del Señor? Pues resulta que, según se cuenta en Números 5,11-31, el marido que dudaba de la fidelidad de la esposa debía llevarla al sacerdote, y este, después de advertir a la señora de los castigos que recibiría en caso de que fuese culpable, comprobaría si había sido infiel haciéndole beber un extraño potingue compuesto por agua santificada, polvo del suelo y una hoja con las maldiciones escritas. Si no le pasaba nada, era inocente.

 Pero, sí fuese culpable, se le quedarían lacias las caderas y se le hincharía el vientre. Lo raro es que también le hiciesen la prueba a José… Fueron absueltos, pero José no estaba plenamente convencido. De hecho, tras enterarse de que el emperador Augusto había emitido una orden para que todos los habitantes de Judea se inscribiesen en el censo, se planteó, según el autor del Protoevangelio, lo siguiente: “Desde luego que a mis hijos sí que les empadronaré, pero ¿qué voy a hacer con esta doncella? ¿Cómo voy a incluirla en el censo? ¿Como mi esposa? Me da vergüenza” (XVII, 1).

EL NACIMIENTO

 La historia continúa de un modo parecido a cómo la contó Lucas. La familia emprendió el camino que lleva a Belén, desde Nazaret, dado que José tenía que registrarse en el censo en su ciudad de origen. Pero María, en avanzado estado de gestación, se puso de parto poco antes de llegar. Curiosamente, los apócrifos no dicen nada de que no hubiese sitio en ninguna posada, lo que provocó que el nacimiento se produjese en un establo, tal y como había contado Lucas.

 El Protoevangelio de Santiago indica que, cuando llegó el momento, José decidió cobijar a la joven en una cueva, acompañada por sus hijos, y se marchó en busca de una partera. Y de pronto pasó algo absolutamente sobrenatural y paranormal: el tiempo se paró. Todo quedó estático, hasta los pájaros del cielo y los pastores. Todo, menos una misteriosa mujer que casualmente resultó ser una partera y que se prestó a ayudar al bueno de José. Presten atención a cómo lo describió este evangelista.

 Los aficionados al fenómeno OVNI captarán, sin duda, el parecido que hay entre esta descripción y algunos relatos de avistamientos modernos: “Y yo, José, me eché a andar, pero no podía avanzar; y al elevar mis ojos al espacio, me pareció ver como si el aire estuviera estremecido de asombro; y cuando fijé mi vista en el firmamento, lo encontré estático y los pájaros del cielo inmóviles; y al dirigir mi mirada hacia la tierra, vi un recipiente en el suelo y unos trabajadores echados en actitud de comer, con sus manos en la vasca.

JESÚS NIÑO

 Pero los que simulaban masticar, en realidad no masticaban; y los que parecían estar en actitud de tomar la comida, tampoco la sacaban del plato; y, finalmente, los que parecían introducir los manjares en la boca, no lo hacían, sino que todos tenían sus rostros mirando hacia arriba. También había unas ovejas que iban siendo arreadas, pero no daban un paso, y el pastor levantó su diestra para bastonearlas (con el cayado), pero quedó su mano tendida en el aire. Y al dirigir mi vista hacia la corriente del río, vi cómo unos cabritillos ponían en ella sus hocicos, pero no bebían.

 En una palabra, todas las cosas eran en un momento apartadas de su curso normal” (ProtSt XVIII, 2). Y así, en aquella cueva, en medio de unos maravillosos efectos lumínicos, nació Jesús, para regocijo de todos, especialmente de la partera, que estaba maravillada al ver que había nacido el hijo de una virgen que, además, seguía siéndolo, porque el niño, según este Evangelio, apareció de la nada. De pronto, y sin que se sepa muy bien el por qué, apareció por allí otra partera, una tal Salomé, alertada por las luces y el ruido. Su compañera le contó la maravilla que acababa de presenciar, pero Salomé no se lo acabada de creer: “Por vida del Señor, mi Dios, que no creeré tal cosa si no me es dado introducir mi dedo y examinar su naturaleza” (ProtSt XIX, 3).

 Lo que pasó a continuación no tiene precio: “y, habiendo entrado la partera, le dijo a María: ‘Disponte, porque hay entre nosotras un gran altercado con relación a ti’. Salomé, pues, introdujo su dedo en la naturaleza, mas de repente lanzó un grito, diciendo: ?Ay de mí! iMi maldad y mi incredulidad tienen la culpa! Por tentar al Dios vivo se desprende de mi cuerpo mi mano carbonizada” (ProtSt XX, 1).

 Menudo drama. Pero Dios, en su tremenda bondad, hizo que se apareciese un ángel, que ordenó a Salomé que tomase al niño en brazos. Lo hizo y, milagrosamente, fue curada. Más alucinante aún es la descripción que la propia partera hizo del momento del nacimiento de Jesús, según otro apócrifo mucho más tardío (de siglo IX o X), el Liber Infantia Salvatoris (“Libro de la infancia del Salvador”): “Tenía mi vista fija en el intenso resplandor que despedía la luz que había nacido.

REYES MAGOS

Y esta luz fuese poco a poco condensando y tomando la forma de un niño, hasta que apareció un infante como suelen ser los hombres al nacer” (71-75). Más imaginativo, si cabe, es lo que se contó en el Evangelio Árabe de la Infancia, un texto del siglo VI, en el que se dice que Jesús, poco después de nacer, dijo lo siguiente: “Yo soy Jesús, el hijo de Dios, el Verbo, a quien tú has dado a luz de acuerdo con el anuncio del ángel Gabriel. Mi padre me ha enviado para la salvación del mundo” (I, 2). Por otro lado, entre las novedades que aportó el Evangelio del Pseudo Mateo cabe destacar la aparición de dos personajes que han pasado a formar parte de la iconografía característica de la Navidad: el buey y el asno. Según este texto, tres días después de nacer Jesús, María salió de aquella gruta, en la que se había producido el milagroso nacimiento, y se instaló en un establo, “Allí reclinó al niño en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron.

 Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: el buey conoció a su amo, y el asno el pesebre de su señor” (PsMt XIV). El traslado al establo se debe, obviamente, a la necesidad de coordinar la narración del Protoevangelio (en el que se dice que nació en una cueva), obra en la que se inspiró el Pseudo Mateo, con la versión canónica de Lucas, en la que no se decía nada de ninguna cueva.  

SABER MÁS

RITUAL SAGRADO

RETOMANDO EL DELICADO TEMA DE LA CIRCUNCISIÓN, EN EL EVANGELIO ÁRABE DE LA INFANCIA SE CUENTA CON MÁS DETALLE CÓMO SE REALIZÓ ESTE RITUAL SAGRADO PARA LOS JUDÍOS, QUE TUVO LUGAR EN LA MISMA CUEVA DEL NACIMIENTO OCHO DÍAS MÁS TARDE. PRESTEN ATENCIÓN A LO QUE SUCEDIÓ CON EL PREPUCIO DE JESÚS: “Y SUCEDIÓ QUE LA ANCIANA HEBREA TOMÓ LA PARTECITA DE PIEL CIRCUNCIDADA (OTROS DICEN QUE FUE EL CORDÓN UMBILICAL) Y LA INTRODUJO EN UNA REDOMITA DE BÁLSAMO AÑEJO DE NARDO. TENÍA ELLA UN HIJO PERFUMISTA Y SE LA ENTREGÓ, HACIÉNDOLE CON TODO ENCARECIMIENTO ESTA RECOMENDACIÓN. ‘TEN SUMO CUIDADO DE NO VENDER A NADIE ESTA REDOMA DE UNGÜENTO DE NARDO, POR MÁS QUE TE OFREZCAN POR ELLA HASTA TRESCIENTOS DENARIOS’. Y ESTA ES AQUELLA REDOMA QUE COMPRÓ MARÍA, LA PECADORA, Y QUE DERRAMÓ SOBRE LA CABEZA Y PIES DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, ENJUGÁNDOLOS LUEGO CON SUS PROPIOS CABELLOS” (V, 1).

 CURIOSO QUE SE RELACIONE ESTE EPISODIO DEL SAGRADO PREPUCIO CON LO NARRADO EN EL EVANGELIO DE LUCAS (7, 3650) SOBRE LA PECADORA ARREPENTIDA QUE UNGIÓ LOS PIES DE JESÚS CON UN PERFUME CONSERVADO EN UNA JARRA DE ALABASTRO Y QUE FUE PERDONADA DE TODOS SUS PECADOS POR EL NAZARENO. EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO DE LUCAS SE HACE LA PRIMERA MENCIÓN A MARÍA MAGDALENA, LO QUE HA LLEVADO A QUE TRADICIONALMENTE SE LE IDENTIFIQUE CON ESTA PECADORA, TAL Y COMO SUCEDE EN ESTE APÓCRIFO MENCIONADO.

REYES MAGOS

LA LITERATURA APÓCRIFA SOBRE LOS PRIMEROS DÍAS DE JESÚS TAMBIÉN RECOGE SU CIRCUNCISIÓN, QUE TUVO LUGAR AL OCTAVO DÍA, Y LA PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN, TRAS LA OBLIGADA CUARENTENA DE MARÍA, SIGUIENDO SIEMPRE LA ESTELA LA NARRACIÓN DE LUCAS. PERO, A PARTIR DE ESTE MOMENTO, LOS TEXTOS RETOMAN LA VERSIÓN DE MATEO, COMPLETANDO, CON CRECES, EL CONOCIDO EPISODIO DE LOS MAGOS DE ORIENTE Y LA MATANZA DE LOS INOCENTES, QUE TUVO COMO CONSECUENCIA ALGO DE TREMENDA IMPORTANCIA QUE LUCAS PARECÍA NO CONOCER: LA HUIDA DE LA SAGRADA FAMILIA A EGIPTO.

EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO CUENTA QUE JOSÉ, JUSTO ANTES DE PARTIR DE REGRESO A NAZARET —SU CIUDAD SEGÚN LUCAS, AUNQUE MATEO PENSABA QUE ERAN DEL MISMO BELÉN—, SE ENTERÓ DE QUE UNOS MISTERIOSOS MAGOS ESTABAN PREGUNTANDO POR EL RECIÉN NACIDO REY DE LOS JUDÍOS, ACONTECIMIENTO QUE CONOCÍAN PORQUE UNA ESTRELLA EN EL CIELO SE LO HABÍA INDICADO. HERODES, POR ENTONCES REY DE LOS JUDÍOS CON EL APOYO DE ROMA, SE INQUIETÓ POR LA NOTICIA Y MANDÓ A LLAMAR A AQUELLOS MAGOS Y LES ADVIRTIÓ DE QUE LE MANTUVIESEN INFORMADO EN CASO DE QUE ENCONTRASEN EL NIÑO.

PERO NO LO HICIERON. ENCONTRARON LA CUEVA, GRACIAS, DE NUEVO, A LA ESTRELLA MÓVIL, ADORARON AL NIÑO Y LE DIERON LOS FAMOSOS REGALOS, PARA DESPUÉS MARCHARSE DE REGRESO AL ORIENTE SIN INFORMAR AL MONARCA. HERODES, INDIGNADO Y LLENO DE IRA, ORDENÓ MATARA TODOS LOS MENORES DE DOS AÑOS PARA ASEGURARSE ASÍ ELIMINAR AL PROMETIDO PRETENDIENTE QUE LE PODÍA ARREBATAR EL TRONO.

 JOSÉ, ALARMADO, CAMBIÓ DE OPINIÓN Y, EN VEZ DE REGRESAR A GALILEA, DECIDIÓ HUIR CON SU FAMILIA A EGIPTO. HASTA ESTE PUNTO LA NARRACIÓN COINCIDE CASI EN SU TOTALIDAD CON LA VERSIÓN CANÓNICA DE MATEO, PERO A PARTIR DE AQUÍ EL PROTOEVANGELIO INTRODUCE ALGUNAS NOVEDADES SIGNIFICATIVAS, ENTRE LAS QUE CABE DESTACAR EL PAPEL PROTAGONISTA QUE ADQUIERE JUAN, EL FUTURO BAUTISTA, DURANTE LA MATANZA DE LOS INOCENTES. SEGÚN ESTE TEXTO, HERODES SOSPECHABA DE QUE EL ANUNCIADO MESÍAS PODÍA SER JUAN, EL HIJO DE ZACARÍAS, UNO DE LOS SACERDOTES DEL TEMPLO, AL QUE MANDÓ INTERROGAR.

PERO, COMO ESTE SE NEGÓ A SEÑALAR EL PARADERO DE SU HIJO, FUE ASESINADO POR LOS SECUACES DEL MONARCA. LOS SACERDOTES, INDIGNADOS ANTE LO SUCEDIDO, INFORMARON AL PUEBLO, QUE LE LLORÓ Y LE RINDIÓ LUTO DURANTE TRES DÍAS. POR OTRO LADO, ISABEL, LA MADRE, PARIENTE DE LA VIRGEN MARÍA, CONSIGUIÓ PONER A SALVO AL PEQUEÑO JUAN, NACIDO POCO TIEMPO ANTES QUE JESÚS, HUYENDO HACIA LAS MONTAÑAS, AUNQUE CONTARON CON LA INESTIMABLE AYUDA DE DIOS, QUE, ATENTO A LAS PLEGARIAS DE ISABEL, LES ABRIÓ UNA CUEVA PARA QUE SE COBIJASEN.

EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO CONCLUYE SU NARRACIÓN EN ESTE PUNTO, PERO EL EVANGELIO DEL PSEUDO MATEO Y LOS APÓCRIFOS DE LA INFANCIA EXPLICAN CÓMO SE DESARROLLÓ LA ESTANCIA EN EGIPTO, UN VIAJE LLENO DE SITUACIONES ASOMBROSAS.

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