Introducción

LOS DIOSES DE EGIPTO

Los dioses evolucionaron como seres independientes y poderosos de forma local, en los poblados y ciudades tanto del Delta como del valle del Nilo prehistórico. Como su culto era celebrado por sacerdotes locales en santuarios locales, éstos desarrollaron mitos y rituales para reforzar su propia autoridad divina. La cuestión de quién fue antes, el mito o el culto, ha generado un intenso debate científico; se trata de una cuestión con muy pocas probabilidades de hallar una respuesta aceptada por todos. No obstante, se está de acuerdo en considerar que mito y rito no tardaron en apoyarse mutuamente: los mitos se utilizaban para justificar el culto a los dioses, mientras que los rituales recreaban la mitología, y, al hacerlo, la reforzaban.

En general, los dioses poseían un poder geográficamente limitado; cada uno de ellos concedía su protección a quienes vivían o pasaban por su territorio, de modo que un viajero embarcado en un peligroso camino hacia un oasis podía encontrar conveniente añadir a sus prácticas religiosas habituales una oración a la deidad desértica local. Pero según algunas ciudades se fueron haciendo ricas y poderosas, el prestigio de sus dioses y sus rituales aumentó, de tal modo que cuando Egipto estuvo unificado bajo un único soberano, que gobernaba desde Menfis, terminó desarrollándose una laxa jerarquía de dioses, en cuya cima se encontraban las deidades estatales reconocidas en todo el país, con los dioses de relevancia local en la zona media y en la parte inferior una amorfa masa de semidioses y seres sobrenaturales reverenciado por la gente del común. Cada ciudad poseía su propio dios principal, cuya autoridad era reconocida dentro de los límites de esta población; así, por ejemplo, en Menfis el dios principal era el arte-sano-creador Ptah, mientras en la cercana Heliópolis predominaba el dios sol Ra.

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Dios Egipcio artesano. Creador de Menfis.

Los santuarios y templos, que cada vez eran más importantes para las nuevas ciudades, comenzaron a atraer la riqueza de los reyes. De forma lenta pero segura pasaron de ser endebles estructuras de caña a imponentes edificios —en un principio de adobe y luego de piedra, un material que permitía grabar textos e imágenes— rodeados de altos muros, destinados a impedir que quedaran contaminados por el incontrolable caos que los rodeaba. Estos templos de culto urbano tenían un propósito y un diseño muy diferentes al de los recintos sagrados y los templos funerarios que se estaban empezando a construir en la desértica Tierra Roja, cuya intención era proteger los intereses del rey difunto, convertido en divino a su muerte. En los templos de culto, que eran la residencia terrenal del dios, el objetivo principal era el bienestar tanto de Egipto como de su soberano. Los rituales diarios —el lavado y vestido de la estatua de culto, así como la ofrenda regular de comida, bebida, incienso y oraciones— aseguraban que el dios del templo fuera feliz y Egipto prosperara. En los templos funerarios el objetivo principal era la supervivencia del faraón en la vida y en la muerte, y en ellos los sacerdotes realizaban ofrendas regulares para sustentar el alma del rey difunto. La mayor parte de los reyes aspiraba a construir templos de culto, por lo que un costoso programa constructivo era considerado una de las características de un reinado próspero. No obstante, siempre se concedió prioridad a los templos funerarios, que eran los que aseguraban la vitalmente importante inmortalidad del rey.

Ya se reconocía al soberano como el único mortal capaz de comunicarse con los dioses. En teoría esto significaba que era el único que podía realizar las regulares ofrendas necesarias para satisfacer a los dioses e impedir que Egipto se desintegrara en el caos. Por lo tanto, el rey era el elemento principal de todos los cultos: sobre él recaía la increíble responsabilidad de asegurar que todos los rituales necesarios se realizaran en la forma y en el momento adecuado. Ello queda de manifiesto en los muros de los templos, donde el rey —y sólo el rey— aparece presentando ofrendas y de pie junto a los dioses. En la práctica, como es evidente que el monarca no podía estar presente en todas las ceremonias de todos los templos, se aceptaba que podía ser ayudado o reemplazado por un sacerdocio no vocacional escogido de entre la élite cultivada.

Mientras el rey y sus sacerdotes aplacaban a los dioses estatales mediante rituales formales, sus súbditos, casi por completo excluidos de la religión estatal, continuaron reverenciando y temiendo a una ecléctica mezcla de dioses, semidioses y seres sobrenaturales locales: espíritus, demonios y fantasmales antepasados, para los cuales nunca se llegó a desarrollar un culto formal y de los que actualmente se conserva poca o ninguna mitología, pero que resulta innegable tuvieron una enorme influencia en la vida de las gentes del común. La palabra egipcia netcher, que se suele traducir sencillamente como «dios», engloba a todas esas entidades divinas y probablemente a muchas más.

Templo-Funerario-de-Ramses-III-1

Templo Funerario de Ramsés III

La magia era, en todos los niveles de la sociedad, un poder real y potente que podía utilizarse para proteger al inocente y alejar los males. En modo alguno puede ser separada de forma significativa de la religión formal, como tampoco de la ciencia. Los médicos sanaban con recetas médicas complementadas con encantamientos de probada eficacia; los reyes eliminaban a enemigos remotos quemando o aplastando su nombre en rituales templarios; y hubo asesinos que intentaron matar a reyes utilizando figuras de cera y recitaciones mágicas. En la literatura de la época se han conservado historias de magos que realizaban trucos impresionantes —hacer que un cocodrilo de cera cobrara vida, dividir en dos las aguas de un lago o hacer revivir a un animal decapitado pegándole la cabeza—, y parece razonable pensar que se han perdido otras historias igual de emocionantes.

Los dioses estatales crearon el mundo, controlaban las fuerzas cósmicas y dirigían las grandes experiencias humanas, pese a lo cual su comportamiento era característicamente humano y sus vidas, comparadas con las de los dioses de otras sociedades, resultan innegablemente aburridas. Eran emocionales, irracionales y capaces de sentir amor, lujuria, soledad, celos y odio. Comen, beben, se emborrachan, duermen, fornican, envejecen, sufren y, en algunos casos, mueren. Rechazan la poligamia practicada por los reyes mortales y se casan y crean familias pequeñas: el ideal era la tríada divina, formada por un dios, una diosa y un vástago (por lo general varón). Escasas veces interactúan con humanos no pertenecientes a la realeza y raramente sienten lujuria por mujeres mortales. De hecho, si bien son capaces de saberlo y comprenderlo todo, se muestran curiosamente tímidos, descansando en los oscuros santuarios de sus templos y comunicándose con el mundo exterior utilizando el intermediario que habían elegido, el rey.

3-Dios Osiris egipcio.Dios de los muertos

Dios Osiris egipcio. Dios de los muertos.

Muchas de estas deidades poseen una fuerte asociación con aspectos concretos de la vida o el mundo natural, o eran la personificación de cosas, lugares o conceptos: Osiris, por ejemplo, era el dios de los muertos; Isis era una maga y sanadora poderosa; la diosa Maat representaba la armonía y el orden del mundo. No obstante, sería un grave error clasificar a cualquiera de estos seres por un único «poder» o atributo. Isis era una sanadora, sí, pero una de las muchas existentes y estaba dotada de otras tantas habilidades e intereses; categorizarla como de «diosa de la sanación» sería simplificar en exceso su papel.

Una deidad puede separarse en varios aspectos del mismo ser. Así, por ejemplo, nos encontramos con que uno de los primeros y más duraderos dioses, Horus, con cabeza de halcón, es adorado en diferentes épocas y lugares como: Horus el Niño u Horus el Viejo, como Horakhty (Horus el de los dos horizontes) u Horemakhet (Horus del horizonte) y también con variantes locales como «Horus de Hieracómpolis» (el Horus original) y «Horus Behdety» (un dios asociado con la realeza y el trono real). No obstante, esta concentración local en aspectos específicos no es una característica única ni de Egipto ni del mundo antiguo y tiene un fácil paralelo en el reconocimiento que hace la iglesia Católica de los muchos aspectos de la Virgen María. Más inusual es la capacidad de los dioses egipcios para combinarse entre ellos y formar deidades compuestas o sincréticas. Horus, por ejemplo, puede unirse a Ra para formar la suprema deidad solar RaHorakhty, una manifestación de Ra como el fuerte dios del amanecer; mientras que el guerrero dios Amón se combina con Ra para crear la poderosa deidad estatal Amón-Ra. Describir estas deidades sincréticas como seres fusionados o unidos es, casi con total seguridad, simplificar en exceso; a pesar de no saber exactamente cómo los veían los antiguos, está claro que los dioses unidos no quedaban conectados de forma permanente o exclusiva y ninguna de las partes predominaba sobre la otra. Resulta curioso que ni el dios terreno Osiris ni el dios solar Ra, quienes se unían cada noche en las oscuras cavernas del más allá y eran el origen de las dos mitologías contrarias de Egipto, nunca se combinaran formalmente para crear una deidad sincrética.

Si bien el comportamiento de los dioses puede parecer tranquilizadoramente humano, su aspecto —al menos a los ojos modernos de un occidental— no lo es. Como resulta evidente, siguen las reglas de las representaciones artísticas egipcias, de tal modo que en el arte bidimensional aparecen sin perspectiva, con el rostro de perfil y el cuerpo de frente. Es lo que esperamos. La combinación de lo que a primera vista parecen partes del cuerpo elegidas al azar es lo que resulta más sorprendente. Mientras que algunas deidades siempre asumen forma humana, otras muchas aparecen representadas con forma puramente animal o, más raramente, con aspecto de objeto inanimado. Esta combinación de elementos animales y humanos no estaba restringida a los dioses, y los mortales reyes estaban encantados de representarse en forma de esfinges (parte león y parte hombre) como medio de enfatizar la autoridad real y sus conexiones solares (los leones poseían una muy fuerte relación con el culto al dios sol). Si ahora regresamos al mundo divino, allí nos encontramos con que la diosa madre Hathor puede aparecer representada como una mujer, como una mujer con cabeza de vaca, como una mujer con rostro humano y orejas de vaca o como una vaca que permite al faraón mamar de sus ubres. En referencia a otros mitos también puede aparecer como una serpiente, una leona o un árbol con pechos capaz de amamantar al monarca. Para nuestros ojos modernos, más peculiares resultan aún la diosa Taweret, dotada del cuerpo y la cabeza de un hipopótamo hembra embarazado, la cola de un cocodrilo y las patas de una leona, en ocasiones con rostro humano, y Meskhenet, quien unas veces aparece como una mujer normal y otras como un ladrillo con cabeza humana. Como casi todos estos dioses se casan y tienen hijos, aparecieron algunos grupos familiares visualmente sorprendentes. La familia del fallecido y momiforme Osiris, con su esposa Isis (con forma humana y en ocasiones alas) y su hijo póstumo Horus (con cabeza de halcón), es una evidente imposibilidad biológica en muchos niveles.

4-Dios egipcio Orus con la cabeza de halcón

Dios Egipcio Orus con la cabeza de halcón.

Para dotar de sentido a estas imágenes hemos de abandonar la idea de que un «retrato» debe ser una representación literal y fotográfica del original. Esto es cierto tanto para los mortales, que en el arte egipcio tienden a ser todos iguales, como para los dioses, que pueden aparecer asombrosamente distintos de una escena a otra. En ningún caso tiene el artista la necesidad de intentar conseguir un parecido físico; pues el añadido del nombre mostrará y reforzará la identidad de la persona representada. Los niños de hoy día entienden bien el concepto: sus figuras de palotes pueden parecemos parecidas, cuando no idénticas, pero el añadido de un título («mamá», «papá», «yo») confirma la identidad del retratado hasta para el menos atento de los observadores, como acepta todo el mundo, incluso el más sofisticado de los críticos de arte.

El lenguaje y la escritura son dones divinos. En la escritura jeroglífica, las palabras eran secuencias de imágenes en miniatura, algunas de ellas símbolos bastante abstractos y otras no tanto. De hecho, algunos de los jeroglíficos son tan detallados que, en ocasiones, los artistas que grabaron los textos funerarios en los muros de las tumbas consideraron prudente desmembrar o empalar las «letras» con forma de los animales más peligrosos (los símbolos de la serpiente y el escorpión, por ejemplo), no fuera a ser que volvieran mágicamente a la vida y causaran daño al dueño de la tumba. Al mismo tiempo, las pinturas y estatuas pueden leerse como grupos de palabras o frases. Todo el arte formal se producía con un propósito ritual o político concreto; nada era puramente decorativo y ningún aspecto de la composición se dejaba al azar. El tamaño, la posición, la postura e incluso el color tenían un significado: el negro y el verde, por ejemplo, transmitían la idea de fertilidad y renacimiento; de modo que la cara negra o verde de Osiris, rey de los muertos, representa su capacidad para regenerar, más que su herencia racial o su estado de putrefacción. Es evidente que los juegos de palabras, alegorías, aliteraciones, metáforas y composiciones de color eran importantes, tanto para los artistas como para los escribas. Sería ingenuo pensar que reconocemos todos sus juegos de palabras e imprudente creer que cualquier forma de arte oficial puede ser interpretada en un único nivel, ya sea superficial o literal. Esto resulta especialmente cierto en la compuesta imaginería divina utilizada para expresar una idea de divinidad más allá de la existencia normal. Se pretendía que la apariencia de los dioses reflejara un elemento de su personalidad o interés. Así, el ladrillo con cabeza humana —la personificación de los dos ladrillos de parto que pisaban las mujeres mientras se acuclillaban para dar a luz— se convierte en un método efectivo de manifestar la naturaleza esencial de una diosa asociada con los partos; en cambio, la vaca es la mejor representación de Hathor como madre amamantando. Siempre es la cabeza la que indica la naturaleza esencial del ser divino, mientras que el cuerpo sólo es un medio de permitir que la deidad actúe de forma eficiente. Por mencionar un último ejemplo, Thot puede ser representado tanto como un babuino como un ibis; pero como los ibis, y en menor medida los babuinos, son incapaces de escribir en un rollo de papiro o de sentarse en un trono divino para recibir ofrendas, también puede aparecer como un hombre con cabeza de ibis, que así posee los brazos y piernas funcionales que le permitirán realizar la tarea que tiene asignada. Por lo tanto, las divinidades con forma de animal indican un respeto por los animales, que tenían un papel muy importante en la vida diaria egipcia, pero en modo alguno indican una irreflexiva o poco sofisticada zoolatría. Algunos autores grecolatinos —cuyo trabajo tuvo una profunda influencia en el desarrollo de la egiptología antes de que el desciframiento de los jeroglíficos en 1822 permitiera estudiar los textos originales— no llegaron a comprender esta característica. Ajenos a las sutilezas y complejidad de una teología con centenares de años de antigüedad, consideraban a los egipcios unos primitivos adoradores de animales, lo cual les hizo tenerlos en menos. Su punto de vista es un extremo del espectro, el otro extremo del cual consiste en seguir considerando que los egipcios poseían un profundo conocimiento esotérico.

5-Jeroglífico egipcio

Jeroglífico egipcio.

¿Dónde vivían exactamente estos seres divinos? No existía un equivalente egipcio al monte Olimpo, un lugar donde los dioses vivieran juntos alejados de los mortales. Algunos dioses vivían en lugares muy concretos, acordes con su naturaleza. Meretseger, diosa de la cima más alta de Tebas, por ejemplo, vivía en la montaña tebana; mientras que el difunto Osiris gobernaba un reino en el más allá conocido como el Campo de Cañas. Ra, el dios sol, vivía en el cielo; su hijo Shu era la atmósfera; el hijo de éste, Geb, era la tierra. Los demás dioses podían encontrarse en cualquier parte y en todas partes y, sin embargo, todos residían en su(s) templo(s), donde la estatua de culto era tratada como si fuera un dios que estuviera vivo de verdad. Llegados a este punto, resulta apropiado añadir una breve nota sobre los nombres, tanto de los dioses como en general. Los antiguos egipcios hablaban una lengua que evolucionó con el tiempo, de tal modo que los filólogos actuales pueden utilizar rasgos lingüísticos para fechar textos que de otro modo sería imposible datar. Escribían utilizando su elaborada y laboriosa escritura jeroglífica, pero también la hierática o la demótica más rápidas. Ninguna de ellas utilizaba vocales; no porque éstas no existieran, sino porque no se pensaba que hubiera necesidad de hacerlo. Se consideraba que el lector sería capaz de incluirlas donde fueran necesarias, como les sucede a muchos de los que hoy día escriben textos en sus teléfonos móviles. Como, con la excepción de la iglesia copta, la lengua egipcia se ha extinguido, no podemos conocer con seguridad cómo se pronunciaban originalmente las palabras — ¿cuáles eran y dónde estaban colocadas las vocales que faltan?—. Una incertidumbre reflejada en las diversas escrituras que uno se puede encontrar del mismo nombre.

6-Montaña tebana donde vivía la diosa egipcia Meretseger

Montaña tebana donde vivía la diosa egipcia Meretseger.

Amón y Amún son el mismo dios, al igual que sucede con Ra y Re. La situación se vuelve todavía más confusa cuando a la mezcla se le añaden las formas helenizadas de los nombres egipcios. Por mencionar sólo dos ejemplos, el dios que hoy día llamamos Thot era conocido por los egipcios como Djehuty; mientras que Isis era para ellos Iset o Aset. En el libro he utilizado la forma más conocida y aceptada de los nombres propios, lo cual en ocasiones produce un conflicto de estilos (por ejemplo, como otros muchos, utilizo Amenhotep en vez de Amenofis, pero uso Tutmosis en vez de Tutmose o Djehutymes; también me refiero al centro de culto del dios sol por su nombre helenístico, Heliópolis, en vez de por su nombre más antiguo, Iunu, o el actual, Matariya; mientras que el centro de culto de Thot se convierte en Hermópolis Magna en vez de en Khmun o Ashmunein); pero resulta útil para comprender un ya de por sí complejo grupo de personajes y lugares. Utilizar Aset en vez de Isis o Usir en vez de Osiris no habría hecho más que añadir confusión.

 

 

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